martes, 4 de julio de 2017

De los chicles motita a la mota chiclosa


Gracias a mi camarada Eleele por su respuesta honesta sobre la marihuana:

"A la pregunta que usted me formula sobre si soy un marihuano, tengo algunas respuestas: soy un marihuano. He consumido cannabis durante 25 años y déjenme decirlo de una buena vez: no me arrepiento.

A mis 25 años corrí el riesgo muy grave de volverme, además, alcohólico. Me hizo mucho daño físico, mental y social.  La mota, en cambio, siempre me ayudó, me relajó, me hizo reflexionar sobre un montón de cosas útiles y muchas cosas inútiles. Nunca fui un atascado, como llamábamos a ciertas amistades que podían fumarse un churro tras otro. Habrías de ver a R., era capaz de fumar durante ocho horas seguidas, cada quince minutos, tremendo churro que lo regresaba a órbita, su temperamento espacial. ¡Qué ojitos, mi R.!

Yo no, desde que empecé a fumarla me di cuenta que era muy sensible a los efectos de la marihuana, con dos o tres jaladas me pongo hasta atrás, y volver a fumar a la media hora –cosa que por supuesto hice varias veces- me deprimía, me apachurraba. Un día comprendí que lo mío era fumar una sola vez, disfrutar sus efectos que me ayudan a centrar algunas discusiones y esperar a que pase.

Hace cuarenta años no había tanta marihuana como ahora. A veces escaseaba y duraba tres, cuatro, seis meses sin fumar. Uno andaba ”erizo” en esos momentos, pero, por otro lado, era muy fácil entender que la dulce mota no era adictiva, al menos en las cantidades en que yo la fumaba. Claro que después de algunos meses se me antojaba un “join”, pero no pasaba de eso. Ni sudaba, ni me desgarraba la ropa, ni robaba a mi abuelita para consumir, primero porque mi pobre abuelita ya había muerto, porque casi nunca necesité robar y porque siempre fui un fumador de gorra, consumía tan poco que nunca faltaba quién me invitara unos jaloncitos.

Ahorita, por ejemplo, hace como dos años que no me doy un toquecito, tal vez más, porque es muy riesgoso intentar conseguirla, no tengo los contactos, no tengo intención y por lo tanto no tengo mota. No pasa nada. Me molesta la hipocresía social respecto a ella, nadie acepta que es un atascado o que la usa para relajarse los fines de semana, y quien se atreve a confesarlo es quemado en una pira virtual y etiquetado de drogadicto; leí en un artículo el porcentaje de presos por posesión de marihuana que es muy superior al de los traficantes. Hay todo un protocolo policiaco de sofisticación psicológica para agarrar incautos y sangrar a sus familiares con una o más mochadas. A mi amigo Pepe, a la sazón homosexual, lo agarraron afuera de su casa en Tepito –hace ya algunos años, Pepe ya hasta murió-, junto con su amigo los subieron a la patrulla y camino a la delegación los obligaron a fumarse tremendo churro de una mota súper poderosa que sacaron los polis. “No, gracias”, dijo el inocente cuando el poli le pasó el carrujo tras haberle dado él mismo tremenda jaladota. “¿Cómo chingaos no?”, le respondió el representante de la ley con un sopapo en el occipital. Bueno, pues ahí tienen al Pepe y a su amigo dándose tremendos “pasón” en la parte posterior de la patrulla, en plenas calles del Distrito Federal. No quiero decirles en qué estado llegaron a la delegación, parecían semáforos y apenas eran capaces de hablar. El sujeto que lo interrogó le exigía una felación ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Nada, solo que allá adentro hacen exactamente lo que les da la gana.
Pues bueno, estuvieron muchas horas allí hasta que acudió su hermana –y los papás del amigo- a pagar tremenda mordida para sacar de la cárcel a los muchachos.

La mota a mí no me ha hecho nada, pero esas cosas sí. La indignación que me producen todos los abusos policiales y sociales con el pretexto de su prohibición. En mi experiencia personal se trató de una macaniza en plena calzada de Tlalpan. Gratis. Regresábamos de clases en CU en mi vochito y me acompañaban mis compañeros de la ENAH Rodolfo y Raúl. Íbamos alegres porque siempre estábamos alegres, pero eso les pareció muy sospechoso a unos tiras que iban en un carro común y corriente y tal vez no habían comido y decidieron que nosotros les pagaríamos los tacos, o qué se yo. Porque así de azarosa es la vida. Yo cargaba en la parte de atrás, en el hueco entre el respaldo y el vidrio que tienen los VW, dos bolsas de basura que había sacado de mi casa para tirarlas en  un contenedor del que ya era cliente, y fueron las primeras cosas que hicieron esos desgraciados: vaciar las bolsas –entonces fumaba muchos cigarros, todo el día y mis ceniceros eran cosa seria, además de papel sanitario sellado y toda la porquería que uno produce diariamente y terminas tirando a la basura que pasa los jueves-, las vaciaron sobre el asiento de atrás para escudriñar mi intimidad.  A los tres nos bajaron a jalones; a Raúl, que tenía el pelo largo, lo sacaron de las greñas; yo quise defenderme “legalmente”, pues algo sabía de mis derechos, puse un poste de metal en medio del judicial y traté de dialogar, mientras él me tiraba bastonazos a las piernas pero le pegaba al poste ¡clanc!, ¡clanc! Eso lo enfureció aun más.

No sé por qué estaban tan enojados, como si fuéramos los peores delincuentes de la ciudad. En un momento dado me alcanzó una rodilla y caí al piso como una rosa en mar revuelto. Rodé por la banqueta tratando de levantarme solo, pero él me ayudó a levantarme a bastonazos. ¿Por qué me pegas?, me acuerdo que le repetía. Saqué mis credenciales de estudiante, de burócrata –mis amigos ya habían hecho lo propio, pues uno de ellos trabajaba en Correos- y en esas estábamos cuando se acercó quien parecía el jefe y les dijo a sus esbirros no sin decepción: “Están limpios, ni cocos traen”. Los cocos eran el nombre coloquial para las semillas de la “mois”. Realmente no hubiera metido las manos al fuego si me hubieran preguntado si había o no semillas en mis bolsas de basura, pero Baco es grande y en esa ocasión no había una sola semillita. Nos dieron un empujón y se retiraron para irse en su vehículo destartalado en busca de mejores clientes. Supusimos que eran judiciales, por sus modales, pero en realidad nunca se identificaron. Hicimos una tregua a nuestra acostumbrada alegría y subimos a mi vocho pensativos y sacados de onda. Nunca se me olvidará la infamia y su estrecha relación con la marihuana. Porque era eso lo que buscaban los judiciales, una colilla o ya de perdis unos cocos.

Así que no, nada tengo que reprochar a la dulce mota, pero sí a lo que ocurre a su alrededor, incluidos los grupitos de pachecos que tan mala fama le han dado y que, a decir verdad, se ponen bastante estúpidos cuando andan hasta atrás.

Siempre he preferido la soledad para esa afición, la parte introspectiva de la juana. Preferible siempre a un dañino e indigesto jaibol. Lo paradójico es que te puedes zampar diez jaiboles frente a todo mundo, salir tambaleando del bar y subirte a tu coche, y nadie te dice nada porque es legal, pero no se te ocurra decir que hace 120 años fumaste mota –como le pasó a Bill Clinton, porque los gringos son los más hipócritas de todos-, para que te lo estén recordando cada vez que abras la boca.

Sobre la pregunta de si estoy de acuerdo en su legalización. Yo dirían que sí, que debe ser legal."

L.L.

domingo, 25 de junio de 2017

Mortal al final de cuentas


A principios del mes de junio de 2009 el mundo recibió con un bostezo el anuncio de una nueva gira del rey del pop, Michael Jackson, luego de diez años de silencio musical pero mucho barullo en torno de una vida disipada y difícil como debe ser la de un semidios de quien el mundo está perpetuamente pendiente, con una curiosidad humana que no tiene llenadera y cada vez más interesada en los detalles morbosos y repulsivos de sus ídolos. Es decir, por una década Michael no había vuelto a darnos una alegría visual o auditiva y sí muchas preocupaciones sobre su mansión de cien millones o los niños de trece que lo enloquecían; cuando no amenazaba con tirar un bebé por la ventana se mochaba un nuevo pedazo de nariz, compraba un terreno en Júpiter o alguien llenaba sus brazos de dorados Grammys.

Así estábamos cuando, sorpresivamente, la mañana del 25 de junio de 2009 Michael Jackson sufrió un problema cardiorespiratorio y murió. ¿Cómo es posible? O mejor, ¡no es posible! Claro que sí. El doctor Conrad Murray ganaba 150 mil dólares mensuales por llenar al astro de propofol, un agente anestésico que se usa en cuidados intensivos, que le quitaba cualquier resquicio de dolor, pero que a sus 51 años su cuerpo no lo pudo soportar. Aunque fue atendido por el 911 solo nueve minutos después del colapso, Michael murió en el hospital Ronald Reagan UCLA Medical Center de Los Ángeles, California, a las 14 horas con 26 minutos. No era posible. Que sí.

Quienes lo conocimos en una película de miedo más bien mala por allá de 1972, llamada Ben, la rata asesina, recordamos al pequeño Michael cantando inopinadamente una bonita canción llamada Ben y dedicada a una rata espantosa que comandaba a dos millones de homólogas bajo las calles de Nueva York; nunca imaginamos que ese simpático y agraciado negrito, que era parte de un conjunto musical de hermanos llamado The Jackson Five, se convertiría en el Rey del Pop, un monstruo estadístico que diez años después devoraba un mundo con cifras (de dólares, de espectadores, de discos) de millones y miles de millones.


Tras la publicación de Thriller en 1982 supimos que fue el disco más vendido de la historia y que lo siguieron otros discos que también figuran entre los más vendidos de todos los tiempos; en total vendió 400 millones; recibió 400 premios; quince Grammys, fue el artista más donador de dinero para causas filantrópicas; su autobiografía vendió 500 mil ejemplares y su funeral lo vieron dos mil millones de personas por televisión. Solo en 1989 ganó la friolera de 125 millones de dólares y su video Thriller, el primer musical de horror, con sus muertos bailantes, fue considerado como el mejor vídeo musical de todos los tiempos.


Pero el día de hoy estaba ahí, tieso, como cualquier otro despojo humano que ha caducado, incapaz de hacer su famoso pasito lunar (moonwalk) que retomó de algún lugar del teatro y de la mímica, o de producir su famoso sonido musical que mezclaba tan armoniosamente el rhythm& blues, el soul, el funk, el disco y el dance. Eso que yacía en el piso de esa fastuosa mansión alquilada y después en aquella camilla común era el frágil equipo, humano demasiado humano, de la estrella del pop más exitosa de la historia.

sábado, 24 de junio de 2017

El eterno retorno de Jeff Beck


Jeff Beck es un caso curioso en la historia del rock and roll, se trata de un músico histórico de gran influencia entre los guitarristas de todo el mundo, un músico de quien se dice que estableció las bases del heavy metal, que forma parte de la trinidad guitarrística de The Yardbirds, con Eric Clapton y Jimmy Page, y sin embargo, tras sesenta años de andar en el ajo, su éxito es relativamente reciente.

Jeff Beck nace en Londres el 24 de junio de 1944 y participó, además de en The Yardbirds, en numerosos grupos estables y esporádicos en los años sesenta y setenta. Una característica de este guitarrista de rock y blues fue su inconsistencia, su permanente mutación y evaporación que lo ausentó de la música y los escenarios innumerables veces; a veces meses, en ocasiones años. Pero siempre volvió, eso sí. Otra extraña característica de Jeff Beck fue el poco éxito -de crítica y de ventas- de su música. Antes de Flash de 1980, que le dio su primer y único hit en single de su historia, Beck no vio claro. Al año siguiente ganó su primer Grammy, de los cinco que lleva.

Como estilista, a pesar de que se le atribuye la paternidad del heavy metal, Jeff Beck nunca ha sido encasillado por la crítica. Es como una obra de cera, mutante y polimorfo, que lo mismo se le encuentra interpretando blues rock que el heavy metal, jazz fusión, techno
y música electrónica. Hay quien afirma que inventó un género que combina blues con rock progresivo, pero váyase a saber. Su técnica no abusa del efecto electrónico, pero se le considera pionero en el uso del pedal que maneja como un maestro desde su guitarra Fender Stratocaster, a la que saca infinidad de sonidos a  base de digitación y uso del vibrato. Su influencia es notoria en grandes guitarristas como Van Halen o Joe Satriani.


Como sea, no hay nadie en la música que le regatee a Jeff Beck su importante y prolongada presencia en el escenario del rock y el gran reconocimiento que goza en la comunidad de guitarristas. Por eso Mick Jagger lo incluyó en sus primeros discos en solitario y, posteriormente, lo hicieron Jon Bon Jovi, Roger Waters y el maestro B.B. King. En 2010 Jeff Beck obtuvo su quinto Grammy con su álbum "Emotion & Commotion", que celebró con una gira y, al finalizar, anunció su retiro. Así es Jeff Beck, que debería apodarse Get Back, se cansa y se va, pero siempre regresa.

viernes, 23 de junio de 2017

Danza con diablos


Glenn Danzig es un típico caso de los nacidos en la llamada generación Baby Boom, espantoso nombre para designar a aquellos que han nacido entre 1948 y 1960, demasiado jóvenes para recordar el horror de la guerra mundial y demasiado viejos para ser amigos de sus padres, al menos en la adolescencia. Estos seres, sin embargo, ya no tuvieron las restricciones de la generación anterior, tuvieron cierta libertad para creer, para abrazar, para soñar.

El caso de Glenn Danzig, decía, estuvo marcado por el choque entre el pasado y el presente que vivió aquella generación. Su padre, moderno por ser técnico de televisores, pero antiguo por ser un marine veterano de las guerras de Europa y Corea, era su enemigo. Glenn nace el 23 de junio de 1955 en Nueva Jersey como miembro de una familia protestante, de padre autoritario y madre obediente. El país, sin embargo, marcaba su propio ritmo.

Glenn Danzig es un artista un poco oscuro dedicado al canto, a la composición y la  música, pero además es empresario disquero, escritor y coleccionista de libros y cómics para adultos y sobre temas oscuros como el horror, la sangre, el ocultismo, el erotismo y la religión. Un producto fiel a su generación, con algunas singularidades.
Danzing comenzó muy pequeño sus andanzas en la música. No era, y nunca lo fue, un prodigio de nada, sino un joven trabajador, ingenioso y atrevido. Se le atribuye haber sido uno de los creadores del género horror punk, fundador de bandas como The Misfits, Samhain y sobre todo Danzig, la corona de su pastel económico y profesional.

A mediados de los setenta la influencia obvia era Morrison y Black Sabath, de donde aquellos grupos juveniles extraían el elixir para crear rolitas en los géneros punk rock, heavy metal, metal industrial y blues. Danzing resultó tan efectivo, que escribió canciones para músicos históricos como Johnny Cash y Roy Orbinson.

La música de Glenn Danzig se caracterizó por su sonido gótico-death-rock que combinaba bien con su voz de barítono comparada por muchos con la de Elvis y Jim Morrison, un ritmo más bien lento y pesado, muy pesado, que tenía claras influencias del blues tradicional y, por supuesto, del heavy metal. En los últimos tiempos, sin embargo, su música se inclinó hacia el llamado goth metal.


Este día, que cumple 62 años, Glenn es, en sus propias palabras, una persona hermética a la que no se le conoce esposa o hijos; le gusta el escenario, pero no le gusta que en las giras no haya nada qué hacer durante todo el día, por eso opta por evitarlas; prefiere dedicarse a sus famosas colecciones de comics clásicos o su célebre biblioteca de libros de ocultismo, historia religiosa, asesinatos y el Nuevo Orden Mundial. Ahí está, pues, escuchando incansablemente a sus adorados Wagner, Prokofiev, Saint-Saëns y Carl Orff, con discretos seguidores en todo el mundo, en realidad lejos de su descripción periodística que lo tacha de satánico y más bien nietszchano, percibiendo y dando al mundo, en sus propias palabras, tanto "su luz como su lado oscuro". Sea, pues.

jueves, 22 de junio de 2017

Eliades el chico


Muchos conocimos a Eliades Ochoa gracias a su relación con Buena Vista Social Club y particularmente por la película de Wim Wenders sobre esta organización musical compuesta por octogenarios habaneros que respiraban ritmo, historia musical, esencia sonera. Eliades era, dicho de manera coloquial, el “ranchero” guajiro que se acomodaba entre los dandis capitalinos, pues nació en Loma de la Avispa, allá por Santiago de Cuba, el 22 de junio de 1946.

Eliades Ochoa era, sin embargo, un guitarrista y cantante cubano conocido para los melómanos y cubanófilos enterados, ya que fue el guitarrista de Trinchera Agraria, un politizado grupo de finales de los años sesenta, donde estaban sus hermanos Orlando y María, que fue fundado por los artistas-activistas Heriberto Sánchez y Luis Bello. Eliades fungía entonces como tresero, es decir, tocaba el cubanísimo tres, un instrumento local derivado de la guitarra pero de tres cuerdas e inventado precisamente en el oriente campirano.

Además de Eliades y sus dos hermanos, a Trinchera Agraria lo integraban la cantante Ofelia, Dazú en el laud y Rey Costafreda en el pie forzado, una modalidad del verso de cuatro palabras que se improvisaba con agilidad y exactitud métrica ante el desafío del contrincante, con versos de cuatro palabras o de diez, cuartetas y décimas, con lo que armaban largas y divertidas discusiones musicales que podían durar horas.
Diez años después Eliades Ochoa formó parte de un cuarteto muy tradicional que lleva, hasta la fecha, funcionando desde 1940: el Cuarteto Patria. Como tal, en este grupo se emprenden viajes musicales a través del tiempo y los géneros cubanos y caribes; de la guaracha a la guajira, el bolero y el son. Esta experiencia le permitió a Ochoa compaginar musicalmente con prácticamente cualquier músico de la isla, además de empaparse de tradición.


Así es como llegó su asociación con los catrines de la Habana del Buenavista Social Club, en donde fue gratamente recibido. Como era el joven de la banda, le fue tocado despedir de la vida a sus colegas, uno por uno, Manuel "Puntillita" Licea, Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva han ido entregando el equipo (colgando los tenis, diríamos aquí) y los “jóvenes” como Eliades (OmaraPortuondo, Manuel "Guajiro" Mirabal, Amadito Valdés y Barbarito Torres), forzados a mirar nuevos horizontes. Ochoa grabó entonces un álbum con el músico africano Manu Dibango y unos años después con Bløf, una banda holandesa que se acopló a su ritmo. No se sabe a ciencia cierta a dónde va, menos ahora con el levantamiento del bloqueo yanqui, pero Eliades Ochoa sabe perfectamente de dónde viene. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Manu Chao


El 15 de abril de 2009 un músico francés enervó a las autoridades mexicanas por sus declaraciones sobre la brutal represión de la policía a los pobladores de San Salvador Atenco tres años antes; lo acusaron de desacato a la autoridad y fue medio corrido del país. Era Manu Chao, un artista multicolor muy conocido para entonces por su intransigencia con los autoritarismos.

Manu Chao nació en París el 21 de junio de 1961 en una pareja española exiliada de la dictadura franquista; hijo de un periodista, su infancia fue arropada con el humo de incontables cigarrillos que las discusiones intelectuales consumían en la sala de su casa. Él y su hermano Antoine crecieron en un ambiente de libertad y soltura que les permitió desde muy jovencitos elegir el camino de sus vidas: serían músicos.

De adolescentes comenzaron sus correrías en el metro y en las calles de París que, más pronto que tarde, se convirtieron en grupos musicales con nombres chistocitos como Hot Pants y Los Carayos, de efímera existencia. Un buen día de 1987, en compañía de su amigo Santiago Casiriego, que tocaba la batería, los hermanos, con Antoine en la trompeta y Manu en la guitarra, fundaron Mano Negra que los llevaría a dejar, tal vez contra su voluntad, la vida callejera.

Mano Negra vino a ser una bocanada de aire fresco en una agotada escena de la música alternativa de la capital francesa. Estos jóvenes de estilos y lenguajes diversos cantaban lo mismo en francés que en español, portugués, gallego o inglés. Su sonido provenía igualmente de destinos improbables, era una combinación de rock, rumba, hip-hop, salsa, raï y punk que algún ingenioso bautizó como estilo Patchanka, derivado de la alegre pachanga que se armaba cada vez que acometían sus ritmos.

Mano Negra fue un éxito rotundo en países como Holanda, Bélgica, Alemania e Italia y, a partir de los años 90, en América Latina. Luego de su gira por Estados Unidos como teloneros de la banda Iggy Pop, cuando su material era fundamentalmente en inglés, Mano Negra concentró sus objetivos al subcontinente latinoamericano donde los Chao encontraron una esencia que sin duda andaban buscando con su heterogéneo combo multirracial, su lucha por la libertad, los ideales políticos, el amor porque sí, la vida marginal y la inmigración.

Convencidos de su extraña cruzada, en 1992 Mano Negra se embarcó en un barco alquilado y en él recorrieron ciudades y pueblos costeros de México, Colombia, Venezuela, Brasil y Santo Domingo actuando en barriadas y pueblos de las selvas, elevando su activismo a niveles casi mitológicos y predicando impresentables adhesiones a movimientos contestatarios como el altermundista Attac, los zapatistas mexicanos, los sin tierra brasileños y cantando a favor de la marihuana.


Tanta actividad artística, ideológica y espiritual desgastó a Mano Negra y provocó su disolución en 1995. Chao fundó entonces Radio Bemba, trinchera desde la que fraguó su siguiente atentado: Clandestino, “la música del siglo XXI” consideró The New York Times, impresionado por la avalancha humana que provocó su presentación en Central Park. Clandestino vendió cinco millones de copias, pero lejos de provocar alguna reingeniería comercial en los proyectos de Manu Chao, lo que hizo fue que el músico francés se refugiara en un espectáculo de circo que presenta en pueblos aledaños a su residencia en Barcelona, España. Ese es Manu Chao, un bicho raro, que hoy cumple 56.

lunes, 19 de junio de 2017

Viaje al sur: Valpa


De retorno en Santiago, tras unos merecidos días de descanso, cerramos este viaje a Chile con una visita a la sorprendente ciudad de Valparaíso, el antiguo balneario de los santiaguinos junto a la célebre y turística Viña del Mar donde, por cierto, se celebraba su famosísimo festival.

Valpa es una enorme ciudad parapetada en 54 cerros atestados de casas y, en las noches, de luces. Desde muchos puntos de Valparaíso es posible tener una increíble vista panorámica del mar y la ciudad, como la que tuvimos nosotros desde el balcón de nuestro hotel, adornado con abundante artesanía fina de madera, mucha de ella mexicana.


Al día siguiente, en nuestro paseo vertical por la ciudad (aquí no hay otro tipo de paseo), subimos y bajamos colinas bajo un intenso sol, para alcanzar la cima donde se encuentra la histórica casa de Neruda: La Sebastiana, una atracción muy popular, cara y muy decepcionante por sus dimensiones, pues la construcción de tres pisos no tiene proporción con el alud de turistas, que hacen largas filas afuera; el recorrido apenas te permite atisbar algunas maravillas que la habitan antes de ahogarte engentado entre escarpadas y angostas escaleras.

De vuelta a la ciudad, una de las cosas más llamativas es el material exterior de las casas y los edificios de la ciudad antigua, básicamente compuestos de lámina de canalitos común que, pintada con colores pasteles y frecuentemente con murales artísticos -inesperadamente- se ven geniales.


El visitante no acaba de entender cómo es que ocurre el fenómeno de Valparaíso, como si esa ciudad hubiera sido planificada por todos los artistas chilenos que se han refugiado en esa costa. No siempre higiénicos y ni siquiera “bonitos”, los rincones y las innumerables escaleras de la ciudad antigua abundan en detalles artísticos muy originales y de buen gusto, la mayoría de las veces. Cafés, galerías, lobreguez y basura son el marco de un turismo desatado de europeos y gringos que desbordan las banquetas y capotean los vehículos que ronronean fatigosos sus motores en subidas acérrimas de sus sinuosas calles.


Nuestro paseo lo terminamos en una emblemática escultura multifactorial dedicada a la memoria del general Pratt y sus principales hombres, una obra frente al muelle que, según el informado Frank, concursó el mismísimo Auguste Rodán… y perdió.


Retornamos felices a Santiago, pronto habríamos que tomar nuestro avión a México. No había manera de estar más contentos y satisfechos de nuestro viaje; exhaustos, agradecidos con la generosidad de Cris y Frank que tuvieron tanta paciencia y tantos gastos con nuestra prolongada visita de 28 días. Muchas gracias, amigos; Rosita y Guicho, Cristóbal, Benja, Crescente, Emiliano, Cori, Dino, Mery, Guido, Paula, a cada uno por los detalles de cada quien, un viaje inolvidable que mantendremos en nuestro corazón como la reliquia que fue. Trajimos Malú y yo una buena impresión de los chilenos, una sociedad avanzada y pacífica que tanto contrasta con las vicisitudes de nuestro México; un pueblo contento consigo mismo y orgulloso de lo que es, de lo que ha construido y conservado; pero sumamente crítico con sus defectos y sus errores, que los tienen también.


Gracias, pues. Es el fin de esta interminable crónica de viaje.


Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

lunes, 12 de junio de 2017

Viaje al sur: el cielo chileno

El cielo chileno merece una mención especial que no es posible constreñir a un párrafo elogioso. No es que me sorprenda a mí sino que el cielo chileno ha sorprendido al mundo desde hace siglos, pero que con la evolución de la astronomía, espectacular en las últimas décadas, ha supuesto a ese cielo como la ventana terrestre al universo.
No es por otra cosa que Chile tiene una infraestructura astronómica única en el mundo, desde ahí se van a descubrir los exoplanetas habitables, se va a descubrir la vida del universo. Chile tiene ya los centros de observación más grandes del planeta, pero en unos años más se hará de ahí la mayor parte de la observación mundial.
En el desierto de Atacama existe una docena de observatorios, el Paranal (VLT), el complejo astronómico más avanzado y activo del planeta; ALMA, el mayor proyecto astronómico del mundo, y La Silla. Cuando se termine de construir el Telescopio Europeo Extremadamente Grande en 2020, se estima que Chile albergará el 70% de la infraestructura astronómica del mundo.
Por si fuera poco, tuvimos la impagable suerte de ser acompañados en este viaje por un astrónomo aficionado: ni más ni menos que Frank, nuestro anfitrión que, aunque abogado, en algún momento de su vida cursó un competente diplomado de observación astronómica que le ha dado más satisfacciones y admiradores que la abogacía, donde también tiene lo suyo. Como sea, Frank ha sabido sacarle provecho a aquel lejano curso y observar el cielo nocturno con él, copa de vino en mano e ignorancia supina como la mía, fue una gran oportunidad y todo un placer. Gracias Frank.

Desde nuestra primera salida a la cordillera de la costa, al tercer día, Frank nos ilustró sobre la famosa Cruz del Sur, cuatro estrellas con la que los marineros de la antigüedad se orientaban mediante una sencilla cuenta y hallaban la ubicación del polo sur celeste. Hay que contar tres veces la medida del “palo” mayor de la cruz hacia la parte inferior, y en ese punto se ubica el Polo Sur celeste, que en tiempos de GPS no tiene mucha utilidad, pero que fue fundamental para los marineros de la antigüedad. Algo así.
En cada punto de nuestro viaje acudimos a la sabiduría de Frank para que repitiera su numerito estelar (nunca mejor dicho) y volviera a indicarnos la ubicación de la estrella Sirio, la más brillante; las sorprendentes nubes de Magallanes (del tamaño de la Luna); las increíbles pléyades que parecían estar ahí, al alcance de mi mano; la estrella Alfa centauro; el cúmulo Omega Centauro y la nebulosa Eta Carinae. No tengo palabras para expresar mi asombro ante tanta belleza y la suerte inaudita de estar ahí con cielos despejados. Y con Frank, pues sin él hubiera sido solo estupefacción, sin ciencia. Este fue el regalo más sorprendente de nuestro viaje, por inesperado, un recuerdo inolvidable que tendré en cuenta hasta la hora de mi muerte, cuando mis polvos esenciales vuelvan a reunirse con esa maravillosa cosa universal y sea nuevamente parte de ella (hipótesis uno) o pase a formar parte de la acumulación estelar (hipótesis dos).
Explicación de la hipótesis dos: siendo niño Emiliano, el hijo menor de Cris y Frank, le preguntó a su madre.

-       - Antes de nacer ¿estaba muerto?
-       - No -le respondió Cris-, no existías aún.
-       - Ah -reflexionó Emiliano-, entonces estaba muerto.


No sé cómo, pero esta reflexión infantil me explicó una antigua incógnita sobre la existencia. La tuve muy presente bajo el manto universal de los cielos chilenos. Gracias Frank, por tus conocimientos; gracias Cris, por darnos la oportunidad de conocer a Frank y lograr el viejo anhelo, mutuo, de visitar tu extraordinario país, ya que tú conoces el nuestro mejor que muchos mexicanos.

lunes, 5 de junio de 2017

Viaje al sur: Alto Biobío


Nuestro regreso hacia el centro de Chile por la autopista Panamericana nos condujo bajo la lluvia hasta la ciudad de Osorno, tierra de alemanes con una arquitectura variopinta y las características uniformadoras comunes de nuestras principales ciudades. Una ciudad grande y simplona con una extraña iglesia de aliento gótico modernista (auto sic), donde gracias a un oportuno extravío se nos permitió apreciar algunos barrios muy bonitos y elegantes, con casas y mansiones de arquitectura alemana, según nos dicen, algunas espectaculares. Llegamos a un campin municipal con muy buenas instalaciones y, al día siguiente, temprano, emprendimos nuestra última aventura por el sur chileno en la Reserva Natural Ralco, el origen natural del río Bíobío, en lo que también se conoce como Alto Bíobío.

De Santa Bárbara tomamos 50 km de terracería hacia los altos de Pemehue, también reserva natural. Atravesamos la Hidroeléctrica de El Pangue, un histórico sitio en donde hace relativamente poco jugaron un papel muy importante las hermanas mapuche-pehuenche Berta y Nicolasa Quintreman.


En 1990 el Ministerio de Economía autorizó la construcción de la central hidroeléctrica Pangue, primera etapa de un plan cuyo objetivo final era la construcción de una serie de seis centrales en el río Biobío. De inmediato surgió una fuerte oposición al proyecto. Se criticó la alteración de las formas de vida de siete comunidades mapuche pehuenches que residían en el área de inundación del proyecto y el cambio ecológico que sufriría la cuenca del río Biobío. A principios de noviembre de 1992 más de 300 mujeres y diversos representantes indígenas participaron de un solemne ritual en el Alto Biobío contra la central Pangue. La presión ejercida por los grupos contrarios a la construcción de la central incluso interesó a sectores ecologistas norteamericanos, quienes se sumaron a la causa. El conflicto llegó a los tribunales de justicia donde, finalmente, en 1993, la Corte Suprema acogió la apelación interpuesta por la empresa Pangue, S.A., dejando sin efecto el fallo de la Corte de Apelaciones de Concepción y permitiendo la construcción de la central.

Un conflicto aún más difícil de resolver fue el que se suscitó en 1994 a raíz de la construcción de Ralco, la segunda central hidroeléctrica en el Biobío. Si bien hubo una férrea oposición de ecologistas e indigenistas, muchos pehuenches aceptaron la permuta de tierras ofrecida por ENDESA. No obstante, las hermanas Berta y Nicolasa Quintremán se opusieron tenazmente a salir de sus tierras en recuerdo de sus antepasados y de los derechos ancestrales que poseían sobre las tierras. ENDESA solo pudo solucionar el conflicto con las hermanas Quintremán en el 2003, prácticamente diez años después que CONAMA recibiera los términos de referencia para realizar el Estudio de Impacto Ambiental de la Central Hidroeléctrica Ralco.1

En estas latitudes el clima cambia radicalmente, ahora hay calor, moscos, abejas asesinas y paz sepulcral en un desolado paraje frente al gran río Bíobío. Nuestro campamento (“Territorio pegüense”, en la pluma de la entrada), completamente vacío de turistas, ocupa tierras de Ralco, en El Pangue, dentro de la Reserva Natural Alto Bíobío. Las “abejas asesinas”, llamadas así porque eran salvajes y no pertenecían a ningún panal “civilizado”, no nos dejaban comer en el exterior de los vehículos, se juntaban por decenas en torno a cualquier plato o bocado de comida, pero en realidad ese fue su único crimen en los tres días que duró nuestra estancia. Una breve dosis de un vaso de cerveza Cristal (4.6°) al mediodía, nos provocó una reacción desmesurada. ¡Hic! Luego de dos días, ante las alternativas de retornar a Santiago o internarnos más en la reserva, hacia la frontera argentina, Cris hizo ganar la segunda opción y el tercer día emprendimos un largo trayecto por terracería con destino a la laguna de El Barco, a menos de 50 km de la frontera argentina del paso Copahue.

El trayecto fue un poco fatigoso, bajo un intenso sol y mucho polvo del camino. Parte importante del cansancio correspondía a que era el día 17 de nuestra prolongada aventura en campamentos, con todo lo que ello implica.

En el camino apreciamos antenas de educación satelital en las pequeñas comunidades y la existencia de señal de internet, lo que fue una novedad en nuestro viaje donde privó la incomunicación. Sobresalen los postes de electricidad en la profunda sierra equivalente a un esfuerzo muy importante de la compañía de luz, y desde luego algo que no ajeno a esa “modernidad” como la siembra masiva de pinos radiata y eucaliptos al por mayor, por todos lados.

Por primera vez pude apreciar pobreza verdadera en los caseríos pehuenches montados en las laderas. En la comunidad Ralco Repoy un “Jardín infantil étnico” muy modesto, como el resto de la infraestructura que ampara todas estas rancherías alejadas de todo; hasta en las paradas del bus se aprecia esa baja de calidad, algunas de plano destruidas.
Circulamos entre los volcanes Copahue y Callequí, ambos en ostensible actividad. Y a través de subidas abruptas, paisajes espectaculares del río, sembradíos de alfalfa, quilas -que es un arbusto abundante en montes y cañadas-, casas muy altas de dos aguas con un alto pórtico y una terrorífica deforestación, arribamos, tras dos kilómetros de caminata bajo el sol por las condiciones del camino, a la comunidad pehuenche de El Barco, un parque público con una laguna rectangular que tiene una pequeña isla con un árbol en el centro ¿el barco?


Antes de llegar, por fin, en una cañada con altos cerros coronados de araucarias que conduce el río que lleva a la laguna, un pequeño bosque de araucarias, el icónico árbol sagrado de los mapuches que llega a medir hasta 50 metros y a vivir hasta 2 mil años. Las ramas de la araucaria se van cayendo a medida que crece, de forma que en su vida adulta solo tiene ramas en la parte superior. De sus hojas-escamas se extraen las semillas (pehuén) para comerlas y para preparar el chvid, un licor muy fermentado que no llegué a probar.

Para nuestra sorpresa, El Barco rebosaba de turismo de apariencia regional; familias de chilenos humildes descansando y comiendo, amenizados por enormes equipos de sonido con música popular. Sin ninguna evidencia geológica me atrevo a pensar que El Barco quizás es un enorme cráter colapsado en un tiempo remoto, pues todo el cuerpo de agua está rodeado por una ladera circular. Y al Este del espejo de agua, el volcán Copahue, que comparte su cuerpo con Argentina, en permanente actividad con abundantes fumarolas. Metimos los pies al pequeño río que desembocaba ahí para experimentar el agua más fría que he sentido en mi vida, incapaz de permanecer más de diez segundos con los pies sumergidos.


Retornamos de noche a nuestro campamento en Ralco, junto al río, quemados por el sol, exhaustos de camino, de tierra, de hambre. Agotados de nuestras aventuras y admirados de la vitalidad de Cris que hubiera prolongado ese viaje por semanas o meses con tal de no retornar a sus rutinas de Santiago. Pero, es una pena aceptarlo, era la única portadora de ese entusiasmo.


1 Memoria chilena. Biblioteca Nacional de Chile, http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-96731.html

Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

martes, 30 de mayo de 2017

Viaje al sur: Tenaún

Germán y Rosita son los dueños de un campamento con wifi (supuestamente) y agua caliente frente al mar. Él es pescador y ella gerente, aunque también resuelve los problemas más inverosímiles que se suscitan a todas horas; hace comida, pan, mermeladas deliciosas y atiende a sus comensales en general. Un ambiente hogareño, sobre todo porque nos tocó una recámara en la planta baja de la casa en donde estaba la sala con un televisor de dimensiones extrasensoriales, el comedor y una cocina tradicional chilota (gentilicio de los habitantes de Chiloé), donde una estufa de leña de aspecto europeo, con tiro central hacia el exterior, está rodeada de sillones y es el lugar en donde los chilotas pasan buena parte de su crudo invierno.

En Tenaún tuvimos una probada del típico clima del sur chileno: lluvia y frío casi permanentes, que debido al cambio climático (a Trump, el ozono, la modernidad y no poca suerte) apenas conocimos los últimos cuatro días de nuestra estancia en el sur, pues las dos semanas precedentes tuvimos sol y clima agradable, aunque fresco. Frank me prestó desde Santiago un sombrero de palma de no malos bigotes con el que parecía Truman Capote, según las malas lenguas. En un paseo por la calle de Tenaún pude comprender por qué ningún habitante ni turista usaba sombrero en este clima de aire gélido y torrencial que me arrancó el sombrero a los pocos segundos y tuve que perseguirlo calle abajo unos 50 metros. Gracias a que nuestra ropa estaba asegurada con botones no terminamos desnudos es ese vendaval. Lo cierto es que en Tenaún afloró mi mexicanidad y la costumbre de vivir en un clima tan agraciado como el de Puebla. Moríamos de frío Malú y yo, mientras con asombro veíamos cómo Carolina, una niña de Punta Arenas que estaba de visita con sus tíos, andaba con su bicicleta en short y camiseta como si nada. Impresionante su resistencia al frío.
Es muy interesante el contraste entre los atractivos turísticos, digamos, convencionales, y otras ofertas turísticas singulares y originales como Tenaún. Por mar y por tierra llegan barcos y autobuses atiborrados de turistas que se bajan entusiasmados a fotografiar media decena de magníficas construcciones de arquitectura sureña que hay aquí, pero no mucho más. Hay un restaurante, pero no existen bares, cafés, ni infraestructura turística básica como para recibir ese gentío. Lo que a mi modo de ver es una cualidad, antes que un defecto. Los turistas desembarcan, se toman fotos, compran en dos pequeñas y modestas tienditas de artesanías, entran a la iglesia “histórica” a contemplar su impresionante reconstrucción, tras pagar los 500 pesos chilenos que cuesta la entrada (no es la única iglesia del sur chileno que cobra el ingreso del público). Con todo, el ambiente es muy agradable y pacífico. Noreuropeos nostálgicos de los fríos ventarrones del mar del norte, perfectamente equipados para el efecto con gorras, rompevientos, chamarras, etc. Una joven alemana, por ejemplo, viajante solitaria, se aloja en el camping con su par de perritos.

Uno de los grandes atractivos de Tenaún es la comida, cada día degustamos un platillo espectacular como borrego a las brasas, arroz con mariscos, mermelada de ruibarbo, pan casero de Rosita, la mejor manzana que he probado en muchos años cortada de un árbol (y vaya que soy de un pueblo manzanero) y desde luego el Curanto, un antiguo platillo tradicional de Chiloé cuyas raíces hay que buscarlas en la cultura polinesia y remontarse muchos miles de años hacia atrás. El tema, tan intenso, que necesita su propio espacio para comprenderse cabalmente, pero es importante recalcar el honor que tuvimos al ser objetos de un curanto especialmente elaborado para nosotros.
En el centro comunitario de Tenaún fuimos a un encuentro de acordeón en donde estaba reunida buena parte de la comunidad, abundante de viejos. Muy modesto todo. Vimos un dueto de ancianos, él en la guitarra, ella en la voz, interpretando melodías chilenas cadenciosas que la gente bailaba como cueca, el tradicional bailable chileno, con su pañuelito y todo, muy divertidos. Después vimos a un acordeonista de Punta Arenas interpretando, para mi sorpresa, El Golpe Traidor, un antiguo tema norteño que interpretaban en los años setenta Cornelio Reyna, Chayito Valdéz y Toni Aguilar, que inevitablemente me inundó de nostalgia: “Nunca pensé que algún día, tú me pegarías el golpe traidor, tu falso amor me dejó, herido del corazón…” La venta de cerveza Corona no hizo sino incrementar mi morriña.

El tema norteñito fue bailado por algunas parejas de ancianos con ancianas, o de ancianos con jóvenes, con muy poca gracia, la verdad. No era, sin embargo, el momento de hacer ninguna demostración. Ese domingo 26 de febrero nos toca en Tenaún el eclipse solar a las 10:30 horas. No lo vimos por las nubes, a esa hora ya había comenzado a llover. Nunca dejó de llover. Además, creo que estábamos dormidos.
Antes de irnos, luego de tres días, interrogué a Germán sobre el bosque nativo, la fruta y la pesca en Tenaún, pues ya había dado signos de ser especialista en muchos temas. Con la mirada perdida en el salero de la mesa, según es su madera de hablar, me explicó que el bosque nativo se compone, entre otras especies, de árboles como el mañío, que se usa para casas y paredes; también hay laurel, caneli, oigüe, roble, arrallán, tepa, queaca, ulmo, avellano y ciruelillo, que se usa para puertas y muebles. Existen los arbustos: maqui, murta, calafete, chilicón o chilco y guila (una enredadera de bambú); en fruta hay variedades de manzana (deliciosa), peras, ciruelos, frutilla (fresa), frambuesa, moras, mosqueta y grosella. Y en su especialidad principal, la pesca, hay merluza del sur (que es grande) y se exporta casi toda a España; congrio dorado y mantarraya, que se van a Corea; sierra (barracuda), salmón natural, centolla (el molusco, que está prácticamente extinguido) y algunas variedades de jaiba.

Tenún nos despide con una lluvia incesante que nos acompaña hasta el embarcadero de Chacao. Y más allá, hasta Osorno. A lo largo del camino, hasta el embarcadero, los árboles fantasmales detrás de la neblina ocultan las casas de aliento europeo y nos despiden en silencio.


Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

lunes, 22 de mayo de 2017

Viaje al sur: Chiloé


Partimos de Hornopirén con el propósito de llegar ese mismo día a la enorme isla de Chiloé, para lo cual teníamos que desandar el camino de terracería hasta Puelche, de ahí en barcaza a la caleta La Arena, después por carretera hasta Puerto Mont, de ahí a Pargua, luego nuevamente una barcaza al embarcadero de Chacao, ya en la emblemática isla del sur chileno, y de ahí dos o tres horas al sur hasta el puerto de Tenaún, a donde finalmente llegamos casi a las 12 de la noche.

En nuestro tránsito, en el que vimos nuevamente muchos emplazamientos de monocultivo forestal, aprovechamos para visitar el histórico Puerto Montt, un enorme puerto con una gran actividad comercial y cultural. Concretamente fuimos al sector de Angelmó, una zona turística de venta de artesanías en donde se halla, además, un hermoso mercado construido de madera con una variedad increíble de los famosos mariscos chilenos, donde por supuesto degustamos un ceviche exquisito y resanamos con un par de empanadas de carne salpicadas con una salsa picante roja muy sazonada y sabrosa. Hicimos las compras pertinentes de artesanía barata en un mercado abierto a la calle con artículos de lana, madera y cuero, principalmente, incluidos los ubicuos suéteres peruanos que están en todo Chile.


La travesía por el mar se hace a bordo de enormes barcazas muy modernas y bien equipadas, que son capaces de llevar dos decenas de vehículos de todas dimensiones, desde pequeños autos hasta tráileres y autobuses. Nuestra camioneta pagó 12,500.00 pesos chilenos (354 pesos mexicanos). Puede uno bajarse del vehículo y disfrutar de los 20 minutos que dura la travesía, entre cuyas curiosidades vimos algunas focas saludándonos desde el mar... ¿eran focas? Bueno, desembarcamos en Chacao y emprendimos al sur por la ubicua Ruta 5, la Panamericana, a través de un paisaje depredado debido a una inmoderada y criminal tala tanto antigua como moderna, con retazos de monocultivo aquí y allá; relativamente pronto doblamos a la izquierda a la ciudad de Quemchi, donde afrontamos una carretera de terracería de 24 kilómetros señalada con luces y anuncios que ya quisiéramos en nuestras carreteras comunes, como si fuera una autopista, hasta llegar a Tenaún, en la costa oriental de la isla, un pueblito de 450 años de antigüedad que, sin embargo, es apenas una aldea; muy bonita, eso sí, con impecable arquitectura “sureña”, en donde fuimos recibidos con una espléndida cena elaborada por Rosita la grande, madre de Cris, a la que llamo así para diferenciarla de Rosita, la esposa del pescador Germán, dueños ambos del alojamiento que nos acogió (Bueno, Rosita la grande es grande de por sí). Nosotros, además de cansancio, llevamos la lluvia Tenaún. Y en consecuencia, el frío.


Debo dedicarle una entrada completa a Tenaún, pero esta ya se alargó, de modo que aprovecho para consignar nuestra visita a dos ciudades cercanas en los cuatro días de nuestra estancia en la isla de Chiloé, la primera fue la ciudad de Dalcahue, frente a la popular isla Curacao de Vélez, un agradable pueblo entre los montes que da a un puertecito. Ahí visitamos un buen mercado de artesanías y disfrutamos por supuesto de una arquitectura “fiel” al sur chileno. Llovía sin pausa, pero con todo, frío y agua, un nutrido turismo muy singular, perfectamente adaptado a las circunstancias, atiborraba el mercado y las calles del puerto. Decenas de jóvenes mochileros arribando al lugar como si se tratara de Acapulco ¿a hacer qué?, me preguntaba yo húmedo de lluvia y muerto de frío.


Otro día fuimos a la ciudad de Castro, la capital de la isla de Chiloé, donde tienen una enorme catedral de madera, impresionante, que es patrimonio de la humanidad, con bellas imágenes de madera, santos, retablos y hasta los curas y los feligreses deben ser de madera. Un hombre inhalaba solventes químicos en el pórtico interior.
Tras un delicioso café y un paseo guiado por Frank y Cris por el centro de Castro, retornamos a nuestra base en Tenaún.


Crédito: Todas las fotos de esta, como de todas las entregas del sur chileno, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

martes, 16 de mayo de 2017

Viaje al sur: Hornopirén


Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva. Asimismo, las casetas de buses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.
Al final del estero de Reloncaví, desde un acantilado en caleta Puelche, es posible ver el mar abierto del seno de Reloncaví. En Contao (“Pueblo, libre de hidroeléctricas”, dice en un puente) penetramos en una larga carretera de tierra que atraviesa una suerte de península hacia Hornopirén, nuestro siguiente destino. Domina un viento torrencial que estremece la tupida vegetación y levanta el polvo de la terracería.


Hornopirén ("horno de nieve" en mapudungun) es un hermoso pueblito luminoso y frío, muy amplio, rodeado de montañas nevadas frente a un alargado golfo o estero con dos enormes islas que ocupan casi todo su espacio: la isla de Los Ciervos y la isla Llancahue. Todo dentro del territorio del Golfo de Ancud, que separa el continente de la isla de Chiloé. Nos es imposible conseguir transporte marítimo hacia Chaitén, que era el plan original. Ajuste al itinerario, nos quedamos en Hornopirén.

Para ir al centro desde la cabaña en la que nos alojamos dentro de la ciudad, hay que atravesar el puente del Río Cuchildeo, caudaloso aunque pequeño, donde lo que resalta es su limpieza. Y el color oscuro de su agua que denota una bajísima temperatura.
Una planta de hortensias me recuerda a mi mamá, por cómo hubiera disfrutado ella de su cuidada cursilería natural, al grado de parecer un ramo de novia de metro y medio de alto y ancho. Claro, una novia gigante. En la plaza, una escultura en un tocón de caoba de un metro de diámetro y unos dos metros y medio de alto, muestra el rostro enorme de un chamán y en el otro costado una familia mapuche. Aquí tenemos la primera visión de las enormes hojas de nalca (después sabremos que su nombre es pangue), que son utilizadas para el curanto, una suerte de barbacoa de hoyo con mariscos y carne, que por desgracia no vemos por aquí. Lo que sí vemos es una planta salmonera con enormes depósitos cubiertos por lonas negras y pulcras; en el estero veríamos también instalaciones de las granjas salmoneras con bodegas flotantes.


“Cerrado por duelo”, dice un cartel en el centro comunitario, un hermoso edificio completamente construido de madera, con altos techos de duela y locales de artesanía y cafeterías. Me llama la atención un anuncio que indica que el sábado anterior ocurrió un “Encuentro cannábico” con charlas, comida, cocteles cannábicos y “free smoke”, 200 pesos la “adhesión”, que explicaba en parte la cantidad de jóvenes de facha rastosa que pululaban por el pueblo, seguramente “adheridos” a la idea de seguir la fiesta. También, en otro poster, una “tertulia de boxeo”, llamativa la fragante palabra de tertulia para un espectáculo de trancazos. Por radio mensajes con un lenguaje ceremonioso y muy formal: “lo invitan a la celebración de la kermesse…”

Uno de los días penetramos una larga terracería para visitar el camino que bordea el Parque Nacional Hornopirén, que inicia muy poco después del pueblo con el sorprendente río Blanco, una corriente que no desmerece su nombre al ser sus aguas blancas como si estuvieran combinadas con leche en partes iguales.


El camino bordea el Canal Cholgo y cruza unos acantilados con increíbles paisajes de los cerros y el mar del estero con  sus dos grandes islas, hasta Caleta Cholgo, donde existen enormes cultivos de balsas-jaulas y secciones de modernas casas para los salmoneros. “Cholgo, lugar de cholgas”, aclara un modesto cartel. “Se vende chicha”, dice otro. Las cholgas son una especie de mejillones. Otros moluscos, llamados picorocos, crecen en las piedras, a las que colonizan en grupo hasta que maduran y se independizan. Cuando tienen el tamaño de un huevo, son hervidos y extraídos de su caparazón para consumirlos. La chicha, por su parte, que nos recuerda aquella vieja canción de Víctor Jara (“usté no es ná, ni chacha, ni limoná”), es una sidra.

Llegamos hasta Caleta Pichanco, frente a la isla de Llancahue, un embarcadero solitario que es el fin del camino que recorre el parque nacional. Eucaliptos aislados y, por supuesto, abejas, circundando los impertérritos ulmos. Arrayanes con sus troncos café-rojizos recorridos por el chucao, un pájaro de una palma de tamaño con un bello canto gorgojeante, que además no vuela. Helechos, muchos helechos de todos tamaños. Y claro, moras, zarzamoras, introducidas por los alemanes a principios del XX, es ahora una deliciosa plaga que está en todos lados, de Santiago a la Patagonia.

Vamos de regreso, cansados, hambrientos, nostálgicos y asoleados, escuchando rock inglés en silencio y observando los helechos blanqueados por el polvo de la terracería. “Estos caminos los construye el ejército chileno -me informa Frank-, pues no hay empresas privadas interesadas en hacerlos”. En ese momento no me importa, lo que quiero es comer.


En Hornopirén vamos al mercado de comida del centro del pueblo. Muy grande, decenas de puestos. Nos acomodamos en la fonda “El buen amigo”, con un menú que contempla paila marina, un caldo con mejillones, piure, ostras, ostiones y locos-, patache, congrito frío, curanto, pichangas y merluza, además de cerdo y pollo.


Si hubiera que elegir un lugar favorito en este viaje muy probablemente sería Hornopirén, donde estuvimos tres días deliciosos, apacibles y fríos, paseando a las 12 de la noche por el malecón, con decenas de bandas de jóvenes noctámbulos en perfecta armonía. Buenas noches, tíos. Sí, buenas noches.