domingo, 10 de julio de 2011

Louis el ceniciento



Dos días de la primera semana de julio, separadas por 70 años, celebran el nacimiento y la muerte de Louis Armstrong, el genial trompetista de jazz.

Es 1910, Louis tiene 9 años, deambula sin rumbo por las barriadas de Nueva Orleans, hurga en los botes de basura y rescata panes, frutas con mitades podridas. Louis Daniel, hijo de un tal Armstrong (que abandonó la casa desde que se acuerda) y de Mayann, una ya no tan joven negra que reparte su tiempo trabajando como sirvienta en las casas de blancos y de prostituta en los bares de los barrios bajos que abundan en las márgenes del Missisipi. Louis es un niño observador, esquivo, delincuente.

A los 15 años, es internado en el Hogar Municipal para Muchachos de Nueva Orleans tras haber disparado un revólver en plena calle para celebrar el Año Nuevo de 1913. No había día que no tuviera a la policía encima; la calle y Louis eran una misma cosa. De espíritu festivo, exultante, de luces esporádicas, dispersas, casi perdidas en la inmensidad de la noche adulta, en los desvelos y los amaneceres doloridos; de intenso olor a pez, sudor, delito, Louis es la mejor representación de los jóvenes negros de la calle de las primeras décadas del siglo XX.

El asilo ofrece a Louis el punto de referencia que necesitaba, ya que tenía un buen oído por haber cantado en un cuarteto de niños ahulladores en rondas esquineras de a centavo; ahora obtenía su primera corneta, percibía las diferencias en la música; aprendió marchas populares, rags y baladas. Es decir, entendió el jazz, lo adoptó. Cuando se dio cuenta de lo que tenía, estaba dispuesto a perderlo.

En el Nuevo Orleans de los años veinte un músico con talento sólo tenía que doblar la esquina para encontrar trabajo. Louis Armstrong conoció a los principales músicos de la ciudad; no hubo antro, salas de baile, cafés, honky tonks y burdeles que no amenizara con su inigualable trompeta.

Hacia 1923, Louis Armstrong es un trompeta que se distingue por su vigor, al grado que debió ser colocado a unos metros de la banda. En un foro aparte entregado a su público en charola de plata brillante como su trompeta. El jazz primitivo de Nueva Orleans era una música de grupo, con breves lucimientos de los diferentes solistas, pero este trompetista estaba desarrollando un estilo propio movido por fuerzas ocultas y una extraña disposición personal. Cantaba, hacía chistes, lanzaba tremendas carcajadas con sus blancos dientes que contrastaban con el oscuro acento de su piel. Este jazzista... estaba cambiando el show.

Por derecho propio, en 1925 Louis Armstrong dirige su propia banda; graba discos y se descubre a un hombre que, además de brillante trompeta, es un cantante excepcional y un showman de categoría. Louis Armstrong en 1930 ya era una leyenda.

Hasta su muerte en 1971 aparece en 50 películas, graba decenas de álbumes, es una estrella que brilla en todos los escenarios; mundialmente famoso, el más grande trompetista del jazz, el primer músico solista, el gran ceniciento.

El espíritu de Louis luminoso de su música, pícaro como sus ojos... rondará los escenarios del jazz para señalar que su trompeta, en sus numerosos discos y películas que nos negamos a guardar, está más viva que nunca.

* Datos de libro: Jazz, de John Fordham.






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