miércoles, 12 de enero de 2011

El recurso del método


Creo que ustedes han creado un nuevo sistema de tortura que, por lo menos, es original. Y efectivo, me veo precisado a agregar. Pueden patentarlo como modelo de contención patronal, de escarmiento, dilación financiera o castigo, sumamente útil para sindicatos, dependencias, organismos empresariales y -la novedad- ong´s; les advierto que me necesitan, pues he sido un conejillo de indias silencioso y disciplinado, discreto y aguantador.

Les envío una bitácora de los pasos relevantes del método, cronografía incluida, para ir llenando desde ahora los engorrosos trámites y formatos de la patente.

Primera etapa: calentamiento. Se encomiendan las tareas al trabajador de acuerdo al plan suscrito por las partes y se inician las labores.

Segunda etapa: desarrollo esperanzador. Si el trabajador labora los primeros cinco meses sin chistar, se le ofrece repetidamente su pago en amables misivas: “ahí viene, ahí viene”. Cuando ciertos síntomas indiquen que el trabajador está a punto de reventar, se le libera un pago, de uno o dos meses, que por el momento lo contendrá. Sin embargo, no se le pagará lo acordado, sino la mitad, eso le dará una lección de autoridad y comenzará a minar su seguridad individual.

Tercera etapa: prueba de aguante. Se espera a que el trabajador termine las labores encomendadas, en tanto que se le envían, esporádicamente, amables misivas explicándole las difíciles negociaciones que se hacen con los financiadores para liberar su pago. Se le advierte, no obstante, para que después no haya atisbo de reclamación, que se los siete meses trabajados sólo se le pagarán cinco. Eso terminará por agotar su amor propio, si algo le quedaba.

Cuarta etapa: enajenación. Un mes después de terminado el trabajo, el obrero está desesperado, sus fuentes particulares de financiamiento agotadas, su moral deshecha. Si se tenemos la suerte de que sufra alguna enfermedad grave él o algún miembro de su familia (no mortal, el experimento fracasaría), perfecto, pues llevará sus necesidades al límite y estará en condiciones de alienación total, pues carecerá ya de voluntad para asociarse, denunciar e inclusive quejarse. Pronto será un muñeco de trapo en manos de la patronal.

Sexta etapa: tortura. Al tercer mes, de preferencia diciembre, cuando las necesidades crecen a causa del periodo navideño, tras muchas semanas de silencio, comienza esta última fase que es una verdadera obra de arte por su sutileza e ingenio. Cuando acaso él ya se está resignado de haber sido víctima de un trabajo fraudulento, inesperadamente, se le envía una amable misiva, con atinados visos de verdad, pues se enviará copia de la misma al resto de las partes involucradas (maestro de obras, propietario del inmueble, etc.), prometiéndole que, ahora sí, en unos días (se puede mencionar alguna fecha, o dos o tres, siempre y cuando estén cercanas, para un mejor efecto), sin duda ninguna, recibirá su parte (o “una de las partes” de su parte, la ambigüedad ayuda), pues la financiadora “ya ha aprobado” el desembolso (aquí puede mencionarse una marca de consumo común, como un cereal, que el trabajador probablemente come o comió o comerá, que quedará indeleble en su subconsciente por el resto de su vida) y que se prepare para recibirlo.

Séptima etapa: arte. En esta etapa las comunicaciones serán periódicas, breves, certeras como un rayo que va directamente a lo que reste de voluntad en la castigada personalidad del trabajador. Por supuesto, los días acordados llegarán y pasarán de largo sin avisos ni noticias de ninguna clase (y, por supuesto, sin pago); de pronto, un aviso: “el cereal ha pagado, esperar depósito”. Los días del trabajador pasarán lentos, una semana, dos. Probablemente se suicide (fracaso), pero la naturaleza humana quizás le permita sobrevivir la difícil etapa (éxito).

Octava etapa: éxito. Si el trabajador ha logrado sobrevivir lo suficiente como para llegar a esta etapa, nuestro experimento ha resultado todo un éxito. Felicidades. Aquí ya no importa si se le paga o no (lo que recibirá a final de cuentas es apenas el salario mínimo de un mes laboral que, en cuentas alegres, por casi un año de experimento, bien vale el desembolso), lo importante es haber probado que el método funciona, que tenemos los documentos probatorios y el testimonio de este pobre infeliz que, tal vez, con alguna clase de promesa (¿Módulo dos?, por qué no, tanta es su necesidad), acceda a prestarse para atestiguar de viva voz todo el itinerario.

Novena etapa: patente. La patética condición de los numerosos pobres mexicanos hace de nuestro invento una fórmula inmejorable para alienar obreros, albañiles, indígenas y desposeídos en general que, como todo mundo sabe, presumimos defender. Imagina esto en manos de la Sedesol, encargada de entregar los recursos de los programas federales a los pobres mexicanos. Nuestro éxito debe seguir basándose en la demagogia, en la prédica de un catecismo que no creemos pero que defendemos en todo momento. Es nuestra principal herramienta de lucha, como lo son las propias palabras de solidaridad que esgrimimos sin cesar pero que no respetamos, que no reconocemos en la práctica. Somos como la iglesia, pero sin las ataduras de un dios vigilante; somos como los gobiernos, pero sin el compromiso de odiosas instituciones que nos auditen. Somos las poderosas ong´s que nadie ve y nadie vigila; estamos y no estamos; nos comprometemos sin ningún compromiso; hablamos sin hablar; pagamos sin pagar; existimos sin existir.

Décima etapa: trituración. En esta etapa ya no es necesaria nuestra participación, el sistema político, con su cauda de crisis, hace el resto. Es la cuesta de enero, el trabajador está deshecho moral, económica y psicológicamente. Se encuentra capturado por las cuatro esquinas de su entorno, con la familia en contra, con sus vecinos en contra, con el mundo entero en contra. Gracias a nuestras promesas no tuvo tiempo de preparar nada, de prever, de calcular. Se cierra el expediente, éxito total. La alienación se ha completado.

¿Acaso no somos, al final de todo, geniales?



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