martes, 12 de junio de 2018

Amor flamenco



Crónica de un ligue es un concurso cansino y desgastado, además de apócrifo, donde presuntos lectores del blog escriben sobre un encuentro amoroso. Se conmina a no enviar más crónicas, los lectores comenzamos a estar hartos.


Amor flamenco
J. C.

En Francisco Sosa, la famosa calle de Coyoacán en la ciudad de México, me ocurrieron cosas importantes, la recorrí miles de veces y en el número 457 tomé clases de flamenco. Mi novia era una de las doce bailarinas que componían el grupo y sólo estaba inscrito un varón, yo.

Supongo que mi situación sería envidiable y tienen razón; créanme, los comprendo. Tres veces a la semana nos reuníamos en un salón elegante con piso de duela y le echábamos lumbre al taconeo. Una decena de muchachas de aspecto coyoacanense ataviadas de pants, calentadores derramados sobre sus zapatos de tacón tachueleado y yo nos reuníamos echándole mucho estilo a taconear en aquella fina madera de algún exótico árbol del Caribe. Porque todo era exótico: la noche coyoacanense, el sudor, las campanas, los perfumes… una combinación de erotismo femenino pata beneficio de un mísero hombre que estaba en el lugar y en el momento oportuno.

Yo dejé de ser novedad a los diez minutos, se acostumbraron a mí, era discreto y procuraba pasar desapercibido. Lo lograba. El salario a mi hambre hormonal fue que toleraran mi presencia, me sentía Mel Gibson en aquella película del año 2000 que todavía no filmaba (“En qué piensan las mujeres”); claro, sin la gracia de Mel pero con la  misma suerte de convivir con tantas mujeres a la vez. Y a los 21 años, eso cuenta.

Duré varios meses zapateando y tratando de aprender la combinación el talón-punta que es la base de flamenco; nunca lo logré. Comprendí que era un baile escénico y que las estudiantes lo aprendían para –posiblemente- dar exhibiciones de baile profesional y yo sólo quería estar ahí con mi novia y con aquel perfumado taco de ojo y de oído y de nariz que nunca pedí pero que tampoco merecí. Lo cierto es que eran jóvenes muy hermosas y la cita en la calle de Francisco Sosa rondaba mi cabeza toda la semana.

Tal vez es muy ridícula mi crónica; tal vez te estés muriendo de la envidia.
Si no quiere no lo publique, por mí está bien.



Foto: pieza del autor del blog.

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miércoles, 6 de junio de 2018

Te calzo las calzas



Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde presuntos lectores del blog escriben sobre un encuentro amoroso, una colección de amantes que nos ofrece una visión multifascética del amor, como este concursante que se anima por una pasión poco convencional. Como diría Francisco Umbral en su Tratado de las perversiones: mientras no dañe a nadie.


Te calzo las calzas
Por S.O.S.

No sé si deba escribir esto. No sé si se pueda publicar.  Tal vez sea un enfermo, pero no soy un criminal. Tampoco sé si esto es un ligue o una obsesión. Por favor, discúlpeme, el horizonte del amor no tiene claras fronteras y yo no me enamoro de personas; bueno, sí son personas, pero en realidad la persona, entera, no me interesa. A mí me gustan los pies. Me enamoro de ellos, me podría casar con un pie. ¿Acepta como esposo a este pie? Sí, por favor.

Lo único que me interesa son los pies y en verdad no podría precisar si se trata de pies de mujer o de hombre. Me encantan todos los pies. Aunque prefiero a las mujeres. Los pies, quiero decir. Son delgados y suaves, 30 centímetros de sensualidad, de olor, de felicidad. Me gusta cuando mis amigas llevan tacones, me hago el loco y cuando se distraen huelo sus zapatos, me excita en extremo.

Es una afición que tengo desde pequeño. Claro, todo comenzó con los pies de mi madre. Ahora lo que más disfruto es ir a la playa a ver los pies de las mujeres, me gustan los de mujeres grandes, porque los más grandes son mejores, grandes y anchos, aunque hay números más pequeños que también son anchos y tienen forma bonita. Los que no me gustan mucho son los pies finos y huesudos, es algo que no me seduce. Pero estaría dispuesto a discutirlo.

Me gusta olerlos, masajearlos, lamerlos y alcanzar el clímax encima de ellos, eso me gusta.  Y si se descalzan en el autobús o en una cafetería no puedo contenerme, soy capaz de cualquier imprudencia, simplemente no lo puedo soportar. Ver cómo se descalzan es el strip tease perfecto ¡y en público!

Bueno, la cosa es que una muchacha preciosa –creo que era bonita, aunque no le vi mucho la cara-, en pleno Paseo Bravo comenzó a descalzarse tímidamente. Hermosa.  No levantaba mucho los talones, llevaba sandalias y empezó a notar que se me iban los ojitos hacia sus talones y entonces empezó a descalzarse totalmente, a arquear sus plantas al máximo y a mirar de reojo a ver cómo estaba de cachondo.

Y al verme que estaba rojo como un tomate de la excitación, pues, creo que supo que había llegado al clímax. Yo estaba enamorado, extasiado. Y no sé si eso califique como un ligue, para que el editor de este concurso de Crónica de un ligue, publicar mi amor por esos pies que no tenían nombre, ni moral, ni creencias, ni nada. Pues eran solo pies. Aunque me casaría con ellos.



Pieza de barro Zacatecas del autor del blog

viernes, 1 de junio de 2018

El jugo de la vida



Me llamó mi hermana de Chihuahua envuelta en un llanto que la hacía ininteligible, algo había pasado, alguien estaba muy grave, pero en los estertores del dolor no se entendía muy bien quién. Yo pensé en Aída –vida mía de mi corazón– que vegetaba solitaria en su alzheimer. Logré entresacar de entre las lágrimas que Alejandro, el menor de los cinco hermanos, padecía leucemia, que estaba muy avanzada e incluso mostraba una cifra desconcertante: en lugar de un conteo normal de 5 mil unidades de glóbulos blancos Ale alcanzaba los 70 mil. ¡En la madre!, pensé yo. Entré en un súbito embudo de existencialismo. Parecía una broma. Alejandro, que estaba tan cachetón y rozagante –lo vi en junio–, ahora aparecía postrado ante la muerte.

Entre muchas imágenes que evocaba en mi mente confundida había una escena recurrente, a propósito de una reciente charla sobre trasplante de médula. Yo estaba en una sala de operaciones con una aguja clavada en la espina dorsal, donándole a ese sinvergüenza una buena parte de mi médula espinal. Había otras escenas relacionadas sobre mi rehabilitación postrado en una cama de la casa.

Cada quien vive las noticias dependiendo de la cercanía con el objeto noticioso. Cuando te toca la noticia en la primera línea, el grado de involucramiento es inmediato y esencial. Nomás de pensar en mi hermano sometido a las sesiones de quimioterapia me hacía palidecer, ser testigo de un adelgazamiento voraz que dejaría a Ale en los huesos en un dos por tres. Luego el funeral. No creo que sea morboso pensar en esas cosas cuando fallece un familiar tan cercano como un hermano. Uno, aun transido de dolor puede pensar en cosas prácticas, realistas. Norma, mi comadre, pensaba en cómo acomodar los féretros cuando le avisaron, en pleno velorio de su cuñado Bilo, que su esposo había muerto atropellado camino a la funeraria. Alguien se comedió y la llevó hasta el sitio del percance. Imaginaba cómo acomodar el féretro de Humberto junto al de Bilo. Imaginaba la mirada extraviada que tendría el cadáver de su marido, cómo lo recogería y lo trasladaría a la casa, cómo lo lavaría, qué traje sería el apropiado. Lo primero que vio en la escena del accidente fue a Humberto de pie y, aunque bastante estropeado, vivo.

Luz tomaba sus últimas clases de manejo bajo mi tutoría y la mala noticia no impidió que saliéramos a la práctica del día. Yo iba como hipnotizado, pensando obsesionado en Alejandro, en todas esas cosas que ocurrirían a partir de esa infausta tarde.

A las seis intenté comunicarme con todos mis hermanos, todos sus teléfonos estaban ocupados. En un intervalo sonó el teléfono. Era Belina, súbitamente alegre. ¿Qué crees?, me dice, todo fue un malentendido y el resultado del análisis fue interpretado con las patas por aun aprendiz de laboratorista. Eso era todo, estaba muy contenta. Alejandro está rozagante como lo manifiesta su corpulencia, y si había bajado algunos kilos era porque él decidió adelgazar por puro gusto.

Pues qué gusto.

Me senté tembloroso a escribir este relato cavilando sobre la vida, de cómo la estupidez humana es capaz de someternos a intensos debates internos sobre la existencia. Estoy feliz porque todo fue un mal entendido y Alejandro está bien. La vida sigue y tengo que terminar unos guiones y asistir a dar clase. Tengo que hacer esto y aquello. La conmoción de la noticia se disipó con el ímpetu con el que había llegado. Fue como un tornado de emociones, lo mismo terapia que advertencia, broma también. Cuando lo vi la siguiente vez le hice una broma macabra sobre el supuesto cáncer, no le cayó en gracia.

La principal víctima en el termómetro de la emoción era el protagonista, el pobre de Alejandro, que estaba azul de pánico cuando vio al toro frente a sus ojos; luego Belina, que es un poco su madre, y luego los hermanos que también vivimos esas dos horas con lóbrega intensidad. En un momento me pregunté cuánto tiempo pasaría para que lograra asimilar esa pérdida. Andrea y Axel, sus hijos adolescentes, se me aparecían entre las ramas de los ficus de afuera de la casa. Todo era una broma, me senté a ver a Venus Williams en el US Open.

Al día siguiente hablé con el vigoroso hermano menor. Nunca se rio, el evento había sido una gran experiencia sobre la fragilidad y sobre el amor. La revisión que obligadamente hizo de su vida, durante cuatro horas de horror, tenía que ser valorada positivamente, puesto que lloraba por sus hijos, por el dolor de sus familiares más cercanos (y por chillón, claro). La experiencia nos ha servido a todos para nuestras propias valoraciones filiales, para considerar nuestra lejanía geográfica y afectiva, para confirmar nuestros lazos afectivos, nuestro cariño verdadero, nuestra fragilidad humana.

En fin, yo, que por el momento estaba afuera de la caja del muerto, tenía muchas cosas que sacarle al asunto, mucho jugo que extraerle.



Foto del autor
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sábado, 26 de mayo de 2018

Gatoluna


Este cuadro es una impresión digital original de Malú Méndez Lavielle que fue sustraída de su cilíndrico estuche de cartón en la aduana de Memphis, o por ahí, fue la explicación que nos dio la empresa Fedex; que Memphis ya había concluido la investigación y había decretado que el cuadro fue robado y que conservan el cilindro de cartón vacío. Sugieren en California el rembolso de 30 dólares y concluir con el adagio de “lo perdido lo que aparezca”, aunque el costo de producción y envío arañaba los 2,000 pesos, es decir 100 dólares, tres veces la cantidad recuperable. La artista pierde doble porque, además, afecta a su cliente.

Los amables jóvenes que nos atendieron telefónicamente soportaron con carácter nuestros aireados reclamos y se mostraron impotentes para mejorar su oferta; su actitud, sin embargo, te hace recibir el mensaje, también de por acá, de “les vale madres”, los 30 dolaritos casi alcanzan para cubrir la reposición del cuadro, el costo del plotter. Y aprender. Siempre hemos usado el servicio postal mexicano, pero su cliente pagó el envío por Fedex y fue que entramos en contacto con esa empresa de paquetería el pie izquierdo. Nunca más.

Al ladrón le guardamos un rencor ambivalente porque hay en su delito un gusto compartido en apreciar el resultado de la impresión, verdaderamente afortunado como se aprecia en la fotografía. La imagen se llama “Gatoluna”, mide 57 x 90 cm. Sugerimos que lo enmarques, pero que la próxima vez lo compres, como lo hacen otras amables amigas que compran gotas de ese caudal de cuadros que ha hecho mi querida esposa Malú; cotidianamente presenta en su amplia red de seguidores en su movido perfil de Facebook y un blog (Visos opuestos) con su obra bastante completo. 

La gente escoge entre una variedad de 600 o 700 pinturas digitales que ella produce día y noche, mañana y tarde, mediodía y noche. También sueña que los pinta. El resultado es una obra que no deja de crecer cualitativa y cuantitativamente. No tienes que robarlo porque con ello lo que haces es golpear una modesta economía como la de ella; cómpraselo y adorna con ella tu pared en la recámara, en la sala, compra otro de mujeres de mirada ignota; esos rojos pastel y verde esmeralda que pueblan los rincones de nuestra casa y contribuyen a que ella pueda seguir dedicada a su arte.

Nunca recuperamos nada, así que eres oficialmente un ladrón. Y a Fedex, como decimos por acá, pues que chingue a su madre.


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martes, 15 de mayo de 2018

El elevador

Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde lectores de un blog envían crónicas sobre la primera vez. Y en este caso la última ¿este relato es una fantasía o es físicamente posible realizar un coito en un elevador. Se valora su descalificación.




El elevador
Por Fernanda

Fue una combinación de muchas cosas, numerosos factores permitieron que yo terminara haciendo el amor con un desconocido en un elevador. El primer factor fue el edificio más alto de Puebla y que fueran casi las doce de la noche; el segundo que yo llevara el vestido anaranjado de falda tableada, y nada por debajo de él; el tercer factor, que verdaderamente me gustaba ese muchacho que había visto muchas veces, precisamente en el elevador; su olor siempre sugerente y su mirada siempre entretenida a la altura de mi pecho, a veces en mi pelo, en el reflejo de las paredes cristalinas del elevador. Y mi sonrisa, claro, siempre le sonreí.

Un detalle importante que también contribuyó al hecho que nunca más voy a repetir en mi vida, fue el cansancio de un empleo monótono y rutinario que al final de la semana terminaba robotizándome. Ese viernes, mi jefe por fin aceptó que yo era humana y merecía un descanso luego de catorce horas de trabajo continuo y me dijo que podía marcharme. Habitualmente pensaba que yo era una máquina.

Estaba borracha de fatiga, lo vi como si fuera mi abuelito jodiendo el punto de mis faldas cortas o el profesor Ramírez repitiendo su canción favorita de que debemos leer más. Pero bueno, me podía ir. Apagué la compu, cerré mis cajones y en el pasillo solitario me acordé que había olvidado ponerme las pantaletas que me había quitado desde la mañana porque ya no las aguantaba. Me reí pícara mientras los numeritos del elevador iban indicando su ascenso hasta el Penthouse. Antes de llegar, el elevador se detuvo en el piso inferior. No sé por qué pensé en ese muchacho guapo y en cierta forma deseé que fuera él quien había abordado el pequeño elevador. Sentía que venía encabronada. Contrólate, Fer, me dije apretando las piernas en el momento mismo en que sonó la campanita.

¡Ting…!

Se abrieron las puertas y lo primero que vi fue una medallita de oro en su pecho, tal vez era de San Antonio –el santo del amor– porque yo casi me lancé a sus brazos. Fue así porque me tropecé y porque iba mareada de cansancio, además de una extraña, mágica, tortuosa calentura que me llegó no sé de dónde, como una luz cegadora y asfixiante.

Él me cachó antes de que rodara por el suelo del elevador e hizo el esfuerzo de levantarme. Apenas, pues, porque mis cuarenta y cinco kilos no significaron nada para sus setenta bien ganados kilos de músculos y callos y sudor… ¿Callos? Es extraño, recuerdo sus callos raspando mis muslos como garras. El breve rectángulo para máximo ocho personas partió hacia su destino en la planta baja y fue un aliciente más para que yo flotara literalmente por el espacio, en parte por la fuerza de la gravedad y en parte por los fuertes brazos del hombre que me sostenía con habilidad, como si estuviera acostumbrado a amar mujeres en los elevadores. 

Es un recuerdo celestial en la media luz del elevador y los reflejos dorados de sus paredes; mi piel y mi vestido anaranjado se reflejaban como por secciones; brazos, zapatos, piernas y la medallita del que creo que era San Antonio brincando sobre su pecho firme y velludo. También los numeritos luminosos de los pisos que descendían a escasa velocidad, como si alguien los hubiera programado para bajar despacio, lentamente, suave, delicioso… 17, 16…

No puedo afirmar que las personas que salieron de ese elevador en la planta baja iban correcta y completamente vestidas. De ninguna manera. Lo que sí puedo decir es que de algún modo salimos cada quién con su ropa, él con su saco y su corbata que desde el principio llevaba en la mano, yo con mi vestido anaranjado algo húmedo de mi propio sudor y quizás otras evanescencias, pero completo. La pérdida fue un arete que de un vistazo no pude hallar.

Salimos del elevador con prisas. Él se despidió con un correcto: Buenas noches y yo con una leve sonrisita de chica educada y sensible. Adiós, le dije con la mente, a sabiendas de que nunca más lo volvería a ver, por lo menos en ese lugar. El trabajo no me gustaba, era muy matado, así que aproveché para no regresar. Esa es mi historia, son cosas que le suceden a la gente una vez en la vida, no hubo una sola palabra, no hubo acuerdos, ni gestos, ni compromisos de ninguna especie. No hubo mentiras. Nadie planeó nada, por eso fue mágico y maravilloso; tanto, que a veces me pregunto si en verdad ocurrió. Solo yo lo sé. (Y él)

Ilustración Malú Méndez Lavielle



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lunes, 14 de mayo de 2018

Paseo Bravo

Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde lectores de un blog escriben sobre encuentros amorosos. Una colección de amantes que indagan sobre el fenómeno de la exposición de intimidades; la revelación, a veces tardía, de situaciones ineludibles como que un día te levantas y le confiesas a tu imagen en el espejo: soy gay. Que un hombre se enamore de otro hombre ¡qué novedad!



Paseo Bravo
L.G.M.

No sé si usted se atreva a publicar esta crónica, pero por lo que he visto tiene apertura de criterio en cuanto al tema de la elección sexual. Y bueno, hace muy poco yo mismo me hubiera escandalizado –quizás– con temas como el amor entre dos seres del mismo género en la mismísima Puebla del verbo encarnado y las once mil imágenes. Mi mamá y mis tías, si dejaran de ver un rato las telenovelas estarían santiguándose como beatas en misa dominical. En fin, no tengo nada contra la iglesia y yo mismo soy mocho cuando me conviene. Habrían de ver los sustos que pasa uno, como el que me ocurrió ese domingo en pleno mediodía del Paseo Bravo, cuando además de encontrar a Enrique me encontré a mí mismo. Mucho gusto, me dije, soy fulano de tal, un muchacho asustado que no quería reconocer que las hermosas mujeres no le interesaban en absoluto, que en realidad estaba viviendo una vida de mentiras. Y lo peor es que no le mentía a mi familia o a la sociedad ¡me mentía a mí mismo!, engañaba al hombre que veo en el espejo, el que quiere ser contador y que en sus peores tribulaciones fue boxeador, judoca y cualquier ejercicio que me permitiera acariciar, así fuera salvajemente, a otro hombre. Pero qué digo acariciar, tremendas madrizas que me llevé en el torneo de los guantes de oro.

Pero espérate tantito, quiero que me entiendas. No soy ningún masoquista que quiera que le estén dando golpizas, es que no había otra forma de tener contacto con muchachos porque yo mismo no sabía que me gustaban tanto o que los deseaba ¡no lo sabía!, pero a la hora de golpearlos, de abrazarlos, de hacerles sufrir un poquito era algo que simplemente me hacía volar. No puedo explicarlo de otra forma, porque no creas que me excitaba en medio de un round ¡ya parece que me fuera a excitar! Si te descuidas un poquito te rompen toda tu madre. No, yo boxeaba bien, gané seis peleas y perdí dos. Lo que sucede es que después de la pelea me sentía feliz. No sabía por qué. Aunque un día comencé a sospecharlo.

A mí nunca me ha gustado que me mangoneen, por eso me peleaba tanto en la primaria, ya en secundaria muy pocos muchachos me buscaban ruido. Y los que me buscaron me encontraron. Como no soy amanerado, les gusto a las muchachas. Qué bueno, a mí me gusta gustarles, y de hecho he tenido novias, y de algunas estuve en verdad enamorado. O uno cree que ese es el amor (¡no tenía ni idea!), quién sabe si por las películas o porque el mundo en verdad te exige que seas de determinada forma, pero el hecho es que yo me enamoraba, andábamos varios meses y luego rompíamos con unos dramones. Un día de este mismo año hasta lloré porque mi novia me dejó por otro. Me daban ganas de ir a romperle la cara al otro mono,
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Afortunadamente no lo hice. Gracias a Enrique no lo hice, porque cuando estaba preparando un plan para toparme con ese amigo, de preferencia sin Fabiola, a quien me topé fue a Enrique, que estaba como esperando un galgo en la 11 sur del Paseo Bravo, y yo me puse a verlo porque él me estaba viendo con sus ojos de gato y su sonrisita rebosante de picardía. Nomás viendo. No sé por qué no me ofendí con el sujeto que me estaba viendo tan descaradamente. ¿Qué me ves, güey?, le hubiera dicho en cualquier otro momento, pero simplemente no me atreví, porque su mirada no era agresiva, ni insolente (bueno, un poquito), era como si estuviera jugando conmigo, como si me conociera de años. Me acerqué y me le quedé viendo con cara de chiste y él se rio; los dos nos reímos y desde entonces nos hemos estado riendo como tontitos. Tres meses después no entiendo la vida sin él, mi vida no significaría nada sin él. Por primera vez en la vida he sabido lo que es el verdadero amor, la necesidad de amar, el ansia y el deseo de que él esté siempre a mi lado. Me ayudó a salir del clóset o como se diga ¿qué importa eso? Lo que importa es la felicidad.

Ilustración Malú Méndez Lavielle

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lunes, 7 de mayo de 2018

El primer beso



Crónica de un ligue es un concurso apócrifo donde presuntos lectores de un blog escriben sobre un encuentro amoroso. Una colección de amantes que ofrece al lector una visión multipolar sobre el mismo y antiguo asunto del amor.


El primer beso
R.M.

Han pasado muchos años pero no olvidaré nunca la noche de mi primer beso. Creo que a todos les pasa con su primer beso. Tenía trece años cumplidos y ese día me lavé todos los dientes con particular entusiasmo. Mi cita era en el cine y la promesa de recibir mi primer beso en la boca de parte de una muchachita que no era ninguna novata, aunque un poco menor que yo. Pero digamos que era una especie de besadora profesional, porque en su currículum besatorio habían pasado algunas cosas en su vida. Por supuesto ese día no pensé en ninguna de estas cosas, dadas las circunstancias no venían al caso. Me puse la mejor loción de mi papá, de hecho podría decirse que me bañé en la loción de mi papá, y llegué muy temprano a la entrada del cine donde Lencho ya me estaba esperando.

Lencho era mi amigo del alma y quien se encargó de hacer todo el papeleo para que yo recibiera mi primer beso. Claro que no hubo papeleo, es un decir, pero digamos que los trámites necesarios: hablar con Liz, que era el nombre de la muchachita, y hacer una cita esa tarde en la función de cine popular, pues era miércoles. No éramos muy de ir al cine popular de los miércoles cuando exhibían tres películas seguidas, no éramos muy de ese tipo de cine, pero la ocasión lo ameritaba y yo le dije a Lencho que contara conmigo. “No te rajes”, me retó. ¡Cómo crees!, le respondí, ya ofendido (por si algo fallaba), pero la mera verdad estuve a punto de rajarme. No que tuviera miedo, ¡tenía pánico!

Pero llegué a la entrada del cine armado de valor muy puntual y penetramos a la dulcería en donde esperaríamos la llegada de Liz. Finalmente, más o menos a la hora pactada, llegó Liz, entró sola al cine y nos vio como si fuéramos los grandes amigos. Este es Beto, le dijo Lencho; esta es Liz, me dijo a mí. Liz era una muchachita muy pequeña de estatura con una carita muy bonita de ojos grandes y rasgados y un cuerpo más bien infantil, nada por aquí, nada por allá. Yo tampoco era Brad Pitt, qué va. Apenas más alto que ella y, a mis trece, debo aceptarlo, cara de tonto, con una nariz demasiado grande para mi cara demasiado pequeña y un corte de pelo militar que mi mamá me obligaba a usar. Si agregamos alguna espinilla definitivamente no era un galán. Nos dimos la mano y entramos a la sala. Lencho se acomodó disimuladamente estratégicamente unos asientos detrás, para no meter ruido y para tenernos vigilados. Tendríamos que contar hasta los segundos del beso. Intensidad, humedad, etc. Déjenme decirles que Lencho era un besador profesional porque tenía su novia, Fabi, a quien besó en una ocasión, sin pausa, durante treinta y cinco minutos. Atestiguado por varios.

Liz y yo ocupamos unos asientos y comenzó para mí uno de los eventos más tortuosos de mi vida. Los chicles entraban a mi boca, se gastaban y salían disimuladamente para dejar entrar a otros nuevos. Traté de tocar el brazo o la mano de Liz pero estaba verdaderamente interesada en las películas, nos rosamos un rato los antebrazos. De vez en cuanto volteaba a ver a Lencho, que me hacía ojos de “órale”; yo hacía como que ahora sí, pero no ocurría nada. Fueron más de tres horas de tortura. Al final de la segunda película, Liz, visiblemente desilusionada, dijo: “me tengo que ir”. Vamos, te acompaño.

Salimos los tres a la oscuridad de la temprana noche, que era fresca y agradable. Caminamos hacia el barrio de Santiago donde vivía Liz, pasamos algunas calles oscuras platicando de las películas. En la esquina de la 15 sur Liz dijo que su casa estaba cerca. Lecho se rezagó despidiéndose de Liz. “Aquí te espero, Beto”, me dijo a mí. Yo seguí con Liz, la calle era una cueva de lobo, no había la más mínima luz. Yo hablaba y hablaba, porque siempre he sido muy hablantín y además era un atado de nervios.

En un momento dado Liz se detuvo, me detuvo. También mi corazón se detuvo. Todo se detuvo. Me tomó de la nuca y me acercó a su cara. ¡Me iba a besar!, concluí emocionado. Acerqué mis labios a los suyos, nuestras narices chocaron suavemente como si fueran dos burbujas; nuestros labios hicieron contacto, como dos naves espaciales. ¡Plash, plomb, plum…! Adentro de su boca había dientes, también tenía una lengua, nada que me sorprendiera completamente pero no estaba por demás comprobarlo empíricamente. ¡Qué alegría más grande! “Houston, Houston, estamos acoplados.” Fue un beso largo, creo, en todo caso completo. Compartimos nuestras salivas y ella parecía complacida con sus ojos cerrados, su tibia temperatura, su sabor tutifruti. Mientras sucedía el beso, yo quería que terminara rápido ya para ir corriendo a platicarle a Lencho que esperaba a la vuelta de la esquina; ahora escucharía mi propia versión de los beso.

El beso terminó por fin en un algún momento, más bien pronto, pero eso no importaba. Por fin había ocurrido, tras una tortuosa transición que ya se había tardado más de lo conveniente. Era, entre mis amigos verdaderos, como Lencho,  el único virgen de boca… Claro, descontando a Martínez, al Pacho, Gus y Rafa que eran casos perdidos de inadaptación humana, más vírgenes que yo, ¡pero qué importaban esos idiotas! Con mi beso pasaba a formar parte de otra liga.

Nunca volví a ver a Liz, pero nunca la he podido olvidar.


Ilustración tomada de Mosaico de Retazos.
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