miércoles, 25 de septiembre de 2013

Tentzonhuehue


Vuelvo al tema del Tentzo que hace tres años (5 de octubre de 2010) abordé con motivo de una escultura con la representación de este mito que elaboramos en el taller que la ONG española Ayuda en Acción patrocinó con las hijas de los artesanos de San Juan Tzicatlacoyan durante varios meses y que tuve el gusto de coordinar bajo la vigilante mirada de Angie Martínez y Marco Castillo.

Desde entonces, lo que más ha llamado mi atención es el enorme interés que suscita la historia de esta antigua deidad que la antropología reconoce como Tentzonhuehue, siendo por mucho el post más visitado y comentado de los novecientos y tantos que lleva acumulados este blog, que según las estadísticas suma para El Tentzo 5 231 lecturas y 15 comentarios aportados por sus lectores; uno de ellos, Alejandro Olivero Bautista Fuentes, cuyas fotografías ilustran esta entrada, puso a disposición una serie muy rica e interesante de fotografías y videos de sus exploraciones en la cordillera del Tentzo o Tentzonhuehue muy recomendable de consultar.

En aquella ocasión citaba un poco de oídas la investigación hecha por la antropóloga italiana avecindada en Puebla, Antonella Fagetti, sobre esta mitología y que ahora he conocido por fin como libro con el nombre de “Tentzonhuehue: el simbolismo del cuerpo y la naturaleza”, publicado por la Editorial Plaza y Valdés en 1998 y del que he extraído algunos fragmentos que alimentan y mejoran la primera versión de este blog. Además lo hago con permiso expreso de la antropóloga a la que me encontré en una reunión y le pedí permiso de usarlo para todos ustedes. El libro de Antonella está en línea y puede ser leído o consultado por internet, por lo que al final pongo el link para los muy interesados.

Durante mi estancia en San Juan Tzicatlacoyan tuve oportunidad de hablar con algunos pobladores sobre características y personificaciones de lo que conocemos como Tentzo, que para nuestro taller terminó teniendo la imagen de un anciano con barbas de nubes. Doña Facunda Juárez Corichi me contó que es un cerro que tiene aspecto de persona, “que se ve bien, que tiene su cabeza, que tiene sus manos, que tiene sus pies, que tiene sus ojos, que todo tiene el cerro que le dicen el Tentzo. Que es como una persona que se ve. Se oye decir que la gente le pide cosas, mucha gente tiene miedo porque no es algo… cómo le diré, no es algo que es…  luego piensan que no es un buen lugar, pero cuando se deciden van.”  Doña Facunda me contó que hay una cueva conocida como El Castillo en donde se han acumulado a lo largo del tiempo ofrendas de la gente que ha ido a pedir alguna clase de don. Incluso, según esta señora, “todavía en parte se ven unas barditas de piedra que dicen que antes había casas muy grandes, porque antes habían personas que les decían gentiles, que dicen que eran muy grandes, pero de eso nosotros ya no supimos, es muy antiguo eso. Mucho antes, antes de Cristo, porque ya de Cristo para acá ya fue humanidad, más como la de ahora que está; eran seres distintos a los humanos.”

A mi esta historia me gustó mucho. Con el debido respeto, me recordó una historia de la literatura llamada el Mito de Thulhu (o Cthulhu), del escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft, que en esencia relata cómo antes de los seres humanos había una tribu de seres extraordinarios que eran dueños de la Tierra y habían sido derrotados y desterrados al inframundo por la humanidad, por lo que ahora luchaban para recuperar lo que alguna vez fue suyo. ¿De dónde sacó Lovecraft esta historia que además siguió cultivándose tras su muerte por seguidores que fundaron una suerte de secta literaria que alimenta el mito hasta la fecha?

Doña Facunda recuerda que la historia de los gentiles hablaba en realidad de gigantes, es decir, que los gentiles eran gigantes, y que incluso a ella le tocó ver algunos huesos desenterrados que no dejaban duda de la proporción: “yo todavía vi que allá en el monte, donde teníamos unas tierras que iban a sembrar, todavía vi unos huesos así grandes, huesos que no son humanos, ¡unos huesotes que hasta los alevantábamos!, que no eran de animal conocido, eran unos huesos que todavía me tocó ver unos pedazos de hueso, ya no estaban formados, sino que estaban trozados, estaban en la tierra pero ya estaban cortados, entonces dicen que eran de gentiles.”

Pero bueno, ahora pasemos a la fría percepción de la ciencia -aunque sea social-, lo que la antropóloga Fagetti investigó sobre este mito y su sobrevivencia regional a finales del siglo XX. Por supuesto aparecen los gentiles y su cauda de historias, algunas contradictorias dependiendo de quién la cuente; y bueno, la suposición de que poblaron en la antigüedad los llanos de los cerros del Tentzo y las riberas del río Atoyac.


Se sabe de los gentiles por los relatos de los antepasados y porque frecuentemente se encontraban enterrados huesos gigantescos, metates y metlapiles, ollas y cajetes –consigna Fagetti en su libro. Los huesos que se han hallado –y de los que hablaba doña Facunda- son de mamuts, como los que están expuestos en el Museo Regional de Antropología en la ciudad de Puebla, que provienen de la zona cercana al lago de Valsequillo. (p. 22-23)
Los gentiles, gigantes y “fuerzudos”, eran “léperos y malos”. Podían con su fuerza arrancar los “palos” y trasplantarlos en su casa o levantar una peña. Por ser tan “abundantes” de tamaño, si se caían se quedaban tirados, ya no se podían levantar. Pero entre sus costumbres la más deplorable era la antropofagia. Se comían a sus hijos, y si no tenían, a los de sus vecinos:

Sigue un relato muy crudo sobre las costumbres alimenticias de los gentiles que hay que saber interpretar, como se hace con el mito griego de Cronos –deidad del tiempo-, que se comió a sus hijos. Así los gentiles, de acuerdo a esta versión, le entraban con entusiasmo a la carnita humana que guisaban con artística paciencia: “Si ya le gustó un niño, viene y se lo pide. Decían: -Présteme a tu niño, mientras voy a tener el mío, ya te lo devuelvo.” Los niños cuya carne se asemejaba por su sabor a la del cochino –decían las “antiguas”-, se cocinaban al gusto de cada quien: asados, al chilate -un caldo preparado con chile- o en barbacoa en el temazcal. Para tal efecto, primero rasuraban a los niños, después, ya bien “ximaos” –pelones- se bañaban y se encerraban en el temazcal donde las criaturas se cocían.”

Los gentiles eran mexicanos, claro está, y como tales también eran seres de maíz, con costumbres muy similares a las nuestras, como se podrá haber advertido en “las recetas” para preparar niños. Dice Fagetti: “Para alimentar el fogón y el temazcal quemaban las mazorcas que se daban en aquel tiempo con abundancia. “Dios les daba mucha mazorca”, pues la caña de la planta de maíz “se cargaba desde abajo hasta arriba. Donde ahora sale la hoja, salía la mazorca.” Pero los gentiles no cuidaban su maíz. Pero por quemar el maíz y comerse a las criaturas ofendieron a Dios, “lo hicieron enmuinar”, y éste desató sobre ellos el diluvio.” (p. 23)

No me queda claro si el Tentzo era un gentil, pero el entrecruzamiento de estas historias me hace suponer que sí. Eran gigantes gentiles que en el castigo divino se convierten en cerros, como lo consigna esta versión recogida por nuestra antropóloga de referencia:
Los cerros eran gente. Antiguamente los cerros “eran personas”; el Popocatépetl y su mujer, la Iztaccíhuatl, el Tentzohuehue y su “querida”, la Malinche. “Antes el mundo sería más grande”. El Tentzo era muy alto, tan alto que no cupo parado y se tuvo que acostar. Todavía hoy se ve su silueta a lo largo de la cordillera. El Tentzo es un viejo barbudo, su cabeza está cerca de Molcaxac y sus pies van a dar hasta Matamoros. “Tiene su cara bien clarito –explica don Domingo, un informante de Fagetti- tiene su barba hasta acá –y señala el pecho- su bigote, sus ojos, su nariz, su cabello bien alineadito”, lleva la raya en medio como Venustiano Carranza. Cuando hay neblina “hasta está sudado”, en sus cumbres se forman las nubes cargadas de lluvia que el Abuelo manda para sus hijos.

La Malinche es señorita, está sentada y tiene aretres grandes. El Tentzo quería tenerla cerca de él y fue por ella: “la venía cargando, pero la Malinche tuvo ganas de orinar y le dijo:
-       Espérame, voy a orinar.”  



Entonces se sentó y “el Viejo puso su brazo para atajar sus orines”, pero éstos pasaron por debajo de su sobaco. La señorita ya se quedó allí, “ahí nomás le dio permiso Dios para que se quedara, ya no se pudo arrimar más. Él se vino a acostar aquí, ya están cerca”.
Fue así que de los orines de la Malinche nació el río Atoyac. Sus aguas, que salen ahora bastante menguadas de la presa de Valsequillo, fluyen entre piedras y barrancos, pasan cerca de San Miguel y San Juan y después de un recorrido sinuoso, de muchos recovecos, llegando a la cordillera del Tentzo se sumergen en la tierra pasando por debajo de una roca conocida como “Puente de Dios”. p. 32

Será.


Referencias:
Puedes consultar el libro “Tentzonhuehue: el simbolismo del cuerpo y la naturaleza”, de Antonella Fagetti, publicado por Plaza y Valdés en 1998, en:
Alejandro Olivero Bautista Fuentes, cuyas fotografías ilustran esta entrega, nos invitó a apreciar su colección de fotos y videos sobre sus excursiones por la cordillera del Tentzo en:

Muchas gracias a ambos por habernos facilitado su material.