martes, 27 de agosto de 2019

Sobre un archivo poblano de memoria oral

Son unos carcas que están todo el día con la guerra del abuelo, con la fosa de no sé quién.
Pablo Casado presidente del PP español


La memoria oral juega un papel en la identidad de lo que somos hoy, su preservación estimula el proceso de valoración de un patrimonio colectivo, tanto de una comunidad como de sus individuos, pues atañe lo mismo a la psicología social que a la individual. Con estas características la memoria oral resulta terapéutica. No es casual que en varios países se haya tomado a la oralidad como remedio para grandes males, como guerras y dictaduras, representa la más antigua y la más humana forma de transmisión de nuestra memoria, puesto que integra a actores sociales comúnmente omitidos en la historia de las naciones: la gente común, que generamos recuerdos de lo que hemos sido, lo que somos y lo que, quizás, seremos; con ellos obtenemos representaciones del ser que ninguna historia alcanza mejor que la oral, la memoria de los individuos.

Es verdad que cualquier iniciativa que ataña a la memoria tendrá sus detractores en quienes no quieren saber nada del pasado ¿para qué? Un visitante norteño en el centro de Puebla se preguntaba qué era lo que le veíamos a esta ciudad si estaba todo tan viejo, los edificios, la herrería. Una actitud difícil de enfrentar. Interesarse en la memoria es hacerlo en el pasado, en la historia, pero hay que respetar a los desinteresados.

En el mundo se debate la memoria hace décadas, decenas de ayuntamientos españoles y argentinos cuentan con un archivo de memoria oral en donde atesoran sus saberes; en junio de 2019 representantes de 45 países se reunieron en Madrid para la tercera conferencia anual de la Asociación de Estudios de la Memoria para debatir una vez más lo que recuerdan las sociedades y lo que deciden olvidar, 1,300 ponencias debatieron sobre la memoria de los exilios, de los movimientos sociales, los desastres climáticos y de cómo las tecnologías están cambiando la manera en la que los individuos y las sociedades recuerdan, asumen el hecho de recordar, un campo que atañe a la sociología, la historia, las ciencias políticas, la antropología, la arqueología, la psicología, la filosofía, la literatura… es decir, a la humanidad.

Un archivo oral busca grabar, producir, clasificar, conservar, gestionar y, en su caso, poner al alcance de los interesados entrevistas testimoniales y documentos gráficos, visuales, orales –y hasta físicos, como el cubo Rubik desde sus años ochenta, o los célebres agujeros de bala en la casa de los hermanos Serdán–; la memoria es polifacética, puede practicarse y acumularse en casi cualquier espacio vital, convertirse en un conducto espacio/temporal para mantener despiertas ciertas actitudes y objetos culturales que nos proporcionan conocimiento, placer, el pasado frente a lo que soy. Como recurso capaz de captar lo entredicho, el silencio, la mentira, el olvido y las distorsiones humanas, la historia oral ocupa un lugar privilegiado en las ciencias sociales como una disciplina capaz de coexistir con la subjetividad, lo entredicho.

Una investigación de la Asociación Civil de Médicas “Matilde P Montoya” arrojó el dato del suicidio de 192 ancianos poblanos en 2012 por problemas de salud física y psicológica, concluyendo que solo “construir hospitales no es la solución”. De los más de 5 millones de poblanos, 5.2 por ciento tiene 65 años o más, es decir, casi 262 mil adultos mayores, cifra por encima de la media nacional, que es de 4.8 por ciento. A lo que me refiero es que la vida pasa vertiginosamente y lo que un día es vivencia al siguiente se ha convertido en recuerdo, en memoria.

La ausencia de un archivo de memoria oral de Puebla es una omisión académica y administrativa, pero sobre todo representa la pérdida de miles de recuerdos que se extinguen en paralelo con nuestros ancianos cuando estos mueren; unos seis mil al año, dieciocho ancianitos poblanos que mueren diariamente y se llevan consigo una memoria a veces centenaria. Muchos de ellos son los ancianos parlanchines, lúcidos y memoriosos que fallecen sin que nadie se haya tomado la molestia de apuntar o grabar algunas de sus expresiones, recuerdos sobre las costumbres, la ciudad, la familia, los juegos, las artesanías; temas como el noviazgo, las bodas, la sexualidad, sobre la innegable cultura de una urbe varias veces centenaria, su comida, sus dulces, su arquitectura. La memoria merece un sitio como institución social del Estado, del municipio, por lo menos de la universidad. Tenerla en el olvido es una dolorosa paradoja.

Un archivo oral que considere a las antiguas y a las nuevas estrategias de recopilación de datos, ahora a nuestra disponibilidad a costos accesibles, para grabar a los testimoniantes en condiciones de luz y sonido óptimos, con una iluminación y un plano de cámara que los favorezca, para obtener documentos históricos en los que la memoria y la palabra de los ciudadanos tienen especial importancia. La memoria se relaciona directamente con la capacidad de aprender, de almacenar información y de recordarla; un archivo oral como este contiene los recuerdos de la ciudad y sus edificios, las calles, las familias, los lenguajes cultos e incultos, la savia popular que, para nuestra tribulación, se pierde diariamente.

Los recuerdos, la unidad narrativa mínima de la memoria, muestran cambios sutiles que normalmente somos incapaces de apreciar: saltos culturales entre las generaciones, virajes lingüísticos, pérdida de costumbres, asimilación de otras, importadas y traducidas, como el cine en el último siglo y luego la comunicación y su internet que han globalizado algo más que nuestros gustos musicales.

En la actualidad, y gracias a la definición de herencia cultural intangible otorgada por la UNESCO, la tendencia es constituir centros globales que no solo realicen la labor de recuperación y conservación de los testimonios orales, sino que posibiliten su utilización y exhibición en un sitio público dispuesto por las autoridades.

Imaginen encontrar en ese lugar recuerdos sobre el proceso educativo de los años veinte; la importancia del cine en Puebla de los años treinta, los bailes en tres patios del Carolino de los cuarenta, la aparición de los electrodomésticos en los sorprendentes cincuenta; el cisma ideológico, la crisis política, el populismo, la crisis económica, la metropolización la era digital, hasta el escepticismo que nos invade en la actualidad.

En resumen, un archivo oral ilustra sobre nuestros defectos e ilumina las virtudes de un pueblo que, como este, está urgido de antecedentes positivos y de optimismo social. Y sabemos que los hay.


La foto de mi tatarabuelo Chuchú con su familia (ignoro si también mía, la vida era complicada ya entonces)


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jueves, 22 de agosto de 2019

Dos crímenes



Encontré en la red un antiguo trabajo para radio educación que me encomendó el inolvidable Emilio Ebergenyi: adaptar Dos crímenes, la novela de Jorge Ibargüengoitia, publicada por Joaquín Mortiz, que produjo Rafael Méndez con la dirección de Joaquín Garrido.

Ibargüengoitia no era un comediante, lo dijo muchas veces, aunque tampoco desconocía el humor inmanente a su literatura. En todo caso supuse que no era comedia convencional, sino humor negro. Así lo convine cuando Emilio me propuso la adaptación de aquella divertida novela del guanajuatense sobre una pareja de capitalinos perseguidos por la policía judicial acusados de terrorismo izquierdista en la guerra sucia de los años diazordacistas.

La adaptación de la novela fue toda una revelación, un ejercicio puntilloso y exhaustivo que resultó ser una suerte de autopsia literaria porque se disecciona, selecciona y “adapta” la sustancia de una narrativa, de acción, a un lenguaje radiofónico.

Hacia 1985 yo había venido trabajando para Radio Educación con un programa semanal para el INAH en formato de 30 minutos. Cada semana entregaba un guion de unas quince páginas basado en la amplia bibliografía del propio Instituto, en particular la Colección Divulgación, que elegí porque era muy variada y numerosa, pero en general, y más pasado el tiempo, podía elegir prácticamente cualquier tema histórico o antropológico susceptible de ser adaptado al lenguaje radiofónico. El programa producido por Laura Elena Padrón tuvo éxito, comenzó a transmitirse dos veces a la semana en repetición.



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sábado, 13 de julio de 2019

Opus nigrum poblano



En 1910 México prepara la celebración del primer centenario de la Independencia nacional y la ciudad de Puebla no fue la excepción. Fastuosas y rutilantes fiestas eran la promesa de un gobierno muy desgastado por su longevidad para una ciudad que merecía mejor suerte. La Puebla cuatro veces centenaria que se debatía entre una marcada desigualdad social y un deterioro físico-ambiental que era combatido denodadamente por juntas de caridad y los incipientes mecanismos de los gobiernos de la ciudad, todos luchaban sin demasiado éxito contra las epidemias más variadas. La clase dominante, como siempre, mejor dotada para recibir el embate de las plagas, se quejaba de la inmundicia de los menesterosos, generalmente culpables de los brotes debido a la insalubridad de sus personas y sus viviendas, condición que finalmente cambiarían –con súbita violencia- las medidas sanitarias tomadas en el cabildo a partir de estas fechas. Concretamente, la implantación de un sistema de agua potable y alcantarillado para la ciudad de Puebla que fue terminado, justamente, para las fiestas del primer Centenario de la Independencia.


A la distancia de más de cien años se percibe cierta desesperanza social de aquellos poblanos que carecían casi de todo. Sufriendo embates sucesivos de pestes que azotaron durante siglos la ciudad, a veces con trágica gravedad, en ocasiones suaves, pasajeras, pero siempre presentes, como presente estaba la terrible desigualdad social que condenaba a las familias pobres a una indescriptible inmundicia. El olor era algo distintivo en algunos sitios de aquella ciudad, pero a principios del siglo XX –aunque nuestros ancestros no lo sabían–, la batalla contra la insalubridad se apuntaría sus primeras pequeñas victorias.

De acuerdo con los datos que nos legó don José de la Fuente en sus Efemérides sanitarias de la ciudad de Puebla, en 1837 se registra la última peste importante sobre la ciudad con centenares de muertos y una duración de trece años. Ante la ausencia de instrumentos político-administrativos, eran juntas de caridad las encargadas de enfrentar prácticamente inermes el perenne brote de epidemias. Se constreñían a acopiar el mayor número de frazadas, petates gordos y demás objetos necesarios para atender a los infectados, que eran instalados en lazaretos improvisados en los cuarteles alejados del centro; para las defunciones se habilitaban morgues en algunas iglesias, como la de San Xavier, donde se hacía la recepción y disposición de los cadáveres. Y se prohibió terminantemente que la gente cargara cadáveres en sus espaldas. Un estado de emergencia latente, que disparaba esos efímeros procedimientos en cuanto aparecían más de tres enfermos de sarampión, de tuberculosis pulmonar e intestinal, tifo, viruela, erisipela, disentería, difteria, escarlatina y cólera, los azotes más frecuentes en nuestro entorno, ya entrado el siglo XX.


Los pobres murieron en racimos, familias enteras eran fulminadas por el tifo que desfondaba sus desnutridas humanidades. Pero en ocasiones, como aquella de 1837, la peste agarró parejo entre la población. Vecinos conocidos, como la familia del licenciado Pablo Sierra, en la calle de Mesones, a quien el tifo le arrebató a su señora esposa y a su niño pequeño, lo infectó a él mismo, a su hija y a una pobre familiar que llegó para ayudarlos en su convalecencia. “Y como es muy posible que el contagio se extienda a los demás habitantes de la ciudad, sería conveniente adaptar precauciones para evitar su propagación”, alertaban al Ayuntamiento.1  

Se hizo imperativo que la policía vigilara la limpieza de las vecindades para evitar mayor propagación, pero las enfermedades no menguaban. La Junta de Caridad observa que en el cuartel Tercero se encuentran “64 enfermos de viruelas y 29 de fiebres”, la mitad están fuera de peligro, pero los graves “se encuentran diseminados por todo el cuartel”.2 

En aquella última gran peste que se abatió sobre la ciudad de Puebla de 1837 a 1850, el gobierno del estado dispuso que “la tercera parte de la contribución civil”, se destinaría a los gastos de asistencia a los pobres “que fueron atacados de la epidemia del cólera morbo en los pueblos del departamento”.3   


Desde 1850 no volvieron a reportarse cantidades masivas de muertos por las epidemias, aunque nunca dejaron de morirse por causa de alguna de ellas, que permanecían latentes en la población, aparecían por los calores del verano, afloraban con los fríos del invierno y estaban ahí. En la inmundicia de vecindades con centenares de familias hacinadas sin ninguna clase de servicios, con los niños desnudos jugando en el inmundo lodo de aquellas calles señaladas por inconfundibles arroyitos de mierda humana y de los caballos que circulaban diariamente por la ciudad.

El siglo XX comienza con una buena disposición de las autoridades locales para arreglar algunos detalles de la salud. Las vacunas fueron aplicadas masivamente desde 1897 y se esperaban grandes resultados, pero con reservas, pues apenas un año antes había aflorado un “número alarmante” de infectados de tifo con decenas de víctimas. Sin embargo, una ola modernizadora despuntaba con el nuevo siglo en las principales ciudades de la República, que recibieron antes o después la influencia reformadora de la Ciudad de México. Puebla fue una de las primeras. Reglamentos y prohibiciones son dispuestos por el Ayuntamiento para paliar las epidemias. 



Era urgente modificar ciertas costumbres sociales y comerciales arraigadas desde los primeros años de la colonia entre los habitantes de la ciudad, aquellos ancestros que atendían puestos de mole de panza o barbacoa; panaderos, carniceros, artesanos de la madera, el vidrio o el metal, que frecuentemente obviaban las más elementales medidas contra la contaminación del agua, del aire, del ruido. Se tuvieron que prohibir las carnicerías en las plazas públicas, obligar a la desinfección de instrumentos de médicos dentistas, la construcción de atarjeas; hubo que crear nuevos reglamentos de fondas y figones, exigir mingitorios en los mercados, ordenar costumbres para los sepulcros, todo lo que las autoridades tuvieran que hacer para evitar las constantes epidemias que azotaron a la ciudad desde el siglo XVI, con periodicidad alarmante.


El 11 de enero de 1905 son analizadas muestras de agua de la caja repartidora, denominada Caja Blanca, en la que fueron encontrados Bacillus Celli típico, muy virulento, que la hacían de muy mala calidad, pues contenían 32,375 bacterias por centímetro cúbico.4 Y este fue el avance científico más importante para las autoridades del Ayuntamiento, el tener la certeza de que era el agua el vehículo natural de las enfermedades. Por esta razón, desde 1905 se buscó solucionar “el grave problema de la contaminación de las fuentes acuíferas”, para lo que se lanzaron sendas convocatorias para remediar esa grave carencia de infraestructura de la capital estatal. El 20 de diciembre de 1904 se había concluido que todas las muestras de agua examinadas resultaron impropias para la alimentación, distinguiéndose como la más mala la número 3, procedente de un caño de mampostería que tenía una solución de continuidad descubierta y que pasaba cerca de algunas cloacas.5


Y no podía ser de otra manera, si en abril de 1905 se informa que en las calles del Marqués hay como cien accesorias que carecen de agua y de excusados, y como consecuencia natural de tal falta, las familias que las ocupan han convertido las calles, boca-calles anexas y orilla de la plazuela de San José en inmundos excusados.6  

Para el mes de octubre se expide una iniciativa para la lucha contra la tuberculosis “tan diseminada en la ciudad”, ya que los tuberculosos que con frecuencia cambian de domicilio infectan todas las casas que ocupan, “lo que hace que el mal cunda de una manera rápida y segura, a semejanza de un incendio”.7 Se hace obligatorio a los médicos denuncien casas con enfermos peligrosos, para que sean puestos bajo vigilancia de la autoridad. El 20 de noviembre de 1907 se desarrolla una epidemia de viruelas en las Fábricas del Mayorazgo, Amatlán y otras del rumbo. La autoridad exige evitar que por ningún motivo los enfermos penetren a la ciudad. Obliga a los propietarios a construir un lazareto en cada fábrica para la atención de los infectados y el compromiso de atender de principio a fin a sus obreros.


Al año siguiente se determina un plan irrestricto de vacunación permanente con una oficina municipal de vacunas, se elabora una ley sobre vacunación obligatoria y se manda imprimir su contenido para que fuera colocado en el Registro Civil, el arzobispado, farmacias, escuelas, templos, mercados, fábricas, talleres y en los domicilios de los inspectores de cada sección municipal, obligando a los inspectores a llevar un registro con los datos básicos de los vacunados, de los enfermos y de los muertos.

El inspector debía investigar, detectar y denunciar las casas en donde se hallara algún enfermo de tifoidea o cólera, y a través de Salubridad proceder al aislamiento, así como la desinfección de sus viviendas, que en ocasiones pagaban, no sin protestas, los dueños de las vecindades. Por unos siete meses se decreta la desinfección gratuita de viviendas, pero en octubre de 1910 se suspende la gratuidad, pues no se obtuvo un “resultado benéfico”, ya que muchos propietarios querían el beneficio y no eran gente “notoriamente pobre”.8  
El nuevo siglo les permite tener acceso a una visión científica que prometía soluciones mediante la aplicación de normas e infraestructura para los binomios higiene-salud; agua-salud, y un nuevo escenario para la autoridad: vigilancia-salud.


El Ayuntamiento de Puebla establece un Reglamento municipal de comestibles y bebidas, aprobado el 19 de enero de 1910, que sustituía al último del 10 de junio de 1886. La autoridad tenía que cuidar el estado de salubridad en los expendios de productos de la canasta básica que consumía la gente. Hubo que prohibir terminantemente la venta de productos “en descomposición pútrida”, agrios, picados, rancios o si ha sufrido alguna alteración en su olor, sabor o poder nutritivo.

La ciudad consumía en proporciones importantes carne, manteca, leche y sus derivados; harinas, pan, tortillas, café, chocolate, pescado seco, semillas y vegetales. El reglamento prohíbe vender, cambiar o regalar carne de animales enfermos y se exige a los comercios mantener sus instalaciones higiénicas. Dice el artículo 15 del reglamento de comercio de 1910: “Los panaderos y bizcocheros se abstendrán de elaborar las harinas que estén agusanadas, manchadas de negro, violeta o rojo, y las que tengan olor pútrido o de moho, así como mantecas adulteradas y levaduras alteradas”. Las neverías y expendios de refrescos “no podrán usar hielo que no sea transparente”.9


Aunque en abril de 1910 se informó que la lepra ya no era una enfermedad endémica en la ciudad de Puebla, se detectaron tres casos en Zambrano, Sapos y Parral, respectivamente, “en las que viven leprosos que transitan por las calles” y solicitaron su aislamiento. En mayo de ese año la comisión de salubridad hizo circular cuatro mil ejemplares de “instrucciones sobre sarampión”, cuya propagación se observaba en “todos los ámbitos de la ciudad”, de acuerdo con don José de la Fuente en sus Efemérides Sanitarias. Se distribuyó entre profesores de escuelas oficiales y particulares para que los hicieran llegar a las familias; también se les dio a las madres que concurrían a las oficinas del Ayuntamiento, a quienes visitaban las cárceles municipales y a todo aquel que lo pidió en el flamante Palacio Municipal, recientemente inaugurado. Se comisionó a un estudiante de medicina para que recorriera y detectara casos de sarampión, para el registro de aquellas casas en donde hallase fallecimientos, así como instruir a las familias “carentes de auxilios médicos” sobre las maneras de atender y cuidar a sus enfermos.

El brote epidémico en El Alto se debió a la tubería de los manantiales donde había un receptáculo que era un “verdadero fango”, obligando a la empresa a entubar el agua de los manantiales de la Cieneguilla, hasta el depósito de arena de donde se reparte a las cañerías de la ciudad.10 Era inminente que el agua de los manantiales de Cieneguilla y de Rementería se entubara hasta los tanques de los cerros de Guadalupe y Loreto, y para eso había que hacer grandes obras, a un costo de unos cinco millones de pesos, que era un dineral.


Hacia el primer lustro del siglo XX la ciudad era abastecida de agua por La Cieneguilla y La Caja Blanca, además de una cantidad menor proveniente de El Alto y el Barrio de la Luz. La Cieneguilla era la mayor fuente con sus ocho pozos, pues abastecía más de la mitad; luego seguía la Caja Blanca con un poco más del 10%; La Luz con algo así como el 8 % y finalmente El Alto, con apenas un 4 %, más o menos.11 En total 94.3 litros por segundo, que cada 24 horas significaban poco más de 8 millones de litros de agua para unas 93,521 personas que habitaban las cuatro mil casas registradas de la ciudad.12

Con esa fuerte inversión el Ayuntamiento no esperaba menos que “agua pura y abundante subiendo espontáneamente a los pisos más elevados, alejamiento y supresión de todas las causas de insalubridad, que se resumen en inmundicias en estado líquido, sólido y gaseoso; para lo que se necesita un drenaje perfecto, pavimentación impermeable y fácil de limpiar, un buen sistema de regado y barrido, hornos de cremación y estufas de desinfección’’, por lo que aprueba el gasto hasta de cinco millones de pesos para esas mejoras.13

Las obras se inician y pronto dan sus primeros frutos: el 28 de noviembre de 1907 se entregan los primeros cinco tramos de drenaje. Los puentes de Ovando, San Roque y Del Toro fueron dotados de atarjeas de 80 centímetros de diámetro. Serían tres años más de hoyos y continuos movimientos de tierra y tubos, pero ¿qué eran tres años frente a los tres siglos que llevábamos inundados en basura, lodo y excrementos?


La promesa coincidía con el festejo del primer centenario de la Independencia de México, en 1910, cuando la ciudad de Puebla por fin contara con hasta cinco fuentes de abastecimiento ordenado e higiénico de agua para consumo doméstico e industrial: se entubarían nueve pozos en la Cieneguilla y los manantiales de La Trinidad, de San Antonio, de Rementería y San Francisco.14

El urbanista Carlos Montero Pantoja lo apreció así: “El proceso de urbanización como lo vemos hoy sucede en esta fase. Como ahora, entonces el ayuntamiento no tenía recursos, se endeudó con recursos en donde pudo, pues no había bancos destinados para la obra pública. Los que había eran más para apoyar a la agricultura y otras cosas. Los bancos que apoyan la inversión inmobiliaria tardarían muchos años más. Entonces este fenómeno que relaciona lo social con lo urbanístico es importante, porque hay pensamientos que se ven reflejados en proyectos que benefician a ciudadanos, como las obras del agua y el alcantarillado”.


Citas:

Del 1 al 17) José M. de la Fuente, Efemérides Sanitarias, Talleres de imprenta y encuadernación de “El escritorio”, calle Zaragoza 8, Puebla, 1910, p. 126 
18) Censos de población y vivienda, INEGI, citados en Puebla, urbanización y políticas urbanas, de Patrice Melé, BUAP, UAM Azcapotzalco, 1994
19) José M. de la Fuente, Efemérides Sanitarias, Talleres de imprenta y encuadernación de “El escritorio”, calle Zaragoza 8, Puebla, 1910, p. 163
20) Ibid, p. 187

Capítulo de mi libro Cien años de recuerdos poblanos, BUAP, 2011.
Todas las fotografías de la ciudad de Puebla

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jueves, 27 de junio de 2019

Épsilon Eridani



La noticia era que el Gran Telescopio Milimétrico Alfonso Serrano (GTM), situado en el volcán La Negra a 4,600 metros sobre el nivel del mar, consiguió en 2016 la imagen más nítida y profunda que se haya logrado de la estrella Épsilon Eridani, a diez años luz de nosotros. En la preparación de una entrevista con el director científico del aparato, para mi sorpresa descubrí muchos atributos nada científicos de esa estrella que además de astro resultó toda una revelación en el otro mundo de las estrellas, que es el hollywoodense.

Épsilon Eridani, además de ser un astro del firmamento también lo ha sido en el Show Business de la ciencia ficción internacional, pues tanto por su cercanía –apenas 10 años luz– como por su polifónico nombre, Épsilon Eridani tiene los méritos para ser la estrella de presuntos planetas que la orbitan y desde donde despegan toda clase de amenazas, invasores, emigrantes y hasta héroes que vienen hasta la Tierra con algún plan. Es el caso del Dr. Spock, de Viaje a las estrellas, o de las oleadas de emigrantes estelares que se lanzan al éter espacial en busca de refugios en la serie Fundación de Isaac Asimov –Límites de la Fundación, 1982–, y de una veintena de novelas, películas, series de televisión y al menos 12 videojuegos con la estrella Épsilon Eridani como escenario de las aventuras.


En la novela La humanidad Factoring (1998), de Robert J. Sawyer, astrónomos de SETI detectan una señal artificial de Alfa Centauri que Heather Davis, la protagonista, dedica su vida en descifrar. Ella finalmente tiene éxito, pero para entonces se ha recibido otro mensaje del sistema de Épsilon Eridani, más fácil de traducir, pero mucho más alarmante: “La vida biológica, a base de carbono, está siendo suplantada por la inteligencia artificial basada en silicio...” La vida en la Tierra tiene sus días contados.


Este es un ejemplo de nuestras fantasías sobre Épsilon Eridani, pero en el conjunto hay, desde los años sesenta, de chile y de manteca como decimos en México, novelas estadounidenses, británicas, francesas y japonesas que tienen como escenario alguno de sus planetas y en donde la sobrevivencia de la raza humana está casi siempre en peligro. En ¡Dorsai! (1960), de Gordon R. Dickson, policías planetarios cuidan la espalda de un amenazado planeta Tierra; en Conquista por defecto (1968), de Vernor Vinge, parece inminente el exterminio de la raza humana; en El Napoleón de Eridanus (1976), El emperador de Eridanus (1983) y Los colonos Eridani (1984), trilogía
de Stanley Hochman, se pugna por fundar un imperio espacial; en Singularidad (1978), un cuento de Mildred Downey Broxon, tribus inteligentes pero radicalmente exóticas buscan llegar a la Tierra para habitarla; en Estación de Downbelow (1981) de C. J. Cherryh, los avatares universales son observados desde una estación espacial; Starburst (1982) de Frederik Pohl, trata sobre la vida en el tercer planeta de Épsilon Eridani; en Eon (1985) de Greg Bear, la devastación de la Tierra tras el holocausto nuclear sugiere que busquemos destino; en Las piedras de Nomuru (1988) y El Veneno árboles de Sunga (1992), de L. Sprague de Camp, un planeta de Épsilon Eridani es habitado por criaturas reptiles inteligentes; en Starquake (1989) de Robert Forward, se trata sobre exploración interestelar; Mundial de temblor (1991) de Kathy Tyers, una historia más sobre la ruina ecológica de la Tierra; en Worldwar (1994-1996), cuatro novelas escritas por Harry Turtledove, la información más reciente sobre la Tierra de la invasora especie de reptil data de la Edad Media; en Los ecos (1998) de David Weber somos testigos de un bombardeo planetario indiscriminado; en Helm (1998) de Steven Gould, los colonos proceden a construir una civilización desde cero; en Espacio Revelación (2000) de Alastair Reynolds, Épsilon Eridani posee la civilización humana más avanzada del universo; en Halo: La Caída de Reach (2001) y Halo: First Strike (2003), de Eric Nylund, Épsilon Eridani aloja un total de seis planetas habitados; en Cuchilla Vorpal (2007) de John Ringo y Travis S. Taylor, los mecánicos del espacio tienen una sorpresa en su garaje; en Espacios implícitos (2008) de Walter Jon Williams, pocos permanecen ya en el sistema solar, la mayoría busca establecer colonias alrededor de otras estrellas como Alfa Centauri, Tau Ceti y Épsilon Eridani; en Vuelo 404 (2012), de Simon Petrie, otra llamada de socorro llega de Épsilon Eridani; en Cantos Hyperion, de Dan Simmons, los humanos colonizan un planeta; en Atenuación: Cartas del hombre en la luna (2014) de Keith Basham, Épsilon Eridani es el blanco de medio millón de años de intentos de colonización; en Bossley rama (2016) de Gerard J Roffey, encontramos una civilización similar a la Tierra; en Somos legión (2016) de Dennis E. Taylor, un ingeniero congelado criogénicamente despierta tres siglos después en los mandos de una nave con dirección al sistema Épsilon Eridani. Volviendo a la realidad, la mala noticia es que los científicos del GTM han descubierto que, en apariencia, no hay planetas girando alrededor de Épsilon Eridani.

¡Nooo…! 



Imágenes originales de Épsilon Eridani proporcionadas por el Dr. Miguel Chávez Dagostino del INAOE/GTM


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jueves, 13 de junio de 2019

sábado, 16 de febrero de 2019

Valle Nacional y el telégrafo


Complemento del tema telegráfico tratado anteayer, el lado oscuro de la historia de esta telecomunicación con evidencias de su participación en el llamado Valle de las Muerte. A finales del siglo XIX, en el culmen de su historia, el telégrafo era la más moderna forma de comunicación, era previsible que se haya usado también para reprimir y delinquir contra el pueblo.

Al telégrafo de don Porfirio no le fue posible dejar de participar en el terrible expediente conocido como Valle de la Muerte, oficialmente nombrado Valle Nacional, en el Sierra Oaxaqueña. La denuncia que en su momento hizo el viajero estadounidense John Kenneth Turner, respecto a que en el México de la longeva dictadura de Porfirio Díaz empresas capitalistas ejercían una sofisticada esclavitud basada en mano de obra secuestrada en connivencia con el gobierno; sobresale por desgracia  la incursión del telégrafo, un bien público que participó tan atinadamente en el progreso de la patria, insistentemente llamado "bien público" puesto al servicio logístico de las empresas esclavistas para proseguir y perfeccionar sus fechorías. Dice John Kenneth Turner:

"El jefe político de Pachuca tiene un contrato con Cándido Fernández, propietario de la plantación de tabaco "San Cristóbal de la Vega", por medio del cual se compromete a entregar cada año 500 trabajadores sanos y capaces a $50.00 cada uno. El jefe consigue tarifas especiales del gobierno en los ferrocarriles: los guardias son pagados por el gobierno, de modo que le viaje de cuatro días desde Pachuca le cuesta $3.50 por hombre; esto le deja $46.50. De esa cantidad, tiene que pasarle algo al gobernador del Estado, Pedro L. Rodríguez, y algo al jefe político de Tuxtepec pero, aun así, sus ganancias son muy grandes. ¿Cómo consigue a sus hombres? los aprehende en la calle y los encierra en la cárcel. A veces los acusa de algún delito, real o imaginario; pero en ningún caso les instruye proceso a los detenidos. Los mantiene en prisión hasta que hay otros para formar una cuadrilla y entonces los envía a todos. Bueno, los hombres que pueden mandarse con seguridad a Valle Nacional ya escasean tanto en Pachuca, que se sabe que le jefe se ha apoderado de muchachos de escuela y los ha enviado aquí solo por cobrar los $ 50.00 por cada uno."1

¿Cuánto tiempo tenía el "negocio" de tomar rehenes para esclavizarlos? John Kenneth Turner cuenta lo que vio hacia 1907, pero muestra evidencias de que Valle Nacional era una empresa organizada, antigua y floreciente.

En 1899, cuenta el expediente número 87 del archivo de la Dirección de Telégrafos, el gobierno federal dispuso la instalación de una línea telegráfica que uniera Valle Nacional con la población de Villa Alta, también dentro del perímetro jurisdiccional del estado de Oaxaca. No era una tarea corriente. Ni fácil. Ni siquiera para un inspector en jefe de la experiencia de Ramón R. Boturini. Estaban interviniendo en las oscuridades de una mafia sentada en sus laureles que esclavizaban a la población mexicana con chantajes, "deudas contraídas" o descarado secuestro.


El 29 de mayo de 1899 Boturini está metido en Valle Nacional. No reporta avances, no informa sobre economías, tampoco ha logrado la deseada comunicación. Boturini se queja en escrito de esa fecha que la Dirección de Telégrafos no acata sus instrucciones, que el Distrito de Choapan el desmonte debería ser hecho por particulares a quien no costaría la mano de obra y no han hecho nada. También se queja de que no se le han enviado a tiempo los materiales del tendido y que la temporada de lluvias está por empezar.

En una región tropical que importaba solo a unos cuantos, los vínculos oficiales se rompen fácilmente. Las componendas de "caballeros" son letra muerta en las dificultades de la selva. Los particulares habían quedado de dotar de mano de obra "gratuita" al Inspector Boturini, al parecer no han podido conseguirla. Los hombres que le dieron para el desmonte han escapado; existen quejas contra el Inspector a las altas esferas de la Dirección: lo acusan de ineficaz, de blando. La Dirección de Telégrafos desvirtúa todas sus quejas "por carecer de base" y lanza contra Boturini otros tantos cargos que en su momento piensa probar. Dice que Boturini no marchó "con la rapidez que era de esperarse dada su experiencia y los elementos con que contaba"; que a pesar de que el Inspector contaba "con gente que aparentemente no costaba nada (...), "han salido más caros que si se hubieran hecho todos los gastos"; decía además que Boturini demostró" muy poca importancia a las órdenes de la Dirección cuando no contestó en absoluto "oficios de importancia" que le fueron turnados. La Dirección manifestaba que Boturini no había abierto la brecha convenida en el tiempo pactado; que gastó $830.52 sin incluir el sueldo y viáticos que se le daban y que solo tendió 885 kilos de alambre sobre 82 postes, "desprendiéndose que no llegó a 10 kilómetros" de los 252 planeados, de manera que la mano de obra resultó con un costo de $70.00 por kilómetro, "mucho más caro que otros trabajos con brecha abierta en toda su extensión"; por último, la Dirección listaba los oficios dirigidos al Inspector en diversas fechas "a los que no dio contestación, no acusó recibo en la forma acostumbrada, y solo por medios indirectos y distintos conductos, y a veces por medio de preguntas que se le hicieron, se llegó a tener algún conocimiento sobre el particular." Por desgracia el expediente no mostraba más respuestas de Boturini desde la selva. Era un buen hombre, muy profesional, instaló centenares de kilómetros de línea telegráfica en el centro de México. Es posible que Boturini haya entrado en una crisis de conciencia que lo abatió y paralizó. El 15 de agosto de ese año fue sustituido por Manuel Doblado quien se encargaría de terminar las obras.Pero en eso estalló una revolución.  


Debido a la tensión social del suroeste de México se incrementa la presencia militar en la zona de parte del gobierno, así como los apoyos logísticos de ferrocarriles y telégrafos para la realización de esas tristes operaciones. En febrero de 1900 pasaron a depender del General en Jefe de la 12a. Zona Militar los 147 kilómetros de líneas telegráficas que se habían construido al oriente de Peto, Yucatán.3 Dos años después, se informa en las Memorias de la Secretaría que "debido a la violencia de la guerra" fue preciso reinstalar líneas telefónicas y telegráficas al oriente de la Península de Yucatán. Se reconstruyeron las de Peto a Chab Santa Cruz del Bravo, y de este punto a Vigía Chico, "no obstante las dificultades con que se luchó por lo malo del clima y la falta de soportes."4
Unos meses después, se informa: "recobrada ya por completo para la civilización y el orden social merced a la noble decisión del Ejecutivo Federal, no menos que al estoico sacrificio de nuestro valiente ejército", la Península de Yucatán requiere que se multipliquen las vías de comunicación pues no cuenta más que para cubrir la mitad del tráfico normal, afirma el ministro.5

De 1900 a 1910, la instalación de líneas telegráficas para el uso exclusivo de la Secretaría de Guerra fue bastante frecuente. En 1904 pasan a formar parte de sus líneas las construidas en el Territorio de Quintana Roo, que hacían un total de treinta y seis con una extensión de 60 kilómetros "para utilizarlas en la campaña contra los mayas rebeldes".6 Con la misma intención, pero ahora contra los yaquis, pasaron a formar parte de Guerra las líneas de Topolobampo a Cerro Redondo; de Tuxpan a La Barca; de la Mesa de Huichori, pasando por El Reparo, Las Arenas, Agua Caliente, Torocobampo, Coyotes, Huaquesi, Torín, Guásimas, Tetacombiate y Bacatate.7


En 1905 se instalaron 43.7 kilómetros de líneas militares de Huichori a Pilares, de Pilares a La Misa y de la Comandancia Militar de Veracruz al Castillo de San Juan de Ulúa. En muchos casos la Dirección de Telégrafos era la encargada de sufragar los gastos de las instalaciones, pero en otros era la misma Secretaría de Guerra la encargada de erogarlos, como el de Hichori a La Mesa, en Sonora, para su larga campaña contra los yaquis en los alrededores de la Sierra de Bacatate de ese mismo estado.8 

Pero el régimen de Porfirio Díaz estaba sentenciado. Y el telégrafo, tan importante en ese momento de nuestra historia, no presentía su decadencia definitiva que ocurrió apenas dos décadas después.

Fragmento perteneciente al capítulo IV de mi libro La raza de la hebra, historia del telégrafo Morse en México, primera edición BUAP, 2004; segunda edición SYSCOM, S.A., 2005. Actualmente en remodelación y actualización.

CITAS
1 John Kenneth Turner, México Bárbaro, Ed. Época, S.A., México, 1978, p. 75-76
2 Expediente del Archivo Histórico sobre instalación de líneas de la Dirección de Telégrafos, número 87 del año 1899
3 MEMORIA SCOP, 1899-1900, p. 12
4 MEMORIA SCOP, 1901-02, p. 199
5 Ibid, p. 204-05
 6 MEMORIA SCOP, 1903-04, p. 186
 7 Ibid, p. 190
 8 MEMORIA SCOP, 1904-05, p. 195

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jueves, 14 de febrero de 2019

La Era del telégrafo


Se festeja hoy el Día del Telegrafista mexicano para conmemorar la huelga del 14 de febrero de 1933 cuando los telegrafistas despertaron a la pesadilla de la modernidad. La tecnología del Maximato les tenía una noticia: ya no eran necesarios, los ponían bajo las órdenes de los empleados postales. Una humillación innecesaria para un gremio que fue de suma importancia unos años antes, cuando el telégrafo vivió su época dorada, cuando era imprescindible. De mi libro La raza de la hebra, historia del telégrafo Morse, revisado y aumentado, les presento este relato sobre los veinte años de gloria del telégrafo Morse. Felicidades.


Si pudiera hablarse de algo como la era del telégrafo tendría que ser esta década que va de 1890 a 1900, la era dorada, el telégrafo fue la comunicación eléctrica propiamente dicha, uno podría depositar sus telegramas en un buzón y el servicio telegráfico se encargaba de hacerlo realidad en un mismo día. “Estaré a las 8 como quedamos”, era casi una llamada telefónica”, “no podré ir a cenar esta noche, lo siento”. El telégrafo estaba en todas las conversaciones porque era la única comunicación más o menos expedita, aunque había una ineficiente y apatratosa telefonía desde 1878.

Los telégrafos nacionales alcanzan a finales del siglo XIX, en pleno Porfiriato, su edad adulta. Un sistema con cuarenta años sobreviviendo a condiciones políticas y sociales muy difíciles, tenían su mayor mérito en haber sobrevivido a pesar de todo. Llega a la década de 1890 como un instrumento eficaz e indispensable para la comunicación, junto a su hermano mayor el ferrocarril, con el que tuvo un parentesco de interdependencia, pues es difícil que el telégrafo hubiera adelantado tanto sin el auge ferrocarrilero, pero es aún más difícil que los ferrocarriles hubieran funcionado, como lo hicieron, sin la existencia del telégrafo. Una relación que se ha observado apenas en la historia mexicana del siglo XIX, donde los historiadores han dado la importancia que tuvo al ferrocarril, mientras que apenas se han encargado del telégrafo.

De acuerdo con la Ley relativa del 13 de mayo de 1891 se constituye la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, quedando la de Fomento desvinculada de esos rubros, la de Gobernación del ramo de Correos, la de Hacienda de los de Comercio y Casas de Moneda y la de Instrucción Pública de las escuelas de Ingenieros, de Agricultura y de Maquinistas.1

Como primer secretario de la SCOP es nombrado Manuel González Cosío, en 1891, que se retira al año para dejar el puesto al general Francisco Z. Mena, a quien toca presenciar, e impulsar, una época brillante del telégrafo Morse, la más brillante de cuantas haya conocido en su historia.

En los siguientes veinte años fungieron como directores de telégrafos, sucesivamente, José Ortíz (1888-1892), Saturnino Islas (1892-1896), Agustín Chávez (1896-1900) y Camilo A. González, ingeniero como su antecesor, que terminó su administración con el advenimiento de la Revolución en 1910.

Al llegar a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, el general Francisco Z. Mena organiza la Red Federal en veinte zonas, cada una a las "inmediatas órdenes" de un inspector. A cada zona le correspondía, según su importancia, un número determinado de oficinas que iban de ocho (la menor) a 24 (la mayor), haciendo un total de 280 oficinas con 31,800 kilómetros de líneas instaladas.2



A raíz de la crítica hecha en 1882 por el director Jesús de la Vega a propósito de "la valorización de los mensajes oficiales", la Dirección de Telégrafos fue desprovista de su oficina de contabilidad y estadística, por lo que el general Mena, al momento de llegar, dijo que "como era natural, se pensó inmediatamente en devolverle las funciones que le correspondían de derecho, y así se creó el nuevo Departamento de Contabilidad y Glosa, que comenzó a funcionar desde luego."3 Por tanto, la Dirección quedó organizada en siete secciones (Construcción, Personal, Servicio, Almacén, archivo y Contabilidad), dos Departamentos (Archivo General y Talleres) y una Oficialía de Partes.

Se encontró a su llegada con una total inexactitud en el registro de la instalación de líneas que difería en miles de kilómetros, de acuerdo con los distintos funcionarios; "contenía numerosos errores y solo daba una idea vaga del desarrollo", por lo que fue necesario reunir datos y aprovechar informes para presentar por fin en 1898 su "carta general administrativa, que demuestra el número de hilos conductores con que se cuenta y la localización de todos los circuitos."4

Debido al alto costo que implicaba imprimir el material telegráfico en imprentas privadas, se montó un taller de impresión que comenzó a funcionar en diciembre de 1897. Pronto se vio la necesidad de contar, además, con un departamento de encuadernación y otro de litografía, quedando terminados un años después. El
costo general fue de treinta mil pesos, reportando para su primer año de funciones una utilidad de cinco mil pesos.

Una nueva organización escalafonaria era necesaria en la creciente planta de trabajadores telegráficos, que ahora estará conformada por veintidós puestos administrativos y técnicos en los que, ahora sí, queda clara la situación de los telegrafistas operarios, situados en el quinceavo puesto de importancia y divididos de telegrafistas de Segunda a Telegrafistas de Undécima clase. De entre los 593 telegrafistas operarios que Mena menciona en sus memorias de 1899-1900, 291 pertenecían a la décima clase en tanto que solo dos pertenecían a la segunda. Se formaron así mismo cinco clases de celadores y nueve de mensajeros, siendo también evidente su mayor número en las clases inferiores.

Respecto al presupuesto, Francisco Z. Mena no cometió el error del director de la Vega al solicitar que los mensajes oficiales fuesen pagados a la Dirección de Telégrafos. Más diplomático, hizo su resumen numérico de los productos federales del ramo, que ascendieron a $1,255,378.08, teniendo un déficit "aparente" de $299,572.22, y apurándose a afirmar; "Considero solo aparente el déficit... porque siguiendo la práctica establecida desde la fundación de este importante servicio, no se ha incluido en la estimación de sus productos el importe de los mensajes oficiales transmitidos durante el mismo periodo."5

Para justificar la serie de reformas al sistema telegráfico, Francisco Z. Mena prologa con una sincera autocrítica sus Memorias correspondientes a 1896-1899: "De buena fe se creía, aun por las mismas personas encargadas de administrarla, que nuestra Red Telegráfica nada podía envidiar ya a las mejores del mundo en punto a servicio y administración.

"Natural era esta creencia. Restricciones que tenían su origen en añejas costumbres, alejaban al comercio del Telégrafo Federal y limitaban el uso de éste a las relaciones de familia, y como no había modo de establecer puntos de comparación, no se tenía idea exacta del papel que deben desempeñar las comunicaciones eléctricas en la vida activa de las  sociedades modernas, y por otra parte, imperaba el concepto erróneo de que siento oficiales nuestras líneas, debían por fuerza ocuparse de preferencia en el despacho del servicio del Gobierno, nada se les exigía fuera de ciertas horas y determinada labor, y de allí que sus deficiencias pasaran inadvertidas."6

A partir de entonces, se produjeron las reformas.

Era costumbre que un empleado de la Dirección con el carácter de "habilitado", hiciese el pago de los sueldos del personal de su oficina, mientras el Jefe de la Central manejara el fondo destinado a la reparación de líneas, la concentración de los depósitos y la recaudación de la misma Oficina Central. "Todo esto es irregular" –expuso el ministro–, para remediarlo dispuso que se crease un Departamento especial de Caja, dependiente de la Sección Cuarta de la Secretaría, que se encargaría, en lo sucesivo, de la administración de fondos para cualquier asunto de la Dirección. Sin embargo, era difícil que un departamento de Caja, instalado en la Capital de la República, pudiera suministrar fondos a una oficina del norte o sur del país para el pago de su personal, para reparación de líneas y otros pagos suplementarios, pues además de la obligada morosidad de los envíos, estaba el riesgo de perderlos por asaltos o por simple mala administración, pues el medio millar de oficinas instaladas en la República requería de fondos por lo menos cada mes. Hubo que hacerse una de las modificaciones más trascendentales que permitió  augurar larga vida al sistema telegráfico, una reforma que apenas hoy ha podido ser sustituida por los sistemas bancarios de depósito: el giro telegráfico.

"Estudiando este asunto con detenimiento –dijo el ministro Mena–, se vio que podía hacerse el servicio en varias oficinas, a bajo precio y sin el menor inconveniente para la correspondencia. En tal virtud, establecióse el 1o. de abril de 1898, siendo luego favorablemente acogido por el público y facilitando desde entonces a la Dirección General la derrama de fondos en las oficinas de la Red para el pago mensual de los sueldos y gastos del Ramo."7


Pronto surgieron problemas técnicos respecto a la acumulación de dinero que en algunas plazas importantes empezó a darse; se implementó un "plan general de concentración", que consistió en reunir los capitales de las oficinas pequeñas en las más grandes que tuvieran cerca, estableciéndose un tope de acumulación que permitiera a la zona una autosuficiencia de recursos, luego del cual se destinarían los remanentes a la Dirección General ubicada en la Cd. de México. Para tener una idea de su aceptación, durante el primer año de funcionar el giro telegráfico, se transfirieron fondos de un lugar a otro de la República por un valor de $640,000 pesos, obteniendo la Dirección como producto del servicio de $2,156.568

Las reformas no pararon ahí, las tarifas del servicio, "aunque basadas en un buen sistema", dijo el ministro, "por el simple transcurso del tiempo adolecían ya de numerosos errores que hacían imposible la depuración de las cuentas." Para remediarlo, se procedió a una revisión general de dichas tarifas concluida en 1898.9 En noviembre de 1899, se publicó un volumen de las tarifas "federales y no federales",10 y en marzo de 1903 otro, "refundiendo en ella todos los datos ya expurgados de la anterior."11

El deseo de simplificar las operaciones de canje de los telegramas y de introducir economías en el personal de las oficinas foráneas, había hecho que se redujesen solo en la Cd. de México los puntos de entronque que, conforme a la ley, deberían tener las líneas federales con las del Cable para la correspondencia destinada al extranjero, o que de él se recibiese para el interior de la República. Este arreglo, si bien económico para el gobierno, era altamente perjudicial para el público porque hacía más dilatado el curso de los telegramas. En consecuencia, se indicó a la Compañía del Cable la necesidad de modificarlo en el sentido en que se considerasen como de canje todas las oficinas que tuviese establecidas. La empresa, debido a la cantidad de cambios que resultarían con esta reforma, no se conformó por lo pronto, "pero habiendo insistido el Gobierno, quedaron ultimados los arreglos y en vigor la medida desde el 16 de noviembre de 1896."12

En favor de la actividad del comercio y la industria, el Ministerio de Comunicaciones acordó que se permitiera a todas las casas de comercio, fincas de campo y establecimientos industriales "de cualquier género establecidas en el país", a enlazarse con la Red Federal ya fuera por medio de hilos telegráficos o telefónicos, "sujetándose a determinadas condiciones", consistentes en no comercializar de ninguna forma el acceso a la Red.13


El 9 de enero de 1892, El Universal hace una crítica al gobierno por una reciente medida tomada respecto a la "contestación pagada", que fue prohibida por el gobierno. "En Francia –dijo el diario–, nació la idea de que se pagasen los mensajes en el lugar de recibo, porque se comprendió que ningún negociante podría distraer sus fondos teniendo en muchas poblaciones a gentes pagadas para transmitirles noticias oportunas"; el periódico hacía notar también las deficiencias que esto causaría para las corresponsalías de los propios diarios, pues habría de "privarse de las ventajas que resultan a la prensa cubrir el precio de los mensajes en la dirección", y pidiéndole al Secretario, "muy respetuosamente", derogar "la determinación que aludimos".14

El 26 de ese mismo mes, el Universal informa que "se admiten nuevamente los mensajes telegráficos de contestación pagada. Entre los requisitos –dice–, está que se establezca claramente el número de palabras que el remitente pagó previamente."15

Correspondiendo a los llamados de los diarios capitalinos, también fue establecido "el servicio de avisos telegráficos a Casas Editoras y Suscripciones a la prensa", en condiciones "tan favorables para el público, que se esperan buenos resultados".16 Y así fue, para 1902 había acreditados corresponsales de periódicos en ciento sesenta y tres ciudades del país "comunicadas por las líneas de la Red Federal", entre las principales: Guadalajara con 25 corresponsales, Veracruz con 20, San Luis Potosí con 18, Mérida y Monterrey con 17, Chihuahua con 16, Culiacán, Toluca y Zacatecas con 13 y Hermosillo y Morelia con 12 cada una.17

Se dispuso que 22 de las principales oficinas de la Red permaneciesen abiertas durante la noche, cobrándose la mitad de la tarifa reglamentaria a los telegramas depositados después de las 22 horas.18 Esta mejora, establecida en 1896, fue pronto solicitada en otras ciudades por lo que, hacia 1898, eran 36 las oficinas del Ramo expidiesen recibos de todos los telegramas que se los confiasen para su transmisión", medida que, según el ministro, "ha sido generalmente apreciada y ha dado los mejores resultados."19

Se organizó para el Distrito Federal un servicio de buzones y tarjetas-telegramas, comenzando a funcionar en diciembre de 1896, estableciéndose sesenta buzones distribuidos en las calles de la Capital.20

Para servicio de las operaciones mercantiles de ciudades del interior de la República se creó con fecha del 2 de enero de 1897 el Servicio de Cotizaciones, una transmisión diaria de un mensaje con las noticias de los cambios y valores de la plaza de México, “por la módica retribución de cinco pesos al mes, cualquiera que sea el lugar donde se encuentre el suscriptor."21

Debido a una nueva organización que se dio de 1897 al servicio de avisos telegráficos sobre movimiento marítimo, se tuvo en la capital durante las primeras horas de la mañana, "la noticia exacta de las embarcaciones nacionales y extranjeras que durante las veinticuatro horas precedentes entraron a todos los puertos de la República", o salieron de ellos.22

Telégrafos prestaba de tiempo atrás un servicio diario al Observatorio Meteorológico Central con el envío de noticias desde diferentes puntos del país, que "era noble- -dice el ministro-, aunque deficiente e inexacto". Se proveyó entonces de instrumentos a 32 oficinas telegráficas distribuidas en el territorio nacional, lo que permitió enviar la Carta Diaria del tiempo, que además de contar con las observaciones de los técnicos mexicanos, era asesorada cotidianamente por la institución científica norteamericana "Weather Bureau", "cuya  valiosa cooperación fue ofrecida al gobierno de México, fue ofrecida al gobierno de México desde que se proyectaba esta empresa."23

Gracias a estas Cartas del Tiempo, dice el ministro un año después, "es posible a esta fecha pronosticar los “nortes” del Golfo de México por lo menos con un día de anticipación. En los puertos –abunda el general Mena–, se avisa del Norte por medio de una bandera especial que se manda izar en el faro cercano."24

Apunta el ministro que la Dirección General de Telégrafos carecía de libros de consulta, "tan necesarios para el servicio en todas las oficinas públicas", por lo que se comenzó a formar la Biblioteca del Ramo "con las obras más apropiadas a su objeto, principalmente aquellas que tratan de electricidad."25 Para reafirmar lo dicho, el secretario mandó traducir el libro "Lecciones de Electricidad", de Sylvanus P. Thompson, que fue impreso en edición especial por la Secretaría.

Por otro lado, para "educar convenientemente desde sus principios" a los empleados prácticos del Ramo, y formar el personal técnico necesario, se fundó en enero de 1898 un establecimiento de enseñanza "teórico-práctica" de telegrafía, dependiente de la Dirección de Telégrafos, con un plan de estudios "provisional", en tanto la experiencia "demuestra lo que más convenga al mejor éxito de dicha institución", según el ministro de Comunicaciones. Una de las características de la escuela, mencionó, es que "tiene cabida la mujer, cuyos servicios la Secretaría a mi cargo ha tenido empeño en utilizar."26

Sin embargo, un año después se muestra un poco desilusionado, pues "aún no es tiempo de que la escuela de telégrafos dé todos los resultados que deben esperarse de ella, pues todavía atraviesa por un periodo de modificaciones en su programa de estudios, inevitables en una institución como ésta, enteramente nueva en el país."27 Fue la secretaría de Guerra la que aprovechó la existencia de personal apto para capacitar, consiguiendo que la Dirección adiestrase en el manejo de heliógrafos a varios telegrafistas militares, pues no se sabía “qué día serían necesarios sus servicios para cualquier emergencia".28

Finalmente, se creyó conveniente abrir en 1899 un registro de las reclamaciones que presentase el público por faltas en el servicio. Ese año, según el ministro Mena, las reclamaciones ascendieron a 140, de las cuales se encontraron 46 improcedentes y 94 justificadas. de éstas se produjeron "por causa de fuerza mayor 16, y por culpa del personal 78".29

La actividad del tráfico, "cada día mayor en el Distrito Federal", debido no solo a las facilidades que ofrecían los nuevos medios de locomoción, sino a "la vertiginosa marcha" en que habían entrado los negocios, indicaron la conveniencia de establecer diversas sucursales de la Central  de Telégrafos de la Capital.

La idea del Inspector de Sucursales, Roberto Traill, quien en un escrito del 5 de abril de 1900 solicitó a la Dirección "la autorización para unir las oficinas foráneas de Tlalpan, Coyoacán, Mixcoac, Tacubaya y Tacuba". Para el primer tramo sugería el aprovechamiento del antiguo hilo del sur, "actualmente muerto en Huipulco", al que se enlazaría a Churubusco y Coyoacán, aprovechamiento la postería de la Compañía Telefónica; de Coyoacán a Mixcoac convenía abrir una oficina intermedia en San Ángel, y por último, unir a Tacubaya con Tacuba, prolongando esta línea "hasta el pequeño pueblo de Atzcapotzalco". Todo esto es realizable, dijo Traill, "con un mínimo de erogación y tiempo", en relación con la enorme ventaja que reportaría, "ya que el servicio aumenta diariamente, al grado de no dar abasto."

La Dirección aceptó, designando como constructor al propio Traill, que terminó los trabajos el 2 de julio de 1902. El único cambio que hizo a su proyecto original fue aprovechar los postes de la "tracción eléctrica", que ofrecieron mejores condiciones que los de la Compañía Telefónica.30

El General Francisco Z. Mena dejó la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas en 1902 con un considerable aumento en todos los rubros de sus operaciones. Siete años antes, al asumir el cargo, los ingresos de la Dirección de Telégrafos alcanzaban la suma de 700 mil pesos anuales; al dejarla Mena andaba por el millón y medio. Sus innovaciones fueron siendo retiradas o caducaron con el tiempo, la telefonía avanzaba a principios del siglo XX, los servicios telegráficos, a a veces sumamente ingeniosos, como los buzones telegramas, perdieron interés y pronto desaparecieron.

Mena dejó cerca de 50 mil kilómetros de líneas instaladas y se inauguraron numerosas oficinas en el país, 33 de las cuales ofrecían servicio las 24 horas, 12 "prolongado", 323 ordinario y 6 servicio "limitado", que en total hacían 379 oficinas telegráficas.

En noviembre de 1897 amplió la concesión a la Mexican Telegraph Co. mediante un nuevo contrato cuyo plazo de vencimiento extendió hasta el 29 de marzo de 1929.31 Se inauguró el servicio regular internacional, obteniéndose comunicación diaria con Nueva York en enero de 1898,32 así como la participación mexicana en la Unión Telegráfica Internacional, por lo que asistió a la conferencia en Budapest en junio de 1896. Regularizó el servicio telegráfico con Centro y Sudamérica, suprimiendo un gravamen del 5% en la tarifa internacional, que si bien "estuvo justificado al principio por las dificultades del cambio ... resultaba después demasiado alto", el 24 de octubre de 1896.

La última administración de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas porfirista fue la del ingeniero Leandro Fernández, que corresponde a los últimos diez años del anciano régimen, sensiblemente trastocados por los sucesos de la Revolución.
En el telégrafo esa década corresponde a la multiplicación de los sistemas de telecomunicación. El sistema telefónico gana una aceptación propiamente masiva; y con menor fortuna, aunque con el mismo entusiasmo, son introducidos a nuestro país los cables subacuáticos y subterráneos, así como la telegrafía sin hilos, conocida como radiotelegrafía. Los cables telegráficos, a su vez, son cualitativamente mejorados con adaptaciones duplex, cuadruplex y múltiplex, que aumentaron considerablemente su capacidad. Y en general todo el sistema telegráfico nacional es removido por ese impulso de modernidad que despertó el nuevo siglo, decisivos inventos en la ciencia de la comunicación eléctrica cambiaron la faz del mundo. Y siempre sorprendentes, como ahora con la red de internet.

Leandro Fernández comienza su administración en 1902 con 47,934 kilómetros de hilos conductores del telégrafo federal, incrementados ese mismo año con las cesiones de los gobiernos de Jalisco y Chihuahua que en total sumaban 1,086.

La creciente metrópoli exigió la apertura de dos nuevas sucursales en Santa María la Rivera y la Colonia Guerrero. Se cambia la oficina de Puente de Alvarado a la Glorieta Colón del Paseo de la Reforma, con el objeto de "facilitar las comunicaciones de las importantes colonias Juárez y Arquitectos", dice el ministro en sus Memorias de la Secretaría, que en conjunto con las ya existentes hacen un total de ocho oficinas en el Distrito Federal.33

Se implementaron en Puebla y México aparatos impresores de caracteres comunes que, si bien no eran una novedad en el sistema telegráfico, pues venían funcionando "hace muchos años en las principales líneas europeas", nunca habían sido introducidos en el servicio regular de la Red Federal.34

Se puso en servicio la primera instalación de acumuladores "que ministran corriente a las líneas que parten de la capital". En total fueron sesenta acumuladores, que formaban "dos baterías de treinta elementos, que se alternan en la carga y la descarga, componiéndose cada batería de tres grupos de a diez elementos para producir veinte, cuarenta y sesenta voltios."35

Como no todas las oficinas de un mismo hilo tenían igual movimiento diario de mensajes entre sí, se dividió la línea en varias secciones, colocando en determinadas oficinas aparatos  repetidores con el objeto de que las de una misma sección pudieran darle entre sí salida a su servicio, y solo en caso de estar desocupados dos secciones inmediatas pudieran comunicarse una a otra. Para ello se creó "un sistema de nomenclatura de hilos, con un reparto de baterías en forma más apropiada. Esta adaptación ofrecía también comunicación directa con poblaciones fronterizas o costeras, cuyo servicio era lento por el número creciente de oficinas que se pasaban una a una los mensajes y que fue remediado con los sistemas múltiplex de hilos directos de mayor capacidad."36


Al revisarse el sistema de tarifas   vigente   en   la   Red   Federal, el ministro Fernández encontró un dato que no estaba buscando, pero no por ello resultó menos sorpresivo: en 1906 había en la República Mexicana 474 oficinas federales, en tanto que las "no federales", que podían ser de los gobiernos estatales, concesionadas, particulares o de los ferrocarriles, sumaban 2,096. La desproporción era mayor dependiendo de qué estado se tratara. Así, por ejemplo, mientras que el Distrito Federal tenía 18 oficinas federales –son tantas porque el ministro toma en cuenta las oficinas telefónicas del gobierno sin distinguirlas de las telegráficas– había solo cuatro "no federales"; mientras que en Coahuila había 14 federales y 100 no federales. Y así el resto: Chiapas 20 para 54; Chihuahua 24 para 59; Durango 16 para 74; Hidalgo 10 para 96; México 6 para 155; Michoacán 12 para 198; Puebla 22 para 368; Veracruz 48 para 302, solo para nombrar algunos casos. Los estados de Campeche y Sonora eran los únicos que contaban con mayor número de oficinas federales: 11 para 6 el primero y 37 por 19 el segundo, debido probablemente a las campañas de la Secretaría de Guerra contra los "indios insurrectos".37 Desgraciadamente, el no distinguir las oficinas telegráficas de las telefónicas nos impide apreciar con exactitud las dimensiones de esta desventaja federal, aunque es notorio que eran las líneas de ferrocarriles las que mayormente contribuían al desequilibrio. Las tarifas aplicadas a este cúmulo un tanto anárquico de oficinas resultaron igualmente variables. "Los telegramas oficiales de la Federación estaban sujetos en las líneas de ferrocarriles a distintas bases de cobro", dice Fernández, quien gestionó con las diversas empresas y obtuvo la aplicación del 50 % de descuento en las tarifas respectivas."38

Frente a las empresas ferrocarrileras la Federación estaba un poco contra la pared. Aceptando la anarquía en las tarifas del servicio telegráfico nacional, el gobierno se conformó con presionar para imponer que "sus mensajes" (que era el uso del servicio telegráfico federal sobre líneas de ferrocarriles”) obtuvieran el descuento de 50 %que les correspondía por contrato. No más.

No era el único punto de conflicto con las empresas ferrocarrileras, los problemas empezaron desde la primera línea ferrocarrilera de 1853, la México-Veracruz. Los ferrocarriles, al permitir instalar sobre sus postes líneas de la Federación, maniataban al gobierno contra los abusos en las tarifas y pasajes, en donde fueron denunciadas demasiadas anormalidades. El hecho de que existieran tres vías de ferrocarril   de una  ciudad  a  otra,   pertenecientes  a  tres  compañías   distintas,
era evidencia que las empresas ferrocarrileras imponían su ley a la del Estado, que no podía más que advertir "la inconveniencia" de este tipo de aberraciones en el trazo de las comunicaciones.

Nunca se recuperó el gobierno porfirista de esta dependencia, aunque tampoco se puede negar que le sacó toda la ventaja que pudo. Entre 1902 y 1903, por ejemplo. la Dirección de Telégrafos instaló líneas sobre postes propios 617 kilómetros, mientras que sobre postes del ferrocarril colocó 676 kilómetros de cables.39 Al finalizar su gestión al frente de la Secretaría en 1910, el ministro Leandro Fernández informó el estado de la Red: de los 68,771 kilómetros en que se desarrollaban los hilos conductores 46,559.5 kilómetros fueron instalados en postes de la Dirección de Telégrafos, mientras que 22,212 lo fueron en postes de ferrocarril.40

Con el uso de estas cifras cabe hacer una aclaración pertinente. Con la implementación de sistemas dúplex, cuadruplex y múltiplex, de un kilómetro lineal de hilo telegráfico podía obtenerse dos, cuatro y múltiples hilos conductores. Esto quiere decir que "el desarrollo de 68 mil kilómetros de hilo, sino la capacidad de 35,295 kilómetros, que es la longitud de las redes telegráficas al acabar el Porfiriato. En las historias de México que he consultado se habla de 70 mil kilómetros de líneas telegráficas instaladas en el Porfiriato, mas no se aclara nada sobre el desarrollo de los hilos, por lo que la cifra, usada así, resulta inexacta. El Porfiriato termina con 35 mil kilómetros de líneas telegráficas. Lo demás es especulación: de los hilos y de los historiadores.

Respecto a las finanzas, el ingeniero Fernández se encargó de demostrar que el telégrafo era un negocio solvente. Si bien de utilidades económicas simbólicas, lo importante de sus largos y precisos informes numéricos fue dejar en claro que una empresa bien organizada, administrada correctamente con todas las modalidades de control, era capaz de financiarse sola. Este es un resumen de los números de la Dirección de Telégrafos de 1902 a 1910:


AÑO

PRESUPUESTO

GASTOS

PRODUCTOS
VALORIZACION TELEGRAMAS OFICIALES
1902-03
1903-04
1904-05
1905-06
1906-07
1907-08
1909-10
1,758,883.00
1,874,666.96
2,079,865.10
2,315,712.90
2,308,697.90
3,023,702.47
2,998,105.26
1,740,256.64
1,874,666.96
2,049,047.00
2,281,058.15
2,260,671.97
2,944,702.80
2,876,252.12
1,479,930.10
1,613,790.09
1,681,002.15
1,835,723.66
2,066,394.49
2,092,994.16
2,212,018.69
640,540.90
636,250.83
690,322.98
(*) 401,492.89
395,197.55
445,798.20
(**) 472,354.21

16,359,633.59
16,026,655.64
12,981,853.34
563,681,957
(*)  A partir de este año se considera que la Federación tiene un descuento del 50%, mismo que se toma en cuenta.
(**) No fue posible encontrar datos del año fiscal 1908-09

De los números anteriores se justifica lo que tanto habían reclamado los funcionarios del telégrafo desde que empezó a funcionar debidamente. El alto costo de los mensajes oficiales no permitió a la Dirección de Telégrafos trabajar con números negros, obteniendo "un déficit aparente", como se hizo común llamarlo. De estos números, decían sus directores, sumando los productos con la valorización de los mensajes oficiales  da un total de $16,663,810.90; se resta en seguida la cifra de los gastos totales de esos años de 16,026,655.64 y se demuestra una utilidad neta de $637,155.26, cifra si se quiere modesta pero representativa.41

Tuvo otros éxitos relativos el ingeniero Fernández, como su iniciativa por llevar a la empresa telegráfica Federal a competir con lo último en materia de comunicación eléctrica. Y una de las novedades era la telegrafía sin hilos. Y cómo no: una administración telegráfica con cincuenta años de andar colocando hilos por todo el territorio nacional, con un costo de mantenimiento bastante mayor al de su instalación, se encontraba ahora con que el caro y delicado cable ya no era necesario. Para don Porfirio no era una gran noticia.

Luego de unas pruebas preliminares efectuadas en el Puerto de Veracruz, la Secretaría se preparó para generalizar este novedoso ingenio sin hilos por toda la República, sin contar que un equipo necesita para su trabajo, además de excelentes  condiciones de instalación, un poco de buena suerte. Y la telegrafía sin hilos comenzó con el pie izquierdo.

En 1903 empiezan a funcionar dos estaciones de radiotelegrafía en Santa Rosalía, Baja California y Cabo de Haro, Sonora. Su primigenio éxito animó a la Secretaría a instalar inmediatamente otras.

En la misma Península de Baja California, se escogió San José del Cabo para comunicarla con su vecina Mazatlán, al otro lado del Mar Cortés. La estación fue instalada al norte del importante puerto sinaloense, en un lugar llamado Cerritos, de donde también se propusieron comunicar a las Islas Marías. Otro ambicioso plan de comunicación inalámbrica fue pensado para el Golfo de México, intentando crear una red radiotelegráfica que abarcaba la misma zona que los cables subacuáticos no habían podido cubrir: de Veracruz a Campeche por la costa. Se instaló una estación en el nuevo Puerto de Xkalak, Q.R., que lo comunicaba con la estación de Payo Obispo, del propio territorio; otras en el propio puerto de Veracruz y una última en Campeche.

La radiotelegrafía no tuvo mejor suerte que los cables submarinos, tan sabrosos para la fauna subacúatica. Un desastroso incendio provocado por causas no esclarecidas destruyó prácticamente toda la estación en Cabo de Haro. Según el jefe de la estación, limpiando el motor de gasolina, se incendió parte del líquido "sin que él mismo pudiera darse cuenta exacta del origen del fuego", que se esparció rápidamente por el fermentado suelo impregnando de líquidos después de tantos meses de trabajo, hasta llegar a unas latas de gasolina, petróleo y alcohol que en pocos minutos incendió la expuesta casa de madera destruyendo los costosos aparatos.

La ausencia total de agua en las cercanías de Cabo de Haro hizo notar a los inspectores la inconveniencia de reconstruirla allí, por lo que se cambiaron todas las instalaciones a las cercanías de Guaymas, por la parte sur, desde donde pudo volver a comunicarse con Santa Rosalía después de varios meses de silencio.

La Estación Cerritos tuvo a su vez un incendio que destruyó el motor eléctrico con el que transmitía a San José del Cabo y las Islas Marías. Cuando el motor fue reparado en Mazatlán, un ciclón pasó por el muñón de la Península de Baja California inundado el terreno de la estación de San José y tumbando las torres, que también tuvieron que repararse en Mazatlán. La comunicación estuvo interrumpida cerca de dos meses. Al iniciarse nuevamente hubo que aplicarse las medidas de longitud de onda acordadas en la convención Radiotelegráfica Internacional, ocurrida en esos meses, que ordenaba en su artículo primero una longitud de onda de 300 a 600 m; o bien, mayor a los 1,600 m.

Como con las ondas de longitud corta no era posible obtener una comunicación satisfactoria, no quedó más recurso que aumentar la longitud de onda a los 1,600, para lo que fue necesario aumentar las tierras y modificar las antenas de cada estación.
Después de unos meses, el ministro Fernández informó que la comunicación telefónica operaba óptimamente, no así la telegráfica, "cuyo funcionamiento ha
sido poco satisfactorio". Ya establecida la comunicación, agrega, "sin más inconvenientes que los naturales, debido al estado eléctrico de la atmósfera que a veces impide por completo la comunicación durante horas."42

La experiencia de los cables subacuáticos fue contemporánea a la de la radiotelegrafía y relativamente efímeras las dos. El 13 de septiembre de 1902 llegó a Veracruz el vapor "Idún" con el cable submarino contratado por la Sáfety Insulated Wire and Cable Company, de Nueva York, para comunicar el puerto con Frontera, Tabasco y con Campeche. Mal acababa de iniciarse el tendido de la segunda sección (Frontera-Campeche), un Fuerte ciclón interrumpió las obras originando un retraso de varios días e innumerables daños a las instalaciones terrestres. Arreglados los desperfectos, el 13 de octubre regresó el "Idún" a Veracruz y, como las pruebas correspondientes cubrieron las condiciones del contrato, quedó recibido formalmente por los comisionados del gobierno el día 14, abierto para el servicio público seis días después.

El sistema Morse con magneta Alle-Brown era el que mejor se adaptaba a las aptitudes del personal federal, sin embargo este sistema obligaba mantener una repetición en Frontera que era dispendiosa y, además, en los primeros cuatro meses de trabajo se apreció que el rendimiento del cable era poco "en  proporción a la capacidad de trabajo", lo que motivó por que se optara a manera de prueba un sistema de registro de sifón, que  los  empleados  desconocían,  "y  hubieron  de  comenzar  sus  trabajos  por tanteos"; después, gracias a su "prudencia y empeño" pudieron manejarlo con el mejor resultado, “a la par que un servicio consistente" informó Fernández.43

Al terminar el año de 1903 había una extensión de 753 kilómetros de cable federal: 14 pequeños cables sobre ríos de la región veracruzana, que en total hacían 16.5 kilómetros, y el citado Veracruz-Frontera-Campeche de unos 737.

Los cables subfluviales que cruzaban ríos pronto dieron de qué hablar. Sucede
que el corcho que cubría el metal les encantó a los peces, en poco tiempo lo dejaron pelón ocasionando cortos eléctricos y suspensiones del servicio. Uno que cruzaba el río Pánuco, cerca de Paso de Salvasuchi, tuvieron que retirarlo del servicio; alguien tuvo la idea de colocarlo aéreo sobre mástiles de madera, lo que incrementó el ridículo. Otro grave enemigo de los cables era el "garreo" de las embarcaciones, que lo arrastraban sobre las piedras del lecho, como ocurrió en el Xicalango-Laguna, que remediaron con la colocación de boyas que los barcos debían sortear. En 1905 "tres veces se interrumpió el cable de la Compañía Telegráfica Mexicana que rumbo al norte nos comunica con el extranjero desde Veracruz, durando cada una de las interrupciones, por término medio, un mes".44

Todo esto no desanimó a las autoridades, entregadas de lleno a las sorpresas de la ciencia. El presupuesto para cables en ese año ascendió a cerca de un millón de pesos, instalándose un total de 11,325 metros de cable.

Luego de 10 años de fallidas instalaciones subacuáticas y subterráneas, habiendo gastado en ellos más de una tercera parte del presupuesto general de la década, Leandro Fernández entregó la Secretaría con 770 kilómetros de cables, apenas 18 más que los que había informado tener en 1903, por lo que se deduce que la bien intencionada iniciativa porfirista de integrar los modernos sistemas de comunicación eléctrica, que tanto ruido hacían en el extranjero, fue un fracaso.

Ya instalados en la crónica de los fracasos, toca narrar el referido a la telefonía federal, con un poco de historia. El 30 de diciembre de 1878 el gobierno otorgó el primer permiso a Alfredo Westrup y Co. para instalar una pequeña red telefónica en la Ciudad de México, apenas dos años después de que Alejandro Graham Bell patentara su invento en el Centenario de la estadounidense celebrado en Filadelfia. En nuestro país ni causó expectación ni se esperaron grandes cosas de él. Entre las pocas opiniones públicas que se vertieron resaltó el pesimismo sobre el nuevo sistema al que se consideró oneroso e inútil. La pequeña red comunicó seis comisarías con la Inspección general y a ésta con la oficina del gobernador de la ciudad.

Puede parecer sorprendente esta actitud del público metropolitano. Un sistema maravilloso como el teléfono sería despreciado solo por un pueblo de sordomudos. El hablar con propia voz de un sitio a otro –en lugar de los lacónicos y fríos signos telegráficos– de forma que puedan reconocernos por nuestro timbre de voz; la inmediatez telefónica, su eficacia, alcance, versatilidad, con un largo y brillante futuro que hoy apreciamos en los BlackBerry, son solo algunas de sus numerosas cualidades. Solo que todas son modernas.

Cuando empezó la telefonía era un conjunto de objetos reunidos con cierto arte, sin su criterio utilitario posterior. Al llamar tenía uno que gritar y repetir varias veces el nombre propio para ser reconocido, lo que raras veces ocurría. En general, los usuarios quedaban con la sensación de que no era su novia con quien se habían comunicado, sino con la tía de ella, la temible Doña Cholita.

Tuve años después, la norteamericana Bell Telephone Co. de Boston compra un contrato celebrado con M.L. Grenwood para la explotación del servicio público en la Ciudad de México. En tanto, ni el Estado ni los particulares nacionales mostraron el más mínimo interés por el servicio telefónico. Fue hasta finales de siglo cuando el teléfono comenzó a dar muestras de cierta eficacia. Las importantes inversiones de la poderosa Bell, así como la sucesiva modernización de sus equipos convencieron tardíamente al gobierno mexicano de las ventajas del teléfono. La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, advertida de ello, comenzó tímidamente una posible red federal de telefonía que compitiera con la red de la empresa norteamericana, aunque, tanto en equipo como en líneas construidas guardaba para 1900, frente a aquella, una inflexible desventaja.

La presencia de la telefonía federal en las Memorias de la Secretaría de finales y principios de siglo es confusa. Se incluye dentro del sistema telegráfico; a veces no se le diferencia claramente, en otras ocasiones sí. Por ejemplo, en 1903 dice el ministro que la Dirección de Telégrafos cuenta con 416 oficinas en el país: 34 de servicio completo; 13 de prolongado; 364 de ordinario y 5 de servicio limitado. De éstas, dice renglones abajo, 403 son telegráficas y 13 telefónicas. Para 1916 contaba con 16 oficinas telefónicas y al estallar apenas con 23. En tanto que la Bell Telephone contaba al iniciarse el siglo con 3,065 teléfonos particulares que daban servicio en 18 ciudades del país. Al estallar la Revolución, introducida la compañía sueca Ericsson en 1903 como competencia de la “Mexicana” estadounidense, contaban entre las dos transnacionales con 12,491 teléfonos abonados a sus redes en una veintena de ciudades mexicanas.

Así pues, el Estado se percató rápidamente de la imposibilidad de competir con esas compañías extranjeras de tan amplios recursos, y sus oficinas telefónicas fueron destinadas paulatinamente a servicios locales y de gobiernos de los estados, quedando detenidas en un subdesarrollo notorio frente a las privadas, desplazadas en el transcurso de las décadas por el propio peso de su anacronía. Todavía hace cincuenta años funcionaban estas pequeñas redes al servicio de los estados mexicanos, comunicando rancherías y pueblos serranos con poblaciones importantes.

El deseo del gobierno de poseer una red federal de líneas telefónicas no fue realidad sino hasta muchos años después. El 23 de diciembre de 1947 nace la empresa Teléfonos de México, S.A. de capital mexicano, que fusionaba las instalaciones de aquellas extranjeras, y no fue sino hasta el 16 de agosto de 1976 cuando el gobierno federal estuvo en condiciones de convertirse en socio mayoritario de la empresa. Dicen que más vale tarde que nunca, aunque para las administraciones de gobierno 98 años quizá no signifique "tarde" sino "después". Hoy lo sabemos, volvió a privatizarse con Carlos Salinas y su tocayo Slim.



CITAS

1 Memoria SCOP, 1892-1896, p. V
                 2 Memoria SCOP, 1891-1896, p. 49-50
                 3 Ibid. p. 49
                 4 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 168
                 5 Memoria SCOP 1901-1902, p. 214
                 6 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 161
                 7 Ibid, p. 174-175
                 8 Ibid, p. 175
                 9 Ibid, p. 175
                 10 Memoria SCOP, 1899-1900, p. 129           
                11 Memoria SCOP, 1901-1902, p.206
                 12 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 169
                 13 Memoria SCOP 1896-1899, p. 176
                 14 El Universal, Tomo VII, No. 9, del 9 de enero de 1892, p. 2
                 15 El Universal, 26 de enero de 1892
                 16 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 176
                 17 Memoria SCOP, 1901-1902, p. 207
                 18 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 169
                 19 Ibid, p. 170
                 20 Ibid, p. 170
                 21 Ibid, p. 170
                 22 Ibid, p. 171
                 23 Ibid, p. 176
                 24 Memoria SCOP, 1899-1900, p. 129
                 25 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 175
                 26 Memoria SCOP, 1899-1900, p. 129
                 27 Memoria SCOP, 1896-1899, p. 177
                 28 Memoria SCOP, 1899-1900, p. 128
                 29 Archivo de la Dirección de Telégrafos sobre Instalación de Líneas, Expediente 326 de 1900
                 30 Rafael Maciel Mercado, El Servicio Telegráfico Internacional Teledato No. 206 de Junio de 1976, Publicaciones
Telecoms, p. 30
                 31 La Patria, No. 6361, 14 de enero de 1898, p. 3
                 32 Memoria SCOP, 1891-1896, p. 52
                 33 MEMORIA SCOP, 1905-1906, p. 88
                 34 MEMORIA SCOP, 1903-04, p. 196
                 35 MEMORIA SCOP, 1904-05, p. 202
                 36 MEMORIA SCOP, 1902-03, p. 243-244
                 37 MEMORIA SCOP, 1905-06, p. s/p.
                 38 MEMORIA SCOP, 1902-03, p. 243
                 39 MEMORIA SCOP, 1902-03, p. 234
                 40 MEMORIA SCOP, 1909-10, p. 90
                 41 MEMORIAS DE LA SCOP DE 1902 a 1910
                 42 MEMORIA SCOP, 1907-08, p. 125-126
                 43 MEMORIA SCOP, 1902-03, p. 237
                 44 MEMORIA SCOP, 1904-05, p. 203

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