jueves, 22 de septiembre de 2016

Las monjas emparedadas

En recuerdo de Ruth, a 29 años de su partida

Las historias de monjas en la ciudad de Puebla son cuantiosas, en algunas crean platillos históricos o bebidas espirituosas, en otras cumplen roles de muchachas rebeldes que fueron enclaustradas en algún convento para reconvenirlas en enderezar sus vidas. Y otras historias en las que esas monjitas se han convertido en espectros espeluznantes que nos amenazan debajo de sus raídos hábitos. Esta es una leyenda moderna que proviene de una escuela secundaria de la localidad.


En la Escuela Técnica Uno había muchas historias porque era un edificio muy viejo. Estaba en la 22 oriente 1402, por la Fuente de los Muñecos, entre Xonaca y Xanenetla. Ahí está todavía la Técnica Uno, que entonces era el edificio de un convento que convirtieron en escuela, primero fue la Pre-vocacional Uno y después fue la secundaria. Era una casona vieja tipo convento, con patios, arcos y muros muy gruesos, los veladores contaban muchas historias de lo que ellos veían o les habían contado que ocurría ahí. En la parte alta se impartían talleres, pero junto había una parte que ya no se usaba -por seguridad más que nada-, estaba abandonada.

El piso de duela de algunas partes ya se había levantado y lo que había abajo era el piso original. Se veían huecos enormes también en los muros. Como era convento, se decía que muchas familias nobles de la época de la colonia y hasta del siglo XIX, metían ahí a sus hijas cuando resultaban embarazadas o algo les resultaba mal; se decía que ahí, en esas paredes, las monjas emparedaban a los niños recién nacidos, también emparedaban a algunas monjas que se morían, y que ahí los dejaron, y que en una de las partes que se cayó se podían ver los bultitos.


Otra historia de la secundaria Técnica Uno era la de una muchacha, que había una muchacha que no quería casarse con quien le decían sus papás, se negó durante un tiempo hasta que la metieron al convento; la joven iba muy triste y en la primera oportunidad que tuvo se ahorcó; se decía que en las noches se aparecía esa muchacha. Por eso los veladores no iban de noche a esa zona, porque se veía la sombra de la muchacha colgada. Todo había sucedido en la época colonial. (Carmina Conde)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Los años cincuenta en Puebla


Ante la barbarie de la guerra de los años cuarenta y sus profundas cicatrices, la década de los cincuenta fue diseñada específicamente para olvidar tantas penurias; son los años de la tecnología y los avances en la ciencia; espías de película que disimulaban a los espías verdaderos en la naciente guerra fría entre el este y el oeste. Una década de suspicacias y sorpresas. México fue gobernado por Miguel Alemán, hasta 1956, seguido por seis años de Adolfo Ruiz Cortines.

En Puebla se aprecia una incontrolable modernidad que entonces sólo podía concebirse como un paisaje de amplias avenidas pavimentadas con concreto reforzado y edificios más altos que los del legado colonial. Lo único cierto es que… la ciudad crece. Ese mismo año de 1950 el Congreso del Estado decreta que la capital se llamaría Heroica Puebla de Zaragoza.

Es la década del cine en tercera dimensión, jóvenes envaselinados y chicas de suéteres holgados con gafas de cartón frente a la pantalla del cine Variedades. Todo era novedad. Las familias estrenaban sus tocadiscos Zenith Cobra-Matic y los muchachos bailaban el fabuloso rock and roll que empezaba a llegar de los Estados Unidos. Concretamente Elvis Presley, aunque predominaban aún los románticos admiradores de Nat King Cole y Frank Sinatra, para no hablar de la prolífica familia de músicos mexicanos, los boleristas, que también tuvieron una importante aceptación en los años cincuenta; año, por cierto, en que Los Panchos llegaron a México e inventaron un concepto romántico de larga vida, los tríos (los nuevos tríos, en rigor, el trío moderno), en tanto que Los Churumbeles de España pusieron en boca de todos los vivaces acordes de El Beso (“que tú me diste”). Pero en esta década los jóvenes tuvieron un ritmo propio por primera vez, sólo para ellos, pues hasta entonces se pasaba de Cri Cri a María Victoria, sin ninguna transición. Y créanme, no era fácil.

Un buen día despertabas con un bigote bajo la nariz y quería decir que te habías vuelto adulto en ocho horas, durante el sueño. De niño pasabas a ser un hombre.


Todos se habían modernizado, comenzaron a llegar las lavadoras y las mamás que estaban a la moda usaban unos elegantes delantales de holanes muy coquetos, peinadas a la Grace Kelly, la sensación de Hollywood. Los señores, en cambio, eran caballeros serios y muy formales que usaban camisas de cuadros y pantalones caqui de gabardina; los más presumidos ostentaban copetes a la Ronald Reagan, el popular actor, y un traje holgado de rigor. Los papás salían de compras a la tienda de ultramarinos de los españoles y regresaban muy satisfechos con un paquete de pan de caja Bimbo, la novedad.

El domingo salían todos con sus mejores galas. El señor con su sombrero, su ancha corbata, la señora con vestidos nuevos, una Era maravillosa.

Los niños también participaron en esta nueva era de información y de sorpresas tecnológicas. El abuelo de los videojuegos, el Viewmaster stereoscope, hace su aparición para deleite de los muchachos. Tenía la forma de un binocular y había que ver contra la luz unos discos con fotografías que se le insertaban por una rendija superior; con una palanca se pasaba a la siguiente fotografía. Fue la primera experiencia de realidad virtual.

A finales de la década llegó un juego simple y divertido llamado hula, un aro de hule que te ponías en la cintura y lo sostenías con el movimiento de la cadera, el aro giraba en torno a uno y era muy entretenido. Fueron los primeros concursos en televisión, en aquellas primeras televisiones Zenith de pantallita redonda o de la  RCA, de pantalla más grande. Y para la gente que podía pagarla, una Admiral a color, aunque con una pantallita miniatura de veinte centímetros cuadrados. Pronto se hicieron televisores de pantallas más grandes.

Rodolfo Velasco Vázquez, niño de entonces, recuerda: “En ese tiempo pagábamos veinte centavos por ver programas como “Rin tin tin”, “Cachirulo” y otros programas infantiles muy bonitos, y las mismas señoras de esas casas nos vendías dulces.”

Llegaron a algunas casas las primeras cámaras de cine, concretamente la Cámara Keystone de 8 milímetros, con las que se filmaron los Guzmán aquellas películas familiares en la presa López Mateos y Valsequillo, por 1957. Al primo del barrio de Santiago le compraron una Bicicleta Huffy, modelo 1955; él se tuvo que conformar con un patín del diablo.

Y una tarde feliz pudimos conocer el colmo del atrevimiento en la forma de un pequeño radio de transistores en AM, Transistor Six, apenas más grandecito que una cajetilla de cigarros, de Sony. ¡Podías llevar el radio a donde quisieras! era sorprendente.

La historia de la moda destaca en esta década “la melena soigneé”, estilo Marilyn Monroe, que desplazó los moños y sombreros de los años 40 y desató además un verdadero delirio por las pieles finas, cachemiras y joyas, de acuerdo a los aires de moda provenientes de Europa.

Pero los años cincuenta nos tenía preparada otra sorpresa radicalmente opuesta. Una suerte de antítesis a la elegancia europea con el nacimiento de una moda estudiantil a mediados de la década; un estilo alternativo, desordenado y cómodo, que los jóvenes asumieron como uniforme y que la gente nombró con un simple adjetivo: juvenil.

Playeras y camisetas más bien holgadas, pantalones de pana entre más gastados y suaves mejor. Esta moda fue todo un acontecimiento,  pues los jóvenes hasta esta fecha carecían de una identidad propiamente dicha, la juvenil, pasando de niños con bombachos y pantaloncillos cortos al traje de adultos, sin una clara separación. Ahora las hermanas mayores usaban vestidos sin mangas, con un cuello discreto y faldones; a la cintura, un grueso listón de color combinado que se amarraban en moño por detrás. Faldas holgadas, negras o a cuadros; zapatos choclos combinados, usados con calcetines cortos y también cinturones de piel o de tela más bien anchos. Y los muchachos comenzaron a usar zapatos tenis de forma regular.

“Puebla siempre tuvo la fama de ser una ciudad culta, provinciana, sana. El centro no era como ahora, que va uno y hay ríos de gente y de carros, yo no sé de dónde sale tanta gente. Antes, me acuerdo, ya parece que iba a ir sin medias al centro.  ¡No´mbre…!  Aunque no fuera uno de la sociedad, la gente andaba de lo más arreglada que se pueda uno imaginar. ¡Pero bien arreglada! Nomás para ir al centro, porque ahí iba la crema y nata de la sociedad de Puebla, hace treinta o cuarenta años. Y todos los demás, los del pueblo, pues íbamos bien arreglados, me acuerdo que siempre andábamos bien arregladitas, de veras. Iba uno a misa de traje. El domingo era un desfile de modas en el zócalo. En el portal ¡qué bruto! de veras que veía uno a las muchachas de las sociedad, elegantes, preciosas y todo muy bonito”, recordó doña Olga Rodríguez Romero.


 En esta década el estado de Puebla sufre la primera gran crisis de su industria textil, que lo desplaza como centro de atracción económica regional; sin embargo, la ciudad sigue creciendo a ritmo acelerado, de 260,948 habitantes en 1950 pasa a 297,257 a finales de la década; de acuerdo con los especialistas es la década de la integración urbana primaria. Empieza a observarse una expansión urbana y regional de la ciudad. La mancha urbana consolidada de la ciudad de Puebla está inscrita en un área que comprende 3 kilómetros a la redonda, tomando como punto de partida el zócalo de la ciudad. Todo parecía grande, todo parecía moderno, o así quería uno imaginarlo. Hasta la misma esencia colonial de la ciudad parecía modernizarse con las manos de gato que comenzaron a darle a los edificios del centro y la construcción de flamantes edificios ultramodernos al estilo de la Torre Latinoamericana de la Ciudad de México.

“Cuando lanzaron el Sputnik fue todo un acontecimiento en mi familia –recuerda Alejandro Rivera Domínguez de aquel acontecimiento de 1957-. Fue tan impresionante que todos creímos vivir un momento determinante de la humanidad. ¡Han puesto un artefacto en el espacio! En el parque podías ver las constelaciones, pues estaba muy oscuro, había un foquito en cada esquina y por ahí andaba el sereno, porque todavía había sereno. Pero todo mundo juraba que vio el Sputnik. En todos lados lo anunciaron: “Vieron en Puebla el satélite ruso”. Creo que fue un shock.

Otros ciudadanos veían el Sputnik a su manera, pues como se dijo, los niños se hacían adultos de la noche a la mañana. Este recuerdo anónimo narra la historia de un niño de aquellos, que un día se despertó, consiguió cinco pesos y corrió presuroso a contratar a una de las “muchachas de la 22”


 “A los 15 años perdí mi virginidad. Era 1958. Lo recuerdo bien porque ese día, o el siguiente, entré a estudiar a la secundaria. Lo había venido preparando durante un tiempo y no había tenido el dinero para hacerlo, yo creo. Acompañé varias veces a un amigo al barrio de San Antonio y un día me armé de valor y fui a la 22 como a las seis o siete de la tarde.
“Había dos zonas de prostitutas en el barrio de San Antonio: las caras, que cobraban hasta 15 pesos, estaban en la 20 Poniente y 3 Norte. Las accesibles, se paraban afuera de sus cuartos a todo lo largo de la 22 Poniente, que atravesaba el barrio, hasta la 5 de Mayo. Recuerdo que en la 5 de Mayo había un arco del triunfo de madera, de esquina a esquina, que después mandó quitar un presidente municipal. Ahí estaban ellas paraditas afuera de sus cuartos. En la entrada, todas tenían un anafre con tinas y baldes grandes en los que calentaban agua para lavarse después de cada uno de sus servicios.
No había muchos miramientos para el cliente, al igual que en el cine, no había censura respecto a la edad, lo que me dio confianza para acercarme esa buena tarde y elegir a una de las mujeres. Yo tenía 15 años, cumplidos el día de los inocentes del año anterior, el 56. Se lo aseguro, los adolescentes de esa época éramos todo menos inocentes. Un buen día despertabas con un bigote bajo la nariz y quería decir que te habías vuelto adulto en ocho horas, durante el sueño. De niño pasabas a ser un hombre. Chico, muchacho, pero hombre. Por eso conseguí cinco pesos y me lancé a la 22 a mi primera experiencia. Elegí a una mujer que en mi vida había visto. Era una señora con un vestido verde. Era blanca, entrada en carnes, pero no vaya usted a creer que gorda. No. La señora, muy amable, me dijo “pásale”. Pasé, cerró la puerta. Me metí más y más y eyaculé como a los diez segundos. Íbamos muy excitados como para hacer un papel decoroso. Y resultó mejor, porque la cosa en realidad no me gustó. No tenía mucho chiste. Yo no sentí nada, estaba muy usada la señora y en realidad no sentí nada. Salí tambaleante, apoyándome en la pared. Tenía la necesidad de correr de ahí. Al salir a la calle, en mi torpeza, ¡no voy tirando el anafre prendido con todo y brasas y tina llena de agua! Corrí hacia mi casa sintiendo como si hubiera matado yo a alguien, avergonzado, con mucho sentimiento de mala conciencia. No sé si por la mujer, por mi virginidad, los cinco pesos o por la vergüenza de tirar el agua; mi primera experiencia sexual no fue muy buena. Esa noche me desquité en mi cama”

Por esta época se aprecian los primeros asentamientos irregulares, espontáneos, ahí en las afueritas, sin ningún control, sin relación ni contacto con el conjunto, con la unidad espacial de la ciudad colonial que gobernaron sucesivamente Enrique Molina (1948-1951); Nicolás Vázquez (1951-1954); Arturo Perdomo Morán (1954-1957) y Rafael Artasánchez  (1957-1960). Sus incipientes planes urbanos se ocupan ante todo del mobiliario urbano que demandan los tiempos. Faroles para el zócalo; calles, agua, alcantarillado, limpia, iluminación, ordenamiento del transporte, muy lejos aún de poder identificar la relación entre ciudad y sociedad.1

Hay, sin embargo, investigadores de la historia urbana de la ciudad de Puebla que no aprecian un crecimiento desmesurado en la década de los años cincuenta en la ciudad, ya que afirman que Puebla crece, básicamente, en dos importantes fraccionamientos de alto nivel: Los Volcanes y La Paz, y ocurre la integración a la ciudad del pueblo de La Libertad, localizado al norponiente. En los municipios periféricos de San Felipe Hueyotlipan y San Jerónimo Caleras se inicia el deterioro de las estructuras de producción agrícola.2 Pero nada comparable con lo que ocurriría después, en los sesenta, cuando la ciudad absorbe 17 pueblos aledaños, que se convirtieron desde entonces en sus juntas auxiliares, añadiendo 170 mil habitantes al municipio de Puebla. La urbe se desparramó hacia sus costados como una olla de leche hervida.




Citas:
1) Desarrollo metropolitano, análisis y perspectivas. Sergio Flores González (compilador), BUAP, 1993, p. 276- 278) y Puebla: Una ciudad histórica ante un futuro incierto, Juan Francisco Salamanca Montes.
2) La primera modernidad urbano-arquitectónica: 1900-1950. El caso Puebla.
Varinia López Vargas y Zeús Moreno Muñoz, en www.rafaellopezrangel.com/


jueves, 18 de agosto de 2016

Largo lamento


Esta historia me sedujo porque es un cuento psicológico, un relato basado en imágenes que el abuelo de Carmina Conde le contó a ella y a sus primos cuando eran pequeños. Historias que ella nunca pudo olvidar, como esta de la Llorona que es una esquiva aparición y su abuelo caía en él como Ulises con el canto de las sirenas, simplemente tenía que ir a ella.

Mi abuelo Francisco Conde tenía tienda y lo íbamos a ayudar, como también vendía recaudo, cuando llevaba el jitomate era de los que había que limpiar cada jitomate, de uno por uno.
Nos llevábamos horas y entonces él nos platicaba muchas historias de cuando era joven y todas sus andanzas. Una de esas historias era la de la llorona.
Contaba que cuando era joven, de unos cuarenta años, en un pueblito que se llama Amajac de Guerrero, Tlaxcala, rumbo a Santa Cruz, cuando él salía del trabajo ya era de noche, estaba muy oscuro y no había transporte. Todo se hacía caminando.
Ese día salió de trabajar y, aunque no tomaba -nunca tomó-, era muy mujeriego, entonces andaba visitando muchachas; en eso, en el camino, que vio a una mujer muy guapa… “que la vi y estaba ahí peinándose. Como estaba sembrada la milpa me acerqué sigilosamente a ella, tenía un vestido blanco y el cabello largo, pero entre más me acercaba ella se alejaba.” “Si no vengo borracho”, se decía. Se acercaba a ella y se alejaba la imagen. Así estuvo un rato, tratando de acercarse pero ella se alejaba, llegaba a unos cinco metros de ella, pero no podía acercarse más, no la alcanzaba, entonces ya no siguió caminando.
Pasó el tiempo y la vio varias veces en ese recorrido al salir de su trabajo, la veía pero nunca se le pudo acercar. Una vez, cuando la volvió a ver, la siguió de nuevo, “ahora sí la alcanzo”, se dijo. Y esa vez sí la siguió y la siguió y, cuando se dio cuenta, estaba al borde de un barranco. “Si la sigo más me hubiera caído –nos contó-, estaba como en trance, no sabía cómo detenerme y ya, cuando reaccioné, veo que voltea, entonces la vi”.

Tenía una cara espantosa, una expresión terrorífica, con los ojos brillantes y fue cuando mi abuelo dice que se asustó mucho. “Entonces fue cuando escuché el grito de la llorona. Era un grito –dice- como lamento, no tanto grito, sino una especie de gemido muy escalofriante, muy largo; más que terrorífico como de lamento, de pena”. Así lo escuchó él, como un largo lamento. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Ciudad sin visión


Oficina del doctor Carlos Montero Pantoja, primer piso en la Casa de la Aduana Vieja. Llegar sin avisar nunca ha sido recomendable, y eso me ha costado tres visitas previas en las que me he tenido que ir en ascuas, pero sé que a Montero le viene bien esta irrupción sorpresiva en su ordenado funcionamiento como uno de los más respetados urbanistas de la ciudad de Puebla, a cuya oficina llegan investigadores e invitaciones de todos los confines del mundo para invitarlo a participar en un proyecto, una investigación o solicitarle un  artículo o comentario sobre alguna de sus especialidades como miembro del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades: el patrimonio edificado, la historia de la arquitectura y el urbanismo, a las que ha dedicado una decena de libros individuales y compartidos.

¿Cuál sería la relación entre la cultura y el centro de la ciudad de Puebla?

Carlos Montero: Pues hay una relación muy fuerte porque la ciudad tiene partes, partes culturales; hay una expresión social en lo edificado, siempre lo ha habido. La arquitectura y el urbanismo no son materia sino materialización de esas expresiones culturales, por tanto, en un proceso tan largo que ha tenido la ciudad de Puebla,  el centro es el que acumula más testimonios culturales de esta sociedad poblana.
Cuando nosotros miramos que se demuele un edificio o se cae de viejo, eso está expresando el sentir o el pensamiento cultural con relación a una arquitectura y a una ciudad. Eso es. Y definitivamente son temas que no se miran como debieran y por ahí es donde a veces hay enfrentamientos sobre visiones, sobre situaciones que no van al fondo y que consiste en entender esas manifestaciones culturales que tiene la sociedad. De ahí que el tema de las demoliciones o de los descuidos en mantenimiento o el dejar que los edificios se caigan o el no cuidar los espacios públicos o el dejarse perder porque otro va ganando los espacios públicos, son manifestaciones culturales que vienen también expresadas aquí durante mucho tiempo, que no podría ser de otra manera por la mixtura historia, la mezcla cultural histórica que hemos visto entre España y los indígenas. Aquí han venido razas que tienen  su propia cultura, de todo el mundo, y están los españoles, sí, pero están los catalanes, están los libaneses, hubo raza negra, vinieron los chinos, en fin, eso no se ha trabajado y entonces, entre tantas mezclas, se generaron expresiones culturales que a veces uno no entiende o no le son totalmente legibles y por esa circunstancia tampoco se ven.

¿Este crisol étnico ha originado desviaciones de la arquitectura europea hacia otros ámbitos?, ¿existe la arquitectura poblana? ¿Qué hay de la aportación poblana de los siglos coloniales a la estructura de una ciudad, a la arquitectura de una ciudad, al mobiliario, etcétera? ¿Qué hay de este sincretismo?

Pues lo que más hay es eso, porque resulta que luego queremos también meternos a encontrar lo que es auténticamente español y lo que es auténticamente mexicano y entonces le estamos buscando tres pies al gato, cuando lo que debemos buscar son los procesos de mestizaje, que es nuestra nueva cultura, es nuestro nuevo ámbito. Y en ese nuevo ámbito tenemos expresiones en arquitectura religiosa, los conventos por ejemplo, los conventos de hombres y posteriormente los conventos de mujeres, que son prototipos que no existen en otras partes del mundo, hay similitudes en Latinoamérica, por razones también obvias, de esta relación tan estrecha que hubo en este continente entre los grupos indígenas. Y que luego también los conquistadores, pues, igual llevaron más o menos el mismo tráfico hacia el sur, incluso llevando gente de Tlaxcala, llevando gente de otros lugares a poblar y ayudar en las conquistas y fundaciones de nuevos centros de población. Entonces, eso es lo que sucede, para fundar Puebla vinieron tlaxcaltecas, vinieron de Huejotzingo, vinieron de Calpan, vinieron de Texcoco, de Iztapalapa, de Oaxaca. Ya desde ahí, desde el propio acto de fundación,  Puebla era una ciudad con muchas mezclas. Y luego esa religiosidad, ese carácter religioso, pues fue también una conquista religiosa, una conquista espiritual, le llaman algunos, bueno, pues entonces ahí también hubo expresiones del clero secular, del clero regular, de cada una de las corrientes porque todo se edificaba conforme a sus propias reglas, y por eso es fácil identificar un convento franciscano, austero, porque predicaban entonces la pobreza, y otros no; dominicos, etcétera.  Entonces todo eso quedó testimoniado ahí. Y nada de eso miramos, simplemente miramos cajas, miramos volúmenes, miramos piedras, y no vamos a la esencia de todo esto que, culturalmente hablando, que es la línea que buscas, tenemos mucho más, muchísimo más de lo que pregonamos.

La ciudad de hoy mejora en ciertos aspectos y empeora en otros. ¿Qué pasa con esta ciudad?

Pues la veo muy desordenada, una ciudad sin visión. Históricamente, cuando se planeó la ciudad para españoles, ubicada estratégicamente en un territorio, se tenía una visión de para qué fundar Puebla aquí. Por qué no aprovechar a Huejotzingo o Cholula, que era una ciudad importantísima en el territorio, mucho más importante que la misma Tlaxcala, o por qué no se aprovechó a Tlaxcala, ya que habían sido sus mejores aliados en aquella oportunidad. Porque Tlaxcala no era un lugar estratégico, Tlaxcala como todos los tlaxcaltecas, crecieron sobre las montañas bajas que hay en su serranía actual, siempre fueron grupos sociales a la defensiva, crecieron defendiéndose hasta de ellos mismos. Puebla, en cambio, se planeó desde un principio, se hizo la estructura de establecimientos, de conventos, a distancias de cuatro, cinco o seis leguas entre uno y otro, y ubicados también en puntos estratégicos, porque sirvieron muchos de ellos de cuartel en ciertos casos. Entonces eso te habla de una visión de siempre de la ciudad. Cuando Porfirio Díaz tendió los ferrocarriles tenía una visión de país, poner estaciones donde se pusieron o entrar a las haciendas donde eran necesarios, todo eso es visión. Habla de estrategia. Y hoy en el siglo XXI no hay visión de ciudad, no hay visión y por eso mismo se hacen cosas que parece que están bien, pero cuando uno hace la lectura, la lectura es de desorden, en todos los sentidos. Por un lado se ve que se está arreglando el centro histórico, pero al mismo tiempo se le imponen elementos que resultan increíbles, como el teleférico, como la rueda de la fortuna o como los pavimentos de concreto hidráulico en el bulevar; los puentes, en fin. Y te habla de un desorden incluso de lectura histórica, es decir, que estos proyectos de puentes, de pasos a desnivel,  de calles de concreto son del siglo XX, de los años cuarenta del siglo XX, de los años cincuenta cuando tuvieron su máximo esplendor. Funcionaron incluso durante muchos años en la ciudad de México, funcionaron bien, lo que tenía que suceder en la ciudad de México era cambiar a otro modelo o buscar otro modelo para otra ciudad que creció mucho, que tiene más población, que tiene más vehículos. Bueno, eso no se ha hecho aquí, simplemente se vuelve a retomar un modelo de ciudad que ya no corresponde con la visión ni con las necesidades actuales de los ciudadanos de aquí, de Puebla, y muchos menos con las visiones de ciudades que están surgiendo en el mundo. Simplemente no se ve. Entonces ni se ha leído el pasado, ni se ha leído lo que está sucediendo en el presente en el mundo, porque así como se leen los modelos económicos, también hay que hacer una lectura de por dónde van esas expresiones de modelos económicos, porque resulta que los grandes  capitales sí le están apostando al diseño de ciudades sustentables. Entonces, te digo, hay un problema de concepción, de visión a futuro en esta ciudad y por eso lo que predomina es el desorden. Porque ni se ve al pasado, ni se ve al presente y muchos menos se mira al futuro.

¿Entonces qué se ve?

No se ve nada, hay una ceguera, cuando yo hablo de visión es estricta la palabra.

¿Lo mismo ocurrió en París con la torre Eiffel, lo mismo ocurrió en Londres con la rueda de la fortuna?

No, no, no. La torre Eiffel fue construida en el marco de una exposición mundial, de una exposición internacional. No fue un capricho urbano. Y entonces este es el resultado de la torre Eiffel. Pero además se estaba demostrando por dónde iba la técnica y el surgimiento de nuevos materiales. Hubo protestas, naturales en su momento, pero luego eso se asoció al propio éxito de las exposiciones mundiales y a lo que ya estaba sucediendo en la propia ciudad. Pero la ciudad se transformó con visión. Había claridad. Luego hay cuestiones culturales que la propia sociedad valora con el paso de los años. Quizá le apuesten aquí mucho a estas cuestiones, al paso del tiempo, cuando digan “bueno, no estuvo tan mal”. Demasiado azarosa. Porque Puebla no es París, en París puede suceder todo. En las grandes capitales del mundo, como te puede resultar un éxito, te puede resultar un fiasco.

¿Qué ocurre cuando una ciudad crece de manera caprichosa, accidentada, como estás presentando el panorama de Puebla; qué nos espera de un crecimiento basado en esto?

Pues es que se deja, se ha dejado que todo suceda de manera “natural” (entrecomillado ¿no?), al garete, y así como se ha dejado el tema de la seguridad o inseguridad ¿no?, que tiene su origen en muchas causas, pero pensemos en la pobreza, por ejemplo, se ha dejado que la pobreza crezca, crezca, crezca, y a ver qué sucede. La ciudad va a llegar a un nivel en que va a tener una crisis que va a explotar en manifestaciones de carácter social. Porque ahí están, tenemos más de cien colonias viviendo en situación irregular, irregular en todos los sentidos, están ahí, ya con su casita malhecha o a medio hacer o bien hecha, pero ahí están. Y así como alguien después puede robar o hasta matar por hambre, también muchos de esos se pueden convertir en un conflicto para las propia ciudad y para las autoridades que estén al frente. Pero ¿qué pasa?, que en esa visión de ciudad no se atienden sus necesidades. En este modelo económico no se atienden esas necesidades. Yo revisaba las inversiones que se están haciendo en patrimonio, en lugares que tienen  presupuesto patrimonial,  o bien para con seguir la declaratoria de Pueblo Mágico o bien para un proyecto de imagen urbana: Huejotzingo, Atlixco, Cuetzalan, etcétera; bueno, la inversión del gobierno del estado anda sobre los diez millones de pesos; el municipio, cada municipio pone la otra mitad, diríamos veinte. Pero resulta que la rueda de la fortuna te va a costar 400 o 500 millones de pesos, entonces cualquiera se pregunta: bueno, entonces ¿por dónde vamos o qué estamos haciendo?, de dónde esa desproporción en la inversión de  necesidades, cuando ya se ha dicho que hay otras tantas necesidades en esta ciudad que una rueda de la fortuna o que un teleférico. Ahora, si desde el punto de vista económico tú hicieras el estudio de factibilidad y el estudio económico de que vas a recuperar la inversión y que vas a tener ganancias altísimas, y que esas ganancias las vas a invertir en proyectos sociales, dirías: ¡bueno! Pero eso no es cierto. No está en  ninguna información, no lo creo. Además, en esa visión también se cree que esos elementos van a traer turistas, cuando la esencia de esta ciudad es otra. Y lo que trae turistas es la ciudad con sus propios valores, sus propias características. El turismo lo que viene a buscar es lo local, y le gusta ver a la gente como es, no que muestre lo que no es. Yo no creo que la gente vaya a Paris o a Londres a subirse a la rueda de la fortuna. Podríamos hacer la encuesta, pero yo casi te aseguro de antemano que no, no lo creo. Habrá gente que incluso vaya a Londres a ver el futbol y ya como complemento vaya a subirse a la rueda, pero no que sea el atractivo. ¿Y tú crees que alguien en el mundo quisiera venir a Puebla a subirse el teleférico o a la rueda de la fortuna?

No, no lo creo.


Aun los que van a las montañas, que van a esquiar, que van a lo que vayan ¿estarán pensando en el teleférico que los va a transportar? No, no. Si voy a Zacatecas pensaré en el cerro de la Bufa, pero no en el teleférico que me va a llevar ahí. Entonces hay ideas equivocadas que me parecen absurdas en un personaje que se formó en Estados Unidos en una universidad prestigiada, que presume de hombre de mundo, que tenga esos pensamientos así.

viernes, 5 de agosto de 2016

Puebla en los años 40


La década de los cuarenta está marcada con la preocupación internacional por el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, iniciada en 1939, de la que nadie fue ajeno. En 1941 el presidente poblano Manuel Ávila Camacho le declara la guerra al Eje y nuestro país se prepara para una participación activa en los eventos bélicos. Se envía al Oriente al famoso Escuadrón 201 y los mexicanos nos vemos inmiscuidos en la sangrienta y prolongada guerra que costaría 50 millones de vidas a la humanidad. Sin embargo, nuestra preocupación era más grande que nuestra participación, a decir verdad; nada de eso detuvo nuestra creatividad. Agustín Lara, en el pináculo de su fama, compuso una marcha militar: El cantar del regimiento, que fue adoptada por los regimientos de caballería del Ejército e, incluso, coreada en los desfiles militares por los propios soldados. 

Cantar del regimiento

“Una musa trágica hizo de una lágrima un cantar, el cantar del regimiento de los hombres que se van./ “Cantar del regimiento envuelto en mi bandera estás, con ella vas al viento hablándole de libertad./ “Cantar del regimiento, mil vidas que se apartan; que me cuide la Virgen morena, que me cuide y me deje pelear./ “Ya se va mi regimiento, va cantando ¡sabe Dios si volverá!”


 En Puebla se inicia una década que definiría su transformación urbana para siempre. 1940 marca un año de inflexión en el crecimiento de la ciudad y de su población. En los siguientes diez años Puebla pasaría de 138,491 a 234,603 habitantes. Se inicia un proceso de expansión urbana sin precedentes, la ciudad late y se expande en cada latido. Se fundan importantes colonias al Poniente, como la Volcanes y La Paz, así como se integran a la ciudad rancherías, pueblitos y pueblotes como La Libertad en el Norponiente. En los municipios periféricos de San Felipe Hueyotlipan y San Jerónimo Caleras, se inicia el deterioro de las estructuras de producción agrícola. Comienzan a observarse, pues, los efectos de una desconocida expansión urbana y regional de la capital poblana. La pequeña ciudad con una longitud de un kilómetro y medio a partir del zócalo desde el siglo XVI, mide ahora el doble, 3 kilómetros de radio circundante a partir de la plaza central.

En lo político la huella indeleble marcada por el polémico gobierno de Maximino Ávila Camacho dejó el agua como para chocolate. En 1941 asume la gubernatura un médico local de 45 años de edad, Gonzalo Bautista Castillo, que gobierna hasta 1945. Lo sucede en el cargo el Ing. Carlos I. Betancourt que gobierna la entidad hasta 1951.

En la Presidencia Municipal completan su periodo de tres años, sucesivamente, el hermano del presidente de la República –y del propio Maximino- Rafael Ávila Camacho (1939-1941), seguido por Juan B. Treviño (1941-1943), Alfonso Meneses González (1943-1945), Antonio Arellano Garrido (1945-1948) y en la última parte de la década y principios de la siguiente, Enrique Molina J. (1948-1951).

Respecto a la sociedad, los habitantes de Puebla se vieron beneficiados con el nacimiento de la empresa Teléfonos de México, S.A., el 23 de diciembre de 1947, de capital mexicano, que fusionaba la conectividad de las compañías Telefónica Mexicana y Telefónica Ericsson, que durante medio siglo sometieron a las ciudades mexicanas a la aberrante situación de contar con un teléfono sin poder comunicarse con otro teléfono, si no se pertenecía a la misma compañía. Terminaba esa extraña situación que tantos malos entendidos había ocasionado, además del costo de las empresas poblanas que se veían en la necesidad de contar con las dos.


Magno Sánchez (q.p.d.) me contó este recuerdo de cuando era chico en los años cuarenta poblanos: “En el zócalo había un quiosco, donde ahora está la fuente de San Miguel había un quiosco. No nos subíamos a él, ahí nada más era para que llegara cada ocho días una orquesta municipal que daba conciertos. Ya de jovencitos, en la pubertad, mi hermano y yo íbamos a ver. Salíamos de la escuela y nos íbamos al zócalo. Entonces te podías subir a la torre de catedral, era el lugar más alto de Puebla y era imponente ver. Nadie te lo impedía, estaba abierto y todos subíamos. Se veía ahí toda la ciudad, donde estaban los conventos, no había tanto edificio, en fin. Un paisaje postrevolucionario y hasta colonial, diría yo. La ciudad llegaba a la 25 poniente por el sur, por el lado oriente a Analco, al poniente paseo Bravo y al norte San Antonio. Esa era Puebla. Santa María, que fue la primera colonia de gente más o menos de clase media alta. Unas llamadas quintas, muy bonitas, con características especiales. En el zócalo estaba el Rotary, estaba el hotel Arronte, pero no había nada en los portales, estaban vacíos, no había mesas como ahora. Todo estaba vacío. Estaba el Royalti y otros lugarcitos, pero muy discretos. El hotel Italia estaba en lo que hoy es El Sol de Puebla, de italianos. En el portal había accesorias, una serie de accesorias de comercio pequeño. Cada quien tenía una accesoria y vendían dulces típicos, artesanías.”

A pesar de los previsibles colores de nuestras ferias, de nuestra fruta y de nuestros paisajes, en los años cuarentas se respira un ambiente gris, una moda gris, tal vez influida por el aplastante dominio nazi cuyo ejército –incluidos vehículos y armamento pesado- usó este color neutro en la famosa toma de París de 1940 que dio la vuelta al mundo en fotografías de prensa. Lo cierto es que la opacidad del mundo se manifestó en los colores grises y oscuros que predominaron en la vestimenta de la gente. En cierta forma, la moda no fue tan importante en esta década, pues no conforme con la guerra el mundo entero vivió la escasez de productos y la industria textil sufrió transformaciones importantes. Predominaron los trajes grises de dos piezas en las mujeres, al igual que en los hombres. Se usaron peinados y maquillaje relativamente discretos, y la elegancia se circunscribía al uso de un pañuelo blanco en un bolsillo falso de los sacos masculinos y guantes blancos cortos y largos en el caso de las mujeres. Y, claro, sus respectivos sombreros de cada quien. Mujeres y hombres. Era la moda de la guerra, el mundo sufría, había pocos pretextos para festejar.

“Salía uno de la misa y se iba uno al zócalo, donde daba vueltas uno al zócalo, las vueltas que uno quisiera. La podía uno dar a la derecha o al revés, al contrario, pero acostumbraba uno ponerse su mejor vestido, se usaba el sombrero, se usaban los guantes, y no porque uno quisiera, sino que así era la costumbre y así los veía uno en los aparadores, que un sombrerito del color de los guantes, del color de los zapatos. Y bueno, pues uno lo veía bien. A mí me tocó esa época. Luego, en la tarde, se iba uno al cine. En ese entonces estaba el Guerrero y el Variedades, después de dar la vuelta al zócalo o ir a visitar a alguna amiga que estuviera enferma o simplemente recorrer otra calle”, recordó doña Viviana Palma.


El conflicto terminó en 1945 con las bombas atómicas en el Japón y la virtual aniquilación de los alemanes. Los modistos buscaron viejas glorias del antiguo glamour, de la grandiosidad de los años pasados, la nostalgia invadió de elegancia y sofisticación la nueva Era de la paz entre las naciones, pero el daño estaba hecho. Sería difícil recuperar nada a corto plazo, el mundo había cambiado. Y nosotros con él. 

jueves, 28 de julio de 2016

El del Nahual


Las historias de misterio no tienen que ser tragedias necesariamente. Esto lo aprendí en una leyendas compartidas por Carmina Conde, en las que a veces no ocurre nada terrible en ellas, no corre la sangre, nadie muere y todo sale bien al final, en esta su papá vivió una historia terrorífica, pero vivió para contarlo.

Mi papá nos contó una historia de su niñez. Cuando ellos vivían en Amajac, mi abuelo los mandó a él y a su hermano a que acompañaran a mi tía –su hermana de ellos- con un familiar a Contla, un pueblo cercano; tenían que ir caminando, no había transporte, había que caminar. Entonces se fueron.
Como eran niños se fueron jugando en el camino hasta el otro pueblo y no vieron nada, no pasó nada. Cuando hicieron el mandado que iban a hacer, se despidieron de los familiares y se regresaron a Amajac.
Entonces, cuando regresaban, ya iban por contra, ya de tarde-noche, venían ellos con su hermana y, “de pronto nos encontramos con un perro”, pero era un perro enorme, negro, grande, con los ojos rojos. Se pusieron atrás de su hermana, que era más grande, entonces se movían a la derecha y el perro también, “nos íbamos a la izquierda y el perro se movía también”.

No ladraba ni nada, nomás los veía con sus ojos rojos; entonces se movía a donde ellos lo hacían: Quisieron regresarse, pero el perro se les ponía enfrente. Entonces, en eso, su hermano, que era el más chico, se evadió del perro y salió corriendo, “pero a nosotros no nos dejaba pasar”.

Su hermana se puso a rezar: “San Jorge Bendito, amarra tu animalito, con tu cordón bendito, y que no me pique a mí, ni a otro pobrecito”, y trataban de pasar “y a mí me daba mucho miedo –dice-, pero ya, nos pasamos como pudimos”.


Mi papá dice que quería llevarse a su hermana, no lo quería a él, sino a su hermana, que era una señorita como de catorce años. Hasta que por fin, en una de esas, “que la jalo y que arrancamos”. Corrieron lo más rápido que pudieron sin voltear atrás. Cuando llegaron a su casa les contaron a su papá y a su abuela lo que les había ocurrido con el perro; la señora les dijo que era el nahual, que seguramente quería a su hermana. No había ninguna duda. Rápidamente los preparó y les tuvo que dar una limpia con yerbas para protegerlos del nahual, también les dio no sé qué té para el susto.


El perro era demasiado grande para ser un simple perro. Además se movía de forma extraña, no como si fuera un animal. El nahual generalmente se aparecía en la figura de un perro, un perro grande, ese era el nahual, un ser maligno que hacía daño, un hechicero o algo así. Generalmente se representaba como perro, pero en otros lados lo hacía en otras figuras; pero aquí como perro, con los ojos rojos. 

miércoles, 20 de julio de 2016

Se lo chupó la bruja


Esta historia-leyenda familiar que me contó Carmina Conde es perturbadora porque hay detrás de ella otra historia menos fantasiosa, que habla de un vicio criminal o al menos de negligencia criminal, lo que llevó a estas familias a extrañas tradiciones y prácticas ¿quién era Juana?, ¿qué hacía Juana, además de niños?, ¿qué pasó esa noche cuando la familia de Juana fue visitada por la tragedia?, ¿o fue una bruja en verdad que llegó a chuparse el alma de su hijito?

Con las brujas para las familias era un asunto de protecciones, sobre todo con los niños, porque las brujas malas se llevaban a las niñas, pero a los varones se los chupaban. Por eso se decía que se lo chupó la bruja. Generalmente se hablaba de sacrificios, ellas vienen aquí para sacrificar a alguien. Mi abuela creía mucho en eso. Decía que su mamá tuvo un niño, hermano de ella, al que se lo chupó la bruja. Entonces, para proteger a los niños, cuando mi madre y sus hermanas tuvieron a sus hijos, ponían debajo de las cunas de los bebés unas tijeras abiertas en cruz para que los protegiera de las brujas, para que no se acercara la bruja. Entonces se ponían unas tijeras debajo de las cunas, directamente para proteger a los niños dela bruja.

Su mamá de mi abuela, cuando ella tenían como ocho años, su mamá, que se llamaba Juana Hernández… o López, tenía un hijito; bueno, tenían muchos hijos antes, ese era el octavo, creo, un bebé de meses; pero a la abuela le gustaba el pulque, entonces se iba y se echaba sus pulques, regresaba ya de noche y se dormía en su petate. Una vez hizo eso, regresó y se echó en su petate a dormir, pero que esa vez dice que lloraba y lloraba el niño. Otro de sus hijitos, uno de los mayorcitos, trataba de despertar a su mamá: “mamá, llora el niño”, pero ella no le hacía caso. Y “mamá, llora el niño, llora el niño”, y no despertaba la mamá. Todo estaba oscuro, antes nomás había velas. Y no se despertaba. 
Como el niño se quedó callado después, su hermanito pensó que ya se habría dormido y se volvió a dormir, “alguien le habría dado de comer”, pensó y ya no hizo caso. Al otro día vieron que el niño estaba muerto. Dicen que se lo chupó la bruja. No sé si habría señales o alguna clase de prueba. A la mejor el niño murió de otra cosa, pero mi abuela estaba segura que había sido la bruja, que la bruja se había chupado a su niño. Que por eso no podía despertar, porque la bruja les hacía algo para que no pudieran despertar. Nunca supe si había algún indicio, un animal que le pudo haber picado o algo, pero entonces se morían muchos bebés y ese se murió. Le echaron la culpa a la bruja. Ellas se acercaban a los bebés en forma de serpientes y para que no lloraran les metían la cola de la serpiente en la boquita, para que no lloraran, lo engañaban con la cola y los bebés se entretenían con eso en la boquita mientras se los chupaban.