domingo, 22 de marzo de 2009

Cinematógrafo


La tarde de este día de 1895 -ignoro si también era domingo- los hermanos Lumiere reunieron a un grupo de gente de entre sus amistades de París, para presentarles los resultados de su último invento que ya llamaban el cinematógrafo.
Con moderada expectación, los asistentes a una sala que fue previamente oscurecida, pudieron ver sobre una blanca pared las imágenes que proyectaba el sofisticado aparato de los Lumiere: Salida de obreros de la fábrica, rezaba un cartelón de letras blancas y temblorosas. Ahí estaban, caminando a gran velocidad, los conocidos trabajadores de la fábrica de los Lumiere. Los asistentes aplaudieron y festejaron entre bromas el nuevo invento, pero ninguno sospechó la importancia que habría de tener en muy corto tiempo.
Este día inventaron no sólo el cine como espectáculo público, sino las salas de cine, que después incorporarían las palomitas.

Más de un siglo después, el cine es, probablemente, la manifestación artística más acabada y compleja de la llamada modernidad. Películas que van más allá de garantizar una hora y media de diversión, irrumpen en profundas reflexiones sobre el comportamiento individual y social, sobre la hipocresía del poder, de las instituciones, de los propios individuos de nuestros tiempos turbulentos.

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