miércoles, 14 de enero de 2009

Los Bonilla

La historia de los Bonilla, como músicos, se remonta a finales del siglo XIX, en Huitzilan, Puebla, cuando Juan Bonilla era un jovencito que vivía en ese paraíso salvaje de la misma forma que el resto de sus congéneres: encerrados detrás de centenares de montañas selváticas, sin caminos, sin electricidad, sin ningún contacto con el mundo moderno que todos sabían que se hallaba al otro lado de la sierra. Tal vez debido a la soledad o simplemente a sus dones naturales, la música siempre estuvo en su vida, pues no faltó el familiar que le enseñara a tocar un poco la guitarra y otro poco el violín, así que fue músico desde pequeño. A principios del siglo XX un hecho marcó su destino en el arte musical. A los dieciséis años, un violento brote de viruela que azotó a Huitzilan lo dejó ciego. Con enormes esfuerzos, Juan Bonilla se convirtió en músico de tiempo completo, y lo hizo tan bien, que en muy pocos años era el músico de mayor prestigio en toda esta zona de la Sierra Norte de Puebla. Con un grupo formado por amigos y familiares, Los Bonilla tenían el mejor repertorio de sones, boleros, fox trots, pasos dobles y valses, que poco a poco se fueron haciendo indispensables en cualquier festividad.

En esos tiempos Los Bonilla eran los únicos músicos de prestigio, y los llamaban de Huehuetla, Bienvenido, Olintla, Caxuhuacan, Jonotla y San Antonio Rayón; fueron hasta Espinal, e incluso a la zona de Zacatlán, donde llegaron a tocar ante personajes importantes, políticos y militares, que los llevaban especialmente desde Huitzilan para amenizar sus eventos. Sólo había un músico de Jonotla capaz de hacerle frente al talento de Juan Bonilla, también era un violinista de gran calidad, pero no cantaba; en cambio, Juan Bonilla tenía una hermosa voz de tenor que competía con los agudos acordes de su violín. Y ese detalle lo hacía insuperable. En aquel entonces no había ni tocadiscos en Huitzilan, los maestros que sabían algún tema musical se lo silbaban y Juan la sacaba al oído con su violín. Así fue como ellos amenizaban las grandes fiestas patrias.

En ese entonces la situación geográfica, económica y social de la sierra norte era crítica, sólo unas cuantas familias tenían con qué vivir. La mayoría de la gente no tenía nada. Nadie salía de aquí, ni a Puebla, menos a México. La gente nacía y moría sin ver otra cosa que los enormes cerros que rodean a Huitzilan. Lluvias torrenciales que tardaban quince o veinte días sin amainar, maltrataban las estrechas veredas que los caminantes habían formado con sus pies a lo largo de siglos. Sólo imaginando ese panorama es posible comprender las dificultades de estos músicos que transitaban la selva en las peores condiciones, cruzando vendavales con sus delicados instrumentos, durmiendo a la intemperie tapados con enormes hojas elegantes, comiendo frutas de los árboles y animales que tenían el infortunio de cruzarse en su camino. Porque una cosa estaba clara: tenían que llegar a su destino, pues sin ellos no había fiesta.

Hacia 1930 Juan Bonilla tenía un grupo formado con familiares, algunos cercanos y otros no tanto, que eran buenos músicos en el bajo de espiga, el bajo sexto, sólo que no muy confiables a la hora de cumplir sus compromisos. Fallaban a sus citas y eso era algo que Juan Bonilla no podía tolerar, pues los contratos le llegaban de todos lados: Cuautempan, Tetela, Chapulco, Huahuaxtla, y eran requeridos con sendas cartas que llegaban hasta el corazón de Huitzilan. En ocasiones llegaban a su casa en Huitzilan y ya tenían dos o tres cartas. Porque toda solicitud llegaba así, por carta y con meses de anticipación, puesto que no había caminos, no había teléfono, no había luz eléctrica, estaban en el fondo de la sierra, entonces llegaban cartas invitándolo a tocar. Como sus compañeros persistieron en sus fallos, Juan Bonilla tuvo que enseñarle a Mariano, su hijo de 8 años, a tocar guitarra para acompañarle, por pura necesidad, pues bueno hubiera sido que el muchacho asistiera a la escuela a aprender a leer y escribir. Así fue que Mariano se hizo músico para acompañar a su padre, el músico invidente más famoso de la sierra. En ocasiones las jornadas eran larguísimas, horas y horas tocando en un lugar al que les había costado llegar doce horas de caminata, y el niño no aguantaba las yemas de los dedos, las uñas se le iban entre las cuerdas y sus pequeñas piernas flaqueaban en la madrugada. Se quedaba dormido con el instrumento a cuestas y su padre, con el arquillo del violín: ¡zácatelas!, lo despertaba para seguir tocando. Más adelante tuvieron que enseñarle a su hermano Dolores, que lo seguía en edad, con seis años de diferencia, pero que no quería entrarle porque estaba en la escuela. Dolores llevaba una vida más holgada, más tranquila, pero su padre le advirtió que tocar en el conjunto familiar no era realmente una invitación para salir a divertirse, era una obligación, pues se requería gente de confianza como él. Así que le tuvo que entrar a la tocada. Cuando inició su hermano Dolores, Mariano ya empezaba a tocar el violín, y así crecieron y se hicieron hombres.
El grupo iba con la carta que llegara primero, luego la que llegaba enseguida y así, en irrestricto orden de llamada. Se iban a pie y, aunque había ya puentes grandes, también había corrientes donde no había otra manera de pasar que cruzando a nado. Juan Bonilla, que no era un ciego común y corriente, pues en casa labraba la milpa con eficiencia y se subía a los enormes pinos a tumbar las ramas para después hacerlas leña, parado frente a las grandes corrientes con sus dos pequeños hijos, no se arredraba ni siquiera un poquito. Pedía que le buscaran un palo grande y fuerte, se aventaba al río y cargaba a uno de los niños hasta el otro lado; luego regresaba por el otro. Hay que imaginar esta escena increíble con las palabras que don Juan susurraba al oído del pequeño músico de turno: “No tengas miedo, no pasa nada, ya vamos a llegar”. Los instrumentos cargados con gran cuidado sobre la corriente y los pies de los niños que nomás bailaban en la profundidad del agua.

Los Bonilla se convirtieron pronto en los reyes del baile porque no había otros músicos y además tocaban muy bien. Las grandes señoras de las familias pudientes de Huitzilan, como doña Octaviana Bonilla y otras insignes damas, se daban vuelo bailando pasos dobles con sus elegantes señores. La crema y nata de la sociedad huitzilteca que se podía dar esos lujos no titubeaba a la hora de hacer su contratación.

Los hermanos Bonilla tocaron con don Juan hasta 1944, cuando en una desafortunada confusión fue asesinado por un matón a sueldo. Sucedió que una de las grandes familias de Huitzilan, los Aco, que tenían controlado el pueblo económica, política, social y culturalmente, no vieron con buenos ojos que algunos Bonilla se les estaban queriendo meter a la familia, enamorando a sus hijas; todos sabemos que en el amor no se manda, y las señoritas, aunque estuvieran muy cuidadas y reservadas, y que en teoría no estaban al alcance de gente sencilla como los Bonilla, que eran considerados de otro nivel, correspondieron a los insistentes llamados de sus potenciales galanes, que eran primos de don Juan. La familia Aco puso cartas en el asunto y contrató un matón que corrigiera semejante anomalía social. “Muerto el perro se acabó la rabia”, era una máxima muy común de la época. Contrataron a un comandante de la zona de Huehuetla que llegó a Huitzilan supuestamente a trabajar en un asunto comercial. Su verdadera misión era asesinar a los hermanos Justiniano y Florentino Bonilla, cuyas acciones con las señoritas Aco se habían salido de control, cosa que el comandante pensaba cumplir cabalmente. Y no sólo eso, parece que estaba dispuesto a terminar con todos los hermanos que se le aparecieran. El día de los asesinatos, Juan Bonilla, por casualidad, iba llegando a la casa de Manuel, cuando el comandante, supuestamente confundido de que fuera uno de ellos, luego de proferirle una sarta de palabrería insultante, le disparó casi sin verlo. Su pequeña hija, que lo acompañaba, vio como su padre arrojó su bastón y cayó al suelo, herido de muerte. Todavía alcanzó don Juan a la llegada de su hijo Mariano para morir en paz: “Ya me fregaron, Mariano, ahí te encargo a la familia”, expresó por fin. La tarde de ese mismo día el presidente municipal, primo también de los Bonilla, organizó y armó a la gente para cazar al comandante, al que muy pronto descubrieron huyendo en un paraje y lo mataron. En Huitzilan, para asuntos como éste, nunca se anduvieron por las ramas. Hay una versión de que el hermano menor de los asesinados fue el que lo mató, pero las fechas no coinciden, era demasiado joven y es difícil que a su edad hubiera podido hacerlo, los señores ni siquiera hubieran aceptado llevarlo, pero con el tiempo esa historia le valió fama de matón. Juan Bonilla era un artista y un devoto padre de familia, no le hacía daño a nadie, era invidente desde jovencito, así que el destino quiso que así fuera.
A su muerte, sus hijos ya eran músicos formados, Mariano de veintiún años y Dolores de unos dieciséis, de tal forma que siguieron con la tradición. Se sabían toda la música necesaria, los valses, fox trots, pasos dobles y los sones que eran favoritos en la época y siguieron tocando… hasta el día de hoy, en que tocaban ante mí en unas oficinas de techos altos de su organización, Antorcha Campesina. A ellos les correspondió continuar con la música, lo que les permitió llevar una vida un poco más tranquila, pues aunque no vivían de la música, sus mejores ingresos vinieron de ella. Mariano fue pintor y ayudó a un pariente a restaurar una iglesia en Zacatlán, también fue albañil, carpintero, peluquero; Dolores fue arriero, buen arriero, pero lo esencial de ellos siempre ha sido la música. Hasta la fecha se ganan sus 500 pesos en cada tocada.
Don Mariano Bonilla ha cumplido en 2005 setenta y cinco años como músico activo. Su instrumento es el violín del trío que forma con su hermano Dolores, de setenta y seis, y un nieto de éste, Raquel, en la guitarra. La voz de Juan Bonilla la heredó Dolores, sólo que ahora ya está grande, está cansado. Pero tenía una voz hermosa que ahora heredó a su nieto, Raquel Bonilla, que se está preparando para seguir la tradición musical de la familia.
Esa noche acompañaron a otro pariente de ellos, don Cele, que cantó corridos sobre la tristeza que vivió el pueblo con una época de terror de veinte años antes en la que muchos murieron. Y los Bonilla aguantaron vara y tocaron sus mejores números de valses y fox trot.

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