lunes, 22 de mayo de 2017

Viaje al sur: Chiloé


Partimos de Hornopirén con el propósito de llegar ese mismo día a la enorme isla de Chiloé, para lo cual teníamos que desandar el camino de terracería hasta Puelche, de ahí en barcaza a la caleta La Arena, después por carretera hasta Puerto Mont, de ahí a Pargua, luego nuevamente una barcaza al embarcadero de Chacao, ya en la emblemática isla del sur chileno, y de ahí dos o tres horas al sur hasta el puerto de Tenaún, a donde finalmente llegamos casi a las 12 de la noche.

En nuestro tránsito, en el que vimos nuevamente muchos emplazamientos de monocultivo forestal, aprovechamos para visitar el histórico Puerto Montt, un enorme puerto con una gran actividad comercial y cultural. Concretamente fuimos al sector de Angelmó, una zona turística de venta de artesanías en donde se halla, además, un hermoso mercado construido de madera con una variedad increíble de los famosos mariscos chilenos, donde por supuesto degustamos un ceviche exquisito y resanamos con un par de empanadas de carne salpicadas con una salsa picante roja muy sazonada y sabrosa. Hicimos las compras pertinentes de artesanía barata en un mercado abierto a la calle con artículos de lana, madera y cuero, principalmente, incluidos los ubicuos suéteres peruanos que están en todo Chile.


La travesía por el mar se hace a bordo de enormes barcazas muy modernas y bien equipadas, que son capaces de llevar dos decenas de vehículos de todas dimensiones, desde pequeños autos hasta tráileres y autobuses. Nuestra camioneta pagó 12,500.00 pesos chilenos (354 pesos mexicanos). Puede uno bajarse del vehículo y disfrutar de los 20 minutos que dura la travesía, entre cuyas curiosidades vimos algunas focas saludándonos desde el mar... ¿eran focas? Bueno, desembarcamos en Chacao y emprendimos al sur por la ubicua Ruta 5, la Panamericana, a través de un paisaje depredado debido a una inmoderada y criminal tala tanto antigua como moderna, con retazos de monocultivo aquí y allá; relativamente pronto doblamos a la izquierda a la ciudad de Quemchi, donde afrontamos una carretera de terracería de 24 kilómetros señalada con luces y anuncios que ya quisiéramos en nuestras carreteras comunes, como si fuera una autopista, hasta llegar a Tenaún, en la costa oriental de la isla, un pueblito de 450 años de antigüedad que, sin embargo, es apenas una aldea; muy bonita, eso sí, con impecable arquitectura “sureña”, en donde fuimos recibidos con una espléndida cena elaborada por Rosita la grande, madre de Cris, a la que llamo así para diferenciarla de Rosita, la esposa del pescador Germán, dueños ambos del alojamiento que nos acogió (Bueno, Rosita la grande es grande de por sí). Nosotros, además de cansancio, llevamos la lluvia Tenaún. Y en consecuencia, el frío.


Debo dedicarle una entrada completa a Tenaún, pero esta ya se alargó, de modo que aprovecho para consignar nuestra visita a dos ciudades cercanas en los cuatro días de nuestra estancia en la isla de Chiloé, la primera fue la ciudad de Dalcahue, frente a la popular isla Curacao de Vélez, un agradable pueblo entre los montes que da a un puertecito. Ahí visitamos un buen mercado de artesanías y disfrutamos por supuesto de una arquitectura “fiel” al sur chileno. Llovía sin pausa, pero con todo, frío y agua, un nutrido turismo muy singular, perfectamente adaptado a las circunstancias, atiborraba el mercado y las calles del puerto. Decenas de jóvenes mochileros arribando al lugar como si se tratara de Acapulco ¿a hacer qué?, me preguntaba yo húmedo de lluvia y muerto de frío.


Otro día fuimos a la ciudad de Castro, la capital de la isla de Chiloé, donde tienen una enorme catedral de madera, impresionante, que es patrimonio de la humanidad, con bellas imágenes de madera, santos, retablos y hasta los curas y los feligreses deben ser de madera. Un hombre inhalaba solventes químicos en el pórtico interior.
Tras un delicioso café y un paseo guiado por Frank y Cris por el centro de Castro, retornamos a nuestra base en Tenaún.


Crédito: Todas las fotos de esta, como de todas las entregas del sur chileno, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

martes, 16 de mayo de 2017

Viaje al sur: Hornopirén


Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva. Asimismo, las casetas de buses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.
Al final del estero de Reloncaví, desde un acantilado en caleta Puelche, es posible ver el mar abierto del seno de Reloncaví. En Contao (“Pueblo, libre de hidroeléctricas”, dice en un puente) penetramos en una larga carretera de tierra que atraviesa una suerte de península hacia Hornopirén, nuestro siguiente destino. Domina un viento torrencial que estremece la tupida vegetación y levanta el polvo de la terracería.


Hornopirén ("horno de nieve" en mapudungun) es un hermoso pueblito luminoso y frío, muy amplio, rodeado de montañas nevadas frente a un alargado golfo o estero con dos enormes islas que ocupan casi todo su espacio: la isla de Los Ciervos y la isla Llancahue. Todo dentro del territorio del Golfo de Ancud, que separa el continente de la isla de Chiloé. Nos es imposible conseguir transporte marítimo hacia Chaitén, que era el plan original. Ajuste al itinerario, nos quedamos en Hornopirén.

Para ir al centro desde la cabaña en la que nos alojamos dentro de la ciudad, hay que atravesar el puente del Río Cuchildeo, caudaloso aunque pequeño, donde lo que resalta es su limpieza. Y el color oscuro de su agua que denota una bajísima temperatura.
Una planta de hortensias me recuerda a mi mamá, por cómo hubiera disfrutado ella de su cuidada cursilería natural, al grado de parecer un ramo de novia de metro y medio de alto y ancho. Claro, una novia gigante. En la plaza, una escultura en un tocón de caoba de un metro de diámetro y unos dos metros y medio de alto, muestra el rostro enorme de un chamán y en el otro costado una familia mapuche. Aquí tenemos la primera visión de las enormes hojas de nalca (después sabremos que su nombre es pangue), que son utilizadas para el curanto, una suerte de barbacoa de hoyo con mariscos y carne, que por desgracia no vemos por aquí. Lo que sí vemos es una planta salmonera con enormes depósitos cubiertos por lonas negras y pulcras; en el estero veríamos también instalaciones de las granjas salmoneras con bodegas flotantes.


“Cerrado por duelo”, dice un cartel en el centro comunitario, un hermoso edificio completamente construido de madera, con altos techos de duela y locales de artesanía y cafeterías. Me llama la atención un anuncio que indica que el sábado anterior ocurrió un “Encuentro cannábico” con charlas, comida, cocteles cannábicos y “free smoke”, 200 pesos la “adhesión”, que explicaba en parte la cantidad de jóvenes de facha rastosa que pululaban por el pueblo, seguramente “adheridos” a la idea de seguir la fiesta. También, en otro poster, una “tertulia de boxeo”, llamativa la fragante palabra de tertulia para un espectáculo de trancazos. Por radio mensajes con un lenguaje ceremonioso y muy formal: “lo invitan a la celebración de la kermesse…”

Uno de los días penetramos una larga terracería para visitar el camino que bordea el Parque Nacional Hornopirén, que inicia muy poco después del pueblo con el sorprendente río Blanco, una corriente que no desmerece su nombre al ser sus aguas blancas como si estuvieran combinadas con leche en partes iguales.


El camino bordea el Canal Cholgo y cruza unos acantilados con increíbles paisajes de los cerros y el mar del estero con  sus dos grandes islas, hasta Caleta Cholgo, donde existen enormes cultivos de balsas-jaulas y secciones de modernas casas para los salmoneros. “Cholgo, lugar de cholgas”, aclara un modesto cartel. “Se vende chicha”, dice otro. Las cholgas son una especie de mejillones. Otros moluscos, llamados picorocos, crecen en las piedras, a las que colonizan en grupo hasta que maduran y se independizan. Cuando tienen el tamaño de un huevo, son hervidos y extraídos de su caparazón para consumirlos. La chicha, por su parte, que nos recuerda aquella vieja canción de Víctor Jara (“usté no es ná, ni chacha, ni limoná”), es una sidra.

Llegamos hasta Caleta Pichanco, frente a la isla de Llancahue, un embarcadero solitario que es el fin del camino que recorre el parque nacional. Eucaliptos aislados y, por supuesto, abejas, circundando los impertérritos ulmos. Arrayanes con sus troncos café-rojizos recorridos por el chucao, un pájaro de una palma de tamaño con un bello canto gorgojeante, que además no vuela. Helechos, muchos helechos de todos tamaños. Y claro, moras, zarzamoras, introducidas por los alemanes a principios del XX, es ahora una deliciosa plaga que está en todos lados, de Santiago a la Patagonia.

Vamos de regreso, cansados, hambrientos, nostálgicos y asoleados, escuchando rock inglés en silencio y observando los helechos blanqueados por el polvo de la terracería. “Estos caminos los construye el ejército chileno -me informa Frank-, pues no hay empresas privadas interesadas en hacerlos”. En ese momento no me importa, lo que quiero es comer.


En Hornopirén vamos al mercado de comida del centro del pueblo. Muy grande, decenas de puestos. Nos acomodamos en la fonda “El buen amigo”, con un menú que contempla paila marina, un caldo con mejillones, piure, ostras, ostiones y locos-, patache, congrito frío, curanto, pichangas y merluza, además de cerdo y pollo.


Si hubiera que elegir un lugar favorito en este viaje muy probablemente sería Hornopirén, donde estuvimos tres días deliciosos, apacibles y fríos, paseando a las 12 de la noche por el malecón, con decenas de bandas de jóvenes noctámbulos en perfecta armonía. Buenas noches, tíos. Sí, buenas noches.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Viaje el sur: Cochamó

De Ensenada, en la costa sur del enorme lago Llanquihue, viajamos a la comunidad de Ralún en el borde superior del estero de Reloncaví que marca el fin del valle central y es considerado el inicio de la Patagonia chilena. No es un trayecto corto, atravesamos una zona alta y montañosa donde el monocultivo de pino radiata y eucaliptus vuelve a percibirse con fuerza, aunque localizados entre enormes porciones de abundante vegetación de lo que parece bosque nativo de distintas épocas. Dos tocones muy gruesos tirados a la vera del camino son emisarios solitarios del bosque anterior, más robusto y antiguo que el menudo bosque que se aprecia hoy.

Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva, de modo que dejan de ser postes y se convierten en contenciones tan útiles como los de metal. Asimismo, las casetas de buses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.
La mayor parte de estos caminos son de terracería en buen estado, dadas las secas, que nuestros amigos emprenden con entusiasmo como si se tratara de autopistas, apenas si bajan la velocidad. El enorme río Petrohué desemboca en el Estuario de Reloncaví, donde tenemos la primera vista del mar del sur chileno que se fragmenta más adelante en millares de islas que le dan sustento a la geografía chilena del sur. En este punto, me informa Frank, la cordillera de la costa inicia su final hundimiento (la isla de Chiloé) para terminar bajo el mar más al sur.

El estero de Reloncaví es un brazo del mar de unos 400 kilómetros por 10 de ancho que penetra el continente y marca una frontera entre el Parque Nacional Alerce Andino con lo que llaman el Chiloé continental, el territorio frente a la enorme isla que vamos a recorrer en los siguientes días, estacionándonos en primera instancia en Cochamó, un alegre pueblito conocido por sus enormes cerros y paredes verticales de granito, que son usadas por centenares de jóvenes y familias para escalar cada verano. Hay decenas de camping en paralelo al río Cochamó, algunas mejor equipadas que otras, y con un poco de suerte hasta con baños. Pero no tuvimos esa suerte y nuestro camping contaba con unas letrinas insufribles, obligando a los paseantes a utilizar el bosque de letrina. Mala idea.

Antes de acampar a unos 15 kilómetros del pueblo, recorrimos Cochamó, una comuna de reciente creación (1979) pero de antigua prosapia, pues se sabe de asentamientos prehispánicos en esta región. De hecho, Cochamó proviene de la voz mapudungun Kocha-mo, que quiere decir, "donde se unen las aguas", debido a que el estuario de Reloncaví lo une al mar. Cuenta con la iglesia completamente fabricada en madera dedicada a María Inmaculada, con las típicas tejas horizontales para el exterior de la arquitectura local, idea que se replica en todos lados, en las casas antiguas, los comercios y todo está construido con ellas. Por supuesto comemos moras empolvadas en las calles de tierra y nos abastecimos para una “encerrona” de tres días metidos en el bosque.

El camping nos recibe con millones de abejas habitantes de un centenar de panales a escasos 50 metros de nuestras tiendas, en un claro rodeado de árboles de ulmo cuyas florecitas blancas son el alimento básico de las pacíficas pero ruidosas recolectoras. La miel resultante es especialmente deliciosa. A pesar de estar permanentemente rodeados de abejas, nunca tuvimos el menor inconveniente con ellas durante tres días. Tampoco con unos caballos que atravesaban la zona de campamento con familiar sosiego.

La zona de camping está situada en un enorme cañón de unos 500 metros de ancho, rodeado de montañas arboladas que desde nuestra ubicación parecen dos enormes y gigantescos brócolis de follaje trabado. Decenas de camping abarrotados de turistas en la ribera de un río cristalino en lo que se sustenta el principal atractivo. Y escalar, que de eso se trata. Sentado en la espesura de la noche disfrutamos de un espectáculo estelar fuera de toda proporción. Una noche conté tres satélites artificiales cruzando la bóveda celeste; las imponentes nubes de Magallanes, la luminosa Sirio.

Con la encomiable voluntad en nuestros amigos por transitar los caminos de tierra, a los que se avocan sin pensarlo, luego de tres días bajamos a lo largo del estuario de Reloncaví y pasamos por pueblitos como Llaguepe, Chaparano, Puelche, Mañihueico, con la montaña nevada Martín de paisaje, que domina de Cochamó a Puelo, ante la indiferencia del volcán Apagado, muerto como su nombre indica.


Río Puelo es un hermoso pueblecillo que homenajea tal vez al famoso Lago Puelo de Argentina, me comenta Frank, sus casas con techos de lámina galvanizada de dos aguas, y claro, tejas de madera que usan para las paredes exteriores de las casas. En la placita, frente a una agraciada y pequeña iglesia de madera con una sola torre frontal, tres cóndores de lámina en diferentes poses dominan la acera. Son los únicos cóndores visibles en nuestra estancia. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Viaje al sur: lago Rupanco


El lago Rupanco tiene 23 mil hectáreas de extensión y unos 350 metros de profundidad. Su forma es angosta y se alarga hasta los 42 kilómetros de este a oeste, al borde de la cordillera de Los Andes, serpenteando entre las cumbres de muchas montañas entre las que destacan los volcanes Puntiagudo y Casablanca. Y al fondo, magnánimo, el volcán Osorno (2,493 msnm).

Rupanco está al sur de Entrelagos, una preciosa y pequeña ciudad ubicada precisamente entre los lagos Puyehue y Rupanco, pero a la vera del primero, con un mercado que anuncia la venta de carnes de venado y jabalí de criaderos; pan con chicharrones y por supuesto Lays, la marca de papitas que son las Sabritas chilenas, también de la Pepsicola. Estamos a unos cuantos kilómetros de la frontera con Argentina, a la altura de Bariloche, desde donde llegan parvadas de loros choroi color verde mayate.

En Rupanco vemos por primera vez un segmento grande de bosque nativo, tras recorrer 8 kilómetros de terracería para llegar a la casa del pescador que nos dará asilo durante tres días, a donde llegamos luego de cruzar un puente de madera con pequeñas rosas pintadas como adorno. Este comentario puede parecer ocioso, pero no lo es, en esta región de Osorno el detalle es lo que marca la diferencia. Así, vemos en la carretera adornos muy finos y singulares en las cercas, las casas o las caballerizas; adornos colgando de los árboles, los buzones, sobre los senderos de un gusto muy refinado; los residentes de esta verde zona en la Región de los Lagos tienen a bien poner esos detalles para deleite propio y de los numerosos visitantes que arriban a acampar al lago. A mí me dejan contrito, porque hablan del arte del buen vivir, de la búsqueda de la calidad de vida en sonrientes detalles, cálidos y humanos, a veces cursis, abstractos incluso, con los que esta gente acompaña su vida.
Es inevitable no ponerse poético desde el barranco de unos diez metros sobre el lago Rupanco donde tenemos instalado nuestro campamento, junto a la casa del pescador. El espejo de agua replicando nubes con jirones azules del cielo; el reflejo del Sol como una cascada durante el día y de la Luna por la noche, que estalla en el agua y se prolonga hasta nuestros pies como una alfombra luminosa en una premier de estrellas verdaderas. La cordillera de los Andes amuralla el Este y aun cuando no está nevada prodiga majestuosidad. Gaviotas hambrientas, oportunistas tiuques (halconcillo) y ruidosos queltehues (como ibis), y la incesante actividad de una planta de salmón coho y salmón chirú (Chinook) que replican el proceso vital de los salmones en tecnificadas plantas lacustres y oceánicas en las que mueven a los peces, todo el día transportan cajas en lanchas de carga. No soy capaz de entender aún el daño ecológico de estas plantas, un pescador de Punta Arenas nos ilustraría más adelante de sus desastrosos resultados.


Malú y Cris se solazan comprando lana amarilla pintada con una planta llamada michai y otra morada pintada con moras, el arbusto omnipresente en el sur chileno, las moras, las zarzamoras, traídas por los alemanes a principios del siglo XX y hoy convertidas en una deliciosa plaga que encuentras por doquier, en las banquetas, en el campo, en todos lados, fructificadas en este época con generoso exhibicionismo y al alcance de quien quiera comerlas. Por supuesto yo me apunté, de sur a norte las zarzamoras fueron muy sabrosas, numerosas y al alcance de la mano.

También en esta zona tuvimos ocasión de entablar contacto con las abejas mieleras, no fue ni accidental ni espontáneo, pues la presencia de un hermoso árbol llamado ulmo, que llega a tener alturas respetables, aunque no gigantescas, pero que se distinguen por estas profusamente floreados con una flores blancas que son el festín de las abejas, son la causa de tanto panal. Sabía que la majestuosa araucaria era el símbolo de la flora chilena, pero el ulmo, por su persistencia y fogocidad, debería ser símbolo del sur chileno porque está en todas partes con toda su belleza y utilidad.

Luego de tres días junto al Rupanco, el generoso lago de playas empedradas y cristalinas, partimos en caravana hacia el sur que era el único dato real de nuestro destino aventurero. Pilmaiquén, anuncia un letrero. De nuevo grandes y pequeños detalles arquitectónicos y ornamentales en las casas del camino. Nuestro destino es Ensenada, una ciudad al borde de la parte norte del lago Llanquihue, un pequeño mar interior de 860 kilómetros cuadrados cuya profundidad no se conoce aún, que aparece de a poco, en juguetones retazos del camino donde ahora me veo y ahora no, pero que sin embargo circunnavegaremos a lo largo de varias horas en lo que se conoce como el “Circuito Lago Llanquihue”. El lago natural más grande de Sudamérica, dice una información turística. ¿Y el Titicaca?, me pregunté ipso facto.

Es posible advertir grandes predios de monocultivos, pinos de 40 metros de altura con apenas un metro de separación. Y eventuales predios de monocultivo cosechados: un escenario triste y masacroso. La carretera flanqueada por florecitas amarillas y blancas es recolectada por una familia que camina temerariamente sobre la carpeta asfaltada. Un cartel informativo anuncia: Norpatagonia. Y otros Nochaco, Río Coihueco, cumbre del volcán Osorno “a la izquierda”. Por fin llegamos a las inmediaciones del majestuoso volcán que hemos apreciado los últimos días, al tiempo que vemos el primer accidente en lo que llevamos de camino; hay heridos, es una volcadura.

Las estadísticas de Chile son menos favorables que su apariencia, la miseria no existe a la vista del viajero, sin embargo es visible un caserío de pobres en los pequeños ranchos del camino, casas sucias y desastradas, pero nada que ver con la miseria mexicana, no hay casuchas de cartón y lámina de propaganda electoral, aquí las viviendas tienen una buena condición, paredes sólidas, techos de lámina y terreno.

En Ensenada también hay una elegante zona de restaurantes con numerosos turistas alemanes, ancianos en su mayoría, apuntadísimos para ingresar al restaurante “Donde don Pancho”. Es sábado temprano y el territorio por ahora es de adultos, casi no hay jóvenes, excepto las decenas de mochileros que esperan pacientemente en sitios estratégicos para ser recogidos por los automovilistas. “Pacos” (que son los polis, los tamarindos de por acá) de una susceptibilidad extrema, casi nos infraccionan por preguntar la ubicación de una bencinería (gasolinera). De miedo, los famosos carabineros, supuestamente muy respetados, pero todo mundo les da la vuelta.

Los ulmos “nevados” junto a álamos y pinos se arremolinan exuberantes en los bosques nativos del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, entre el dominante basalto volcánico muy antiguo, junto a variedades autóctonas como olivillo, luma, meli, tiaca, canelo, avellano, saúco, mañío y muchas más. Sobre todo mucho colihue, una especie de bambú y raulí, una variedad muy gruesa de pino nativo. Luego atravesamos un bosque enano, joven, derivado de un incendio relativamente reciente que por lo visto arrasó.

-       Mira, ahí está una araucaria –me indica el informado Frank.

-       Por fin –le respondo antes de estornudar ruidosamente.


“Salud”, decimos en México, pero en lo que vimos los chilenos no usan esta cortesía, aunque te agradecen si la profieres. Cuando pude le pregunté a Cris al respecto, me dijo que sí la usan, pero en la práctica comprobamos que no. ¿Qué importancia tiene? Ninguna, pero igual lo apunté. Ahora vamos hacia Cochamó, en el estuario de Reloncaví.