jueves, 29 de enero de 2009

Fulano de talk


Yo estaba sentado en un sillón frente a las cámaras de televisión. Era un estudio, un set de televisión y la señora con el rostro enrojecido de furia era Laura de América, la conductora peruana de talk shows que insulta y hace pelear a golpes a la gente. Por supuesto estaba nervioso. A mi lado Mary, mi esposa, fumaba apaciblemente. El sitio era ruidoso pero la voz de Laura de América sobresalió del conjunto para dirigirse a mí: ¿por qué te gusta lavar los trastes en tu casa? La pregunta me sorprendió ¿cómo lo sabía ella? El asunto de los trastes en casa era un problema doméstico, que si bien era cotidiano, no entraba en el terreno de los conflictos humanos, al menos en la casa. Pero la mirada apacible de Mary, que esperaba una respuesta sensata de mi parte, me animó a responderle a Laura de América: - Me gusta que esté limpio el fregadero –. –Pero qué decís –me ladró Laura- ¿sos acaso mandilón. “¿Mandilón?” repetí sorprendido. - A ti te gusta lavar los trastes, hacés tu cama, planchás la ropa de las niñas, incluso de tu esposa; lavás tu ropa, la tendés; hacés los desayunos, las cenas, vas al súper, pagás las cuentas en el banco y encima llevás toda la pasta para la manutención de la casa. Y todavía decís que no eres mandilón ¡qué cinismo de individuo! Sorprendido por el amplio conocimiento de Laura de América sobre mi vida íntima, acallado por una turba belicosa que me gritaba desde la tribuna, el asunto empeoró cuando ingresó al estudio Andrés García, el actor. “Claro –me dije en un exceso de lógica-, estamos en la televisión”. Pero Andrés no esbozaba su agradable y famosa sonrisita, sino que parecía furioso conmigo y era detenido por unos fortachones para evitar que se me fuera encima a golpes. “Por hombres como tú está el mundo como está”, gritaba desaforado. La gente le pedía que me golpeara y algunos gritaban “mátalo, Andrés”, “hazlo pedazos”.
El mosco de la media noche me sacó de ese sueño tortuoso, pero el rostro enjuto de Laura de América apareció detrás de la cortina y ahora me dijo casi con dulzura:

– Tu esposa dice que lo único que te falta es ponerte un delantal ¿por qué no usás delantal para los quehaceres de tu casa, papacito?
– Un delantal rosa de olanes plisados le vendría bien -se burló Andrés García. -----Nunca se me había ocurrido que podría usar un delantal.
– “Pongámosle un delantal”, grito alguien.
– Vamos a ponérselo -instó Andrés con maliciosa sonrisita.

Nunca he necesitado delantal, aunque es cierto que a veces me mojo la camisa lavando los trastes ¿qué importancia tiene?, decía a mis adentros. El rostro convencido e inocente de Mary me obligó a reflexionar que estaba ahí por una razón. Le habrían pagado una gran cantidad de dinero por venir a exhibir nuestra vida, y ahora yo era –siempre yo- quien debía dar la cara para explicar las cuestiones de la ciencia social. Para eso soy el conferencista, el catedrático, el escritor. Claro. Pero el dinero es importante en estos momentos y tampoco puedo tener una actitud retrógrada. Trato de concentrarme en el rostro de Laura para entender sus preguntas, pero la cara sonriente de Andrés aparecía para burlarse una y otra vez de mí. “Se está burlando de mí”, me sentí francamente ofendido. Esto requería de una acción rápida y discursiva: “No espero que me comprendan, Andrés, Laura, no hago las cosas que hago para probar nada a nadie, es un asunto de sobrevivencia. El grado de calidad de vida al que aspires tener, seas rico o seas pobre. Tampoco temo que personas como ustedes me consideren mandilón”.

Todo lo que me hubiera gustado decirle a Laura de América, pero los tiempos de la televisión nos permitían apenas breves intervenciones. Me hubiera gustado decir algo sobre la limpieza, que es un asunto que raya con la filosofía. Me parece que mi caso es el de muchos hombres, feminizados por su inteligencia al reconocer que el trabajo doméstico no es un asunto de género, sino de los seres humanos. Y aún de los animales.
Mi caso me parece simplemente el de un hombre útil, un padre dedicado, un esposo limpio. Me gusta el orden y abogo por la autosuficiencia, la autogestión como experiencia humana. Todos debemos hacer de todo, la vida es sólo una. Cuando como me gusta una mesa limpia, un fregadero de trastes limpio. Igualmente cuando duermo me gusta una cama ordenada y unas sábanas limpias, frescas. Si para tener eso hay que realizar algunas tareas como lavar trastes, ropa, planchar, barrer, trapear, es el precio que hay que pagar por el placer y la buena vida, por modesta que sea. Y créanme, vale la pena. Es cierto, por momentos parezco una señora inglesa, todo con orden. Todo limpio. Pienso que los seres humanos, por pobres que sean, pueden hacer algo para mejorar su calidad de vida. Limpiar. Aprender a deshacerse de sus propios desechos. Recoger la piel del lecho, el polvo que dispersamos en las habitaciones, para hacer apacible y limpia nuestra vida. ¿No la disfruto más? Sí, es mi respuesta inmediata. Mi actitud doméstica es la de mi madre, una administradora eficaz de la limpieza de la casa. Fuerte y enérgica, a quien recuerdo eternamente en movimiento, barriendo, golpeando las camas para alisar las colchas; pelando una gallina en agua hirviente, batiendo cinco kilos de tamales de manteca. Cuando yo jugué con mis hermanos construimos casitas que barríamos y arreglábamos bien. De eso se trataba la vida en esos juegos infantiles. De vivir bien, con espacio, con adornos, con gusto. Cuando fui mayor –nunca fui mayor-, la idea del juego se materializó y pude jugarlo como soltero y como casado. Limpié mi casa. Limpié la casa de mi pareja, de mi amor, y lo hice con mucho gusto. La oportunidad de limpiar cuando se es padre o madre de familia es infinita. Cuando fui padre de familia lo asumí con abnegación. Sólo tienes que cuidar los bienes que la vida te da, los objetos materiales y los naturales, el famoso entorno nuestro. Amar la vida por lo que hay en ella, amar las cosas al grado de limpiarlas, protegerlas, atesorarlas.
Pero sólo meneé la mano con un gesto de impotencia y terminé diciendo:

- No me importa que ustedes puedan tacharme de mandilón. No me interesa su opinión.
- Entonces no se diga más –gritó Laura de América triunfante-. Se trata de un mandilón que es feliz con su delantalcito. Mary –le ordenó a mi
- esposa-, vos, dejálo que siga creyéndose la sirvienta de la casa. Vos dejáte crecer el bigote y ya puedes hacerle unas trencitas a lo que te queda de marido. - Por increíble que parezca, Mary ostentaba un bigotito de músico de trío muy bien recortadito, pero seguía con su mirada apacible e inocente. –Yo no soy la sirvienta –expresé confuso-, no soy la sirvienta –repetí innecesariamente. “Qué pasen los del mariache América a golpearlo –gritaba Laura de América. - Háganlo pedazos, muchachos.

Son curiosos los golpes en los sueños, porque no duelen. Pero Andrés García me jaló del hombro y por un momento sentí golpes reales sobre mi humanidad. Era Mary, estaba amaneciendo. Tenía que levantarme a llevar a las niñas.

lunes, 26 de enero de 2009

Justo recuerdo


Como dos de mis hermanos, estudié la secundaria y la preparatoria Justo Sierra en el lejano Moc. Justo Sierra era entonces simplemente un nombre. En las clases de música el profesor Carrillo nos hacía cantar un largo y sinuoso himno en su honor, que empezaba así: “Justo Sierra, maestro inmortal, en la América todos te aclaman…” Con el curso de los años y el interés por la historia, don Justo se ganó, con justicia, otra dimensión en mi humilde criterio.

Fue uno de los personajes más simpáticos, útiles y prolíficos del Porfirismo. Campechano –en su doble acepción-, llegó a posiciones de mucho poder y decidió cosas indelebles en la educación mexicana; acertó y erró; fue porfirista hasta las cachas y a pesar de ello don Justo no tiene historias tenebrosas tras de sí. Es uno de esos políticos inteligentes gracias a los cuales México sigue siendo un país; seres que han formado patria, estilos de gobierno, moral pública. Un hombre que creyó en la inteligencia humana, en la ciencia, al grado de que fue el primer funcionario público que vio el país desde las alturas, al treparse, contra la opinión de sus ayudantes, al primer globo aereostático lanzado desde los llanos de Balbuena.
Justo Sierra nació un día 26 en la blanca Campeche capital, fue eminente maestro en la preparatoria, magistrado, diputado, diplomático, ministro de Instrucción Pública y profuso escritor de historia y educación, que editarlo, costó a la Universidad Nacional 12 voluminosos tomos. Hoy cumpliría ciento veinticinco años de edad, cosa que no le deseamos ni a don Justo ni a nadie.

domingo, 25 de enero de 2009

Juventino


Los mexicanos en ocasiones sentimos que carecemos de héroes verdaderos, y que fuera de los contados héroes de la Patria, el resto son héroes inventados, inflados o mercantilizados que no cumplen con los requisitos mínimos para ser héroes. Por eso los mexicanos hemos sido víctimas de caudillos milenaristas que nos envuelven con su canto y nos obligan a honrarlos. Luego despertamos como esclavos.
Tal vez nos ha faltado buscar en otros ámbitos, como el del arte. Un ejemplo de eso que los mexicanos somos y que a veces valoramos poco, nos lo da Juventino Rosas, que nació un día como hoy de 1868 en Santa Cruz de Galeana, Guanajuato, en condiciones de extrema pobreza, y que murió en esas mismas condiciones en 1894, a los 26 años de edad. Una pérdida irreparable. Aunque se sabe que don Porfirio se interesó en la música de Juventino Rosas, como lo prueba el vals Carmen para la esposa de don Porfis, Juventino no quiso o no supo enriquecerse con su arte, como la mayoría de nosotros. En plan optimista, los mexicanos podemos ver por esos héroes verdaderos, antes aún de ver por los inmortalizados en granito, y actuar en consecuencia.

viernes, 23 de enero de 2009

Brillantina pasional

En octubre de 2008 yo y cien mil personas en el mundo participamos en un concurso de Google para elegir cinco ideas brillantes cuyo único objetivo era beneficiar a la mayor cantidad de gente. Los ganadores tendrán el gusto de que su idea sea llevada a la práctica, únicamente, pues, se aclaró, ellos no ganarán nada más. Ni hablar de los 20 mil dólares destinados a llevar a cabo la susodicha idea. Bueno.

Las condiciones pedían número específico de palabras y caracteres para llenar el cuestionario. ¿Con qué frase describirías tu idea? (150 caracteres máx.) Yo puse:
“Poner barro a la disposición de los niños mexicanos y provocar una discusión nacional sobre el pasado prehispánico, tan asociado a él”. Entrábamos en materia.

Describe tu idea al detalle (300 palabras máx.), pedía el cuestionario a continuación. Yo escribí: El barro es inaccesible a la mayoría de los mexicanos. Excepto quienes nacen y crecen en torno a la alfarería mexicana, que es amplia y rica, el resto de los mexicanos está impedido de utilizar barro porque, sencillamente, no existe en el mercado infantil. Se trataría de crear, a través de la promoción de Google, una empresa que se encargue de llevar el barro a las manos de los niños mexicanos, para que sea considerado en su formación escolar. Esto daría a nuestros niños la oportunidad de vivir la experiencia del barro, que de acuerdo a esta idea es una liga con el pasado, una experiencia de vida, de historia mexicana y de herencia.
El enorme acervo del Museo Nacional de Antropología e Historia es de barro y todas las colecciones de arte prehispánico mexicano diseminadas en el mundo están sustentadas en el barro. En el barro se basa nuestra mejor apreciación del México antiguo, gracias a él comprendemos la grandeza de aquel pueblo que alcanzó un arte refinado, el principal de nuestra historia. Considerar la creación de una distribuidora popular que haga del barro un producto accesible, como lo es la plastilina, que sea expendido en las papelerías y los niños puedan usarlo como material didáctico y lúdico, a la vez que se reflexiona inevitablemente sobre el pasado, nuestra mejor referencia. En algún momento de la historia se quitó el barro de nuestras manos, esta idea consiste en devolvérnoslo. Darnos esa oportunidad, la necesitamos.

Luego preguntaba: ¿Sobre qué problemas o temas trata tu idea? (150 palabras máx.) Yo respondí: Hay una mitad mexicana que negamos, la indígena, se demuestra en la ignorancia fatal de los mexicanos hacia los antiguos y actuales pueblos originarios, de quienes no sabemos ni sus nombres. El barro en las manos de nuestros niños desataría una masiva observación de esa raíz negada, nuestra parte indígena indefectiblemente ligada a nuestra naturaleza artística. El barro soporta el mejor vestigio cultural de nuestros antepasados: el del Museo Tamayo en Oaxaca, el de Antropología de Jalapa; el barro de los museos regionales, el conjunto de iconos que nos manifiestan y nos describen, mejor que los historiadores, la visión de las culturas prehispánicas de México. Sembrar un fruto del que no puedan salir más que construcciones humanas, imágenes petrificadas de nosotros mismos, con un impacto inmediato. En un solo ciclo escolar se notaría su presencia.

Enseguida Google preguntaba: Si tu idea se hiciese realidad, ¿quién se beneficiaría más y cómo? (150 palabras máx.) Yo respondí: Con la debida promoción derivada de obtener un reconocimiento de esta dimensión, todos los niños y con ellos los adultos de México, el país entero podría entrar en una revisión sobre sí mismo, otra dimensión a la discusión sobre lo que somos. Los mexicanos no sólo somos corrupción o violencia o emigración, veríamos que los mexicanos somos, en primer lugar, descendientes de aquellos que crearon expresiones artísticas que nos enorgullecen, que es el arte prehispánico, descubriendo que muchos de nuestros hijos poseen ese don, que en realidad es una herencia. Veríamos esa otra mitad que nos obstinamos en esconder, en negar, en ignorar. La presencia de decenas de etnias o pueblos originarios, tanto en la historia como en la actualidad, nos permitirían reflexionar sobre nosotros mismos, a través del barro.

Había dos preguntas más, los primeros pasos para realizarla y la forma de medir su impacto. Las respuestas eran más o menos repetitivas: comprar bancos de barro, crear una empresa y hacerle una promoción nacional. Y en ningún momento ponerlo en manos de ningún gobierno, pues ya sabemos cómo se las gastan aquí. La idea quedó inscrita y el 27 de enero de abre la votación mundial para que sean seleccionadas, creo que cien. De ahí “los especialistas” de Google elegirán cinco.

Con el paso de las semanas mi optimismo por salir entre las cien fue decayendo. A donde volteas en este país –y en el mundo- miles de necesidades ingentes saltan por doquier, necesidades más perentorias obligan a atender situaciones de hambre y de escasez mucho más urgentes que el arte. Sin embargo, gracias a Google pude definir una serie de conceptos que me permitirán abrir, en unas semanas por venir, una empresita que lleve barro a las manos de los niños -no mexicanos ni mucho menos, sino- de la colonia que circunda nuestra casa, en donde, simbólica pero comercialmente, comenzará a operar un horno de cerámica que cocerá lo que resulte de nuestras ventas de barro.
Sin embargo, si te ha gustado mi idea brillante, aún puedes inscribirte como elector de las ideas brillantes del mundo, cuya votación inicia la próxima semana. La página para inscribirse es: http://www.project10tothe100.com/intl/ES/index.html
Suerte, pues.


jueves, 22 de enero de 2009

Arte, no cultura popular


La insistencia de seguir denominando algo como Cultura Popular ha desviado la atención –e incluso impedido- que se reconozca al arte popular ahí donde se encuentra. Aunque se supone que el arte popular es cultura popular, el breve cambio nominativo mantiene en la ambigüedad las acciones reales de los gobiernos en torno a la famosa cultura popular. Propongo humildemente que se le llame arte popular, y el presupuesto que ahora destinan a “culturas populares” sea enfocado más directamente al arte popular –que es muy localizable-. Al entregar a los funcionarios de cultura mexicanos recursos para algo tan ambiguo como cultura popular, se desvía la atención de sus principales atributos (las artes), encontrando una mejor definición en las políticas del gobiernos en torno a la llevada y traída cultura popular, que en realidad no define nada, por lo que se gasta el dinero en encuentros de migrantes que deberían ser atendidos por otra dependencia, como la social o la del trabajo, no la de culturas populares, que debería pensar en estrategias dirigidas directamente al arte popular.

Institucionalmente debe ser llamado arte popular, identificando mejor los sectores en donde los gobiernos pueden contribuir al desarrollo de la cultura popular, que por otro lado se mueve por sí sola. Al impulsar un organismo social que defina y decida en torno a un horizonte tan amplio, como cultura popular, se pierden los contornos y se confunden los objetivos en torno a la cultura popular. Por lo tanto, un gobierno encauzado a la cultura popular debería, en realidad, hablar del arte popular, lo que permitiría definir una serie de sectores funcionales, definiendo también sus estrategias.

Las artes populares son la música folclórica, la plástica popular, el juguete, los dulces, la comida tradicional. Se halla en oficios como la carpintería, la herrería, la orfebrería y la cerámica. Los gobiernos podrían pensar en ellos y definir estrategias que impulsen el cultivo de esas artes populares, provocando además la creación de talleres, tanto en términos educativos, como en los oficiales y comerciales. Ayudar a los artesanos a desarrollar empresas que tengan el apoyo de la Secretaría de Educación Pública en la aportación didáctica, en lo musical, lo plástico, lo lúdico, lo teatral, lo placentero. El arte popular. La creación popular.

Lo primero que me preguntaría es por qué convertir a la migración en un fenómeno de cultura popular, cuando es un tema de política económica. Por qué no pensar en un programa que diga: “Como tú no migras, ten los elementos culturales como los de una ciudad estadunidense. Ten talleres municipales de arte. Ten asesoría gratuita sobre las artes sociales. Aquí están los colores, niños, artistas. Aquí hay un horno para tus piezas. Aquí hay barro”. En México los adultos desconocen la arcilla, tan importante en su cultura. No existe barro en el mercado popular. No se conoce en importantes proporciones de ciudadanos. Los niños mexicanos no conocen el barro. ¿No sería de suyo un avance importante si hubiera barro en las papelerías de México?, que el gobierno impulsara fábricas del abundante barro que existe en nuestro suelo y pusiera en manos de los mexicanos una bola de barro al menos una vez en su vida. Ese sólo hecho cambiaría la historia del arte popular mexicano, porque el mexicano se entiende con este elemento, buena parte de su pasado está sostenido en barro.
Si hubiera barro en nuestras manos, si fuera una iniciativa de dimensiones nacionales, los niños conocerían el barro y harían con ellas piezas insospechadas –por su enorme volumen-. Cientos de miles y millones de piezas secándose en los portales de las casas mexicanas. Y una enorme necesidad de hornos para su cocción.

Así lo expresé en el concurso e Google llamado Una idea brillante, que no va a ganar ni mucho menos: pongamos barro en las manos de los mexicanos, no sólo crecería el arte en sí, crecería también la confianza que hemos estado buscando durante décadas y que hemos advertido con significativas metáforas como laberintos, jaulas de melancolía, soledades y complejos. El barro desataría esa mitad de nuestra cultura tantas veces negada, alejada y escondida, la mitad incómoda de nuestro ser que es capaz de fluir de nuestras manos para hacer otra representación de la realidad. Un reencuentro con la magia ancestral que, si acaso no está ahí, podemos inventar. Pero ese será tema para otra entrega.

miércoles, 14 de enero de 2009

Los Bonilla

La historia de los Bonilla, como músicos, se remonta a finales del siglo XIX, en Huitzilan, Puebla, cuando Juan Bonilla era un jovencito que vivía en ese paraíso salvaje de la misma forma que el resto de sus congéneres: encerrados detrás de centenares de montañas selváticas, sin caminos, sin electricidad, sin ningún contacto con el mundo moderno que todos sabían que se hallaba al otro lado de la sierra. Tal vez debido a la soledad o simplemente a sus dones naturales, la música siempre estuvo en su vida, pues no faltó el familiar que le enseñara a tocar un poco la guitarra y otro poco el violín, así que fue músico desde pequeño. A principios del siglo XX un hecho marcó su destino en el arte musical. A los dieciséis años, un violento brote de viruela que azotó a Huitzilan lo dejó ciego. Con enormes esfuerzos, Juan Bonilla se convirtió en músico de tiempo completo, y lo hizo tan bien, que en muy pocos años era el músico de mayor prestigio en toda esta zona de la Sierra Norte de Puebla. Con un grupo formado por amigos y familiares, Los Bonilla tenían el mejor repertorio de sones, boleros, fox trots, pasos dobles y valses, que poco a poco se fueron haciendo indispensables en cualquier festividad.

En esos tiempos Los Bonilla eran los únicos músicos de prestigio, y los llamaban de Huehuetla, Bienvenido, Olintla, Caxuhuacan, Jonotla y San Antonio Rayón; fueron hasta Espinal, e incluso a la zona de Zacatlán, donde llegaron a tocar ante personajes importantes, políticos y militares, que los llevaban especialmente desde Huitzilan para amenizar sus eventos. Sólo había un músico de Jonotla capaz de hacerle frente al talento de Juan Bonilla, también era un violinista de gran calidad, pero no cantaba; en cambio, Juan Bonilla tenía una hermosa voz de tenor que competía con los agudos acordes de su violín. Y ese detalle lo hacía insuperable. En aquel entonces no había ni tocadiscos en Huitzilan, los maestros que sabían algún tema musical se lo silbaban y Juan la sacaba al oído con su violín. Así fue como ellos amenizaban las grandes fiestas patrias.

En ese entonces la situación geográfica, económica y social de la sierra norte era crítica, sólo unas cuantas familias tenían con qué vivir. La mayoría de la gente no tenía nada. Nadie salía de aquí, ni a Puebla, menos a México. La gente nacía y moría sin ver otra cosa que los enormes cerros que rodean a Huitzilan. Lluvias torrenciales que tardaban quince o veinte días sin amainar, maltrataban las estrechas veredas que los caminantes habían formado con sus pies a lo largo de siglos. Sólo imaginando ese panorama es posible comprender las dificultades de estos músicos que transitaban la selva en las peores condiciones, cruzando vendavales con sus delicados instrumentos, durmiendo a la intemperie tapados con enormes hojas elegantes, comiendo frutas de los árboles y animales que tenían el infortunio de cruzarse en su camino. Porque una cosa estaba clara: tenían que llegar a su destino, pues sin ellos no había fiesta.

Hacia 1930 Juan Bonilla tenía un grupo formado con familiares, algunos cercanos y otros no tanto, que eran buenos músicos en el bajo de espiga, el bajo sexto, sólo que no muy confiables a la hora de cumplir sus compromisos. Fallaban a sus citas y eso era algo que Juan Bonilla no podía tolerar, pues los contratos le llegaban de todos lados: Cuautempan, Tetela, Chapulco, Huahuaxtla, y eran requeridos con sendas cartas que llegaban hasta el corazón de Huitzilan. En ocasiones llegaban a su casa en Huitzilan y ya tenían dos o tres cartas. Porque toda solicitud llegaba así, por carta y con meses de anticipación, puesto que no había caminos, no había teléfono, no había luz eléctrica, estaban en el fondo de la sierra, entonces llegaban cartas invitándolo a tocar. Como sus compañeros persistieron en sus fallos, Juan Bonilla tuvo que enseñarle a Mariano, su hijo de 8 años, a tocar guitarra para acompañarle, por pura necesidad, pues bueno hubiera sido que el muchacho asistiera a la escuela a aprender a leer y escribir. Así fue que Mariano se hizo músico para acompañar a su padre, el músico invidente más famoso de la sierra. En ocasiones las jornadas eran larguísimas, horas y horas tocando en un lugar al que les había costado llegar doce horas de caminata, y el niño no aguantaba las yemas de los dedos, las uñas se le iban entre las cuerdas y sus pequeñas piernas flaqueaban en la madrugada. Se quedaba dormido con el instrumento a cuestas y su padre, con el arquillo del violín: ¡zácatelas!, lo despertaba para seguir tocando. Más adelante tuvieron que enseñarle a su hermano Dolores, que lo seguía en edad, con seis años de diferencia, pero que no quería entrarle porque estaba en la escuela. Dolores llevaba una vida más holgada, más tranquila, pero su padre le advirtió que tocar en el conjunto familiar no era realmente una invitación para salir a divertirse, era una obligación, pues se requería gente de confianza como él. Así que le tuvo que entrar a la tocada. Cuando inició su hermano Dolores, Mariano ya empezaba a tocar el violín, y así crecieron y se hicieron hombres.
El grupo iba con la carta que llegara primero, luego la que llegaba enseguida y así, en irrestricto orden de llamada. Se iban a pie y, aunque había ya puentes grandes, también había corrientes donde no había otra manera de pasar que cruzando a nado. Juan Bonilla, que no era un ciego común y corriente, pues en casa labraba la milpa con eficiencia y se subía a los enormes pinos a tumbar las ramas para después hacerlas leña, parado frente a las grandes corrientes con sus dos pequeños hijos, no se arredraba ni siquiera un poquito. Pedía que le buscaran un palo grande y fuerte, se aventaba al río y cargaba a uno de los niños hasta el otro lado; luego regresaba por el otro. Hay que imaginar esta escena increíble con las palabras que don Juan susurraba al oído del pequeño músico de turno: “No tengas miedo, no pasa nada, ya vamos a llegar”. Los instrumentos cargados con gran cuidado sobre la corriente y los pies de los niños que nomás bailaban en la profundidad del agua.

Los Bonilla se convirtieron pronto en los reyes del baile porque no había otros músicos y además tocaban muy bien. Las grandes señoras de las familias pudientes de Huitzilan, como doña Octaviana Bonilla y otras insignes damas, se daban vuelo bailando pasos dobles con sus elegantes señores. La crema y nata de la sociedad huitzilteca que se podía dar esos lujos no titubeaba a la hora de hacer su contratación.

Los hermanos Bonilla tocaron con don Juan hasta 1944, cuando en una desafortunada confusión fue asesinado por un matón a sueldo. Sucedió que una de las grandes familias de Huitzilan, los Aco, que tenían controlado el pueblo económica, política, social y culturalmente, no vieron con buenos ojos que algunos Bonilla se les estaban queriendo meter a la familia, enamorando a sus hijas; todos sabemos que en el amor no se manda, y las señoritas, aunque estuvieran muy cuidadas y reservadas, y que en teoría no estaban al alcance de gente sencilla como los Bonilla, que eran considerados de otro nivel, correspondieron a los insistentes llamados de sus potenciales galanes, que eran primos de don Juan. La familia Aco puso cartas en el asunto y contrató un matón que corrigiera semejante anomalía social. “Muerto el perro se acabó la rabia”, era una máxima muy común de la época. Contrataron a un comandante de la zona de Huehuetla que llegó a Huitzilan supuestamente a trabajar en un asunto comercial. Su verdadera misión era asesinar a los hermanos Justiniano y Florentino Bonilla, cuyas acciones con las señoritas Aco se habían salido de control, cosa que el comandante pensaba cumplir cabalmente. Y no sólo eso, parece que estaba dispuesto a terminar con todos los hermanos que se le aparecieran. El día de los asesinatos, Juan Bonilla, por casualidad, iba llegando a la casa de Manuel, cuando el comandante, supuestamente confundido de que fuera uno de ellos, luego de proferirle una sarta de palabrería insultante, le disparó casi sin verlo. Su pequeña hija, que lo acompañaba, vio como su padre arrojó su bastón y cayó al suelo, herido de muerte. Todavía alcanzó don Juan a la llegada de su hijo Mariano para morir en paz: “Ya me fregaron, Mariano, ahí te encargo a la familia”, expresó por fin. La tarde de ese mismo día el presidente municipal, primo también de los Bonilla, organizó y armó a la gente para cazar al comandante, al que muy pronto descubrieron huyendo en un paraje y lo mataron. En Huitzilan, para asuntos como éste, nunca se anduvieron por las ramas. Hay una versión de que el hermano menor de los asesinados fue el que lo mató, pero las fechas no coinciden, era demasiado joven y es difícil que a su edad hubiera podido hacerlo, los señores ni siquiera hubieran aceptado llevarlo, pero con el tiempo esa historia le valió fama de matón. Juan Bonilla era un artista y un devoto padre de familia, no le hacía daño a nadie, era invidente desde jovencito, así que el destino quiso que así fuera.
A su muerte, sus hijos ya eran músicos formados, Mariano de veintiún años y Dolores de unos dieciséis, de tal forma que siguieron con la tradición. Se sabían toda la música necesaria, los valses, fox trots, pasos dobles y los sones que eran favoritos en la época y siguieron tocando… hasta el día de hoy, en que tocaban ante mí en unas oficinas de techos altos de su organización, Antorcha Campesina. A ellos les correspondió continuar con la música, lo que les permitió llevar una vida un poco más tranquila, pues aunque no vivían de la música, sus mejores ingresos vinieron de ella. Mariano fue pintor y ayudó a un pariente a restaurar una iglesia en Zacatlán, también fue albañil, carpintero, peluquero; Dolores fue arriero, buen arriero, pero lo esencial de ellos siempre ha sido la música. Hasta la fecha se ganan sus 500 pesos en cada tocada.
Don Mariano Bonilla ha cumplido en 2005 setenta y cinco años como músico activo. Su instrumento es el violín del trío que forma con su hermano Dolores, de setenta y seis, y un nieto de éste, Raquel, en la guitarra. La voz de Juan Bonilla la heredó Dolores, sólo que ahora ya está grande, está cansado. Pero tenía una voz hermosa que ahora heredó a su nieto, Raquel Bonilla, que se está preparando para seguir la tradición musical de la familia.
Esa noche acompañaron a otro pariente de ellos, don Cele, que cantó corridos sobre la tristeza que vivió el pueblo con una época de terror de veinte años antes en la que muchos murieron. Y los Bonilla aguantaron vara y tocaron sus mejores números de valses y fox trot.

lunes, 12 de enero de 2009

Monsi y yo


A mediados de 1984 se publicó un libro de chismes llamado Juan Gabriel y yo, que mostraba al Divo de Juárez en una cama muy contento y bien acompañado por el autor. Durante ese año tomamos una materia con Monsiváis y nos burlábamos de hacer un balance del curso con el nombre de Monsi y yo, la portada iría ilustrada con una buena caricatura del Monsi, de las muchas que, entonces como ahora, realizan los mejores dibujantes de México. Pero no hicimos ningún balance, tarea ni nada académico en los dos semestres que duró el periplo por la geografía de este famoso autor, que a diferencia de Juan Gabriel, no llegó a la cama y menos a los tribunales.

Nos reunimos una vez a la semana durante dos semestres en la escuela de restauración de Churubusco –“cerca de una estación del metro”, condicionó Monsi cuando hablamos del lugar. Leímos autores alemanes sobre cuestión nacional y nos hizo muchas recomendaciones de lecturas mexicanas. Nos preguntó sobre los Magníficos y su libro crítico a la antropología mexicana, pero ninguno de los presentes lo habíamos leído, ni sabíamos nada de Los Magníficos, porque nadie nos explicó ese debate de la antropología mexicana de los años sesenta y estábamos es ascuas. Léanlos, ordenó Monsiváis. Esa recomendación fue lo mejor que saqué de aquel taller tan libre y tan monsivallano que todos estuvimos encantados de cursar.

En los años ochenta, estudiantes como yo -de antropología social- ignorábamos todo lo relacionado a Los Magníficos y la crítica académica al Indigenismo oficial. Sabíamos que Bonfil y Warman eran antropólogos influyentes, pero no sabíamos que iniciaron a finales de los sesenta una crítica al indigenismo que tuvo muy poco eco y ninguna difusión. Por algo no lo sabíamos. Cuando estudié en la ENAH de 1980 a 1985, la discusión del indigenismo estaba borrada de las preocupaciones de la antropología de moda, la filosófica. Entonces discutimos incansablemente a mallarmé, foucauld, heiddegger; nos fascinamos con deleuze y guattarí, ciorán, eco, sabater, trías y una sartre de kosic. Hicimos muchas cosas exóticas como tomar clases con Jorge Juanes, Elisa Ramírez y su genial hermano Santiago, que en sus clases de filosofía griega la gente debía sentarse en el suelo. Tuvimos a Gregorio Kaminsky y Jaime Osorio, argentino y chileno; tuvimos a Lecourt que viajó en Concord –traído por Santiago Ramírez-, tal como se lo puse en su calavera de 1984, que el esquelético maestro calvo recortó cuidadosamente del periódico mural. John Murra nos dio una conferencia sobre la cultura Inca, fue un placer muy grande escucharlo. Luis González y González estuvo varias veces y, de tarde en tarde, deambulaba por el patio principal, muy anciano, Ricardo Pozas. Y otras glorias locales como Elio Mansferrer y Ricardo Melgar, que enseñaban antropología mundial y mexicana, respectivamente, que eran los maestros de planta y permanecieron, con resultados desiguales, a lo largo de la carrera. Pero nunca nos hablaron formalmente de Los magníficos, como si no existieran. Aunque al final de la carrera fue Melgar quien me acercó, con las debidas precauciones, una copia pirata de Eso que llaman antropología Mexicana, a la que le faltaban muchas hojas pero en la que finalmente los conocí.

En esas andábamos, cuando en el sexto semestre de antropología social se nos ocurrió la idea de contratar a Carlos Monsiváis y rápidamente convencimos al “comandante” López y Rivas –como apodábamos al director-, que en ese momento habló con Monsi y lo convenció de que aceptara recibirnos en su casa un día de la semana. “Mañana a las once” –gritó el director, era su forma de hablar-, todos movimos la cabeza aprobatoriamente y una sonrisita nerviosa nos delató. “La falta de títulos académicos no es un problema”, aclaró Gilberto afable, mientras se despedía con cabriolas de admiración por el escritor. Todos le dimos un apretón de manos y nos fuimos a la cafetería a planear la reunión. Muchos no nos creyeron.

Saliendo del metro Portales, a la vuelta, en San Simón o algo así, una banda como de ocho jóvenes veinteañeros de melenas largas y jeans ajustados tocó tímidamente en una puerta verde de metal con el número señalado. Monsiváis era igual que en la televisión, un poco más moreno, muy amable y observador, silencioso. Tenía el pelo blanco y abundante, alborotado como sus ojos pícaros por encima de los lentes. Y, por supuesto, su prominente mandíbula. Su casa estaba al fondo de un conjunto de dos o tres casas, en una de las cuales vivía su mamá. Pasamos a una sala amplia y oscura con las paredes cubiertas de libreros de piso a techo, algunas repisas con doble fila, unos sillones viejos y cómodos al centro y decenas de montones de libros y revistas, entre ellos la colección completa de la Familia Burrón. No se puede decir que hubiera algún estilo de decoración, sin embargo había cierta armonía en ese completo desmadre de papel impreso. Destacaban pequeños luchadores de plástico acomodados en los entrepaños de los libreros y dos o tres gatos ni bonitos ni feos que deambulaban cansinamente entre el mobiliario. En otra ocasión visité un cuarto interior donde había dos o tres mesas con montañas de libros y más gatos, y en las paredes las más famosas caricaturas del escritor -supongo que las originales- prolijamente enmarcadas: Naranjo, Magú, Helio Flores y hasta un Cuevas bastante malito. Pero ese día nos sentamos todos tímidamente en el suelo y pasaron unos largos y pesados segundos de silencio bajo la escrutadora mirada del escritor, que sin embargo ostentaba una sonrisita de simpatía. Me tocó romper el hielo y balbuceé el objetivo de nuestra propuesta que identificábamos como identidad nacional. La cuestión nacional –dijo él-, y nos explicó que la identidad era cosa de los gobiernos, en cambio, la cuestión nacional, es lo que es. Pues que sea, dijimos, y nos comprometimos a conseguir un espacio en la escuela de restauración de Churubusco ese mismo día, que amablemente nos prestó uno de sus salones de clase. El nombre de Monsiváis abría todas las puertas. Yo le hablaba puntualmente a las 9 a su casa para recordarle la clase, nos quedábamos de ver a las 10 y todos llegábamos tarde. Y así, sin demasiada disciplina, nos echamos dos semestres de pláticas monsivaianas una vez a la semana, dizque estudiando la cuestión nacional.

Fueron dos semestres en los que en realidad estudiamos físicamente a Monsiváis, que invariablemente vestía pantalones güangos y una chamarra algo maltratada, todo de mezclilla. Siempre de mezclilla. Llegó a ir con pedacitos de huevo adheridos como una más de sus medallas y realmente carecía de cualquier preocupación por su aspecto. Nosotros no éramos más elegantes y en ese plan disfrutamos dos temporaditas de ese singular encuentro entre estudiantes de antropología y Carlos Monsiváis. “Ya váis”, no me resistía a pensar cada vez que nos despedíamos de rigurosa mano.

La cuestión nacional no pasó de una plática ligera, Monsi se dedicó a contarnos historias de sí mismo y fue un privilegio escucharlo cada vez, externándonos sus preocupaciones, sus lecturas –traía pegado al poeta Kadafis-, su insistencia en la democracia, en el avance democrático, curioso de nuestras costumbres estudiantiles. Estaba fascinado con el sofisticado sistema de robo de libros que existía en nuestra comunidad, cuando le contamos que el Jarochito era capaz de sacar hasta cuatro libros de Marvin Harris -600 pp- de la Ghandi en un solo día: ¿cómo lo hace? –preguntaba tal vez imaginando la cara de su amigo Achard-, “se los mete en la panza”. Claro, de 350 pesos que costaba pagábamos 80. Así como mostraba cierta ansiedad ante nuestra fresca declaración de que no leíamos periódicos, pues no teníamos dinero para comprarlos.

Yo creo que estaba aprendiendo inglés, porque repetía frases en este idioma y nos miraba muy complacido. “Invítenme a sus fiestas”, pidió más de una vez. ¿Cómo cuáles?, pensábamos nosotros. Como yo fui el encargado de la burocracia, fui su chofer en dos prolongadas ocasiones en las que me dio una sopeada sicoanalítica que lo único que me dejó en claro fue mi imberbe juventud frente a aquel organismo sonriente y canoso que no abría la boca en balde. Para decirlo simplemente, el grupo B del sexto semestre de antropología social no daba el ancho, éramos muy brutos como para aprovechar a Monsi de una forma más académica. Era cosa de leer obligatoriamente sus propios libros y discutirlos con él, o discutir conceptos –como democracia, libertad de expresión-, o discutir autores mexicanos o algo, pero a nadie se le ocurrió.

Nosotros éramos un grupo de doce a quince jóvenes de 25 a 27 años que usábamos camisas de Aurrerá, botas de minero y los inseparables “jeans”; cargábamos muchos kilos de libros y fumábamos con la puntualidad de un tic nervioso. Sin embargo, de todo el grupo, yo era de los pocos que había leído algunos de sus libros. Nuestras intervenciones eran breves, balbuceantes, pero al menos no nos arredramos para encontrar temas y pláticas que él siempre tuvo la cordialidad de responder. Lo mejor eran sus recuerdos y algunas imitaciones –una de José María Alponte con Echeverría- muy jocosas. Desde mi primera intervención le hablé de tú y fui bien recibido, eso permitió a los demás subirse al barco de la tuteada y lo llamamos Carlos: “Eh… Carlos; ah, Carlos…” Pero en general hablamos poco.

En esos meses de 1984 Monsiváis había publicado algo llamado El desafío mexicano y otro título, publicado también por Océano, llamado A la mitad del túnel, en donde optaba por la democracia como una vía razonable para los mexicanos. Se asumía la presencia del 68, los protagonistas lo asumieron y lo analizaron. Pero nosotros no éramos del 68.

Con R. (mi R., no la de Monsi) había pasado tardes enteras en un bosquecito de Tlalpan, que estaba por Insurgentes, por la salida a Cuernavaca, atrás de los muebles de tartán. Colocábamos una hamaca y nos poníamos a leer la antología de poesía mexicana de Monsiváis. Había leído A ustedes les consta, Días de guardar y Amor perdido. Decenas de entrevistas en Jajá, TVyNovelas y suplementos de todo tipo. Era (y es) un hombre que se las arregla para aparecer en los lugares más insospechados, con su agradable aspecto de personaje de Batman, como aquel salón de aquel grupito de estudiantes de la ENAH al que tuvo la tentación de conocer.

De todo lo que he leído de él después de aquella aventura, casi nada tiene que ver con la experiencia académica de Monsiváis en la ENAH, probablemente su única incursión formal en semestres universitarios. En un artículo para el suplemento Confabulario que llamó “De la movilidad cultural en México”, en el Universal (7.abr.07), hay un párrafo que se aviene a los contenidos curriculares de aquellos estudiantes. Monsiváis indica que “se inician en las universidades los trámites de la ciencia literaria, que llevan por lo común a cambios y rectificaciones periódicas en los planes de estudio, a celebrar (por “precisos y exactos”) a los esoterismos que no osan decir su nombre y, también, a replantear temas y textos literarios. En el tiempo sucesivo y/o simultáneo de estructuralistas, postestructuralistas, deconstruccionistas, teóricos de la recepción. Decaen dos “iglesias”: el marxismo y el psicoanálisis que, por otra parte, en la crítica literaria sólo disponían de fuerza tangencial. Crece la perspectiva del feminismo o los feminismos que, por lo pronto, revalúan las escritoras olvidadas (la mayoría). Se inicia todavía con timidez la moda de los Estudios Culturales”.

En otro párrafo de este escrito asienta: “Desde 1980, aproximadamente, la expansión de la industria académica es la presión tomada en cuenta para una revaloración general. Crece la montaña de voluminosas tesis doctorales, la orientación bibliográfica se da hacia las fuentes secundarias, se igualan las técnicas de la interpretación y del comentario, con pretensiones aceleradamente científicas. Y, en la antesala de lo canónico, se atiende a muy diversos autores con la seriedad antes sólo destinada a los clásicos”.

Cuando le hablaba a su casa para recordarle de “la clase” estoy seguro que fingía la voz de su mamá. “Ya se fue”. “Gracias, señora”, yo me deshacía de nervios con la señora, no fuera a ser ella de verdad y nunca me atreví a decirle:

–Ya, pinche Carlos, te caché.

jueves, 8 de enero de 2009

No sé qué es la fe


De niño amé profundamente a Dios, muchas veces tuve en la iglesia momentos de éxtasis místico en los que casi casi se me apareció diosito. Sólo se necesitaba imaginación. Después de los doce años mi fe cristiana declinó para siempre y entonces lo que tuve fueron dudas, muchas dudas. Octavio Paz dice que el escepticismo es la antesala de la fe. Se deja de creer para terminar creyendo en algo. Yo creo eso mismo.
A principios del siglo XXI no podemos decepcionarnos más de los seres humanos. Pienso con Ciorán que “las ilusiones se han desacreditado, pero la pesadilla persiste, decapitada y desnuda; continuamos deseándola precisamente porque es nuestra y no sabemos con qué remplazarla.” (Desgarradura p. 44) A mis cincuenta años creo que no es necesario definir mi fe. Si lo haces resulta casi grotesco, como estar adornando un ídolo de rosa o de café. En cambio, si no defines tu fe puedes moverte para probar otras ciertas fes, que es placentero experimentar alguna vez en la vida: la militancia social, la ecológica, el yoga occidental y la vida vegetariana son formas de fe, donde hay santones y radicales, pero sobre todo gente como tú o yo que compartimos por momentos el compromiso con la fe que nos permite creer en algo. No se puede ser un payaso en cuestiones de fe, el compromiso es verdadero, creemos en teorías que nos imponen disciplinas y trabajamos por ellas. Es el éxito personal, mayor o menor, al que aspiran los seres humanos. Todos los seres humanos que quieren seguir viviendo necesitan tener fe. La disolvencia sobreviene no cuando se pierde una fe, sino cuando choca con otra fe que piensa lo contrario de ella sobre un mismo dilema. O tal vez debería decir: la insolvencia.

Tengo fe en la ciencia. Y eso es tener fe en la humanidad. Algún día, la ciencia proveerá al ser humano de un equilibrio mental y físico que hoy -y mañana- parecen improbables. Algo se ha avanzado, sin embargo. Este ser humano científico –del que aún somos especímenes muy primitivos- trabajará por el bienestar y el porvenir de todos los seres humanos, donde cada quien tendrá una responsabilidad definida y habrá de cumplirla. Cuando sea posible eliminar el oprobioso hambre del mundo, cuando se destruyan las armas por obsolescencia, cuando gobierne la voz popular en una democracia científica basada en la estadística -que no se les pide otra cosa a los organismos electorales-, podremos ver, tal vez, a ese hombre y a esa mujer científicos que avanzan sobre el ser cibernético que ahora (ya) somos, pegados a computadoras, celulares, aipod; dependientes del bit. Un ser científico que empezó en la revolución industrial, fantaseó en el siglo XIX, se afianzó en el siglo XX y despunta el XXI con inseguridad, amenazado por el calentamiento global, la contaminación, la extinción de especies, la epidemias, las enfermedades individuales y las arcaicas tiranías. Pero confío en que será la ciencia la que resuelva ese problema y otros, que aún desconocemos.

El que no vayamos a ser nosotros, hoy y mañana, actores de ese mundo de las sociedades científicas del futuro, no implica que no podamos intentar vivir como seres científicos de nuestro mundo contemporáneo. Ser civilizados con nuestras familias, en nuestros empleos. No robar. Asumir las responsabilidades sociales que se nos indican; manejar automóviles como seres humanos, respetar las filas. No matar. Luchar por tener empleos dignos con salarios dignos, pugnar por dejar de ver pobreza por todos lados. Ese comportamiento, que descansa en aquella mencionada fe, me permite ser, desde hoy, un mejor ser humano. La ciencia nos dará libertad. ¿Y no es lo más grande a que puede uno aspirar? Yo creo en eso. Pero ¿… es mi fe?

miércoles, 7 de enero de 2009

Sueño de internet


En ese sueño lo difícil era hacer entender el concepto del internet a las autoridades del pueblo, uno de los más pobres del país, no hablábamos el mismo idioma.

- La página de internet que se pone en sus manos es un instrumento de comunicación que llega al pueblo oportunamente. Gracias a la comunicación eléctrica los pueblos van a dejar de estar aislados del mundo.

El presidente municipal me respondía:

- Wa kinkalilakgapastilhakanan kin tsmaninkan.

Yo insistía en el mismo tono.

- Es un instrumento de comunicación que el gobierno debe proporcionar a la numerosa gente necesitada del país, como ustedes, como antes lo hizo la telegrafía, es un servicio para la gente.

El presidente respondía

- Masiykgo tasmaninkan’ listipekti’ akxni xtokgokgo.

Pero yo estaba en vena, pensando que el presidente municipal, un anciano de ojos atentos y actitud emprendedora, me estaba entendiendo a la perfección.

- La gente no tiene por qué entender su complicado funcionamiento. La gente lo que necesita es enviar palabras o fotografías. Necesita comunicarse con su hijo. Pertenece al estado primario de los derechos humanos, tiene derecho a comunicarse a través de los nuevos medios. El gobierno no debe desentenderse, debe proporcionar el servicio de internet, como siempre se ha hecho con los telégrafos y el resto de las telecomunicaciones.

- xtatlakgnikan chu xtatantlin kgosnin, wa uyma tatantlin kimalilkgastaninkgolhá xlilakgatum katuxawat.

Se instaló la telegrafía a partir de 1853, se puso la telefonía desde 1878, el cable interoceánico en 1899, la radiotelegrafía en 1914, la radiotelefonía en 1921 y ese mismo año la radiodifusión, cuando se convierte en una telecomunicación de recepción masiva, que incrementaría su nivel con la televisión en 1950. Hay en medio muchos sistemas de telecomunicación que hoy son obsoletos, el télex, el teletipo, el fax, corrientes portadoras... El internet nos plantea una combinación suculenta de todo eso.

- Nalutalakgapasatá xpaskwa kimpaxkatsikan akxni akapulhit kakgapun, nima kgentaxtu xlikgalhkukitsis

- El internet acabó convirtiéndonos a todos en telegrafistas que manipulan sus equipos, nosotros mismos transmitimos textos, audios, imágenes, video, software. Es un asunto tan complejo que habría que imaginar a la población mexicana de 1851 aprendiendo Morse para comunicarse por telégrafo. No, el telégrafo fue pensado desde el principio como servicio público.

- Nachuna’ punchuna’ kgentaxtu xlakgatunkuwt; nalutalakgapasata’ lanla tamaknukgo tiku nekgo.

- El internet es masivo, y su tendencia es incrementarse, pero en 2007 deja al menos un 40 % de personas fuera de su alcance, que de funcionar así nunca utilizarán los servicios del internet. Pero este es un sueño en donde el Internet sería un servicio público por iniciativa de un gobierno capaz.

- Chu tiku minkgo kputlaw –me señala el presidente municipal.

- ¿Qué dice?

- Que lo siga –dice el secretario de Ayuntamiento-, lo va a llevar al nuevo Telecom, el telégrafo evolucionado.

Caminamos por el pueblecito y bajo una alta techumbre de vigas con tejas estaba la puerta abierta de la nueva institución. En un apartado, una anciana humilde, con su rebozo oscuro y sus trenzas entrecanas, chatea alegremente con su hijo menor, que está en Los Ángeles, California. Una diligente joven de la comunidad, empleada por el gobierno, escribe las respuestas de la señora porque ella sí sabe leer. Tendrían que ver su cara mientras aparece el siguiente mensaje. Ella suelta una carcajada y responde de inmediato.

- Akxni minkgokan kkinkachikinkan, lulakgatikgokan xkatuxawat; wanima ukxilhtilhakgo tijitlawani’.
- Sigamos, sigamos… -agrego yo y caminamos.

A mi, extrañamente, todo esto me pareció muy natural, pues era una obvia y excelente idea. Al gobierno se le ocurrió convertir al decadente servicio telegráfico de Telecom en centros públicos de Internet, con cabinas y operadores que manejan los teclados y el mouse para la comunicación. Es un servicio para la gente más necesitada, la más pobre y ha sido todo un éxito. Ya empiezan a pedirlo en las ciudades. Las gente adulta, los campesinos, las madres de familia acuden a la agencia Telecom, donde se les proporciona el servicio de internet, comunicación integrada, para hacer contacto con sus familiares, encontrar alguna respuesta o imprimir las fotos de la boda a su hijo en Los Ángeles, California.

Caminamos por el establecimiento y había seis máquinas trabajando con una señorita al mando de cada una. Una pantalla donde una anciana chatea con su pariente.

En otra cabina un anciano campesino mira atónito un video de su hijo, que vive en Nueva York, con toda su familia. Ahí están sus nietecitos, caminando alegres como los siete enanos. Es conmovedora la expresión del señor, se limpia algunas lágrimas con un enorme paliacate rojo. Cuando termina de ver el video, que fue breve, decide enviar un mensaje a su hijo, para que lo reciba en Nueva York. Saca un papel con su e-mail personal y le pide a la empleada que le redacte sus palabras. El secretario del Ayuntamiento me informa que el viejo le dice a su hijo en totonaco que le agradece el video y que le agradó mucho, que ahora sí lo hizo reír. El anciano sale muy satisfecho de este original servicio público, tan necesario para el gran número de adultos mexicanos que nunca van a tocar una computadora en su vida. Se les hubiera ocurrido antes. Un servicio inteligente, un precio justo. Y los campesinos de México, que viven en las zonas más lejanas y escarpadas del país, disfrutan el internet.

- Ti ro ri ron…

El ruidito característico de mi computadora me despertó. El Internet en la sierra era un sueño. Un bonito sueño, pero sueño al fin.

domingo, 4 de enero de 2009

La Villa Olímpica


Un poco más al sur de Perisur, sobre Insurgentes, queda la Villa Olímpica, que el gobierno construyó para las olimpiadas de 1968. Mientras estudiaba en la ENAH, que queda enfrente, detrás de las ruinas de Cuicuilco, tuve el gusto de vivir ahí, que entonces era una especie de ghetto destinado a residentes extranjeros, generalmente asilados de las dictaduras sudamericanas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, años después, revisando un libro de antropología, encontré esta foto institucional de la escuela en donde aparezco en mi trayecto hacia la villa.

La villa olímpica a principios de los ochenta estaba llena de argentinos y otros extranjeros. Los mexicanos éramos rarezas en los veintitantos edificios, entre los que había intercambio de habitantes. Yo viví en tres edificios diferentes. Unos más cómodos que otros. El 21, que estaba al fondo, era muy agradable. Ahí renté una recámara de las cuatro disponibles. En los otros cuartos había parejas de chilenos, argentinos, peruanos, y unos franceses que llegaban intermitentemente. También pasó un ecuatoriano. De aquí quedaron amistades entrañables, que aún conservo. También viví en un edificio de la entrada, creo que el 3, ahí me dio refugio un uruguayo que resultó ser maestro de cine del Cuec. Compartía con una puertorriqueña insoportable y una preciosa mexicana con la que hice fecunda amistad. Circulaba el Nórdico por ahí –pues era del Cuec, claro- y una tribu cineastófila algo extravagante con la que yo imponía una táctica infalible: no pelarlos. Me metía a mi recámara a pintar o a leer, porque entonces nadie tenía televisión. Hice cien cuadros de cartón perforado en esa casa, congenié con Daniel y nos hicimos buenos amigos, comimos hongos mazatecos una noche inolvidable y nos tocó el terremoto del 85 en ese octavo piso. Fue una etapa de intensa actividad sexual. Me visitaban mis amigas y no tenía compromiso formal con ninguna de ellas. Ni ellas conmigo, por supuesto. La vida era un papalote y el sida era apenas una exótica noticia de homosexuales extranjeros. Muchas amistades y mucha cama. Tenía 28 años.
De Daniel conservo por desgracia sólo una colección de folletos de pintura que le estoy guardando. Son como cien ejemplares sueltos de Pinacoteca de los Genios y otra colección similar que he disfrutado tanto como disfruté su colección casi completa de Novela Negra de Bruguera. También sus revistas extranjeras. Por desgracia no volví a saber de él, y si lo viera, le entregaría su colección. A ese edificio llegué porque fui desalojado con violencia de uno que estaba más a la entrada de la Villa, regenteado por una robusta venezolana, que recibía religiosamente mi renta y la de una catalana que estudiaba biología en la UNAM, pero que abusó de nuestra confianza. No la catalana, sino la venezolana. Una mañana, derrumbando la puerta, entraron a la casa 20 hombres y nos sacaron a jalones, dejando nuestras cosas sobre las escaleras del segundo piso. Problemas para la venezolana -que era una persona amable y algo reventada, con quien tenía excelente relación-, porque de ella era el noventa por ciento del menaje de la casa: sala, cocina, todo. Yo saqué mi colchón y mis libros, también una mesa y mi ropa, y le pedí asilo de emergencia a Da Silveira, pues sabía que tenía el cuarto de Pancho desocupado. Apilé su voluminosa biblioteca, me acomodé como pude ¿y el colchón de Pancho? le pregunté a Daniel. Tíralo. En la noche lo bajé por el elevador y lo dejé “tirado” en aquel mezanine eternamente desierto.
Nunca me han asustado mucho los temblores, y el 19 de septiembre de 1985 estaba en mi cama del piso ocho cuando comenzó el terremoto. Como estaba junto a la ventana, me asomé en los primeros segundos para ver cómo se movía el edificio, aún sin levantarme de la cama. Fue cuando ocurrió el segundo jalón, que me hizo reaccionar y levantarme como impulsado por un resorte. El edificio crujía y los escasos muebles de mi cuarto se movían para todos lados. Abrí la puerta y me encontré con un cadáver uruguayo apoyado en el quicio, reconocí el enorme bigote de Daniel, que apenas musitó una frase: “está muy fuerte”. Luego de larguísimos segundos el terremoto cedió, volvió la tranquilidad a la Villa olímpica y comenzaron a salir las familias a las explanadas. Sabíamos que algo habría ocurrido en la ciudad, pero no teníamos televisión, ni radio, ni nada. En el transcurso del día nos fuimos enterando.

viernes, 2 de enero de 2009

Por emular a Tarzán


En 1981 instalé una escultura monumental de siete metros gracias a las gestiones de mi mentora Ana Lydia que hizo toda la conexión. Mientras la elaborábamos en el taller de herrería de Rafa, un tubo de metal de unos 15 kilogramos que uno de los muchachos sostenía como a ocho metros de altura, se le resbaló, cayéndome en la cabeza. El tubo cayó horizontal pegándome en el costado derecho de la cabeza y fue el hombro el que recibió el impacto completo. Cundió la alarma y todos me hicieron la cuenta de protección, pero yo estaba seguro que no había pasado nada. Soy un cabezadura.

Cuando tenía unos doce años, trepado en el sauce llorón del jardín de mi abuelita Luz, con dominio de banqueta porque era un árbol enorme, tuve un desafortunado accidente. De una altura de seis metros, caí rebotando en las ramas y quedé tirado inconsciente. El cartero ayudó a meterme a la sala, desperté en el sofá bajo la mirada escrutadora del retrato de mi abuelito, muerto apenas hacía tres años, y no sabía exactamente qué era lo que me dolía, pues me dolía todo, aunque destacaba la muñeca derecha.
Me acuerdo que estaba acostado en el sofá, probablemente me habría fracturado la muñeca, que empezaba a inflamarse. El codo derecho me lo había fracturado dos años antes al caerme del horno de la panadería de mi tío Bilo, papá de mis primos hermanos los Portillo. Fue una fractura grave. Me descolgué con habilidad por el cajón del boiler, que era de cemento, pero en eso resbalé y me fui de espaldas sobre una gran tina de lámina que estaba boca abajo en el suelo. Un instinto me ordenó usar el brazo de colchón, caí en el filo de la tina y sólo escuché el sonido de una rama quebrándose. Ahora tenía doblado el brazo derecho al revés, mi codo había cambiado su posición a la parte delantera del brazo. Tomé mi brazo por la muñeca, di un jalón hacia delante, un pequeño empujón sobre mi nuevo codo, y crac, el sonido de la rama me restableció mi antiguo codo. La radiografía mostraba como una línea blanca atravesaba mi brazo por el codo. Estaba en quinto año de primaria, lo demás fueron yeso, médicos, hospitales. Tres meses de inactividad. Perdí el quinto año.

Inactividad relativa, pues cuando tenía unos dos meses y medio de traer el yeso, la pobre abuelita estuvo a punto de tener un infarto cuando entró a su cocina y me vio “volando” a través de la ventana, brincando del techo de la cochera al arenero que ella había mandado poner para que hiciéramos castillos de arena ¡No para saltar de la azotea! Pero ahora estaba en primer año de secundaria y mi nueva situación volvía a tornarse sumamente complicada.

Cuando arribó al hospital la inocente de Aída el doctor Barba estaba haciendo la mezcla de yeso y agua para enyesarme la muñeca. Mi mamá llegó a tiempo e impidió que se cometiera el atentado, antes de tomarme una radiografía. En Moc no había Rayos X y tuvimos que irnos en taxi a la capital del estado, a 100 kilómetros de distancia. Los golpes inesperados a la economía familiar fue una monserga que mis padres afrontaron con calidad humana y generosidad hacia ese desgraciado muchacho, nunca me dijeron una palabra sobre el tema. Pero huelga contar los sermones que me tuve que echar de cada uno y después de cada tío y pariente que procuraron ofrecer su opinión para calmar el ánimo suicida de ese demonio, que buscaba la perfección del cuerpo, y me dieron rotundos discursos a los que nada había que oponer. Me quedaba callado. El demonio tenía su parte artística corporal, como decía, era la búsqueda de alcanzar lo imposible. Hablando de ramas, había algunas que parecían muy lejanas. No lo estaban. Era capaz de brincar situaciones límites de distancia y equilibrio. De centenares de veces sólo una vez caí, esa maldita vez.

No quise cenar después de tanto ajetreo. Me instalaron cómodamente en un cuarto privado del Issste y me trataron a cuerpo de rey. Al día siguiente salí en el Heraldo de Chihuahua como noticia en la sección de ciudad que ostentaba el siguiente encabezado: “Por emular a Tarzán se lesionó”. La nota no era corta y entre otras cosas me acuerdo que decía: “el chamaco Noyola declaró que, estando en la casa de su abuelita…” Quedé impactado en mi primera experiencia con el periodismo, el diario inventaba una realidad que no era la real. Era otra realidad porque, aunque no había declarado nada, salía en el periódico, la noticia era cierta, pero no estaba jugando a que era Tarzán. Entendí esa faceta del periodismo… acomoda las cosas a su conveniencia.
Al año siguiente visitamos la capital mi grupo de segundo año de secundaria y el maestro Schafino como comandante. Nos llevaron de paseo a la presa, que eran una construcción conveniente de conocer. Puedo imaginar el rostro del profesor cuando volteó hacia arriba y percibió en las alturas de la presa, sobre un enorme tubo que atravesaba la barranca a unos doscientos metros del suelo, a mí, en una de mis osadías, caminando temerariamente sobre el enorme tubo. Es la única ocasión en que fui esposado el resto de la tarde con las tenezas de mi compañero Jaime Carrillo, una de las estrellas del equipo de basquetbol, muy fuerte, que recibió la consigna de no volverme a soltar hasta que el camión hubiera arrancado hacia Moc.

“Tú le dijiste a la enfermera que no querías cenar, mi amor” –me dijo mi mamá cuando exigí en la mañana algo de desayunar. Me tocó la cabeza y me confesó que podrían operarme esa mañana, por lo que no podía comer nada. La sala de espera de los rayos X, que el Issste tampoco tenía y te enviaban a una empresa que prestaba el servicio, estaba llena, la espera se prolongó y yo me sentí verdaderamente mal. Esa mañana me desmayé tres veces seguidas en los brazos de mi mamá ¡de hambre!

Mi pobre madre era la que acometía esas extrañas aventuras en las que la metí. Del horror a la comedia. Desde los tres años en que iba con mi tío Mario, de unos trece, cuando iniciaba la pavimentación del centro del pueblo y me caí de manitas en el chapopote hirviente. De adulto me contó que entré en un delirio de dolor. Sin saber qué hacer, las gentes de una farmacia me echaron alcohol. Experimenté desde muy pequeño cuando el delirio se convierte en éxtasis, en sacrificio. Mario me devolvió a la sala de mi abuelita sigilosamente y yo caminé hasta la cocina como un santito martirizado, había llorado tanto que ya no tenía lágrimas disponibles; sólo recuerdo los gritos de todas aquellas mujeres invocando a Dios, tratando de ver en detalle mis manitas laceradas. Allí empezó un calvario para mi pobre madre que siguió con cortes sangrientos y chichones elocuentes, ojos morados, alergias monstruosas, accidentes automovilísticos, aéreos y acuáticos a un ritmo que podría definirse como consistente.

Una vez me ahogué en la playa de Mazatlán. Yo era un adolescente del desierto, tenía 16, me metí a brincar olas con zapatillas, pues había cangrejos, y ahí andaba, hasta que de pronto perdí piso y me vi flotando en una masa de agua mucho más alta que yo. Se me ocurrió que podía bajar al fondo y caminar hacia la playa, “suponiendo que sea para allá”. La táctica no funcionó. “Piensa rápido”, me exigí desde mis dieciséis años, pero mi nula experiencia marítima, mi ignorancia para nadar, me sumieron más bien a una serie de cavilaciones. “Mis papás se van a morir de tristeza”, reflexioné arrepentido. Seguí flotando y empecé a tragar agua y mientras agitaba los brazos comprendí la gravedad del asunto: me estaba ahogando y en unos segundos, diez segundos ¿veinte? me iba a morir. Como en una película, vi a mis papás recogiendo el cuerpo inerte del idiota de Polo. O sea yo, el adolescente que se estaba ahogando. Él es virgen y por el momento no tiene una novia. “Tenían tres días acampando en la playa”, ahí están sus cuatro compañeros. “Yo no sabía que no sabía nadar”. El féretro nos lo llevamos a Chihuahua en Ferrocarril. Mientras percibía la crisis financiera a que iba a someter yo a la familia choqué con el piso y el aire fresco me cacheteó la cara, se llenaron de aire mis pulmones porque el océano me había vomitado. Estaba vivo. Traté de disimular pero el agua me salía a raudales por mis fosas nasales, la playa estaba llena de jovencitas, de esas muy hermosas que abundan en Sinaloa, y no estaba dispuesto a salir con cara de ahogado, me tragué toda el agua. Años después en Tecolutla mi hermano Antonio leyó aquel poema del Conde de Lautreamont que, en un momento dado, grita solemne: “te saludo, viejo océano”, que en los viajes sucesivos al mar terminaron en un extraño ritual. Cada vez que visito el mar, me acerco a la playa junto a las olas, inflo los pulmones y recito con innecesario dramatismo: “Te saludo viejo océano, te saludo viejo océano, te saludo viejo océano, te saludo viejo océano, saludo viejo océano, te saludo viejo océano, te saludo viejo océano”…, hasta que se me acaba la respiración. Y no me he vuelto a ahogar, porque nunca me volví a meter al mar.

Un amante de verdad


Unas noches después de mi llegada a la ciudad de México (1976) se me permitió vivir inesperadamente la experiencia de dormir con una mujer. En Moc había tenido relaciones con mi novia en el automóvil de mi papá, perdidos en la oscuridad de un paraje que llamábamos kilómetro 16, pero nunca, ni soñando, toda la noche con una mujer.
Mi ignorancia era plena. Sólo puedo recordar el vigor de un joven fuerte y sano que tuvo la gran oportunidad y no se arredró ante lo que estaba por suceder. Estaba claro que Pi era mi novia, nos habíamos besado, pero esa noche que fuera apenas la siguiente noche en la ciudad, nunca me pasó por la cabeza que sería la noche en la que por fin realizaría el viejo anhelo de dormir con una mujer y coger sin prisas y sin pausas la cantidad de veces que quisiera. Era el premio mayor de una lotería de la que no había comprado ni boleto. Ahora, lo que sucedería después de que subiéramos a mi recámara era territorio completo del libre albedrío. En las prisas de aquellos coitos automovilísticos, nunca en realidad había tenido frente a mí el cuerpo desnudo de una mujer. No sabía cómo desnudarla. Y aunque había practicado con los brasieres de mi mamá y de mi hermana, quitar el cierre en la escena del crimen fue una maniobra en la que tuve que ser ayudado. En todo fui ayudado con generosidad. Entonces me entregué sin freno al mito dionisiaco sintiendo que era un dios, un perro, un gusano, una brizna de polvo, un átomo. Sintiendo que la ciudad de México era en verdad la tierra de la gran promesa, ahora por cumplirse. Un premio inmerecido, inesperado, casual. Claro, tuve que pagar mi novatez.

No sabía cuántas veces tenía que hacerse el amor en una noche. No tenía ni idea, así que hice mi mejor esfuerzo y por ahí de las cuatro o cinco de la mañana, mareado, terminé mi séptima entrega. Casi una simulación, con un orgasmo más bien desagradable. Entonces me quedé dormido -creo que ella se había dormido en la cuarta. Fue un esfuerzo descomunal que me dejó una lección para toda la vida. Y esa fue una escuela sudamericana que me duró los siguientes años, cuando me diplomé en sexología porque me convertí en un adulto que tenía una amante. Fue una bendición que me cayó del cielo por estar en el lugar y en el momento adecuados. Y aunque fue el evento más importante de mi llegada a la capital, pronto me volví un experto, un profesional que dejó de pensar y de hablar de ello. Era un paso que no había calculado en mi relación adolescente con mis amigos, a quienes tendría que haber contado con pelos y señales cada detalle, como nos contamos aquellas sospechosas historias sobre supuestas relaciones sexuales en el lejano Moc. En México ya no era necesario. Mis hermanos y los adultos con quienes estaba eran jóvenes de 25 a 30 que también vivían la vida intensamente, llenos de sexualidad con sus respectivas parejas, ya nadie hablaba de ello.

Esos mismos tres años (76-79) fueron los mismos de la facultad de filosofía y letras de la UNAM en donde –académicamente hablando-, no aprendí nada. Fui un estudiante distraído, enamorado –pues Pi ingresó ahí mismo, siguiéndome en realidad-, salvado sólo por las lecturas que mi hermano Antonio me fue pasando para intentar infructuosamente ponerme al día. Leí a Hemingwey, a Capote, a Salinger y decenas de libritos de la Serie Negra de Bruguera. En la escuela leí a los sociólogos latinoamericanos de las venas abiertas y a los historiadores. El marxismo todavía era ley. Así, entre la UNAM y las novelas, el mundo se me abrió un poco. Y con el paso de los meses se me fue quitando lo atarantado. El niño pueblerino se fue diluyendo entre los vagones del metro y las acrobacias en los estribos de unos autobuses llamados Ballenas que me llevaban a la universidad. Por temporadas mis pensamientos volvían al pueblo para contarle a Jaime Lorenzo todas estas cosas, pero los días pasaron raudos y también los años. Pronto sería un joven capitalino común y corriente. Un chilango más.

Filosofía y letras


De la SCOP a la UNAM eran treinta minutos, en promedio. Tomaba una ballena en la avenida Universidad, frente a la glorieta de la SCOP, que se iba derecho hasta la escuela de lenguas de CU, donde empezaba ciudad Universitaria, ahí me bajaba y caminaba más o menos un kilómetro de jardines y edificios que emergían en el ondulante paisaje de lomas verdes, hasta el estacionamiento de la facultad de Filosofía y Letras.
El año de mi ingreso a la UNAM (1976) todo era nuevo para mi, recién llegado de un pueblito de veinte mil habitantes. Mi hermano Jaime me acomodó en la extinta Dirección de Telecomunicaciones como “oficial administrativo”, el sueldo era paupérrimo pero suficiente para un muchacho como yo, que viviría un año de agregado familiar Antonio y Martha. Se trataba de la oficina de Cobranzas, a la que pronto me adapté y combiné sin problemas con la universidad. En la mañana trabajaba mecanografiando oficios y revisando expedientes para encontrar adeudos, y en la tarde asistía a una exótica carrera llamada Estudios Latinoamericanos en la facultad de filosofía y letras. Nos daban clase varios exiliados argentinos que con toda seguridad no se acordarán de mí, como yo no me acuerdo de casi ninguno de ellos. Eran enérgicas argentinas enflaquecidas por sus dramas a quienes se les saltaban las venas en el cuello, enfáticas en su característico acento austral “¿no es cierto?” Había algunos sabios mexicanos como uno que nos obsequió una clase de historia de la colonia en México. Era un gran placer escuchar tanta sabiduría. El profesor era un anciano venerable –y seguramente importante- al que se le cerraba un ojo al hablar y, por momentos, en aquellas noches que caían a plomo en la Ciudad Universitaria, como que se quedaba dormido por instantes para regresar después con otra perla novohispana. Había una pequeña argentina que decían que era la novia de Leopoldo Zea (nuestro gurú, aunque de la Facultad de Economía, donde era director de Estudios Latinoamericanos. Ya para entonces eran bastante mayores.), muy ordenada y didáctica que nos repitió muchas veces una anécdota que nunca pude olvidar: “en Filipinas le dicen mangos mexicanos a los mangos de manila”. Cada vez que me como un mango de manila me acuerdo de ella. Y de una planta de maestros jóvenes y no tan jóvenes que nos hicieron leer, en interminables cursos de metodología de las ciencias, a Mario Bunge y toda la caterva de metodólogos y marxistas doctrinarios, que nos enseñaron exóticas argumentaciones que presuntamente aseguraban su carácter científico en el estudio de la historia, la antropología y la sociología. Un especie de código que nosotros los estudiantes repetíamos y ellos nos aprobaban con un diez. Con las venas abiertas por la indignación del colonialismo gringo y europeo –sobre todo el gringo, que nos cala gacho a los mexicanos-, pasaron aquellas tardes académicas sin un destino cierto y con muchas actividades extracurriculares que yo tenía que hacer debido a mi reciente llegada, entre ellas, conocer la ciudad más grande de Latinoamérica, conocer a mi novia, hacerme cargo de mi ropa, de mi comida, de mi vida, para lo que, huelga decir, no venía en lo más mínimo preparado. La UNAM, por lo tanto, era necesariamente un sitio de tránsito, una preparatoria conveniente para aquel imberbe joven que se enfrentaba apenas a la responsabilidad individual. Seis semestres que en realidad fueron tres años formativos para aprender a vivir en la ciudad. Para aprender a amar a una mujer. Aprender a pensar, a cuidarme.

Uno de los recuerdos más agradables de la UNAM es mi participación en un maratón de conciertos de rock a lo largo de una semana donde unos doscientos estudiantes, hartos del marxismo, nos dimos una encerrona en el auditorio Ché Guevara a ver cinco clásicos del cine de rock en la que figuraban Woodstock, Janis Joplin, Monterrey Pop y otras dos que no recuerdo y a la mejor ni vi. Metimos botellas de licor y el dulce aroma de la mota afloraba de tarde en tarde en los rincones oscuros del auditorio, también llamado Justo Sierra. Había camaradas acostados en el podio literalmente apantallados con un Jimi Hendrix de veinte metros que se quería comer su guitarra. Y otras cosas con las que me quedé de aquella facultad. El café con canela del puesto de comida, los pasillos vacíos con sus ladrillos interminables, las noches con eco, las visitas afortunadas de Sabater, Trías, el demente genial de Arreola, que se paseaba con un traje verde caramelo que contaba con capa, el paisaje desde los salones que dan a las famosas islas, con sus árboles y su césped.

Presentación


Tengo la edad de aquellos que estudiaron la universidad entre los años setenta y ochenta e hicimos nuestras primeras investigaciones en arqueológicas fichas de cartón tamaño media carta de colores diversos, aunque prevalecían las blancas, rosas, amarillas, verdecitas y azul pastel. Ahí escribíamos en máquina mecánica las citas de los autores estudiados y las búsquedas y reflexiones que dominaban aquellos tiempos. Diversos hitos de las ciencias sociales estructuradas con la teoría marxista, que era una metodología de carácter obligatorio. Me interesa hablar de aquellos años, pues ahora veo con la tecnología y con las hijas una versión completamente nueva de las preocupaciones humanas. Escudriñar en los recuerdos una especie de metodología que me permita, en primer lugar, explicar mis propios cambios en tan pocos años, y en el mejor de los casos, encontrar una forma de entender las nuevas mentalidades de las que me siento tan ajeno. Ya sé que en todas estas palabras hay muchas contradicciones, pero ese es justamente mi estado mental. No quiero hablar por hablar, sino expresar dos o tres ideas que han rondado en mi cabeza durante décadas. Tienen que ver con esas breves aficiones que tocan a nuestra puerta alguna vez en la vida y que uno decide si las procura o no.

En mis fueros internos reconozco que nunca en mi vida he terminado nada a plena satisfacción, pero eso tal vez nos ocurra a todos. Mi modesta obra me ha dado satisfacciones también modestas pero vitales, ensayos de varios quehaceres que nunca he asumido con formalidad profesional, como sí asumí la paternidad de dos hermosas bestias, un matrimonio responsable y mi trabajo como empleado añejo, obediente y eficaz que ha podido salir adelante con el sudor de su frente y de sus asentaderas.

Aunque tengo desagradables defectos como ser humano, espero reflejar aquí al hombre positivo que también está conmigo y que me ha llevado a ser un señor decente y convencional de San José Mayorazgo, colonia de Puebla, que no tiene más propiedades que unas carcachas veinteañeras, dos pantalones de mezclilla, tres camisas y dos chamarritas para el frío breve. Un mexicano de bolsillos rotos que vive al día convencido de que es inútil llorar y que es mejor reírse de sí mismo y también de este pobre país tan defectuoso que habitamos estos ciudadanos cojos, ciegos y mudos, en el que no nos interesa hablar con el vecino, apáticos ante la zozobra, incapacitados políticamente, que no creen en nada, que no son prácticos sino pederos, que el maestro Ciorán pinta tan de cuerpo entero en esa frase de mitos sin sustancia. Somos unos mitoteros, pero alguna substancia podríamos tener, pues provenimos de un país muy antiguo y sabio. No es posible que seamos hijos de esta tierra y seamos tan bárbaros. Denise Dresder lo dice mejor en un discurso que Oli amablemente me mandó, dice que en México muchos hemos vivido “con la mano extendida, con la palma abierta, esperando la próxima dádiva del próximo político, esperando la entrega del cheque o el contrato o la camiseta o el vale o la torta o la licuadora o la pensión o el puesto o la recomendación o la concesión de un bien público; esperando la dádiva de lo que Octavio Paz llamó "el ogro filantrópico": la generosidad del estado, que con el paso del tiempo produce personas acostumbradas a recibir, en vez de participar; personas que son vasos y tazas, ciudadanos vasija, ciudadanos olla, recipientes en vez de participantes, resignados ante lo poco que se vacía dentro de ellos, porque la economía no crece lo suficiente, porque el país no avanza como debería, porque el tiempo transcurre y los pobres no dejan de serlo”.

Entonces es necesario participar en una amplia discusión sobre lo que somos. Y lo que podemos ser. Es prioritario que los mexicanos reflexionemos sobre nuestras visibles enfermedades sociales, los mercados de trabajo inexistentes, la respuesta automática para la corrupción, “me agarró un mordelón”, la indiferencia ante el bárbaro deterioro ecológico. “Vino el Ayuntamiento y cortó 48 árboles”, la degradación humana, “cazan a 300 emigrantes”, el caos, “15 muertos en Chihuahua”. Y todo empieza ahí, en lo que somos, viendo que, como dice Dresder, “frente a los motivos para cerrar los ojos están los motivos para abrirlos”.

“Escribimos para que se nos recuerde, aunque escribamos olvidando o para olvidar algo”, dijo Francisco Umbral un poco antes de su muerte en agosto de 2007. Diez años antes de la vejez oficial, lejos ya de la adolescencia, la muerte es una de mis conversaciones. Octavio Paz expresó que “el escepticismo es la antesala de la fe”, yo no lo sé. Pero lo que entrego en mi saldo de creencias es un abigarrado cuerpo ideológico de un hombre sin ninguna fe, mitos sin sustancia de un agnóstico que no ha encontrado nunca, después de los siete años, una fe en la cual refugiarse ni en las religiones, ni en la política, ni en las ong. Un incrédulo profesional que quiere participar en la edificación de su destino, pero que desconfía profundamente de sus semejantes. Un izquierdista sartoriano, alcohólico, egoísta, romántico, soñador e irresponsable, como la inmensa mayoría de los mexicanos.Un blog sobre nuestra cultura tomando en cuenta todas estas consideraciones que explican al inexistente lector las razones por las que un hombre común y corriente tiene algo que decir.