jueves, 14 de septiembre de 2017

El malestar del bienestar


En 2004 me dio varicela. Estaba a punto de cumplir 47 años. El virus inoculó primero a las niñas, y un día antes de viajar a la sierra norte de Puebla, una alta temperatura y un malestar general inundaron cada célula de mi cuerpo. Me inoculó a mí. A la semana mi cuerpo entero ostentaba cientos de granos que no me podía rascar bajo amenaza de quedar como López Dóriga. Estaba profundamente debilitado, lloré con un comercial de un brandy donde el hijo llevaba al padre una botella con motivo de su cumpleaños, o algo así. Lo que sigue es una trascripción de escritos hechos en el rigor de los 39 grados, en medio de la enfermedad, cuyo embate duró más o menos una semana, que fue cuando realicé también esos dibujos.


“Cuando entré por primera vez a un maizal me sorprendió la hostilidad de los surcos. Eran mucho más grandes y lodosos de lo que hubiera imaginado. Esa imagen vuelve una y otra vez, cuando miro la condición de mi cabeza.”


“Al tercer día la cabeza es el tema. Los sudores de la fiebre fluyen por los granos capilares. Era ahí donde crece el maíz, la enfermedad tiene matices místicos. Se me apareció Juan Diego, como dicen.”



“Cosas tan elementales como rascarse la nariz, un ojo, una oreja o simplemente tragar saliva se convierten en toda una maniobra.”


Insistía en una analogía con La Pasión de Cristo de Mel Gibson, estrenada ese año.

“El Cristo de Mel Gibson perfectamente representado por un virus. La espalda y el pecho masacrados, la cara una máscara de granos que no respetan ni los lagrimales, el interior de los párpados, ampliamente la mucosa nasal. Y la nariz, en su exterior, convertida en una tuna espinosa. Sobre la fosa nasal derecha una galaxia granulosa. El masacrado Cristo de Gibson, en toda su crudeza, representado por el cuerpo de un señor que resulta ser yo. Sin menoscabo de su sufrimiento, los latigazos de la varicela no respetaron tampoco el ano, el escroto, las axilas y todas las coyunturas.”


“El jueves era aún un exitoso moribundo, cuando el sufriente cree seriamente en ese trágico destino. El viernes, vigilado por la fría y pragmática ciencia, no soy más que un patético bufón desfigurado.”

“El malestar del bienestar. Luego de cuatro días, cuando el heroico cuerpo ha soportado los principales embates del virus, sobreviene el sueño, por fin, y la fiebre de efectos secundarios, el consentido hijo que todos tenemos en nuestro estuche corporal se cobra, casi hasta el desmayo, la carencia de sueño, de alimento, de estreñimiento, noqueándome las siguientes doce horas.”


“Desde niño no había vivido una fiebre alucinatoria. Mis monstruos actuales son los mismos, esas cosas pegajosas que veía en los calenturones que me dieron a mis ocho, once años. No era algo que entonces pudiera explicar, hoy tampoco puedo hacerlo, son monstruos que no puedo explicar.”


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Desdeño para el diseño


En 1979 la UAM-Xochimilco era una unidad recién inaugurada, quedaba en las márgenes de Xochimilco justo en los límites de Chimalhuacán, frente al canal de Chalco que va y desemboca en Cuemanco. Todavía está ahí, claro, pero ahora la urbanización ocupa todo, antes estaba vacío, el campus estaba apartado, no tenía las colonias encima como ocurre hoy.

El sistema modular de educación de la carrera de Diseño Gráfico de la Comunicación, como se llamaba, me decepcionó desde los primeros días, pues se trataba de enfocar nuestras carreras a la sociología, cuando lo que yo esperaba era dibujar sin fin sobre papeles en un restirador. Lo hicimos muy parcialmente, pues estuvimos tirando líneas verticales sobre cartulinas en una materia de dibujo, mientras que las otras cinco consistían en leer un volumen de historia y sociología bastante bien hecho, pero insuficiente para interesar a aquellos estudiantes en esos temas, pues tenían, incluidos los maestros, mentalidad de ingenieros, muy técnicos y poco preparados para la ciencia social.  Pero mal que bien yo traía tres años de historia y sociología marxista de la UNAM, donde cursé la carrera de Estudios Latinoamericanos en Filosofía y Letras, por lo que resulté el tuerto en la tierra de los ciegos.

Como seguramente había pocos maestros, eran los propios arquitectos y diseñadores los encargados de darnos las materias de sociología. Al menos uno de ellos me agarró de su changuito y me puso a dar las clases de historia y de sociología. A mí me resultaba divertido, pero a mis pobres compañeros no.

De la UAM saqué en limpio un mejor pulso para dibujar con ese ejercicio que repetimos todo un año y un poco de práctica para mi futuro empleo de profesor. Calificación 10.
Tuve que abandonar mis estudios por un infortunado accidente automovilístico que me dejó sin vehículo y sin trabajo, pues entonces vivía en Tlalmanalco, hogar de mi hermano Jaime, un antiguo pueblo situado entre Chalco y Amecameca, y trabajaba en la compañía Dupresa, fábrica de durmientes de concreto para ferrocarril, que estaba en Santa Catarina Yecahuizotl, junto a la autopista a Puebla, en el límite sur de la ciudad de México, mientras que estudiaba en Xochimilco.

Una cosa estaba ligada a la otra y,  al prescindir de automóvil, me fue imposible sostener mis otras dos actividades. Sin trabajo no podía pagar la colegiatura, que no era precisamente barata, y sin carro no podía llegar a la escuela.


Como querer es poder, pienso ahora que pude seguir estudiando, pero en realidad la principal causa del abandono fue mi decepción de la academia de Diseño Gráfico de la Comunicación en la UAM, que me pareció mediocre, no le di chance a la carrera de mostrar sus bondades, como supe después que las tenía, me aceleré y la deseché con olímpico y juvenil desprecio. Caro lo habría de pagar, pues me hubiera gustado acabar siendo diseñador, pero la vida es así. Y tienes que comprenderla. 

miércoles, 30 de agosto de 2017

La reja del muerto


En este barrio de San Pedro Cholula, llamado San Gregorio Zecapechpan, hay una leyenda -que amablemente me cuenta Emilio Ramiro-, que tiene que ver con el antiguo panteón y una serie de robos que ocurrieron en tiempos de la colonia. Los vecinos, cansados de que las tumbas de sus muertos aparecieran saqueadas cada tercer día, decidieron montar guardias vecinales en las noches para ahuyentar a los ladrones.

Así pasaron los meses y los vecinos no pudieron aprehender a nadie, pero los robos a las tumbas seguían sucediendo sin ninguna explicación. Comenzaron a circular rumores de que se trataba de espíritus malignos que robaban con una intención desconocida. Desaparecían los cristos de hierro, la cantera y hasta la herrería que protegía a las tumbas.
Una noche, en medio de un torrencial aguacero, los ladrones vivos o fantasmales se llevaron las rejas que rodeaban la tumba de un personaje que era un vecino conocido y respetado por todos, un hombre noble que se distinguió como un buen cristiano y una buena persona. Pasaron varios días con los vecinos de San Gregorio extrañados y confundidos por tantos eventos inexplicables. Una noche, en medio de los truenos de una tormenta eléctrica, los vecinos escuchaban unos gritos que no supieron ni quisieron interpretar. La mayoría se santiguó y siguió haciendo sus deberes, pero al terminar la lluvia con sus truenos los gritos continuaron, y cada vez más los interpretaban como gritos humanos.

Cuando escampó completamente, los vecinos de San Gregorio percibieron que los gritos provenían de una esquina del panteón y, en bola, se acercaron a investigar. Cuál fue su sorpresa de ver a dos hombres encerrados entre unas rejas que no estaban allí pero que ahora funcionaban como una minúscula cárcel con ese par de ladronzuelos que lloraban y confesaban sus culpas, prometiendo no volver a pararse por ahí, pues en el panteón de San Gregorio espantaban.


Los ladrones, que no eran vecinos, fueron entregados a las autoridades y confesaron solo algunos de los robos, el resto de las desapariciones quedó en el misterio. De cualquier forma, los habitantes de San Gregorio Zecapechpan supieron que una fuerza superior también se había cansado de los robos y había decidido actuar. Con ese susto bastó para que los robos se suspendieran, de esta forma los muertitos y los habitantes de San Gregorio pudieron descansar en paz. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Chiles en nogada

La leyenda de los chiles en nogada tal vez no sea propiamente una leyenda sino historia, simplemente, puesto que no hay nada excepcional excepto el talento y el arte culinario depositados en ellos. Viene al caso porque ha iniciado en Puebla la esperada temporada de chiles en nogada, una tradición excelsa y exquisita que me ha contado para un proyecto llamado preventivamente Leyendas poblanas vueltas a contar, Ernestina Madrid Cáceres.


La historia de los chiles en nogada no comienza en un convento, sino en una casa de la ciudad de Puebla que pertenecía a tres señoritas hermanas que tenían gran amistad con las religiosas. Ellas llevaban noviazgos formales con tres oficiales del ejército trigarante, que en esos días de 1821 había entrado triunfal a la ciudad de México.

Un día de principios del mes de agosto, los novios de las señoritas les preguntaron de qué forma podrían recibir en Puebla al generalísimo Iturbide, pues tenía planeado visitar la ciudad; que en opinión de ellas cuál sería el manjar más indicado que pudiera complacer los gustos de don Agustín, de quien se sabía que disfrutaba enormemente de los platillos regionales que tuvieran productos frescos de cada estación. Y lo más complicado, que fuera un platillo que tuviera los tres colores que representaban las tres garantías del ejército de Iturbide: verde por la esperanza, blanco por la religión y rojo por la sangre derramada. Se pusieron a trabajar de inmediato en la idea, pero pronto se dieron cuenta de que sus conocimientos no iban a tener ningún buen resultado, el mole no se llevaba con ninguno de esos colores, el verde del pipián era demasiado pálido y no se imaginaban cómo podían incluir los frutos de la temporada que en agosto son variados y de todos colores. Acudieron entonces con sus amigas las monjas de Santa Mónica, que se pintaban solas para eso de la creatividad y las delicias.
A las monjitas les llevó muy pocos días dar con la solución. Sor Engracia reunió a las cocineras y a las entusiastas en el huerto y ahí reflexionaron a la sombra de los nogales y las granadas que en ese momento se desparramaban de dulzura y color.

De la hortaliza recogieron los mejores chiles poblanos, grandes y gordos, jugosos y verdes, que rellenaron con un guiso que llevaba carne picada de res, duraznos, manzanitas, nueces y otras delicias; con la nuez hicieron una crema blanca moliéndola muy bien en el molcajete para bañar los chiles y con la granada adornaron la salsa y agregaron el color rojo de la bandera. Desde el principio advirtieron que la salsa blanca tapaba el color verde de los chiles, por lo que le agregaron una ramita de perejil para que desde el primer impacto el platillo exhibiera los tres colores requeridos.


Sobra decir que el 28 de agosto de 1821, cuando don Agustín de Iturbide llegó a Puebla en visita oficial, el platillo de Chiles en Nogada fue de su completo agrado, convirtiéndolo desde ese momento en una institución y en una tradición que todos los poblanos respetamos hasta la fecha. Los meses de agosto y septiembre de cada año, las familias poblanas, siempre ceremoniosas y tradicionales, elaboran en familia los numerosos pasos que hay que seguir en la receta de los chiles en nogada, una delicia inimitable e inolvidable. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Fan en fin


Mi presencia ese miércoles 15 de febrero de 2006 en el estadio Azteca me investía técnicamente como un fan, tenía cuatro de los 140 mil preciados boletos para uno de los dos conciertos. Debo aceptar que, en apariencia, era un fan más.

Pero internamente no. No sentía ni siento nada especial por Bono que me clasifique como un fan, me gusta su música como me gusta Jimi Hendrix, Pink Floyd y Lila Downs y mi presencia ahí fue meramente circunstancial, motivado por las tres fanáticas (esas sí) que tenía en casa, empático con las negociaciones de Bono con líderes mundiales para renegociar las deudas de países pobres, que un año antes (2005) concluyó con la suspensión de los compromisos de dieciocho países, fundamentalmente africanos, que incluyó a Bolivia de este lado del mar. En fin ¿era un fan?

Eva, mi madrina virtual, que vive con el corazón en la mano –y es fan absoluta de U2-, compró en Texas dos boletos para el DF de una devolución de 70 localidades e intercambió telefonazos con Martha, su mamá en la CDMX, para que comprara otros dos, siempre pensando cariñosamente en las cuatro partes que componen la familia de la que soy fracción.

Intercambió después comunicación conmigo y me envió en pdf los boletos del concierto que yo tendría que imprimir. Busqué hacerlo en la oficina, pues es una impresora de mayor capacidad, pero terminamos imprimiéndolos en casa porque no había tinta allá, ni acá tampoco, por lo que terminé comprando un cartucho de tinta pirata que venden en una plaza de la tecnología, garantizadas por tres días.

La impresión resultó magnífica. Ante nuestros ojos fueron apareciendo los dos impecables boletos que ocupaban cada uno una hoja completa. Con diez mil instrucciones, anuncios y toda clase de información. Lo más importante, el código de barras, se imprimió perfecto. Era el boleto más grande de mi vida. Y tal vez el más caro aunque, como dije, yo no los pagué. Tamaño carta. “Cárguelo como cualquier boleto, cuídelo como a su dinero”, decía en letras verdes. Y yo me imaginaba cómo llevaríamos dos boletos tamaño carta, en papel bond común y corriente, sin que se arrugaran, desde Puebla hasta el estadio Azteca.

Los cuatro imaginábamos de muchas formas el escenario del concierto que empezaba con un viaje de dos horas a la ciudad de México y posteriormente al estadio en el sur de la ciudad. Durante una semana las otras tres entidades familiares fueron entrando sucesivamente a un estado de histeria, de estrés, de melancolía, que el día del evento terminó en un estado de éxtasis colectivo.

Estadio Azteca, 23 horas. Luz, de casi 16 años, Teresa, desarrollando sus doce, y Malú, la madre, de idéntica edad que la estrella (¿dios?) de rock y de sus corazones. La entrada fue sencilla, teníamos el aspecto de una familia sin complicaciones. Igual fui despojado de mi pluma Bic y no recuerdo de que otra cosita que podría ser tomada como un posible proyectil, aunque nos permitieron el ingreso de encendedores (forman parte de la coreografía de la masa, me enteré después), que pueden ser un proyectil muy eficaz.

Dentro del estadio la multitud rugía. Teníamos boletos de cancha, el escenario se levantaba a unos treinta metros de nosotros, enorme, espectacular. El viaje desde Puebla había sido largo y cansado, nuestra aventura había comenzado muy temprano ese día, de modo que a las 8 de la noche la espalda y la cintura resentían los pocos momentos de descanso que habían tenido. Ahora era menester estar parados, pues no había asientos en esta parte del estadio.

Un grupo local que no recuerdo teloneó a los irlandeses, pero a esas alturas todos estábamos desesperados. Como sea, el espectáculo de la multitud rugiente era muy entretenido y las niñas estaban sencillamente desbordadas, felices de la experiencia, del lugar, de la circunstancia; y adolescentes, pues en realidad no estaban cansadas.

Por fin, como a las 10 fue presentado U2 para mayor histeria de la concurrencia. Y ahí estaban, cuatro pequeños músicos en un enorme escenario que se las arreglaron para llenar. Cuatro (¿o dos?) enormes pantallas nos permitían reconocerlos en persona. Bono entonó un fragmento de Cielito Lindo para el primer orgasmo de la multitud y dio inicio un espectáculo lumínico-musical que sinceramente me pareció más comprometido con Las Vegas que con la música, pero ahí estaba. Una secuencia de imágenes que iban de Emiliano Zapata a Salma Hayek se desgranaba en las pantallas ante la algarabía y las rechiflas ganadas por las imágenes de Fox y Bush, presidentes de sus respectivos países en ese momento; el segundo orgasmo multitudinario llegó cuando Bono exclamó: "no more Chiapas", una frase efectista que no acabé de comprender, pero que cumplió con su objetivo socio-sexual.

U2 tocó durante dos horas y veinte minutos. Por supuesto pasaron de su repertorio todas y cada una de las canciones que las muchachas no se cansan de escuchar todo el santo día en casa. Previsiblemente, la acústica del estadio Azteca dejaba mucho qué desear y los decibeles inhumanos de los altoparlantes nos dejaron sordos al final de la audición. "Muchas gracias", dijo Bono en español para el enésimo orgasmo de la masa.

Todo había terminado. Mi cintura casi cincuentona me pasaba la factura del ajetreado día, aunado que durante el concierto trepé a las niñas sobre mis hombros para que vieran un poco del espectáculo que solo podían imaginar, pues la pared humana que se interponía entre el escenario y ellas solo les permitía imaginar, aunque podían ver en las pantallas. La mayor parte del concierto tuvieron que verlo ahí, como la enorme mayoría de asistentes por debajo del 1.60 de estatura.

La salida fue agradable en la fresca noche tlalpeña. Bono había dicho que México es un país del futuro, que "no podemos cambiar al mundo solos, pero si nos comportamos como uno solo, lo podemos hacer".  Eso estuvo a punto de cumplirse en las escaleras para pasar al otro lado de la calle Acoxpa, necesario para regresar a la casa de Martha a pernoctar. Esos mexicanos actuamos como si fuéramos uno solo y quisimos pasar todos a la vez, poniendo en peligro muchas vidas. Nosotros, que llevábamos dos niñas, tuvimos el susto de la noche cuando algunos jóvenes, siempre ocurrentes y graciosos, comenzaron a presionar con fuerza a la multitud que ya estábamos a la mitad. Como pudimos protegimos la humanidad de nuestras hijas a las que era imposible levantar a esas alturas de la estrecha subida. Sobrevivir fue lo mejor de la noche.

El concierto no me hizo fan. Hay algo extraño en mi existencia que me obliga a renegar de las corrientes de la historia, de la sociedad. Creo que aplico para iconoclasta. De adolescente me pasó con las creencias religiosas y de adulto con las manifestaciones venerantes y litúrgicas en general. Lo supe una mañana de 1980 en el Toreo de Cuatro Caminos cuando los mismos patrocinadores me llevaron a un concierto de John Mayall que apenas conocía y desde luego no veneraba. El genial blusero salió con un short de mezclilla como único atuendo e interpretó su música para beneplácito de la concurrencia, menos del mío. A mí me daba mucha vergüenza estar aplaudiendo y festejando a un señor medio encuerado a quien no comprendía y apenas escuchaba en ese soberano desmadre. No sé, gracias por llevarme, pero comprendí que no era la persona indicada para están lisonjeando a nadie. Me apenaba la multitud que estaba en zona VIP que vitoreaba y levantaba sus extremidades como si estuvieran frente al mismísimo dios. Nunca pude entender a las niñas que se desmayan frente a un cantante arrugado con el pelo teñido vestido como mi tía Jesusita. Trasladado esa aversión a la política nunca he podido seguir a nadie ni mucho menos creerle.


No creas que me gusta ser así, nunca he podido pertenecer a nada, ser miembro activo de nada. Por ahí leí que un alemán promedio pertenece en su vida a 10 asociaciones que van de las deportivas a las vecinales. Los envidio en verdad, porque este síndrome que sufro lo tienen muchos mexicanos a quienes nunca se nos enseñó el sentido y la utilidad de la pertenencia. Por algo estamos como estamos. En fin, lo que era la crónica de un concierto feliz se convirtió en el más infeliz de los desconciertos.

viernes, 11 de agosto de 2017

Sobre las drogas. Entrevista.

Fui entrevistado por la joven universitaria Teresa bajo el tema particular de las drogas en Puebla para un trabajo escolar. El resultado me pareció ilustrador, por ello lo comparto. Hay cosas que uno no piensa si no se las preguntan, y este es el caso de un tema peliagudo como las drogas legales e ilegales que consumimos sin pausa y sin rubor.

1.- ¿Qué opinión tienes del consumo de drogas?

Tengo dos respuestas a esta pregunta, pues hay consumos naturales y hay consumos culturales, muchas veces impuestos por circunstancias que podrían eludirse o al menos mejorarse si se impusieran sin los ánimos económicos que mueven hoy el tráfico de drogas.
En primera instancia, creo que el consumo de drogas es una conducta muy antigua que los humanos usamos como medicinas y estimulantes para muchas dolencias físicas y espirituales. Las drogas son parte de un plan médico de la naturaleza, no solo humana, pues se sabe que muchos animales utilizan también cierto tipo de drogas para auxiliarse. El consumo de drogas, en consecuencia, me parece tan natural como cualquier otro consumo. La fruta, por ejemplo, que nos proporciona tanto placer sensual.

Por otra parte, hay un consumo cultural de drogas, impuesto por tendencias, modas, descubrimientos o simple disponibilidad. A principios de siglo XX el consumo de cocaína era legal, el de la marihuana también. En los años sesenta se descubrió el LSD, que fue en su origen un experimento universitario. Con los años aparecieron gran número de sustancias con un perfil menos experimental y más comercial, cuando el consumo de drogas es movido por criterios económicos, de enormes volúmenes de dinero capaces de sobornar a todas las conciencias individuales y colectivas, del sujeto simple al Estado corporativo.

Tratando de dar una respuesta más sencilla a la pregunta, creo que el consumo de drogas es inmanente a la cultura humana, y que la cultura de la droga no es tanto evitar su consumo sino aprender a consumirlas en su momento y en sus dosis adecuadas, como lo han hecho los europeos con el alcohol. En síntesis, creo que las drogas son necesarias para el funcionamiento de nuestra cultura y nuestras sociedades.

2.- ¿Qué sectores sociales consumen más drogas?

Todos los sectores sociales, todas las etnias, todos los humanos consumen drogas. Esa es la gran discusión. El coctel de drogas que se toma alguna de nuestras tías antes de dormirse y al despertarse en las mañanas, y que vemos con toda naturalidad, pues se las recetó su médico, es una forma socialmente aceptada de drogadicción. Las parapetas que se pone su esposo todos los sábados con brandy nacional también. Ninguno de los dos es un drogadicto, socialmente hablando, aunque clínicamente sí lo sean. Entonces, cuando se habla de drogas, debe comenzarse con las drogas legales. Los bares y cantinas, de tan comunes, apenas son percibidos como establecimientos suministradores de drogas. Las farmacias, por supuesto, también. Los detractores de la legalización de las drogas imaginan un mundo de personas enmariguanadas y cocainizadas sin control, pero tanto las cantinas como las farmacias nos han mostrado que el mundo legal de la droga no es así, que el hecho de que expendan drogas legales no significa que todos andemos hasta atrás de borrachos o drogados con benadril, risperidona, valium o prozac. No nos ocurre.

3.- ¿Hay algún beneficio en el uso de drogas?

De nuevo quiero responder desde dos perspectivas diferentes:
Creo que las drogas mantienen cierto equilibrio en el comportamiento de la gente, la ayudan en ciertos niveles de reflexión, de comportamiento. La experiencia curativa de María Sabina con sus hongos maravillosos es una experiencia filosófica o mística o física que puede ser de gran beneficio para la persona que la viva. De nuevo digo que el uso de la droga depende de su dosis. Y mientras la dosis sea inteligente, controlada, terapéutica, el uso de la droga puede ser muy benéfico para el ser humano. Pero si eso no se comprende y se abusa de la droga, como el biólogo jalapeño que se comió noventa pares de hongos alucinógenos y anduvo con espada y casco, vestido de conquistador español, los siguientes quince años, las consecuencias pueden ser desastrosas. Y muy penosas.
La segunda respuesta tiene que ver con los beneficios económicos, logísticos, políticos, sociales del uso de las drogas, y ahí quienes se benefician son quienes controlan el tráfico y el consumo masivo de las drogas. Si el kilo de cocaína es “puesto” en Matamoros a nueve mil dólares, y al cruzar la frontera y llegar a las calles de Nueva York o Los Ángeles su valor es de cincuenta mil ¿a quién beneficia del uso de esas drogas?, ¿en dónde está la verdadera ganancia de la prohibición de las drogas? Antes de la frontera de los Estados Unidos el 20% de su interés económico desata un pandemónium de muertos, delincuencia organizada, corrupción e inestabilidad social; después de la frontera circula el 80% de su beneficio económico y produce mucha menos violencia ¿quién se beneficia?

Esta ganancia hoy es relativa, Trump declaró esta semana “emergencia nacional” por la epidemia de sobredosis de heroína. De los 60 mil muertos por abuso de drogas en 2016 la mitad correspondió a usuarios legales de opiáceos recetados por médicos contra dolor, insomnio y otros síntomas alternativos. De ellos 35 mil murieron por sobredosis de heroína. El 2017 se espera peor.1

4.- ¿Qué opinas de que las drogas sean un sostén económico mundial?

En las actuales circunstancias del gran negocio global de las drogas no veo cómo pueda ser un sostén económico de nadie que no sean los directamente involucrados en su tráfico, que son los sectores gubernamentales de todos los países relacionados al fenómeno. Y sus esbirros. Proporcionalmente se trata de muy poca gente, de muy pocos beneficiarios. No, las drogas no son sostén económico del mundo, pero sí un gran negocio, por eso la conveniencia de mantenerlas prohibidas. Un sostén económico mundial es el petróleo, es la producción de trigo, la industria pesquera.

5.- ¿Crees que el gobierno y sus instancias invierten suficientes esfuerzos en recuperar esa parte enferma de la sociedad?

No creo que ningún gobierno sea ajeno al tráfico de drogas ilegales, me refiero al sector duro de la gobernación, ahí donde se toman las iniciativas de gobierno. Creo que los “esfuerzos” estatales para combatir el uso de drogas son retóricos, con frecuencia demagógicos, aunque puedan existir de esfuerzos bien intencionados, preocupaciones reales de ciertos sectores del poder ajenos a su tráfico, como el de salud o educación.  Y las guardias ciudadanas me parecen una opción creativa para enfrentar la delincuencia organizada ahí donde el Estado no puede o no quiere enfrentarla, como ocurrió en Michoacán.

6.- En qué nivel debe estar una persona para que se considere drogadicta?

Cuando una persona depende de la droga para hacer su papel social esa persona es una adicta. Cuando no puedes realizar algún tipo de actividad, la que sea, sin meterte un cigarro, un trago, un toque o un pericazo, eres un adicto. Es muy fácil ser adicto, todos lo hemos sido en alguna instancia, lo somos. Por otra parte, también con facilidad se convierte en una etiqueta, en un prejuicio social.

7.- Que los jóvenes se droguen ¿de qué es síntoma?

Es un síntoma de juventud, de experiencia y experimentación. El problema no es que se droguen, sino que lo hagan sin ninguna clase de instrucción para drogarse. Nuestra amiguita J. nos contaba cómo en el “antro” su amigo llegaba y depositaba una pastilla en la boca de cada miembro de la mesa, sin siquiera decirles qué les estaba metiendo en la boca. Y las seis u ocho personas ahí sentadas se tragaban aquello. Las malas experiencias de las drogas, como los embarazos y las enfermedades venéreas, son producto de la incomunicación, de la total ausencia de educación familiar y escolar sobre esos temas. Por otra parte, la inmoralidad de los traficantes de drogas, la falta de atención de los Estados que hacen como que “no ven” a los traficantes, la total ausencia de regulaciones y control de las sustancias que circulan en nuestras ciudades propician que los jóvenes consuman veneno adulterado con quién sabe cuánta porquería –llegan a usar hasta raticida para ”cortar” algunas drogas- que causan un gran daño a sus jóvenes consumidores. ¿Por qué no ocurre con drogas legales como el alcohol? (u ocurre en una incidencia insignificante), porque ahí el Estado regula que lo que consumes no tenga etanol, que sea un alcohol bebible, que tenga su listoncito en la tapa de impuestos pagados. Porque ahí hay control, mientras que en las drogas ilegales hay descontrol. Eso es muy perjudicial.

8.- ¿Por qué el drogadicto se vuelve un enfermo ante la sociedad, si el que decidió hacerse daño fue él mismo?

El drogadicto clínico al que te refieres en esta pregunta es un enfermo que en efecto paga las consecuencias de su abuso. La psicosis derivada de un exceso de droga causa trastornos psicológicos y físicos a quien la padece, pero también enfermedades sociales y psicológicas a sus familias y su entorno. No es un juego y las consecuencias no son baladíes, enfrentas un proceso de enfermedad grave, sufrido, riesgoso y costoso, y una sociedad no podría funcionar si estuviera compuesta por estos enfermos. Son una minoría, habitualmente los vemos en las calles deambulando con la mirada perdida o platicando con seres imaginarios.  Estos enfermos por la droga no son ni más ni menos dramáticos que los famosos borrachitos entregados al vicio que terminan tirados en cualquier banqueta, ante la indiferencia social, entregados a sus delirium tremens. Con todo, no creo que él haya decidido hacerse daño a sí mismo, sino que la ignorancia lo condujo a ello, la falta de preparación, de educación, de cultura sobre el consumo de drogas.

9.- Si la droga es una base económica mundial y el drogadicto es quien hace que el dinero circule en este tráfico… ¿Qué postura tienes ante los drogadictos? ¿Marginados o elementos necesarios de la sociedad?

Ya dije mi postura sobre que la droga no es ninguna base económica más que de los delincuentes que la trafican, y que los drogadictos, en esencia, somos todos. Es muy importante clasificar a los llamados drogadictos entre los clínicos, que son enfermos psiquiátricos o adictos compulsivos, que a la mejor se curan con más amor y menos risperidona, y el resto de los seres humanos, que siendo drogadictos no son considerados como tales y hacen una vida normal. Somos nosotros mismos, nuestra tía, que para dormir se toma un coctel que debe transportarla a un planeta muy feliz.

11.-Espacio Libre para reflexiones

Creo que faltó una pregunta sobre la legalización de las drogas que, en esencia, según mi criterio, es el punto de partida que explica las terribles consecuencias que hemos vivido en la última década los mexicanos con un enorme costo de vidas. La paradoja es que la prohibición del alcohol en los Estados Unidos de los años veinte produjo una violencia similar, con los mismos costos de zozobra y padecimiento social. Creo que las drogas deberían legalizarse, todas, y aquellos que temen que la gente comenzaría a morir de sobredosis que abran sus periódicos y lean que la gente que iba a morir de sobredosis está muriendo de sobredosis, como ocurre en los Estados Unidos, pues la prohibición de las drogas no inhibe ni su consumo ni su disponibilidad. Es decir, las drogas están ahí, a la venta. Su prohibición lo único que produce son especulación y mafias (contrabando, sobornos, corrupción), además de drogas de muy mala calidad porque nadie las controla, ni regula, ni selecciona. El mundo contemporáneo de la oferta y la demanda no se merece un producto tan insolvente como ese.

Nota
1 De Llano, Pablo, El País, 11 de agosto de 2017: Trump declara “emergencia nacional” la epidemia de heroína.


martes, 4 de julio de 2017

De los chicles motita a la mota chiclosa


Gracias a mi camarada Eleele por su respuesta honesta sobre la marihuana:

"A la pregunta que usted me formula sobre si soy un marihuano, tengo algunas respuestas: soy un marihuano. He consumido cannabis durante 25 años y déjenme decirlo de una buena vez: no me arrepiento.

A mis 25 años corrí el riesgo muy grave de volverme, además, alcohólico. Me hizo mucho daño físico, mental y social.  La mota, en cambio, siempre me ayudó, me relajó, me hizo reflexionar sobre un montón de cosas útiles y muchas cosas inútiles. Nunca fui un atascado, como llamábamos a ciertas amistades que podían fumarse un churro tras otro. Habrías de ver a R., era capaz de fumar durante ocho horas seguidas, cada quince minutos, tremendo churro que lo regresaba a órbita, su temperamento espacial. ¡Qué ojitos, mi R.!

Yo no, desde que empecé a fumarla me di cuenta que era muy sensible a los efectos de la marihuana, con dos o tres jaladas me pongo hasta atrás, y volver a fumar a la media hora –cosa que por supuesto hice varias veces- me deprimía, me apachurraba. Un día comprendí que lo mío era fumar una sola vez, disfrutar sus efectos que me ayudan a centrar algunas discusiones y esperar a que pase.

Hace cuarenta años no había tanta marihuana como ahora. A veces escaseaba y duraba tres, cuatro, seis meses sin fumar. Uno andaba ”erizo” en esos momentos, pero, por otro lado, era muy fácil entender que la dulce mota no era adictiva, al menos en las cantidades en que yo la fumaba. Claro que después de algunos meses se me antojaba un “join”, pero no pasaba de eso. Ni sudaba, ni me desgarraba la ropa, ni robaba a mi abuelita para consumir, primero porque mi pobre abuelita ya había muerto, porque casi nunca necesité robar y porque siempre fui un fumador de gorra, consumía tan poco que nunca faltaba quién me invitara unos jaloncitos.

Ahorita, por ejemplo, hace como dos años que no me doy un toquecito, tal vez más, porque es muy riesgoso intentar conseguirla, no tengo los contactos, no tengo intención y por lo tanto no tengo mota. No pasa nada. Me molesta la hipocresía social respecto a ella, nadie acepta que es un atascado o que la usa para relajarse los fines de semana, y quien se atreve a confesarlo es quemado en una pira virtual y etiquetado de drogadicto; leí en un artículo el porcentaje de presos por posesión de marihuana que es muy superior al de los traficantes. Hay todo un protocolo policiaco de sofisticación psicológica para agarrar incautos y sangrar a sus familiares con una o más mochadas. A mi amigo Pepe, a la sazón homosexual, lo agarraron afuera de su casa en Tepito –hace ya algunos años, Pepe ya hasta murió-, junto con su amigo los subieron a la patrulla y camino a la delegación los obligaron a fumarse tremendo churro de una mota súper poderosa que sacaron los polis. “No, gracias”, dijo el inocente cuando el poli le pasó el carrujo tras haberle dado él mismo tremenda jaladota. “¿Cómo chingaos no?”, le respondió el representante de la ley con un sopapo en el occipital. Bueno, pues ahí tienen al Pepe y a su amigo dándose tremendos “pasón” en la parte posterior de la patrulla, en plenas calles del Distrito Federal. No quiero decirles en qué estado llegaron a la delegación, parecían semáforos y apenas eran capaces de hablar. El sujeto que lo interrogó le exigía una felación ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Nada, solo que allá adentro hacen exactamente lo que les da la gana.
Pues bueno, estuvieron muchas horas allí hasta que acudió su hermana –y los papás del amigo- a pagar tremenda mordida para sacar de la cárcel a los muchachos.

La mota a mí no me ha hecho nada, pero esas cosas sí. La indignación que me producen todos los abusos policiales y sociales con el pretexto de su prohibición. En mi experiencia personal se trató de una macaniza en plena calzada de Tlalpan. Gratis. Regresábamos de clases en CU en mi vochito y me acompañaban mis compañeros de la ENAH Rodolfo y Raúl. Íbamos alegres porque siempre estábamos alegres, pero eso les pareció muy sospechoso a unos tiras que iban en un carro común y corriente y tal vez no habían comido y decidieron que nosotros les pagaríamos los tacos, o qué se yo. Porque así de azarosa es la vida. Yo cargaba en la parte de atrás, en el hueco entre el respaldo y el vidrio que tienen los VW, dos bolsas de basura que había sacado de mi casa para tirarlas en  un contenedor del que ya era cliente, y fueron las primeras cosas que hicieron esos desgraciados: vaciar las bolsas –entonces fumaba muchos cigarros, todo el día y mis ceniceros eran cosa seria, además de papel sanitario sellado y toda la porquería que uno produce diariamente y terminas tirando a la basura que pasa los jueves-, las vaciaron sobre el asiento de atrás para escudriñar mi intimidad.  A los tres nos bajaron a jalones; a Raúl, que tenía el pelo largo, lo sacaron de las greñas; yo quise defenderme “legalmente”, pues algo sabía de mis derechos, puse un poste de metal en medio del judicial y traté de dialogar, mientras él me tiraba bastonazos a las piernas pero le pegaba al poste ¡clanc!, ¡clanc! Eso lo enfureció aun más.

No sé por qué estaban tan enojados, como si fuéramos los peores delincuentes de la ciudad. En un momento dado me alcanzó una rodilla y caí al piso como una rosa en mar revuelto. Rodé por la banqueta tratando de levantarme solo, pero él me ayudó a levantarme a bastonazos. ¿Por qué me pegas?, me acuerdo que le repetía. Saqué mis credenciales de estudiante, de burócrata –mis amigos ya habían hecho lo propio, pues uno de ellos trabajaba en Correos- y en esas estábamos cuando se acercó quien parecía el jefe y les dijo a sus esbirros no sin decepción: “Están limpios, ni cocos traen”. Los cocos eran el nombre coloquial para las semillas de la “mois”. Realmente no hubiera metido las manos al fuego si me hubieran preguntado si había o no semillas en mis bolsas de basura, pero Baco es grande y en esa ocasión no había una sola semillita. Nos dieron un empujón y se retiraron para irse en su vehículo destartalado en busca de mejores clientes. Supusimos que eran judiciales, por sus modales, pero en realidad nunca se identificaron. Hicimos una tregua a nuestra acostumbrada alegría y subimos a mi vocho pensativos y sacados de onda. Nunca se me olvidará la infamia y su estrecha relación con la marihuana. Porque era eso lo que buscaban los judiciales, una colilla o ya de perdis unos cocos.

Así que no, nada tengo que reprochar a la dulce mota, pero sí a lo que ocurre a su alrededor, incluidos los grupitos de pachecos que tan mala fama le han dado y que, a decir verdad, se ponen bastante estúpidos cuando andan hasta atrás.

Siempre he preferido la soledad para esa afición, la parte introspectiva de la juana. Preferible siempre a un dañino e indigesto jaibol. Lo paradójico es que te puedes zampar diez jaiboles frente a todo mundo, salir tambaleando del bar y subirte a tu coche, y nadie te dice nada porque es legal, pero no se te ocurra decir que hace 120 años fumaste mota –como le pasó a Bill Clinton, porque los gringos son los más hipócritas de todos-, para que te lo estén recordando cada vez que abras la boca.

Sobre la pregunta de si estoy de acuerdo en su legalización. Yo dirían que sí, que debe ser legal."

L.L.

domingo, 25 de junio de 2017

Mortal al final de cuentas


A principios del mes de junio de 2009 el mundo recibió con un bostezo el anuncio de una nueva gira del rey del pop, Michael Jackson, luego de diez años de silencio musical pero mucho barullo en torno de una vida disipada y difícil como debe ser la de un semidios de quien el mundo está perpetuamente pendiente, con una curiosidad humana que no tiene llenadera y cada vez más interesada en los detalles morbosos y repulsivos de sus ídolos. Es decir, por una década Michael no había vuelto a darnos una alegría visual o auditiva y sí muchas preocupaciones sobre su mansión de cien millones o los niños de trece que lo enloquecían; cuando no amenazaba con tirar un bebé por la ventana se mochaba un nuevo pedazo de nariz, compraba un terreno en Júpiter o alguien llenaba sus brazos de dorados Grammys.

Así estábamos cuando, sorpresivamente, la mañana del 25 de junio de 2009 Michael Jackson sufrió un problema cardiorespiratorio y murió. ¿Cómo es posible? O mejor, ¡no es posible! Claro que sí. El doctor Conrad Murray ganaba 150 mil dólares mensuales por llenar al astro de propofol, un agente anestésico que se usa en cuidados intensivos, que le quitaba cualquier resquicio de dolor, pero que a sus 51 años su cuerpo no lo pudo soportar. Aunque fue atendido por el 911 solo nueve minutos después del colapso, Michael murió en el hospital Ronald Reagan UCLA Medical Center de Los Ángeles, California, a las 14 horas con 26 minutos. No era posible. Que sí.

Quienes lo conocimos en una película de miedo más bien mala por allá de 1972, llamada Ben, la rata asesina, recordamos al pequeño Michael cantando inopinadamente una bonita canción llamada Ben y dedicada a una rata espantosa que comandaba a dos millones de homólogas bajo las calles de Nueva York; nunca imaginamos que ese simpático y agraciado negrito, que era parte de un conjunto musical de hermanos llamado The Jackson Five, se convertiría en el Rey del Pop, un monstruo estadístico que diez años después devoraba un mundo con cifras (de dólares, de espectadores, de discos) de millones y miles de millones.


Tras la publicación de Thriller en 1982 supimos que fue el disco más vendido de la historia y que lo siguieron otros discos que también figuran entre los más vendidos de todos los tiempos; en total vendió 400 millones; recibió 400 premios; quince Grammys, fue el artista más donador de dinero para causas filantrópicas; su autobiografía vendió 500 mil ejemplares y su funeral lo vieron dos mil millones de personas por televisión. Solo en 1989 ganó la friolera de 125 millones de dólares y su video Thriller, el primer musical de horror, con sus muertos bailantes, fue considerado como el mejor vídeo musical de todos los tiempos.


Pero el día de hoy estaba ahí, tieso, como cualquier otro despojo humano que ha caducado, incapaz de hacer su famoso pasito lunar (moonwalk) que retomó de algún lugar del teatro y de la mímica, o de producir su famoso sonido musical que mezclaba tan armoniosamente el rhythm& blues, el soul, el funk, el disco y el dance. Eso que yacía en el piso de esa fastuosa mansión alquilada y después en aquella camilla común era el frágil equipo, humano demasiado humano, de la estrella del pop más exitosa de la historia.

sábado, 24 de junio de 2017

El eterno retorno de Jeff Beck


Jeff Beck es un caso curioso en la historia del rock and roll, se trata de un músico histórico de gran influencia entre los guitarristas de todo el mundo, un músico de quien se dice que estableció las bases del heavy metal, que forma parte de la trinidad guitarrística de The Yardbirds, con Eric Clapton y Jimmy Page, y sin embargo, tras sesenta años de andar en el ajo, su éxito es relativamente reciente.

Jeff Beck nace en Londres el 24 de junio de 1944 y participó, además de en The Yardbirds, en numerosos grupos estables y esporádicos en los años sesenta y setenta. Una característica de este guitarrista de rock y blues fue su inconsistencia, su permanente mutación y evaporación que lo ausentó de la música y los escenarios innumerables veces; a veces meses, en ocasiones años. Pero siempre volvió, eso sí. Otra extraña característica de Jeff Beck fue el poco éxito -de crítica y de ventas- de su música. Antes de Flash de 1980, que le dio su primer y único hit en single de su historia, Beck no vio claro. Al año siguiente ganó su primer Grammy, de los cinco que lleva.

Como estilista, a pesar de que se le atribuye la paternidad del heavy metal, Jeff Beck nunca ha sido encasillado por la crítica. Es como una obra de cera, mutante y polimorfo, que lo mismo se le encuentra interpretando blues rock que el heavy metal, jazz fusión, techno
y música electrónica. Hay quien afirma que inventó un género que combina blues con rock progresivo, pero váyase a saber. Su técnica no abusa del efecto electrónico, pero se le considera pionero en el uso del pedal que maneja como un maestro desde su guitarra Fender Stratocaster, a la que saca infinidad de sonidos a  base de digitación y uso del vibrato. Su influencia es notoria en grandes guitarristas como Van Halen o Joe Satriani.


Como sea, no hay nadie en la música que le regatee a Jeff Beck su importante y prolongada presencia en el escenario del rock y el gran reconocimiento que goza en la comunidad de guitarristas. Por eso Mick Jagger lo incluyó en sus primeros discos en solitario y, posteriormente, lo hicieron Jon Bon Jovi, Roger Waters y el maestro B.B. King. En 2010 Jeff Beck obtuvo su quinto Grammy con su álbum "Emotion & Commotion", que celebró con una gira y, al finalizar, anunció su retiro. Así es Jeff Beck, que debería apodarse Get Back, se cansa y se va, pero siempre regresa.

viernes, 23 de junio de 2017

Danza con diablos


Glenn Danzig es un típico caso de los nacidos en la llamada generación Baby Boom, espantoso nombre para designar a aquellos que han nacido entre 1948 y 1960, demasiado jóvenes para recordar el horror de la guerra mundial y demasiado viejos para ser amigos de sus padres, al menos en la adolescencia. Estos seres, sin embargo, ya no tuvieron las restricciones de la generación anterior, tuvieron cierta libertad para creer, para abrazar, para soñar.

El caso de Glenn Danzig, decía, estuvo marcado por el choque entre el pasado y el presente que vivió aquella generación. Su padre, moderno por ser técnico de televisores, pero antiguo por ser un marine veterano de las guerras de Europa y Corea, era su enemigo. Glenn nace el 23 de junio de 1955 en Nueva Jersey como miembro de una familia protestante, de padre autoritario y madre obediente. El país, sin embargo, marcaba su propio ritmo.

Glenn Danzig es un artista un poco oscuro dedicado al canto, a la composición y la  música, pero además es empresario disquero, escritor y coleccionista de libros y cómics para adultos y sobre temas oscuros como el horror, la sangre, el ocultismo, el erotismo y la religión. Un producto fiel a su generación, con algunas singularidades.
Danzing comenzó muy pequeño sus andanzas en la música. No era, y nunca lo fue, un prodigio de nada, sino un joven trabajador, ingenioso y atrevido. Se le atribuye haber sido uno de los creadores del género horror punk, fundador de bandas como The Misfits, Samhain y sobre todo Danzig, la corona de su pastel económico y profesional.

A mediados de los setenta la influencia obvia era Morrison y Black Sabath, de donde aquellos grupos juveniles extraían el elixir para crear rolitas en los géneros punk rock, heavy metal, metal industrial y blues. Danzing resultó tan efectivo, que escribió canciones para músicos históricos como Johnny Cash y Roy Orbinson.

La música de Glenn Danzig se caracterizó por su sonido gótico-death-rock que combinaba bien con su voz de barítono comparada por muchos con la de Elvis y Jim Morrison, un ritmo más bien lento y pesado, muy pesado, que tenía claras influencias del blues tradicional y, por supuesto, del heavy metal. En los últimos tiempos, sin embargo, su música se inclinó hacia el llamado goth metal.


Este día, que cumple 62 años, Glenn es, en sus propias palabras, una persona hermética a la que no se le conoce esposa o hijos; le gusta el escenario, pero no le gusta que en las giras no haya nada qué hacer durante todo el día, por eso opta por evitarlas; prefiere dedicarse a sus famosas colecciones de comics clásicos o su célebre biblioteca de libros de ocultismo, historia religiosa, asesinatos y el Nuevo Orden Mundial. Ahí está, pues, escuchando incansablemente a sus adorados Wagner, Prokofiev, Saint-Saëns y Carl Orff, con discretos seguidores en todo el mundo, en realidad lejos de su descripción periodística que lo tacha de satánico y más bien nietszchano, percibiendo y dando al mundo, en sus propias palabras, tanto "su luz como su lado oscuro". Sea, pues.

jueves, 22 de junio de 2017

Eliades el chico


Muchos conocimos a Eliades Ochoa gracias a su relación con Buena Vista Social Club y particularmente por la película de Wim Wenders sobre esta organización musical compuesta por octogenarios habaneros que respiraban ritmo, historia musical, esencia sonera. Eliades era, dicho de manera coloquial, el “ranchero” guajiro que se acomodaba entre los dandis capitalinos, pues nació en Loma de la Avispa, allá por Santiago de Cuba, el 22 de junio de 1946.

Eliades Ochoa era, sin embargo, un guitarrista y cantante cubano conocido para los melómanos y cubanófilos enterados, ya que fue el guitarrista de Trinchera Agraria, un politizado grupo de finales de los años sesenta, donde estaban sus hermanos Orlando y María, que fue fundado por los artistas-activistas Heriberto Sánchez y Luis Bello. Eliades fungía entonces como tresero, es decir, tocaba el cubanísimo tres, un instrumento local derivado de la guitarra pero de tres cuerdas e inventado precisamente en el oriente campirano.

Además de Eliades y sus dos hermanos, a Trinchera Agraria lo integraban la cantante Ofelia, Dazú en el laud y Rey Costafreda en el pie forzado, una modalidad del verso de cuatro palabras que se improvisaba con agilidad y exactitud métrica ante el desafío del contrincante, con versos de cuatro palabras o de diez, cuartetas y décimas, con lo que armaban largas y divertidas discusiones musicales que podían durar horas.
Diez años después Eliades Ochoa formó parte de un cuarteto muy tradicional que lleva, hasta la fecha, funcionando desde 1940: el Cuarteto Patria. Como tal, en este grupo se emprenden viajes musicales a través del tiempo y los géneros cubanos y caribes; de la guaracha a la guajira, el bolero y el son. Esta experiencia le permitió a Ochoa compaginar musicalmente con prácticamente cualquier músico de la isla, además de empaparse de tradición.


Así es como llegó su asociación con los catrines de la Habana del Buenavista Social Club, en donde fue gratamente recibido. Como era el joven de la banda, le fue tocado despedir de la vida a sus colegas, uno por uno, Manuel "Puntillita" Licea, Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva han ido entregando el equipo (colgando los tenis, diríamos aquí) y los “jóvenes” como Eliades (OmaraPortuondo, Manuel "Guajiro" Mirabal, Amadito Valdés y Barbarito Torres), forzados a mirar nuevos horizontes. Ochoa grabó entonces un álbum con el músico africano Manu Dibango y unos años después con Bløf, una banda holandesa que se acopló a su ritmo. No se sabe a ciencia cierta a dónde va, menos ahora con el levantamiento del bloqueo yanqui, pero Eliades Ochoa sabe perfectamente de dónde viene. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Manu Chao


El 15 de abril de 2009 un músico francés enervó a las autoridades mexicanas por sus declaraciones sobre la brutal represión de la policía a los pobladores de San Salvador Atenco tres años antes; lo acusaron de desacato a la autoridad y fue medio corrido del país. Era Manu Chao, un artista multicolor muy conocido para entonces por su intransigencia con los autoritarismos.

Manu Chao nació en París el 21 de junio de 1961 en una pareja española exiliada de la dictadura franquista; hijo de un periodista, su infancia fue arropada con el humo de incontables cigarrillos que las discusiones intelectuales consumían en la sala de su casa. Él y su hermano Antoine crecieron en un ambiente de libertad y soltura que les permitió desde muy jovencitos elegir el camino de sus vidas: serían músicos.

De adolescentes comenzaron sus correrías en el metro y en las calles de París que, más pronto que tarde, se convirtieron en grupos musicales con nombres chistocitos como Hot Pants y Los Carayos, de efímera existencia. Un buen día de 1987, en compañía de su amigo Santiago Casiriego, que tocaba la batería, los hermanos, con Antoine en la trompeta y Manu en la guitarra, fundaron Mano Negra que los llevaría a dejar, tal vez contra su voluntad, la vida callejera.

Mano Negra vino a ser una bocanada de aire fresco en una agotada escena de la música alternativa de la capital francesa. Estos jóvenes de estilos y lenguajes diversos cantaban lo mismo en francés que en español, portugués, gallego o inglés. Su sonido provenía igualmente de destinos improbables, era una combinación de rock, rumba, hip-hop, salsa, raï y punk que algún ingenioso bautizó como estilo Patchanka, derivado de la alegre pachanga que se armaba cada vez que acometían sus ritmos.

Mano Negra fue un éxito rotundo en países como Holanda, Bélgica, Alemania e Italia y, a partir de los años 90, en América Latina. Luego de su gira por Estados Unidos como teloneros de la banda Iggy Pop, cuando su material era fundamentalmente en inglés, Mano Negra concentró sus objetivos al subcontinente latinoamericano donde los Chao encontraron una esencia que sin duda andaban buscando con su heterogéneo combo multirracial, su lucha por la libertad, los ideales políticos, el amor porque sí, la vida marginal y la inmigración.

Convencidos de su extraña cruzada, en 1992 Mano Negra se embarcó en un barco alquilado y en él recorrieron ciudades y pueblos costeros de México, Colombia, Venezuela, Brasil y Santo Domingo actuando en barriadas y pueblos de las selvas, elevando su activismo a niveles casi mitológicos y predicando impresentables adhesiones a movimientos contestatarios como el altermundista Attac, los zapatistas mexicanos, los sin tierra brasileños y cantando a favor de la marihuana.


Tanta actividad artística, ideológica y espiritual desgastó a Mano Negra y provocó su disolución en 1995. Chao fundó entonces Radio Bemba, trinchera desde la que fraguó su siguiente atentado: Clandestino, “la música del siglo XXI” consideró The New York Times, impresionado por la avalancha humana que provocó su presentación en Central Park. Clandestino vendió cinco millones de copias, pero lejos de provocar alguna reingeniería comercial en los proyectos de Manu Chao, lo que hizo fue que el músico francés se refugiara en un espectáculo de circo que presenta en pueblos aledaños a su residencia en Barcelona, España. Ese es Manu Chao, un bicho raro, que hoy cumple 56.

lunes, 19 de junio de 2017

Viaje al sur: Valpa


De retorno en Santiago, tras unos merecidos días de descanso, cerramos este viaje a Chile con una visita a la sorprendente ciudad de Valparaíso, el antiguo balneario de los santiaguinos junto a la célebre y turística Viña del Mar donde, por cierto, se celebraba su famosísimo festival.

Valpa es una enorme ciudad parapetada en 54 cerros atestados de casas y, en las noches, de luces. Desde muchos puntos de Valparaíso es posible tener una increíble vista panorámica del mar y la ciudad, como la que tuvimos nosotros desde el balcón de nuestro hotel, adornado con abundante artesanía fina de madera, mucha de ella mexicana.


Al día siguiente, en nuestro paseo vertical por la ciudad (aquí no hay otro tipo de paseo), subimos y bajamos colinas bajo un intenso sol, para alcanzar la cima donde se encuentra la histórica casa de Neruda: La Sebastiana, una atracción muy popular, cara y muy decepcionante por sus dimensiones, pues la construcción de tres pisos no tiene proporción con el alud de turistas, que hacen largas filas afuera; el recorrido apenas te permite atisbar algunas maravillas que la habitan antes de ahogarte engentado entre escarpadas y angostas escaleras.

De vuelta a la ciudad, una de las cosas más llamativas es el material exterior de las casas y los edificios de la ciudad antigua, básicamente compuestos de lámina de canalitos común que, pintada con colores pasteles y frecuentemente con murales artísticos -inesperadamente- se ven geniales.


El visitante no acaba de entender cómo es que ocurre el fenómeno de Valparaíso, como si esa ciudad hubiera sido planificada por todos los artistas chilenos que se han refugiado en esa costa. No siempre higiénicos y ni siquiera “bonitos”, los rincones y las innumerables escaleras de la ciudad antigua abundan en detalles artísticos muy originales y de buen gusto, la mayoría de las veces. Cafés, galerías, lobreguez y basura son el marco de un turismo desatado de europeos y gringos que desbordan las banquetas y capotean los vehículos que ronronean fatigosos sus motores en subidas acérrimas de sus sinuosas calles.


Nuestro paseo lo terminamos en una emblemática escultura multifactorial dedicada a la memoria del general Pratt y sus principales hombres, una obra frente al muelle que, según el informado Frank, concursó el mismísimo Auguste Rodán… y perdió.


Retornamos felices a Santiago, pronto habríamos que tomar nuestro avión a México. No había manera de estar más contentos y satisfechos de nuestro viaje; exhaustos, agradecidos con la generosidad de Cris y Frank que tuvieron tanta paciencia y tantos gastos con nuestra prolongada visita de 28 días. Muchas gracias, amigos; Rosita y Guicho, Cristóbal, Benja, Crescente, Emiliano, Cori, Dino, Mery, Guido, Paula, a cada uno por los detalles de cada quien, un viaje inolvidable que mantendremos en nuestro corazón como la reliquia que fue. Trajimos Malú y yo una buena impresión de los chilenos, una sociedad avanzada y pacífica que tanto contrasta con las vicisitudes de nuestro México; un pueblo contento consigo mismo y orgulloso de lo que es, de lo que ha construido y conservado; pero sumamente crítico con sus defectos y sus errores, que los tienen también.


Gracias, pues. Es el fin de esta interminable crónica de viaje.


Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

lunes, 12 de junio de 2017

Viaje al sur: el cielo chileno

El cielo chileno merece una mención especial que no es posible constreñir a un párrafo elogioso. No es que me sorprenda a mí sino que el cielo chileno ha sorprendido al mundo desde hace siglos, pero que con la evolución de la astronomía, espectacular en las últimas décadas, ha supuesto a ese cielo como la ventana terrestre al universo.
No es por otra cosa que Chile tiene una infraestructura astronómica única en el mundo, desde ahí se van a descubrir los exoplanetas habitables, se va a descubrir la vida del universo. Chile tiene ya los centros de observación más grandes del planeta, pero en unos años más se hará de ahí la mayor parte de la observación mundial.
En el desierto de Atacama existe una docena de observatorios, el Paranal (VLT), el complejo astronómico más avanzado y activo del planeta; ALMA, el mayor proyecto astronómico del mundo, y La Silla. Cuando se termine de construir el Telescopio Europeo Extremadamente Grande en 2020, se estima que Chile albergará el 70% de la infraestructura astronómica del mundo.
Por si fuera poco, tuvimos la impagable suerte de ser acompañados en este viaje por un astrónomo aficionado: ni más ni menos que Frank, nuestro anfitrión que, aunque abogado, en algún momento de su vida cursó un competente diplomado de observación astronómica que le ha dado más satisfacciones y admiradores que la abogacía, donde también tiene lo suyo. Como sea, Frank ha sabido sacarle provecho a aquel lejano curso y observar el cielo nocturno con él, copa de vino en mano e ignorancia supina como la mía, fue una gran oportunidad y todo un placer. Gracias Frank.

Desde nuestra primera salida a la cordillera de la costa, al tercer día, Frank nos ilustró sobre la famosa Cruz del Sur, cuatro estrellas con la que los marineros de la antigüedad se orientaban mediante una sencilla cuenta y hallaban la ubicación del polo sur celeste. Hay que contar tres veces la medida del “palo” mayor de la cruz hacia la parte inferior, y en ese punto se ubica el Polo Sur celeste, que en tiempos de GPS no tiene mucha utilidad, pero que fue fundamental para los marineros de la antigüedad. Algo así.
En cada punto de nuestro viaje acudimos a la sabiduría de Frank para que repitiera su numerito estelar (nunca mejor dicho) y volviera a indicarnos la ubicación de la estrella Sirio, la más brillante; las sorprendentes nubes de Magallanes (del tamaño de la Luna); las increíbles pléyades que parecían estar ahí, al alcance de mi mano; la estrella Alfa centauro; el cúmulo Omega Centauro y la nebulosa Eta Carinae. No tengo palabras para expresar mi asombro ante tanta belleza y la suerte inaudita de estar ahí con cielos despejados. Y con Frank, pues sin él hubiera sido solo estupefacción, sin ciencia. Este fue el regalo más sorprendente de nuestro viaje, por inesperado, un recuerdo inolvidable que tendré en cuenta hasta la hora de mi muerte, cuando mis polvos esenciales vuelvan a reunirse con esa maravillosa cosa universal y sea nuevamente parte de ella (hipótesis uno) o pase a formar parte de la acumulación estelar (hipótesis dos).
Explicación de la hipótesis dos: siendo niño Emiliano, el hijo menor de Cris y Frank, le preguntó a su madre.

-       - Antes de nacer ¿estaba muerto?
-       - No -le respondió Cris-, no existías aún.
-       - Ah -reflexionó Emiliano-, entonces estaba muerto.


No sé cómo, pero esta reflexión infantil me explicó una antigua incógnita sobre la existencia. La tuve muy presente bajo el manto universal de los cielos chilenos. Gracias Frank, por tus conocimientos; gracias Cris, por darnos la oportunidad de conocer a Frank y lograr el viejo anhelo, mutuo, de visitar tu extraordinario país, ya que tú conoces el nuestro mejor que muchos mexicanos.