lunes, 22 de mayo de 2017

Viaje al sur: Chiloé


Partimos de Hornopirén con el propósito de llegar ese mismo día a la enorme isla de Chiloé, para lo cual teníamos que desandar el camino de terracería hasta Puelche, de ahí en barcaza a la caleta La Arena, después por carretera hasta Puerto Mont, de ahí a Pargua, luego nuevamente una barcaza al embarcadero de Chacao, ya en la emblemática isla del sur chileno, y de ahí dos o tres horas al sur hasta el puerto de Tenaún, a donde finalmente llegamos casi a las 12 de la noche.

En nuestro tránsito, en el que vimos nuevamente muchos emplazamientos de monocultivo forestal, aprovechamos para visitar el histórico Puerto Montt, un enorme puerto con una gran actividad comercial y cultural. Concretamente fuimos al sector de Angelmó, una zona turística de venta de artesanías en donde se halla, además, un hermoso mercado construido de madera con una variedad increíble de los famosos mariscos chilenos, donde por supuesto degustamos un ceviche exquisito y resanamos con un par de empanadas de carne salpicadas con una salsa picante roja muy sazonada y sabrosa. Hicimos las compras pertinentes de artesanía barata en un mercado abierto a la calle con artículos de lana, madera y cuero, principalmente, incluidos los ubicuos suéteres peruanos que están en todo Chile.


La travesía por el mar se hace a bordo de enormes barcazas muy modernas y bien equipadas, que son capaces de llevar dos decenas de vehículos de todas dimensiones, desde pequeños autos hasta tráileres y autobuses. Nuestra camioneta pagó 12,500.00 pesos chilenos (354 pesos mexicanos). Puede uno bajarse del vehículo y disfrutar de los 20 minutos que dura la travesía, entre cuyas curiosidades vimos algunas focas saludándonos desde el mar... ¿eran focas? Bueno, desembarcamos en Chacao y emprendimos al sur por la ubicua Ruta 5, la Panamericana, a través de un paisaje depredado debido a una inmoderada y criminal tala tanto antigua como moderna, con retazos de monocultivo aquí y allá; relativamente pronto doblamos a la izquierda a la ciudad de Quemchi, donde afrontamos una carretera de terracería de 24 kilómetros señalada con luces y anuncios que ya quisiéramos en nuestras carreteras comunes, como si fuera una autopista, hasta llegar a Tenaún, en la costa oriental de la isla, un pueblito de 450 años de antigüedad que, sin embargo, es apenas una aldea; muy bonita, eso sí, con impecable arquitectura “sureña”, en donde fuimos recibidos con una espléndida cena elaborada por Rosita la grande, madre de Cris, a la que llamo así para diferenciarla de Rosita, la esposa del pescador Germán, dueños ambos del alojamiento que nos acogió (Bueno, Rosita la grande es grande de por sí). Nosotros, además de cansancio, llevamos la lluvia Tenaún. Y en consecuencia, el frío.


Debo dedicarle una entrada completa a Tenaún, pero esta ya se alargó, de modo que aprovecho para consignar nuestra visita a dos ciudades cercanas en los cuatro días de nuestra estancia en la isla de Chiloé, la primera fue la ciudad de Dalcahue, frente a la popular isla Curacao de Vélez, un agradable pueblo entre los montes que da a un puertecito. Ahí visitamos un buen mercado de artesanías y disfrutamos por supuesto de una arquitectura “fiel” al sur chileno. Llovía sin pausa, pero con todo, frío y agua, un nutrido turismo muy singular, perfectamente adaptado a las circunstancias, atiborraba el mercado y las calles del puerto. Decenas de jóvenes mochileros arribando al lugar como si se tratara de Acapulco ¿a hacer qué?, me preguntaba yo húmedo de lluvia y muerto de frío.


Otro día fuimos a la ciudad de Castro, la capital de la isla de Chiloé, donde tienen una enorme catedral de madera, impresionante, que es patrimonio de la humanidad, con bellas imágenes de madera, santos, retablos y hasta los curas y los feligreses deben ser de madera. Un hombre inhalaba solventes químicos en el pórtico interior.
Tras un delicioso café y un paseo guiado por Frank y Cris por el centro de Castro, retornamos a nuestra base en Tenaún.


Crédito: Todas las fotos de esta, como de todas las entregas del sur chileno, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

martes, 16 de mayo de 2017

Viaje al sur: Hornopirén


Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva. Asimismo, las casetas de buses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.
Al final del estero de Reloncaví, desde un acantilado en caleta Puelche, es posible ver el mar abierto del seno de Reloncaví. En Contao (“Pueblo, libre de hidroeléctricas”, dice en un puente) penetramos en una larga carretera de tierra que atraviesa una suerte de península hacia Hornopirén, nuestro siguiente destino. Domina un viento torrencial que estremece la tupida vegetación y levanta el polvo de la terracería.


Hornopirén ("horno de nieve" en mapudungun) es un hermoso pueblito luminoso y frío, muy amplio, rodeado de montañas nevadas frente a un alargado golfo o estero con dos enormes islas que ocupan casi todo su espacio: la isla de Los Ciervos y la isla Llancahue. Todo dentro del territorio del Golfo de Ancud, que separa el continente de la isla de Chiloé. Nos es imposible conseguir transporte marítimo hacia Chaitén, que era el plan original. Ajuste al itinerario, nos quedamos en Hornopirén.

Para ir al centro desde la cabaña en la que nos alojamos dentro de la ciudad, hay que atravesar el puente del Río Cuchildeo, caudaloso aunque pequeño, donde lo que resalta es su limpieza. Y el color oscuro de su agua que denota una bajísima temperatura.
Una planta de hortensias me recuerda a mi mamá, por cómo hubiera disfrutado ella de su cuidada cursilería natural, al grado de parecer un ramo de novia de metro y medio de alto y ancho. Claro, una novia gigante. En la plaza, una escultura en un tocón de caoba de un metro de diámetro y unos dos metros y medio de alto, muestra el rostro enorme de un chamán y en el otro costado una familia mapuche. Aquí tenemos la primera visión de las enormes hojas de nalca (después sabremos que su nombre es pangue), que son utilizadas para el curanto, una suerte de barbacoa de hoyo con mariscos y carne, que por desgracia no vemos por aquí. Lo que sí vemos es una planta salmonera con enormes depósitos cubiertos por lonas negras y pulcras; en el estero veríamos también instalaciones de las granjas salmoneras con bodegas flotantes.


“Cerrado por duelo”, dice un cartel en el centro comunitario, un hermoso edificio completamente construido de madera, con altos techos de duela y locales de artesanía y cafeterías. Me llama la atención un anuncio que indica que el sábado anterior ocurrió un “Encuentro cannábico” con charlas, comida, cocteles cannábicos y “free smoke”, 200 pesos la “adhesión”, que explicaba en parte la cantidad de jóvenes de facha rastosa que pululaban por el pueblo, seguramente “adheridos” a la idea de seguir la fiesta. También, en otro poster, una “tertulia de boxeo”, llamativa la fragante palabra de tertulia para un espectáculo de trancazos. Por radio mensajes con un lenguaje ceremonioso y muy formal: “lo invitan a la celebración de la kermesse…”

Uno de los días penetramos una larga terracería para visitar el camino que bordea el Parque Nacional Hornopirén, que inicia muy poco después del pueblo con el sorprendente río Blanco, una corriente que no desmerece su nombre al ser sus aguas blancas como si estuvieran combinadas con leche en partes iguales.


El camino bordea el Canal Cholgo y cruza unos acantilados con increíbles paisajes de los cerros y el mar del estero con  sus dos grandes islas, hasta Caleta Cholgo, donde existen enormes cultivos de balsas-jaulas y secciones de modernas casas para los salmoneros. “Cholgo, lugar de cholgas”, aclara un modesto cartel. “Se vende chicha”, dice otro. Las cholgas son una especie de mejillones. Otros moluscos, llamados picorocos, crecen en las piedras, a las que colonizan en grupo hasta que maduran y se independizan. Cuando tienen el tamaño de un huevo, son hervidos y extraídos de su caparazón para consumirlos. La chicha, por su parte, que nos recuerda aquella vieja canción de Víctor Jara (“usté no es ná, ni chacha, ni limoná”), es una sidra.

Llegamos hasta Caleta Pichanco, frente a la isla de Llancahue, un embarcadero solitario que es el fin del camino que recorre el parque nacional. Eucaliptos aislados y, por supuesto, abejas, circundando los impertérritos ulmos. Arrayanes con sus troncos café-rojizos recorridos por el chucao, un pájaro de una palma de tamaño con un bello canto gorgojeante, que además no vuela. Helechos, muchos helechos de todos tamaños. Y claro, moras, zarzamoras, introducidas por los alemanes a principios del XX, es ahora una deliciosa plaga que está en todos lados, de Santiago a la Patagonia.

Vamos de regreso, cansados, hambrientos, nostálgicos y asoleados, escuchando rock inglés en silencio y observando los helechos blanqueados por el polvo de la terracería. “Estos caminos los construye el ejército chileno -me informa Frank-, pues no hay empresas privadas interesadas en hacerlos”. En ese momento no me importa, lo que quiero es comer.


En Hornopirén vamos al mercado de comida del centro del pueblo. Muy grande, decenas de puestos. Nos acomodamos en la fonda “El buen amigo”, con un menú que contempla paila marina, un caldo con mejillones, piure, ostras, ostiones y locos-, patache, congrito frío, curanto, pichangas y merluza, además de cerdo y pollo.


Si hubiera que elegir un lugar favorito en este viaje muy probablemente sería Hornopirén, donde estuvimos tres días deliciosos, apacibles y fríos, paseando a las 12 de la noche por el malecón, con decenas de bandas de jóvenes noctámbulos en perfecta armonía. Buenas noches, tíos. Sí, buenas noches.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Viaje el sur: Cochamó

De Ensenada, en la costa sur del enorme lago Llanquihue, viajamos a la comunidad de Ralún en el borde superior del estero de Reloncaví que marca el fin del valle central y es considerado el inicio de la Patagonia chilena. No es un trayecto corto, atravesamos una zona alta y montañosa donde el monocultivo de pino radiata y eucaliptus vuelve a percibirse con fuerza, aunque localizados entre enormes porciones de abundante vegetación de lo que parece bosque nativo de distintas épocas. Dos tocones muy gruesos tirados a la vera del camino son emisarios solitarios del bosque anterior, más robusto y antiguo que el menudo bosque que se aprecia hoy.

Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva, de modo que dejan de ser postes y se convierten en contenciones tan útiles como los de metal. Asimismo, las casetas de buses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.
La mayor parte de estos caminos son de terracería en buen estado, dadas las secas, que nuestros amigos emprenden con entusiasmo como si se tratara de autopistas, apenas si bajan la velocidad. El enorme río Petrohué desemboca en el Estuario de Reloncaví, donde tenemos la primera vista del mar del sur chileno que se fragmenta más adelante en millares de islas que le dan sustento a la geografía chilena del sur. En este punto, me informa Frank, la cordillera de la costa inicia su final hundimiento (la isla de Chiloé) para terminar bajo el mar más al sur.

El estero de Reloncaví es un brazo del mar de unos 400 kilómetros por 10 de ancho que penetra el continente y marca una frontera entre el Parque Nacional Alerce Andino con lo que llaman el Chiloé continental, el territorio frente a la enorme isla que vamos a recorrer en los siguientes días, estacionándonos en primera instancia en Cochamó, un alegre pueblito conocido por sus enormes cerros y paredes verticales de granito, que son usadas por centenares de jóvenes y familias para escalar cada verano. Hay decenas de camping en paralelo al río Cochamó, algunas mejor equipadas que otras, y con un poco de suerte hasta con baños. Pero no tuvimos esa suerte y nuestro camping contaba con unas letrinas insufribles, obligando a los paseantes a utilizar el bosque de letrina. Mala idea.

Antes de acampar a unos 15 kilómetros del pueblo, recorrimos Cochamó, una comuna de reciente creación (1979) pero de antigua prosapia, pues se sabe de asentamientos prehispánicos en esta región. De hecho, Cochamó proviene de la voz mapudungun Kocha-mo, que quiere decir, "donde se unen las aguas", debido a que el estuario de Reloncaví lo une al mar. Cuenta con la iglesia completamente fabricada en madera dedicada a María Inmaculada, con las típicas tejas horizontales para el exterior de la arquitectura local, idea que se replica en todos lados, en las casas antiguas, los comercios y todo está construido con ellas. Por supuesto comemos moras empolvadas en las calles de tierra y nos abastecimos para una “encerrona” de tres días metidos en el bosque.

El camping nos recibe con millones de abejas habitantes de un centenar de panales a escasos 50 metros de nuestras tiendas, en un claro rodeado de árboles de ulmo cuyas florecitas blancas son el alimento básico de las pacíficas pero ruidosas recolectoras. La miel resultante es especialmente deliciosa. A pesar de estar permanentemente rodeados de abejas, nunca tuvimos el menor inconveniente con ellas durante tres días. Tampoco con unos caballos que atravesaban la zona de campamento con familiar sosiego.

La zona de camping está situada en un enorme cañón de unos 500 metros de ancho, rodeado de montañas arboladas que desde nuestra ubicación parecen dos enormes y gigantescos brócolis de follaje trabado. Decenas de camping abarrotados de turistas en la ribera de un río cristalino en lo que se sustenta el principal atractivo. Y escalar, que de eso se trata. Sentado en la espesura de la noche disfrutamos de un espectáculo estelar fuera de toda proporción. Una noche conté tres satélites artificiales cruzando la bóveda celeste; las imponentes nubes de Magallanes, la luminosa Sirio.

Con la encomiable voluntad en nuestros amigos por transitar los caminos de tierra, a los que se avocan sin pensarlo, luego de tres días bajamos a lo largo del estuario de Reloncaví y pasamos por pueblitos como Llaguepe, Chaparano, Puelche, Mañihueico, con la montaña nevada Martín de paisaje, que domina de Cochamó a Puelo, ante la indiferencia del volcán Apagado, muerto como su nombre indica.


Río Puelo es un hermoso pueblecillo que homenajea tal vez al famoso Lago Puelo de Argentina, me comenta Frank, sus casas con techos de lámina galvanizada de dos aguas, y claro, tejas de madera que usan para las paredes exteriores de las casas. En la placita, frente a una agraciada y pequeña iglesia de madera con una sola torre frontal, tres cóndores de lámina en diferentes poses dominan la acera. Son los únicos cóndores visibles en nuestra estancia. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Viaje al sur: lago Rupanco


El lago Rupanco tiene 23 mil hectáreas de extensión y unos 350 metros de profundidad. Su forma es angosta y se alarga hasta los 42 kilómetros de este a oeste, al borde de la cordillera de Los Andes, serpenteando entre las cumbres de muchas montañas entre las que destacan los volcanes Puntiagudo y Casablanca. Y al fondo, magnánimo, el volcán Osorno (2,493 msnm).

Rupanco está al sur de Entrelagos, una preciosa y pequeña ciudad ubicada precisamente entre los lagos Puyehue y Rupanco, pero a la vera del primero, con un mercado que anuncia la venta de carnes de venado y jabalí de criaderos; pan con chicharrones y por supuesto Lays, la marca de papitas que son las Sabritas chilenas, también de la Pepsicola. Estamos a unos cuantos kilómetros de la frontera con Argentina, a la altura de Bariloche, desde donde llegan parvadas de loros choroi color verde mayate.

En Rupanco vemos por primera vez un segmento grande de bosque nativo, tras recorrer 8 kilómetros de terracería para llegar a la casa del pescador que nos dará asilo durante tres días, a donde llegamos luego de cruzar un puente de madera con pequeñas rosas pintadas como adorno. Este comentario puede parecer ocioso, pero no lo es, en esta región de Osorno el detalle es lo que marca la diferencia. Así, vemos en la carretera adornos muy finos y singulares en las cercas, las casas o las caballerizas; adornos colgando de los árboles, los buzones, sobre los senderos de un gusto muy refinado; los residentes de esta verde zona en la Región de los Lagos tienen a bien poner esos detalles para deleite propio y de los numerosos visitantes que arriban a acampar al lago. A mí me dejan contrito, porque hablan del arte del buen vivir, de la búsqueda de la calidad de vida en sonrientes detalles, cálidos y humanos, a veces cursis, abstractos incluso, con los que esta gente acompaña su vida.
Es inevitable no ponerse poético desde el barranco de unos diez metros sobre el lago Rupanco donde tenemos instalado nuestro campamento, junto a la casa del pescador. El espejo de agua replicando nubes con jirones azules del cielo; el reflejo del Sol como una cascada durante el día y de la Luna por la noche, que estalla en el agua y se prolonga hasta nuestros pies como una alfombra luminosa en una premier de estrellas verdaderas. La cordillera de los Andes amuralla el Este y aun cuando no está nevada prodiga majestuosidad. Gaviotas hambrientas, oportunistas tiuques (halconcillo) y ruidosos queltehues (como ibis), y la incesante actividad de una planta de salmón coho y salmón chirú (Chinook) que replican el proceso vital de los salmones en tecnificadas plantas lacustres y oceánicas en las que mueven a los peces, todo el día transportan cajas en lanchas de carga. No soy capaz de entender aún el daño ecológico de estas plantas, un pescador de Punta Arenas nos ilustraría más adelante de sus desastrosos resultados.


Malú y Cris se solazan comprando lana amarilla pintada con una planta llamada michai y otra morada pintada con moras, el arbusto omnipresente en el sur chileno, las moras, las zarzamoras, traídas por los alemanes a principios del siglo XX y hoy convertidas en una deliciosa plaga que encuentras por doquier, en las banquetas, en el campo, en todos lados, fructificadas en este época con generoso exhibicionismo y al alcance de quien quiera comerlas. Por supuesto yo me apunté, de sur a norte las zarzamoras fueron muy sabrosas, numerosas y al alcance de la mano.

También en esta zona tuvimos ocasión de entablar contacto con las abejas mieleras, no fue ni accidental ni espontáneo, pues la presencia de un hermoso árbol llamado ulmo, que llega a tener alturas respetables, aunque no gigantescas, pero que se distinguen por estas profusamente floreados con una flores blancas que son el festín de las abejas, son la causa de tanto panal. Sabía que la majestuosa araucaria era el símbolo de la flora chilena, pero el ulmo, por su persistencia y fogocidad, debería ser símbolo del sur chileno porque está en todas partes con toda su belleza y utilidad.

Luego de tres días junto al Rupanco, el generoso lago de playas empedradas y cristalinas, partimos en caravana hacia el sur que era el único dato real de nuestro destino aventurero. Pilmaiquén, anuncia un letrero. De nuevo grandes y pequeños detalles arquitectónicos y ornamentales en las casas del camino. Nuestro destino es Ensenada, una ciudad al borde de la parte norte del lago Llanquihue, un pequeño mar interior de 860 kilómetros cuadrados cuya profundidad no se conoce aún, que aparece de a poco, en juguetones retazos del camino donde ahora me veo y ahora no, pero que sin embargo circunnavegaremos a lo largo de varias horas en lo que se conoce como el “Circuito Lago Llanquihue”. El lago natural más grande de Sudamérica, dice una información turística. ¿Y el Titicaca?, me pregunté ipso facto.

Es posible advertir grandes predios de monocultivos, pinos de 40 metros de altura con apenas un metro de separación. Y eventuales predios de monocultivo cosechados: un escenario triste y masacroso. La carretera flanqueada por florecitas amarillas y blancas es recolectada por una familia que camina temerariamente sobre la carpeta asfaltada. Un cartel informativo anuncia: Norpatagonia. Y otros Nochaco, Río Coihueco, cumbre del volcán Osorno “a la izquierda”. Por fin llegamos a las inmediaciones del majestuoso volcán que hemos apreciado los últimos días, al tiempo que vemos el primer accidente en lo que llevamos de camino; hay heridos, es una volcadura.

Las estadísticas de Chile son menos favorables que su apariencia, la miseria no existe a la vista del viajero, sin embargo es visible un caserío de pobres en los pequeños ranchos del camino, casas sucias y desastradas, pero nada que ver con la miseria mexicana, no hay casuchas de cartón y lámina de propaganda electoral, aquí las viviendas tienen una buena condición, paredes sólidas, techos de lámina y terreno.

En Ensenada también hay una elegante zona de restaurantes con numerosos turistas alemanes, ancianos en su mayoría, apuntadísimos para ingresar al restaurante “Donde don Pancho”. Es sábado temprano y el territorio por ahora es de adultos, casi no hay jóvenes, excepto las decenas de mochileros que esperan pacientemente en sitios estratégicos para ser recogidos por los automovilistas. “Pacos” (que son los polis, los tamarindos de por acá) de una susceptibilidad extrema, casi nos infraccionan por preguntar la ubicación de una bencinería (gasolinera). De miedo, los famosos carabineros, supuestamente muy respetados, pero todo mundo les da la vuelta.

Los ulmos “nevados” junto a álamos y pinos se arremolinan exuberantes en los bosques nativos del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, entre el dominante basalto volcánico muy antiguo, junto a variedades autóctonas como olivillo, luma, meli, tiaca, canelo, avellano, saúco, mañío y muchas más. Sobre todo mucho colihue, una especie de bambú y raulí, una variedad muy gruesa de pino nativo. Luego atravesamos un bosque enano, joven, derivado de un incendio relativamente reciente que por lo visto arrasó.

-       Mira, ahí está una araucaria –me indica el informado Frank.

-       Por fin –le respondo antes de estornudar ruidosamente.


“Salud”, decimos en México, pero en lo que vimos los chilenos no usan esta cortesía, aunque te agradecen si la profieres. Cuando pude le pregunté a Cris al respecto, me dijo que sí la usan, pero en la práctica comprobamos que no. ¿Qué importancia tiene? Ninguna, pero igual lo apunté. Ahora vamos hacia Cochamó, en el estuario de Reloncaví.

jueves, 27 de abril de 2017

Viaje al sur: Lleulleu


El lago Lleulleu es enorme y tiene la forma de un corredor humano sin cabeza, es decir, un tronco de donde salen dos brazos y dos piernas extendidas, cuyo espejo de agua se explaya por 4,300 hectáreas en las faldas de la cordillera de Nahulebuta. Nuestro campamento queda ubicado en el “hombro” derecho desde donde se nos permite ver un fragmento del “brazo” y la profunda extensión de su “pecho”. Esta forma la vi después en Google Earth, por el momento era imposible percibir nada excepto su grandeza. El Lleulleu se dice que es el poseedor de las aguas más vírgenes de Chile y presumiblemente el lago más limpio de América Latina. Y sí, pudimos constatarlo.

En el camping fuimos recibidos por su joven propietario Felipe Meñaco, hijo del activista mapuche Domingo Meñaco, que estuvo preso en el fragor de alguna de las numerosas luchas que este pueblo ha entablado con toda clase de invasores, desde los españoles del siglo XVI. A la luz y el calor de nuestra fogata Felipe nos platica que el camping es “territorio recuperado” por el pueblo mapuche y que es mantenido por su familia en trabajo Mingako, que es trabajo comunitario; el tequio de ellos. El enorme lago está circundado por caseríos cuyas lucecitas vemos a lo lejos, que a veces llegan a formar incipientes aldeas, la mayoría dedicadas a servicios turísticos.

En la noche tuvimos la primera prueba de la resistencia al frío de parte de nuestros amigos chilenos, pues mientras nosotros tiritábamos abrigados con nuestra chamarritas, ellos andaban con camisetas y shorts. Y algunos de los muchachos descalzos. Estuvimos tres apacibles días con sus noches en el Lleulleu, es difícil describir tanta quietud debajo de un enorme sauce llorón, al borde de un lago apacible que solo en las noches desataba cierta actividad de olas y el ruido de su hipnótico vaivén. Uno de esos días lo aprovechamos para ir a la ciudad de Tirúa a entrevistar, gracias a las gestiones de Cris, a su alcalde mapuche, el primer munícipe indígena de los 15 que hoy tiene la república presidencialista (llamada así porque no existen regiones o estados autónomos, sino que la presidencia designa gobernadores, llamados intendentes, que gobiernan y aplican los recursos de las 15 regiones que componen el país). En el camino tuvimos que pasar por Quidico, una bonita playa atiborrada de paseantes en donde las olas advertían de un mar muy picado, vacío de bañistas que permanecían reunidos en la arena. No sé en realidad si se trataba de arena, vimos la playa de lejos, porque nunca vi arena en mi contacto con el mar del sur chileno. Son playas y lagos de piedras, de piedritas, millones de piezas alisadas por la erosión del viento y el agua por las que en ocasiones es difícil caminar. Y claro, la tentación de recoger piedritas es enorme, de forma tal que caminar sobre ellas es un asunto sumamente dilatado. Cruzamos el puente del río Tirúa para entrar a la ciudad, una municipalidad costera con calles amplias medio vacías en un mediodía de viento frío y sol opaco.

El alcalde Adolfo Millabur Ñancuil, de unos 45 años, nos recibió en su despacho. Me interesaba conocer su versión sobre algunas inquietantes noticias que había leído sobre los pueblos mapuches en el Chile de hoy. En concreto, la aplicación de la ley antiterrorista casi exclusivamente para ellos y la situación de la Machi Francisca Linconao, autoridad mapuche, que fue acusada junto con 10 comuneros mapuche de un ataque incendiario que originó la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay en 2013, y que este año de 2017 se puso en huelga de hambre contra la acusación de terrorismo que a sus 81 años es evidentemente insostenible. El caso de la Machi Linconao volvió a poner en el banquillo a la Ley Antiterrorista creada por Pinochet para encarcelar opositores e inexplicablemente mantenida por la democracia, entre sus efectos perniciosos dobla las penas en casos de incendio, homicidio y secuestro; permite el uso de testigos protegidos y extiende los períodos de prisión preventiva.

La guía espiritual cumplió nueve meses en prisión preventiva en medio de un gran debate nacional, en enero fue trasladada al Hospital Intercultural de Nueva Imperial y entre muchas protestas publicó un video dirigido a la presidenta Bachelet en el que le expresaba estas palabras:

"Le exijo que venga a verme, yo tomé la huelga de hambre, estoy sufriendo y usted entenderá, como mujer y doctora. Usted tiene que apoyar a la mujer, soy inocente del caso Luchsinger-Mackay, injustamente llevo encarcelada nueve meses, usted tiene que hacer algo."

La presión de diversos organismos de derechos humanos y parlamentarios provocó que la Machi dejará atrás los nueve meses de encierro y los 14 días de huelga de hambre para un arresto domiciliario mientras se resuelve el caso.1

El alcalde Millabur, que es un político formado, me respondió con inusitada sinceridad todas mis preguntas. El conflicto mapuche no tiene similitud con el fenómeno étnico de nuestro país, donde los pueblos originarios han sido doblegados en prácticamente todos los casos; allá los mapuche siguen en pie de guerra, no se reconocen como chilenos “más que formalmente” y tienen claro que su lucha es por recuperar lo que alguna vez fue suyo y que les ha sido arrancado por los españoles, chilenos, alemanes, italianos y cuanto extranjero ambicioso ha pisado su territorio. Sobre nuestro campamento, nos platicó:

“Cuando yo era niño pasaron cosas muy terribles, desde que tomaban a la gente, la subían a un helicóptero y los metían en botes en el lago LLeulleu, los amarraban y los metían al lago para que dijeran quiénes eran los que estaban ahí dirigiendo y quiénes estaban contra de gobierno.”

La entrevista se publicará por ahí, seguramente el blog “de antropología mexicana” lo pondrá a tu disposición. De regreso al Lleulleu vimos en la carretera dos mensajes: “Territorio río Mapuche” en una madera y “No a la minera” en la pared exterior de una parada de bus, por cierto ampliamente utilizadas para esos efectos.

A los tres días, adiós Bío Bío, partimos de la Región de La Araucanía para sumergirnos más al sur, con vistas espectaculares como la que se aprecia del mar desde Marihuen. Comenzamos a circular por tramos más o menos largos de terracerías en buen estado, pues ha sido larga la sequía, atravesando hermosos e impresionantes ríos como el Imperial, de al menos 150 metros de ancho; polvosas serranías pobladas de tupidos arbustos y, de pronto, el océano Pacífico, como nos ocurrió antes de llegar a Hueñalihuen. Las paradas de los autobús (“buses”) en la carretera son pequeñas y graciosas cabañas de 4 X 2.5 metros cuadrados.

Nos detuvimos a comer en Carahue, un pueblo grande de viejas casas de madera que mezclan lo mejor de las culturas huilliche, la rama austral del pueblo mapuche, y española, revestidas de tejuela. Una farmacia del Dr. Simi en una céntrica esquina (sin consultorio, por cierto) y una amplia plaza central con un pequeño mercado de puestos de artesanías. Comimos en el “Restaurante Histórico”, así se llama, contra esquina de la plaza, merluza con papas a la francesa y una salsa de chile (aquí “ají”, por favor) muy cocinada y sabrosa.

Al salir de Carahue atravesamos sus barrios de madera. Llama mi atención una pequeña parabólica en una casa marca “Telmex” y una serie de anuncios pulcramente elaborados por alguna autoridad que hacían indicaciones en lenguaje inusual para ese mexicano extraviado: “No virar izquierda” o “Arriendo sitio”. Y en alguna pared, con ignorante autoridad: “No botar vasura”, la primera falta ortográfica de muchas que me habría de encontrar en el trayecto, pues percibí que en este renglón los chilenos no son muy fijados.
Pasamos por la histórica Nueva Imperial, donde se firmó el Pacto de Negrete (Paz de Quilín) en 1641. Y en Temuco, pueblo arbolado, volvimos a tener una muestra de la arquitectura maderosa en agraciadas casas con techos de dos aguas y multifamiliares del mismo material, muy distintos, diversos y bonitos, construidos para seres humanos y no para palomas, como los de acá.

En esta zona de carreteras principales se multiplicaron los viajeros “a dedo”, es decir, mochileros, como también les llaman. En Osorno nos despedimos del territorio mapuche para entrar a una suerte de Sajonia chilena. A esta región llegaron sucesivas migraciones de alemanes desde finales del siglo XIX con infinidad de implicaciones para la flora, la fauna y el paisaje circundante. Hoy es la zona ganadera con los mejores pastos de Chile y rápidamente reconocí el fino ganado “cara blanca” pastando en la llanura, que proporcionan las mejores carnes y los mejores quesos con su leche selecta.

-       Debe haber buena leche aquí –le dije a Frank, que manejaba extasiado.

-       ¿Leche?, aquí está toda la leche de Chile –respondió.

Íbamos veloces, la idea era llegar al lago Rupanco antes de que cayera la noche.


Las fotos, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Cita:

1 El Mostrador, por Catalina Barrios, 7 enero 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Cambio de piel


Esta semana murió en Villahermosa mi querido amigo Agenor González Valencia, poeta tropical y comensal por veinte años de la inamovible mesa semanal de Teorema de la ciudad de Puebla en la que moderaba -a veces inmoderadamente-, el inolvidable José Romualdo Suárez Donoso, Pepe Donoso para sus amigos. Agenor contaba con 84 años de edad, o dos veces 42, de acuerdo con su humor corrosivo y su buen ánimo para contar los días de la semana y esperar el sábado para echarse unos buenos tequilas.

En 2013, con motivo de una entrevista que le hice y que le envié para que autorizara su publicación, me respondió rápidamente con toda la pompa y circunstancia que le caracterizaba. Decía su breve mensaje:

“Mi fraternal amigo: Gracias por todas tus atenciones, claro que me gustaría la publicación de la entrevista. Como nada más te trato como Polo Noyola te pido de favor me envíes tu nombre completo. Pronto publicaré un libro sobre Derecho Notarial. Te saludo con el afecto de siempre y espero pronto estar en Puebla. Afectuosamente. Agenor González Valencia”

Mi respuesta tampoco se hizo esperar, pues me divertía sobremanera el que mi nombre indispusiera a muchos por su sencillez y ligereza aparente. Agarré a Agenor de mi puerquito y le respondí una sardónica carta ensalzando y a la vez burlándome del nombre que alguien me puso desde muy pequeño y que, salvo en los inevitables documentos oficiales de la vida, me ha acompañado todos los días de mi –ya- larga vida. Le respondí:

Querido Agenor: Las gracias son para ti. Mucha gente seria como tú se entristece por la patente vulgaridad de mi nombre, a veces me piden más, me piden algún título, siquiera una licenciatura, un diplomado, algo que acompañe a esa nominación más adecuada a una tienda de deportes o un luchador de máscara estrafalaria o una ferretería. En los países latinos somos muy dados a la grandilocuencia, a rellenar los huecos de nuestra personalidad aunque sea con algodón; despojados de títulos nobiliarios, acudimos a cualquier argucia por destacar que nuestro apellido López es con L de Lope (como de Vega) o acaso es marino (por lo de pez) o producto de una antigua costumbre medieval en donde nuestros antepasados, que eran caballeros y nobles, lograron alguna proeza.
Yo, con todo respeto, les respondo que comprendo su aprehensión, que mi nombre es simple como una pelota pero a la vez complejo como una esfera. Que es un nombre, pues, pero también es un concepto, es una persona, es un proyecto, un sueño, una marca ¿qué es polo?, me pregunté más de una vez desde la escuela primaria. ¿Es poco o es mucho?, ¿es grande o es pequeño? Quizás por eso nunca me tomé demasiado en serio.

Polo es una prenda de vestir parecida a un jersey, con cuello abierto; un partido político en Venezuela, polo democrático, otro en Colombia. Es el centro de atención o de interés o de conflicto o de infección: el polo de desarrollo, polarización social, polo de deflexión; en la electricidad cada uno de los dos extremos del circuito de una pila o de ciertas máquinas eléctricas: polo positivo y polo negativo, nunca mejor dicho. Cualquiera de los dos puntos opuestos de un cuerpo es un polo, en los que se acumula en mayor cantidad la energía de un agente físico; dos regiones geográficas que conocí desde la más tierna edad: el polo norte, el polo sur, con abundantes bromas de mis condiscípulos en la primaria. Polo es un deporte que se practica con dos equipos de cuatro jinetes que, con mazas de astiles largos, lanzan una bola sobre el césped del terreno a siete tiempos; el polonio, el elemento químico de la tabla periódica cuyo símbolo es Po, un raro metaloide altamente radiactivo, para no hablar de Polonia, el país europeo. También el nombre de decenas de tienditas, sobre todo de deportes, pero también misceláneas y tiendas de mascotas Polo. “¡Fui fui... polo, polo!”, también es el nombre de algunos perros. Ahora existe en México un automóvil común y corriente de la Volkswagen llamado Polo, de los llamados compactos. En geometría están las coordenadas polares, punto que se escoge para trazar los radios vectores.

Polo es una modalidad de baile flamenco de ritmo moderado que alguna vez estudié en Coyoacán. Polo es compañía de expresiones como boreal - antártico - aquilón - ártico - austral - estrella - magnético - meridiano - nieve - oso - pez - polista - positivo - septentrión. El ying y el yang.
Polo es el diminutivo de muchos nombres, de Apolonio, Apolinar, Polibio, Leopoldo, Policarpio e Hipólito. En su multitudinaria existencia mi sobrenombre me ofrece el disfraz perfecto pero también la dispersión perfecta. Ser y no ser, sin significante. Por lo demás, mis hermanos y amigos se han encargado de deformarlo hasta la abyección, llamándome en diferentes momentos, motivados por pasajeras pasiones que nunca llegaron a fructificar: Polanski, Póleman, Polank, Polillo, Piolín, Pollito, Pol, Po, Polilla y otras deformaciones impronunciables que han marcado mi vida con la misma imprecisión, pues polo es mucho y es nada.

No, no ha sido sencillo dispersarme polifónicamente en una multitud de objetos y actos que se denominan polo, y transito aún por todos esos límites que imponen al polo una indefinición tan clara, si acaso puede buscarse claror en la multiplicidad. Por lo tanto, querido amigo, sé que apreciarás mi confusión. En Estados Unidos y Europa idolatran a un hombre que catalogan como genio, maestro, creador con un nombre singular: Maderita Pérez (en realidad Woody Allen); nadie repara en lo ridículo de su nombre, prefieren observar su obra destacada. Su nombre no le afecta porque lo respalda una acción, lo cobija una actitud intelectual profunda y consecuente. Espero pues, cuando sea más viejo, tener esas mismas virtudes que reparen las desventajas de mi insensato nombre. Como decía Ibargüengoitia: "Qué caso tiene llamarse Cornelio si el hermanito le llama Conello, y con ello vive y con ello se va a la tumba".

Durante 56 años mi nombre ha sido Polo Noyola, qué le vamos a hacer. La gente seria tiene dos opciones: omitir que lo conoce a uno y borrar toda huella que la relacione con el sujeto, o aceptar que esas pobre letras definen a nuestro pobre amigo y consignarlo como tal, sobreponiéndose a la vergüenza. Te sugiero esto último y te mando otro abrazo.”

Cambio de piel

Hasta ahí la carta. La muerte de Agenor, sin embargo, ha coincidido con el año 60 de mi vida que he venido festejando y disfrutando cada día desde septiembre de diversas maneras, tomando decisiones muy interesantes y cambiando de piel cada vez que es posible. Hace poco dejé de fumar, tras cuarenta y tantos años de chacuaco. Toda una experiencia y, en definitiva, una vida nueva (o renovada). Nuevos sabores, nueva respiración (y sí, nuevos olores). A estas alturas de una vida larga, me comprenderás si es tu caso, cada día nuestro cuerpo grita un nuevo dolor o enfermedad crónica, roncha, bola, quiste, resequedad, calvicie o mero capricho por el gusto de estarse quejando. Hace unos dos años gritó: diabetes. Dejé el azúcar, la harina blanca y, en definitiva, inicié una nueva vida (o renovada) en la que descubrí la fruta y confirmé la seriedad de mi compromiso con los cacahuates y las frutas secas (en realidad cacahuates, el resto de sus homólogas son incomprables). Toda una experiencia. He denominado a estos virajes, a esas metamorfosis, cambios de piel. Hoy, y en honor del gran Agenor, he decidido hacer otra modificación radical. Tras sesenta años de uso (re-uso y abuso), notarán ustedes que dejo atrás mi pequeño nombre de Polo para denominarme en lo sucesivo, y por así convenir a mis intereses y la prosapia de mis canas, Leopoldo, ese largo y pretencioso nombre de origen germánico que por desgracia rememora a muchos sátrapas belgas que tiranizaron a sus pueblos y colonizaron África con fuego y espada, aunque siempre estarán Alas Clarín y Lugones para renovarme la sonrisa. Y mi abuelo Leopoldo, por supuesto.


Dicho lo cual, ahí me ven, aquí me ven y aquí me tienen. Yo sé que esto no tiene la menor importancia para ustedes, que les debe dar lo mismo si me cambio mi nombre a Galeano (o a Marcos, que está de momento vacante), pero quisiera que me comprendan lo mucho que significa para mí, es una nueva identidad, una renovación, un nuevo cambio de piel. 

lunes, 17 de abril de 2017

Viaje al sur: Bío bío


Salimos de Santiago con destino al sur, en donde Chile se incendia para desazón de todos. La mañana sigue siendo gris como en días anteriores, aunque a la distancia se atisba la esquiva cordillera de los Andes. La cordillera nevada en el invierno debe ser majestuosa, pero en verano es solo un muro impresionante de cerros secos y pelones.

Los viñedos Gauciño en el sur de la ciudad capital nos dan una probada de lo que nos espera adelante; ubicuos cartelones de Cervezas Cristal (la Corona chilena) serán también en lo sucesivo una presencia inamovible del paisaje.

Los incendios de bosques en la región de Constitución han sido la noticia, aunque nuestra llegada marca la fecha de su declinación debido a los ingentes esfuerzos del gobierno y las autoridades locales, desde luego los heroicos bomberos, así como arrojos espontáneos de empresas y potentados entre los que se cuenta un avión llamado el “Súpertanque”, traído por una millonaria, que propició innumerables bromas entre los periodistas y la gente; lo cierto es que los incendios declinan y llegan a su fin cuando nosotros iniciamos nuestro viaje al sur.

Un balance del 2 de febrero cuantificó en 547 mil las hectáreas consumidas por el fuego, 3,782 damnificados, 11 fallecidos, 1,047 casas quemadas y 1,108 ciudadanos albergados.1 El desastre desató la emergencia en 72 comunas de las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío, precisamente en nuestro itinerario, lo que no dejaba de ser inquietante. ¿Qué veríamos?, ¿qué oleríamos?  Como sea, nada más lejano de nuestro ánimo que la calamidad o la melancolía.

Nuestro primer tramo contempla el tránsito Angostura-Rancagua hacia la ciudad de Concepción. Rápidamente obtuvimos una primera postal de la cordillera de los Andes nevada y la extrañeza de una infografía carretera diferente a la nuestra: “No botar basura”, pide un anuncio. Primera caseta: 700 pesos chilenos; segunda caseta: 3,600. ¡Ah, jijo! Los chilenos llaman “lucas” a los miles (tres lucas seiscientos), a los millones “palos”. Un dólar: 20 pesos mexicanos, 707 pesos chilenos, centavos más o menos. Ya nos vamos entendiendo, aunque es fácil hacerse bolas.

El primer tramo del camino es acompañado por un hermoso sol, pero no con el prometido calor de un ardiente verano que habíamos previsto. Uvas, frutales, maíz. Cruzamos el puente del primer gran río, el Chachapoal. Seco. Hermosos y frondosos sauces llorones, palmas, perales, álamos. No nos sorprenden ciudades y pueblos llamados San Fernando, Talca, Curicó, Tinguiririca, Chimbarongo, pero Peor es nada y Las siete tazas sí nos dejan pensando.

La famosa Vía 5 atraviesa Chile de norte a sur. Por la región del Maule el paisaje se regodea entre verdes oscuros y claros de los diferentes cultivos de riego perenne. Tierra de abundancia la de aquí. Ahí está Parral, la breve patria de Neruda. Los anuncios espectaculares hablan de Enoturismo (relativo a vinos) y el volcán El Mocho (también llamado Descabezado grande y chico, me dice el informado Frank) y otro monte picudo nos acompañan a lo largo de cientos de kilómetros, entre los que contamos numerosos puestos de “frutillas” recién cosechadas. Parecen fresas: son fresas. Unos zopilotes (llamados jotes) circundan unos restos y, uno de ellos, joven y retador, atraviesa la carretera a baja altura.
Pronto son evidentes las numerosas áreas con monocultivo de eucalipto que se distinguen fácilmente por su segmentación, los árboles separados a una misma y breve distancia uno del otro; los tamaños parejos por tener exactamente la misma edad, distribuidos en bloques rectangulares. Tristemente bonitos, pues son árboles sanos, frondosos y sanos, pero que han sustituido el bosque nativo para llenarle los bolsillos a alguien.¿Creando nuevos bosques? Un despistado podría creer que sí, pero un joven estudiante mochilero que viaja con nosotros de rait me explica que el bosque, que es un ecosistema (un ecosistema está formado por un conjunto de organismos vivos y el medio físico donde ellos se relacionan, una unidad compuesta de organismos interdependientes que comparten el mismo hábitat, aprecio después en Wiki), ahí ha desaparecido. Ya no hay nada sino un monocultivo que en unos años será arrasado por las máquinas para volver a sembrarlo y así, en un ciclo en el que no existen organismos asociados. El eucalipto crece muy alto, regular y derechito, enfatizando su utilidad como madera de uso, con poco follaje y troncos de entre 30 y 50 centímetros de diámetro y entre 20 y 30 metros de altura. Hay campos con diversas edades: recién plantados, de unos años, casi listos y en vías de ser cosechados a los 10 años de edad aproximadamente. El predio cosechado luce como un campo de batalla donde se ha producido una masacre. Un páramo de palos desolado y sombrío. Y, en algunos casos, ya se ha sembrado la siguiente generación.

¿Acaso me bajé a medir el grosor de los troncos? No, no fue necesario. Innumerables camiones “bolilleros” recorren el camino cargados de troncos con el señalamiento de su grosor. Nunca menor a 30 centímetros, muy pocos de 50 y alguno extraordinario mayor a eso.

Antes de llegar a Concepción, por Talcahuano, es posible advertir los primeros signos de los incendios que han convulsionado a los chilenos en este inicio de año. Olor a quemado.


El océano Pacífico aparece de improviso un poco antes de llegar a la histórica ciudad de Concepción, escenario de acontecimientos, terremotos y tsunamis memorables. Un enorme puerto industrial ubicado en la bahía del mismo nombre fundada en el siglo XVI por el mismísimo Pedro de Valdivia. Ahora es una metrópoli de al menos tres ciudades que se extiende hasta la península de Tumbes.

Tras unas diligencias en el centro de Concepción seguimos nuestro viaje al sur y antes de abandonar del todo la ciudad contengo la emoción al contemplar el enorme puente que cruza el histórico y majestuoso río Bío Bío, protagonista principal en la larga lucha de varios siglos entre españoles y mapuches. En la preparación del viaje estuve leyendo muchos materiales sobre Chile, entre ellos el libro fundamental de José Bengoa,2 que narra a detalle los pormenores de esa lucha que dura encarnizada hasta la llamada paz de Quilín en 1646. Por supuesto la lucha sigue hasta el día de hoy, pero aquel tratado sin duda impidió una carnicería mayor de los enconados ejércitos tras un siglo de lucha sin cuartel, que además es un acuerdo inédito entre el reino español y un pueblo originario, en el que los españoles aceptan no encomendar, ni esclavizar y ni siquiera utilizar la mano de obra indígena en sus asentamientos; no recibir tributo alguno de esos pueblos y darles libertad religiosa para creer en lo que deseasen, así como de movimiento entre sus tierras siempre que fuera hecho todo eso al sur del Bío Bío, que marcaba ahora la frontera de Nueva Extremadura, llamada posteriormente Reino de Chile. Su única obligación era ser súbditos del rey español.

El Bío Bío es un gran río que en este punto luce hermoso y de una anchura impresionante. No lo sabíamos, pero la aventura nos habría de llevar, semanas después, a las tierras en donde se origina este enorme caudal, el Alto Bío Bío que en ese momento no tenía manera ni de soñar en conocer.

Pasando por las afueras de la población de Lota fue posible advertir los primeros signos de pobreza chilena (al fin), que había buscado inútilmente desde nuestra salida de Santiago en los pueblos y en las entradas de ciudades, pero que no había podido ver. Como sea, nada comparado a nuestra miseria, aquí se trataba de casitas humildes y un poco destartaladas. Lota también es una exitosa playa llena de paseantes.

Viajamos por la carretera costera hacia Araujo acompañados por el mar. Pequeños lagos habitados de patos rodeados de verdor. Aquí el camino adquiere súbitamente una singular personalidad. Una arquitectura muy definida y de la cual tendré oportunidad de hablar más tarde y los atisbos de una lucha social que no aparece en las páginas de sociales. “No a las cuotas regionales del bacalao”, reza un letrero en una lancha que ahora es escenografía a la vera del camino.


La comuna Los Álamos, a los pies de un gran cerro, es una población de casas bonitas de madera que veremos a lo largo de nuestro recorrido por sur chileno. Por ahora vamos hacia Cañete, en territorio de la Araucanía. Pasamos por Antihuala, el primer poblado netamente mapuche que luce extrañamente vacío a las 7:30 de la tarde (aquí anochece pasadas las nueve), ni un alma en las calles ni frente a sus casas. Huillinco, otro pueblito del camino, nos ofrece de forma más compacta y armónica otra muestra de la arquitectura del sur.

La luz del atardecer ayuda a resaltar los contrastes del verde e incrementa la belleza de estos parajes. Un anuncio carretero nos informa que vamos ahora por la “Ruta originaria”. A las 8 de la noche, con muy buena luz del día todavía, llegamos al pueblo maderero de Cañete, donde advierto una “desarmaduría” (un deshuesadero), pasamos Reputo (no quise investigar sobre su gentilicio), luego Lanalhue, el primer lago de nuestro recorrido y, unos treinta minutos después, Frank anuncia la llegada a nuestro primer destino del viaje al sur: el lago Lleulleu.


Las fotos, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

1 Navarro Brain, Alejandro, Incendios: se agotó el “modelo” forestal neoliberal, El Ciudadano, 2 de febrero de 2017

2 Bengoa, José, Historia de los antiguos mapuches del sur, Catalonia, 2008, un regalo, por supuesto, de Cris.

viernes, 7 de abril de 2017

Viaje al sur


Aterrizamos en Santiago de Chile el 1 de febrero de 2017 en el sopor de un candente verano agudizado por la sequía y una serie de incendios forestales que tienen al país en estado de shock. Cris y Frank nos esperan en la abarrotada sala del aeropuerto y rápidamente nos conducen por las modernas carreteras interiores de la capital hasta el frescor de su domicilio en la comuna de Peñolén, en el suroriente de Santiago. Nuestros anfitriones responden a cada una de nuestras numerosas preguntas porque ese día todo lo queremos ver y también todo nos lo quieren mostrar. Por la tarde subimos al cerro de San Cristóbal, el parque metropolitano y paseo recurrente de la capital con su funicular y teleférico, desde donde no es posible disfrutar del habitual paisaje espectacular pues la ciudad está cubierta con una blanca capa de humo; con todo y eso no deja de ser espectacular esta ciudad que ha crecido exponencialmente en las últimas décadas y a la que, nos dicen, custodia una imponente cordillera de los Andes que por ahora es imposible ver, aunque nos aseguran que está ahí, detrás de todo ese humo. Lo que sí es visible justo desde la moderna cabina del teleférico es Sanatthan, nombre sardónico del barrio que encabeza la desproporcionada Torre de Josh Paulman, construida por el dueño de una cadena de supermercados Jumbo y de la poderosa constructora ISI, que sobresale en proporción de 10 a uno de sus edificios vecinos.

Descendimos del cerro por el barrio Bellavista, una agradable zona de cafés y restaurantes donde una multitud de jóvenes con poca ropa beben cerveza en bares al aire libre ostentando en sus disímbolas extremidades tatuajes de toda índole que es claramente la moda del momento. Bonitas las chilenas.

Nuestros amigos nos han invitado a asistir a una tradicional peregrinación que por generaciones sus familias han realizado en periodos vacacionales. Es al sur del país y toda nuestra información se circunscribe a ello, lo inesperado es darnos cuenta de que ellos también parten de esa previsión, pues no se sabe de bien a bien los sitios específicos que visitaremos, ni los días ni las actividades. De a poco comenzamos a comprender el sentido de aventura que tiene para ellos esta peregrinación tradicional.



Dos días más tarde partimos hacia nuestro ignoto destino, lo que no quiere decir que lo hiciéramos en la inopia, pues tuve tiempo de preparar alguna clase de información sobre este querido, añorado país, que me sirviera de soporte en nuestro “viaje al sur”. La que más me llamó la atención fue la relativa al asunto de los bosques. En julio de 2015 la presidenta Bachelet prorroga por tres años Decreto Ley (DL) 701 de 1974, dictado ese año por Augusto Pinochet con el argumento de que impulsaría la industria forestal con el subsidio de un monocultivo forestal.

A precios irrisoriamente bajos, la dictadura vendió a grupos económicos grandes extensiones de tierras, algunas de ellas arrebatadas a comunidades mapuche, así como viveros y plantas industriales. El subsidio para las plantaciones era de casi el 100% con la eliminación de impuestos de los terrenos y de la producción forestal; créditos estatales en extraordinarias condiciones, excusión del pago de aranceles de exportación. A la fecha se han plantado casi 3 millones de hectáreas de pino radiata y eucaliptus, la mayor parte sobre milenarios bosques nativos, pues estas variedades crecen a edad comercial en una década, lo que representa un jugoso negocio. Cuánto –me preguntaba yo-, como para que la nueva democracia de izquierda hubiera dado su brazo a torcer al no revertir la dañina ley forestal. Bueno, si hablamos de que el sector forestal en 1980 representaba exportaciones por 254 mil dólares, en el 2014 la madera chilena representó 6 mil 904 millones de dólares, la segunda entrada de divisas chilena tras la minería. Claro, en 1974 se hablaba de 300 mil hectáreas de pino maderable y ahora hablamos de 3 millones de hectáreas ganadas al bosque nativo.1

Ya que iba a andar por ahí, me interesaba hasta qué punto era visible la producción del monocultivo maderable en el sur chileno que siempre imaginé boscoso. Las sorpresas iban a ser muchas y, en ocasiones, devastadoras.



1 Fuentes: Víctor Toledo Llancaqueo, historiador mapuche, “El enclave forestal chileno en territorio mapuche” (artículo)/proceso.com.mx/ Ministerio de Planificación en su Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) de 2009/ Estudio de la Corporación Nacional Forestal (Conaf), Gonzalo Durán de la Fundación Sol/ http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/12/26/joven-mapuche-baleado-simbolo-de-la-represion-del-estado/

jueves, 9 de marzo de 2017

La campana María

Las campanas nacen desde el Siglo VI ante la necesidad de convocar con sus voces a los fieles para las ceremonias religiosas o ceremonias civiles, aunque también se les ha dado la función de llamar a las lluvias, alejar a las granizadas y a las tormentas así como para ahuyentar a los espíritus malignos. Se tiene a San Paulino, obispo de Nola, como el inventor de las campanas entre los años de 353 a 424 y al Papa Sabiniano, quien dispuso que se tocasen en las iglesias desde el año de 1604.

Se dice que las campanas se hacen con el 200% de material ¿qué quiere decir esto? Que las campanas tradicionales de las iglesias llevan un 80 por ciento de cobre, un 10 por ciento de estaño, otro diez por ciento de plomo, más otro 100 por ciento de fe. Y es el caso de la campana María de la Catedral de Puebla, tal como lo expresó el testimonio de Pablo Manrique para este blog.

La leyenda dice que se hicieron cuatro intentos por fundir la campana que estaría en la torre izquierda de la catedral, pero que los primeros tres fueron un rotundo fracaso. Fundir y mover 8 toneladas y media no es algo que se pueda hacer así como así. Fue la familia Márquez la encargada de su elaboración y tras los tres primeros fracasos tuvieron que revisar sus métodos para hacer los cambios pertinentes y evitar un cuarto fracaso. Es donde esta al quiote el artesano indígena Juan Bautista de Santiago quien ideó el sistema que permitió finalmente trepar a la campana María a las alturas en donde hoy se encuentra.

La leyenda era que “algo habría” en la ciudad de Puebla o entre sus habitantes para que dios no les concediera terminar su campana para la catedral. Los curas y la congregación creían seriamente en que se trataba de un castigo divino por la presunción y soberbia que implicaba querer una campana de esas proporciones, pues tan solo el badajo pesa 225 kilogramos. Ahí terminaba la leyenda, pues la solución no vino de instancias divinas sino de la técnica de fundición que los Márquez y Bautista idearon para la quinta oportunidad: decidieron trasladar los elementos de la fundición a la propia torre de la iglesia y hacer ahí el fundido final, lo que les permitió de una vez por todas terminar la mole de metal. Con fecha del 28 de marzo de 1729, la campana, llamada cariñosamente María, comenzó a emitir sus sonoros llamados a toda la población. El maleficio había pasado. (Pablo Manrique Aguilar)

lunes, 23 de enero de 2017

Huevos con jamón: la Casa del Mendrugo


Los caminantes del centro percibimos que arreglaban esa vieja casona en las cercanías del edificio Carolino, la mayoría no imaginaba que se iba a convertir en un espacio multifacético donde ahora hay restaurante, cafetería, club de Jazz, galería, museo ¿en qué orden?, el orden se lo pone el interés y la intención con la que uno se acerque a esa antigua construcción que a lo largo de cuatro siglos ha visto transitar buena parte de la historia poblana.

Me recibe Ramón Lozano, el nuevo propietario que hizo posible la renovación del antiguo inmueble. La casa tuvo una larga recuperación a cargo de las jóvenes arquitectas Alicia Medina y Myriam Pergina que aprovecharon que la casa nunca perdió la esencia de su época, a pesar del estado de abandono en la que se encontraba en el año 2008.

-          Llevamos realmente cinco años trabajando, desde que nos metimos en esto. Todo el rescate. Se compró en julio del 2008 y acabamos en diciembre (2012). Antes fueron cuatro años de estar tras la casa. Pertenecía a una persona de Veracruz que tiene una cadena de hoteles locales de buen nivel y quería incursionar en Puebla con un hotel. Nos llevó cuatro años de estar cerca y pendientes, hasta que se pudo.

Claro que no contaban con las sorpresas que les depararía hurgar en los intersticios de la construcción: un entierro con 3 500 años de antigüedad con una osamenta, probablemente olmeca; la huella colonial en los tiestos de talavera y otros registros hallados en el subsuelo de épocas más cercanas, pero no menos interesantes. ¿Qué significa todo eso?, me apresuré a preguntar a Ramón.

-          Yo creo que es como en el caso de un artista, de un escritor; como hacer un cuadro, una obra de arte y luego meterte aquí adentro a vivirlo, porque así es esto: la arquitectura, la piedra; cómo construyeron, la repetición de patrones, de construcción hace 400 años.
Y luego las sorpresas.

-          El entierro de tres mil años, eso ya es como premio, hace tres mil años aquí vivía una persona que nos encontramos. No me gustó el nombre de Chuchita y se lo dije a los arqueólogos de la UNAM, me dijeron que era una simple elección, “no podemos ponerle un nombre maya, ni un nombre azteca, ni tarasco, ni un nombre náhuatl, porque no era nada de eso”; era olmeca, pero los olmecas qué hablaban. No saben, porque no se conoce ni escritura ni nada de ellos. Le pusieron Chuchita porque este espacio era de la Compañía de Jesús. Y ahí quedó.


Está claro que para Ramón Lozano representa un privilegio impagable ser el responsable de este hermoso edificio. A donde se voltea hay luz, hay perspectiva, sustancia arquitectónica.

-          Es una casa preciosa, histórica como nada, aquí estuvo Iturbide, según Hugo Leicht en Las calles de Puebla,  busca dónde durmió en la Casa del Mendrugo. La casa estuvo abandonada como 15 años, deteriorada más, porque quienes la tenían ya no le metían nada, había 18 viviendas aquí adentro. La propietaria quería hacer una vecindad. La casa no se acabó de deteriorar, la estructura principal estaba bien, las paredes.

Acudí a la fuente citada, una suerte de biblia histórica de las antiguas calles de la ciudad, escrita por un inmigrante alemán en los años treinta del siglo pasado. Confirmo que Hugo Leicht menciona esa estadía, aunque procuro comprender el contexto.

El 28 de julio de 1821 Iturbide está en la ciudad de Puebla para atestiguar la firma del armisticio de las “tropas expedicionarias” españolas al mando del comandante Ciriaco del Llano, que terminan por desalojar la plaza el miércoles 1 de agosto, y el domingo 5 la ciudad juró la independencia en las casas de Cabildo, frente al zócalo, y después en el Palacio Episcopal y en el Colegio del Espíritu Santo, donde supuestamente Iturbide pernoctó, a decir de una placa instalada cien años después, en el centenario de la Independencia, en el número 2 de una casa de la 7 oriente (Antigua Calle de Morados núm. 10) en la que dice: “En este departamento del antiguo Palacio Episcopal estuvo hospedado el libertador de México Don Agustín de Iturbide que entró a Puebla al frente del Ejército Trigarante el 2 de agosto de 1821…” Otra versión, también recogida por el historiador Leicht, dice: “Según otra tradición (la del Sr. Bernardino Tamariz), Iturbide se hospedó en la Casa del Mendrugo, en la Calle de la Palma.” (p. 340 a y b)

-          Los jesuitas lo usaron como colegio de San Jerónimo, fue el primer colegio jesuita en Puebla; ocupaba media manzana, el edificio de la facultad de psicología, luego la casa que está aquí al norte, eran tres casas; después del colegio de San Jerónimo continúa hasta el callejón, todo era el colegio de San Jerónimo. Después fundaron el colegio del Espíritu Santo, el colegio de San Ildefonso, luego el San Javier y el colegio de San Ignacio, cinco colegios,  de uno por uno hasta tener cinco, hasta que los expulsan. Después todo se vuelve el Colegio del Estado, luego ya se disgrega y la casa se separa de lo demás. Eran casonas independientes y las fueron agregando. Agregaron esta casa y luego otra y otra. Te da evidencia que no fue un plan, sino que empezaron con una y se fueron agregando.

Instalado ya en la lectura de don Hugo Leicht, comprobé esos datos y me fueron agregados otros de lo que ocurrió posteriormente con la Casa del Mendrugo, llamada así porque “dice la tradición que fue levantada por los jesuitas con los mendrugos que recogieron”. (p. 289 b)

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767 los colegios de San Jerónimo y de San Ignacio, con todos sus bienes raíces, fueron reunidos en 1790 en el del Espíritu Santo, que tomó el nombre de Real Colegio Carolino en honor de Carlos III, afirma Hugo Leicht en su puntillosa investigación. (p. 69 b) Desde entonces se utilizó la casa para el Estanco de Tabaco y Casas Reales bajo control del Colegio Carolino. Acogió también secciones de la Aduana; fue Tesorería General del Estado (1824), posteriormente Recaudación de Rentas (1852); Escuela Normal de Profesoras (1892) y edificio a cargo del Congreso local entre 1901 y 1905, antes de convertirse en edificio de viviendas, vecindad, bodega; de permanecer abandonado, de ser proyecto para hotel. (p. 72 a)

El conjunto ha sido puesto bajo la custodia de una fundación. Le pido a Ramón Lozano que me explique qué es una fundación como figura y qué significa para la Casa del Mendrugo.

-          Aquí hay un patrimonio importante, cultural, que es un patrimonio catalogado por la UNESCO, importante para Puebla. Y además, hay un patrimonio que no es mío aunque sea así, y no es mío de a de veras, como el hallazgo  arqueológico. Por ley. Entonces la manera más correcta es que ese patrimonio se conserve a través de una fundación; que no sea una persona, sino una figura que trascienda a la persona. La fundación es responsable de la custodia del patrimonio tangible, cultural, sobre todo el arqueológico. Y la vamos a fortalecer. La fundación puede llegar a ser donataria, puede hacer intercambios de tipo artístico, de colecciones de arte; la Fundación Casa del Mendrugo puede solicitar al museo tal una colección y presentarla acá. Cosas así. Esa es la perspectiva, es un proyecto a largo plazo y no es lineal, tiene dimensiones. La parte gastronómica que es un negocio, la parte cultural que es una fundación: lo artístico, lo histórico, lo arquitectónico, lo museográfico, lo arqueológico.


¿Qué pasa hoy en la Casa del Mendrugo, Ramón?

-          Llevamos cuatro meses de inaugurados. Las obras terminaron y en abril abrimos. Ahorita estamos en el arranque realmente, estamos decidiendo cómo hacer para que la propuesta se dé a conocer, hemos tenido propuestas muy exitosas, como el jazz de los viernes que está lleno siempre; ahora hay que ver cómo le vamos a hacer los jueves y los miércoles y los martes. Y así.

¿Qué es lo que ves en la gente que viene a la Casa del Mendrugo?

-          Me encuentro con un público curioso al que le gusta experimentar cosas nuevas y que ya fue mucho a Angelópolis, fue mucho a  la Juárez y ya está cansado de eso. Aquí es diferente, porque es el centro. Como en otras ciudades, los centros históricos empiezan a ser protagonistas de las noches de esas ciudades. Y este centro comienza a serlo.
¿Qué ofrece hoy la Casa del Mendrugo, además de esta deliciosa cerveza oscura que me has invitado?, ¿alemana?

-          La cerveza la elaboramos en la Casa del Mendrugo. Mi hijo es un especialista en cerveza y con él hacemos esta. No somos los únicos, empieza a haber micro cervecerías en Puebla, en la corriente de una cultura de micro cervecerías en algunos países, en Estados Unidos en la región de Seatle; en Oregon hay mucho; en Canadá, en Vancouver, hay mucho, se trata de cerveceros exquisitos. Jugo de malta, lo pones a fermentar y lo haces. No tiene marca, no la vendemos comercialmente, la servimos en la mesa. ¿Está rica?

Está deliciosa –le respondo apurando un trago prolongado.

-          Se llama Ámbar Ale del Mendrugo. También estamos haciendo, de manera especial, nuestro propio jamón curado. Y esto tiene historia: los españoles que llegaron a Puebla venían de Andalucía y los andaluces, en una región pegada a Extremadura, eran muy fuertes en la producción de jamón. Puebla se volvió por ellos un centro productor de cerdos y jamones muy importante -y de jabón, que estaban ligados, por las grasas-, hacían jamones que surtían a este y a los otros virreinatos, lo llevaban hasta Perú. Entonces hacemos aquí nuestro jamón. Dentro de la propuesta gastronómica ofrecemos jamón curado que es en esa tradición, no te voy a decir que está hecho como antes, pero sí en esa tradición, jamón como los de España de Extremadura, de Andalucía, no lo habíamos hecho y es lo que estamos haciendo y lo vendemos acá. Para mí es importante la cosa histórica.

En síntesis ¿qué encuentra el visitante del restaurante de la Casa del Mendrugo?

-          Tenemos música todos los días, los jueves con un piano y un cantante, los sábados dos violines y un piano, el domingo viene el saxofón y la flauta. Pero el viernes es el día más festivo con el jazz. Viene un grupo de jazz importante; en agosto esta buenísimo el programa con blues, un grupo que viene de Nueva York, otro que viene de Francia. Captamos a los que andan de gira y tratamos de traerlos aquí.

¿Se parece a lo que imaginabas?

-          Se parece a lo que imaginaba hace un año, esto era un poco lo que queríamos que sucediera. Y en eso le vamos aprendiendo.

En épocas contemporáneas José Luis Escalera, en cierta forma, inició hace diez años esta idea de asumir unas ruinas del centro de la ciudad y reconstruirlas para hacer ahí un centro cultural. Ahora Ramón Lozano lo ha hecho en la Casa del Mendrugo; además de dinero, qué estímulo se necesita para que personas como ellos se lancen a realizar aventuras que claramente benefician el aspecto cultural de Puebla. ¿Qué es lo que se necesita?, le pregunté a José Ramón Lozano.

Masticó brevemente la pregunta y se la repitió en un afán de sintetizar todo el esfuerzo que le llevó varios años concretar.

-          ¿Qué se necesita…? ¡Huevos!

La Casa del Mendrugo se encuentra en Calle de la Palma #2 (4 Sur 304) del Centro Histórico de la ciudad de Puebla.

Imágenes y bibliografía:

Las fotografías que acompañan esta entrevista fueron tomadas de:  http://www.casadelmendrugo.com/

Hugo Leicht, Las Calles de Puebla, Edición conmemorativa al V centenario del descubrimiento de América, Puebla, 1986.