viernes, 11 de enero de 2013

La robachicos



Martes 01 de julio de 1930. Lidya entró a trabajar como sirvienta a la casa de los Rodríguez el 25 de junio a las nueve de la mañana. Fueron pocas horas las que duró. Poco antes del mediodía, habiendo atendido labores de limpieza y el cuidado del pequeño Ricardo, de 10 meses de edad, Lidya fue enviada a la tortillería acompañada del pequeño. No regresaron.

La joven Lidya, de apenas 16 años de edad, vivía una crisis de identidad y tal vez lo que quería era juntar un poco de dinero para huir más lejos de su odiado marido, a quien había abandonado con sus pequeños hijos. No tenía planes concretos, pero en la calle, la suerte quiso que se encontrara con sus primas Francisca y Guadalupe quienes en muy pocos minutos la convencieron de que robara al chamaco para pedir algún rescate por él, que ellas la ayudaban. Presa de su desesperación, Lidia accedió a cometer la fechoría y se fue con el niño por el rumbo de Cholula, acompañada de las primas.

Pasaron los días en medio de la más cruel incertidumbre para la familia Rodríguez. Una semana. A pesar del optimismo del Mayor Ausencio Meza, encargado de la investigación, los pobres padres esperaban enfermos de tristeza. El 7 de julio, trece días después de la desaparición, el Mayor pasó a la casa de la familia de la calle de la Industria, pidiéndoles que lo acompañaran, que había buenas noticias sobre Ricardito.

Subieron al vehículo oficial que enfiló hacia Paseo Bravo y después siguió con rumbo de Cholula. Luego de minuciosas investigaciones, Meza se había podido enterar que el bebé se hallaba secuestrado en una calpanería de la Hacienda La Carcaña, entre Puebla y Cholula, por lo que, con un discreto despliegue de agentes, rodearon la zona y sorprendieron a todas las mujeres que estaban ahí reunidas junto al bebé, que por cierto era amamantado por una de ellas y se mostraba sano y despreocupado, para tranquilidad de sus padres.

De esta forma tuvo un final feliz el secuestro de Ricardo. Las mujeres fueron conducidas en medio del llanto a la comisaría, donde el juez les dio una condena de cinco años de cárcel. El niño y sus padres se fueron felices a su casa esperando tener más cuidado la próxima vez, cuando podría ser que no tuvieran tanta suerte. Los hechos fueron registrados en los expedientes criminales de las historias ocultas de Puebla.

Paráfrasis de una nota aparecida en La Opinión, el gran diario de oriente. Dir. J. Ojeda González, Puebla, Pue.

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