jueves, 17 de agosto de 2017

Fan en fin


Mi presencia ese miércoles 15 de febrero de 2006 en el estadio Azteca me investía técnicamente como un fan, tenía cuatro de los 140 mil preciados boletos para uno de los dos conciertos. Debo aceptar que, en apariencia, era un fan más.

Pero internamente no. No sentía ni siento nada especial por Bono que me clasifique como un fan, me gusta su música como me gusta Jimi Hendrix, Pink Floyd y Lila Downs y mi presencia ahí fue meramente circunstancial, motivado por las tres fanáticas (esas sí) que tenía en casa, empático con las negociaciones de Bono con líderes mundiales para renegociar las deudas de países pobres, que un año antes (2005) concluyó con la suspensión de los compromisos de dieciocho países, fundamentalmente africanos, que incluyó a Bolivia de este lado del mar. En fin ¿era un fan?

Eva, mi madrina virtual, que vive con el corazón en la mano –y es fan absoluta de U2-, compró en Texas dos boletos para el DF de una devolución de 70 localidades e intercambió telefonazos con Martha, su mamá en la CDMX, para que comprara otros dos, siempre pensando cariñosamente en las cuatro partes que componen la familia de la que soy fracción.

Intercambió después comunicación conmigo y me envió en pdf los boletos del concierto que yo tendría que imprimir. Busqué hacerlo en la oficina, pues es una impresora de mayor capacidad, pero terminamos imprimiéndolos en casa porque no había tinta allá, ni acá tampoco, por lo que terminé comprando un cartucho de tinta pirata que venden en una plaza de la tecnología, garantizadas por tres días.

La impresión resultó magnífica. Ante nuestros ojos fueron apareciendo los dos impecables boletos que ocupaban cada uno una hoja completa. Con diez mil instrucciones, anuncios y toda clase de información. Lo más importante, el código de barras, se imprimió perfecto. Era el boleto más grande de mi vida. Y tal vez el más caro aunque, como dije, yo no los pagué. Tamaño carta. “Cárguelo como cualquier boleto, cuídelo como a su dinero”, decía en letras verdes. Y yo me imaginaba cómo llevaríamos dos boletos tamaño carta, en papel bond común y corriente, sin que se arrugaran, desde Puebla hasta el estadio Azteca.

Los cuatro imaginábamos de muchas formas el escenario del concierto que empezaba con un viaje de dos horas a la ciudad de México y posteriormente al estadio en el sur de la ciudad. Durante una semana las otras tres entidades familiares fueron entrando sucesivamente a un estado de histeria, de estrés, de melancolía, que el día del evento terminó en un estado de éxtasis colectivo.

Estadio Azteca, 23 horas. Luz, de casi 16 años, Teresa, desarrollando sus doce, y Malú, la madre, de idéntica edad que la estrella (¿dios?) de rock y de sus corazones. La entrada fue sencilla, teníamos el aspecto de una familia sin complicaciones. Igual fui despojado de mi pluma Bic y no recuerdo de que otra cosita que podría ser tomada como un posible proyectil, aunque nos permitieron el ingreso de encendedores (forman parte de la coreografía de la masa, me enteré después), que pueden ser un proyectil muy eficaz.

Dentro del estadio la multitud rugía. Teníamos boletos de cancha, el escenario se levantaba a unos treinta metros de nosotros, enorme, espectacular. El viaje desde Puebla había sido largo y cansado, nuestra aventura había comenzado muy temprano ese día, de modo que a las 8 de la noche la espalda y la cintura resentían los pocos momentos de descanso que habían tenido. Ahora era menester estar parados, pues no había asientos en esta parte del estadio.

Un grupo local que no recuerdo teloneó a los irlandeses, pero a esas alturas todos estábamos desesperados. Como sea, el espectáculo de la multitud rugiente era muy entretenido y las niñas estaban sencillamente desbordadas, felices de la experiencia, del lugar, de la circunstancia; y adolescentes, pues en realidad no estaban cansadas.

Por fin, como a las 10 fue presentado U2 para mayor histeria de la concurrencia. Y ahí estaban, cuatro pequeños músicos en un enorme escenario que se las arreglaron para llenar. Cuatro (¿o dos?) enormes pantallas nos permitían reconocerlos en persona. Bono entonó un fragmento de Cielito Lindo para el primer orgasmo de la multitud y dio inicio un espectáculo lumínico-musical que sinceramente me pareció más comprometido con Las Vegas que con la música, pero ahí estaba. Una secuencia de imágenes que iban de Emiliano Zapata a Salma Hayek se desgranaba en las pantallas ante la algarabía y las rechiflas ganadas por las imágenes de Fox y Bush, presidentes de sus respectivos países en ese momento; el segundo orgasmo multitudinario llegó cuando Bono exclamó: "no more Chiapas", una frase efectista que no acabé de comprender, pero que cumplió con su objetivo socio-sexual.

U2 tocó durante dos horas y veinte minutos. Por supuesto pasaron de su repertorio todas y cada una de las canciones que las muchachas no se cansan de escuchar todo el santo día en casa. Previsiblemente, la acústica del estadio Azteca dejaba mucho qué desear y los decibeles inhumanos de los altoparlantes nos dejaron sordos al final de la audición. "Muchas gracias", dijo Bono en español para el enésimo orgasmo de la masa.

Todo había terminado. Mi cintura casi cincuentona me pasaba la factura del ajetreado día, aunado que durante el concierto trepé a las niñas sobre mis hombros para que vieran un poco del espectáculo que solo podían imaginar, pues la pared humana que se interponía entre el escenario y ellas solo les permitía imaginar, aunque podían ver en las pantallas. La mayor parte del concierto tuvieron que verlo ahí, como la enorme mayoría de asistentes por debajo del 1.60 de estatura.

La salida fue agradable en la fresca noche tlalpeña. Bono había dicho que México es un país del futuro, que "no podemos cambiar al mundo solos, pero si nos comportamos como uno solo, lo podemos hacer".  Eso estuvo a punto de cumplirse en las escaleras para pasar al otro lado de la calle Acoxpa, necesario para regresar a la casa de Martha a pernoctar. Esos mexicanos actuamos como si fuéramos uno solo y quisimos pasar todos a la vez, poniendo en peligro muchas vidas. Nosotros, que llevábamos dos niñas, tuvimos el susto de la noche cuando algunos jóvenes, siempre ocurrentes y graciosos, comenzaron a presionar con fuerza a la multitud que ya estábamos a la mitad. Como pudimos protegimos la humanidad de nuestras hijas a las que era imposible levantar a esas alturas de la estrecha subida. Sobrevivir fue lo mejor de la noche.

El concierto no me hizo fan. Hay algo extraño en mi existencia que me obliga a renegar de las corrientes de la historia, de la sociedad. Creo que aplico para iconoclasta. De adolescente me pasó con las creencias religiosas y de adulto con las manifestaciones venerantes y litúrgicas en general. Lo supe una mañana de 1980 en el Toreo de Cuatro Caminos cuando los mismos patrocinadores me llevaron a un concierto de John Mayall que apenas conocía y desde luego no veneraba. El genial blusero salió con un short de mezclilla como único atuendo e interpretó su música para beneplácito de la concurrencia, menos del mío. A mí me daba mucha vergüenza estar aplaudiendo y festejando a un señor medio encuerado a quien no comprendía y apenas escuchaba en ese soberano desmadre. No sé, gracias por llevarme, pero comprendí que no era la persona indicada para están lisonjeando a nadie. Me apenaba la multitud que estaba en zona VIP que vitoreaba y levantaba sus extremidades como si estuvieran frente al mismísimo dios. Nunca pude entender a las niñas que se desmayan frente a un cantante arrugado con el pelo teñido vestido como mi tía Jesusita. Trasladado esa aversión a la política nunca he podido seguir a nadie ni mucho menos creerle.


No creas que me gusta ser así, nunca he podido pertenecer a nada, ser miembro activo de nada. Por ahí leí que un alemán promedio pertenece en su vida a 10 asociaciones que van de las deportivas a las vecinales. Los envidio en verdad, porque este síndrome que sufro lo tienen muchos mexicanos a quienes nunca se nos enseñó el sentido y la utilidad de la pertenencia. Por algo estamos como estamos. En fin, lo que era la crónica de un concierto feliz se convirtió en el más infeliz de los desconciertos.

viernes, 11 de agosto de 2017

Sobre las drogas. Entrevista.

Fui entrevistado por la joven universitaria Teresa bajo el tema particular de las drogas en Puebla para un trabajo escolar. El resultado me pareció ilustrador, por ello lo comparto. Hay cosas que uno no piensa si no se las preguntan, y este es el caso de un tema peliagudo como las drogas legales e ilegales que consumimos sin pausa y sin rubor.

1.- ¿Qué opinión tienes del consumo de drogas?

Tengo dos respuestas a esta pregunta, pues hay consumos naturales y hay consumos culturales, muchas veces impuestos por circunstancias que podrían eludirse o al menos mejorarse si se impusieran sin los ánimos económicos que mueven hoy el tráfico de drogas.
En primera instancia, creo que el consumo de drogas es una conducta muy antigua que los humanos usamos como medicinas y estimulantes para muchas dolencias físicas y espirituales. Las drogas son parte de un plan médico de la naturaleza, no solo humana, pues se sabe que muchos animales utilizan también cierto tipo de drogas para auxiliarse. El consumo de drogas, en consecuencia, me parece tan natural como cualquier otro consumo. La fruta, por ejemplo, que nos proporciona tanto placer sensual.

Por otra parte, hay un consumo cultural de drogas, impuesto por tendencias, modas, descubrimientos o simple disponibilidad. A principios de siglo XX el consumo de cocaína era legal, el de la marihuana también. En los años sesenta se descubrió el LSD, que fue en su origen un experimento universitario. Con los años aparecieron gran número de sustancias con un perfil menos experimental y más comercial, cuando el consumo de drogas es movido por criterios económicos, de enormes volúmenes de dinero capaces de sobornar a todas las conciencias individuales y colectivas, del sujeto simple al Estado corporativo.

Tratando de dar una respuesta más sencilla a la pregunta, creo que el consumo de drogas es inmanente a la cultura humana, y que la cultura de la droga no es tanto evitar su consumo sino aprender a consumirlas en su momento y en sus dosis adecuadas, como lo han hecho los europeos con el alcohol. En síntesis, creo que las drogas son necesarias para el funcionamiento de nuestra cultura y nuestras sociedades.

2.- ¿Qué sectores sociales consumen más drogas?

Todos los sectores sociales, todas las etnias, todos los humanos consumen drogas. Esa es la gran discusión. El coctel de drogas que se toma alguna de nuestras tías antes de dormirse y al despertarse en las mañanas, y que vemos con toda naturalidad, pues se las recetó su médico, es una forma socialmente aceptada de drogadicción. Las parapetas que se pone su esposo todos los sábados con brandy nacional también. Ninguno de los dos es un drogadicto, socialmente hablando, aunque clínicamente sí lo sean. Entonces, cuando se habla de drogas, debe comenzarse con las drogas legales. Los bares y cantinas, de tan comunes, apenas son percibidos como establecimientos suministradores de drogas. Las farmacias, por supuesto, también. Los detractores de la legalización de las drogas imaginan un mundo de personas enmariguanadas y cocainizadas sin control, pero tanto las cantinas como las farmacias nos han mostrado que el mundo legal de la droga no es así, que el hecho de que expendan drogas legales no significa que todos andemos hasta atrás de borrachos o drogados con benadril, risperidona, valium o prozac. No nos ocurre.

3.- ¿Hay algún beneficio en el uso de drogas?

De nuevo quiero responder desde dos perspectivas diferentes:
Creo que las drogas mantienen cierto equilibrio en el comportamiento de la gente, la ayudan en ciertos niveles de reflexión, de comportamiento. La experiencia curativa de María Sabina con sus hongos maravillosos es una experiencia filosófica o mística o física que puede ser de gran beneficio para la persona que la viva. De nuevo digo que el uso de la droga depende de su dosis. Y mientras la dosis sea inteligente, controlada, terapéutica, el uso de la droga puede ser muy benéfico para el ser humano. Pero si eso no se comprende y se abusa de la droga, como el biólogo jalapeño que se comió noventa pares de hongos alucinógenos y anduvo con espada y casco, vestido de conquistador español, los siguientes quince años, las consecuencias pueden ser desastrosas. Y muy penosas.
La segunda respuesta tiene que ver con los beneficios económicos, logísticos, políticos, sociales del uso de las drogas, y ahí quienes se benefician son quienes controlan el tráfico y el consumo masivo de las drogas. Si el kilo de cocaína es “puesto” en Matamoros a nueve mil dólares, y al cruzar la frontera y llegar a las calles de Nueva York o Los Ángeles su valor es de cincuenta mil ¿a quién beneficia del uso de esas drogas?, ¿en dónde está la verdadera ganancia de la prohibición de las drogas? Antes de la frontera de los Estados Unidos el 20% de su interés económico desata un pandemónium de muertos, delincuencia organizada, corrupción e inestabilidad social; después de la frontera circula el 80% de su beneficio económico y produce mucha menos violencia ¿quién se beneficia?

Esta ganancia hoy es relativa, Trump declaró esta semana “emergencia nacional” por la epidemia de sobredosis de heroína. De los 60 mil muertos por abuso de drogas en 2016 la mitad correspondió a usuarios legales de opiáceos recetados por médicos contra dolor, insomnio y otros síntomas alternativos. De ellos 35 mil murieron por sobredosis de heroína. Y el 2017 se espera peor.1

4.- ¿Qué opinas de que las drogas sean un sostén económico mundial?

En las actuales circunstancias del gran negocio global de las drogas no veo cómo pueda ser un sostén económico de nadie que no sean los directamente involucrados en su tráfico, que son los sectores gubernamentales de todos los países relacionados al fenómeno. Y sus esbirros. Proporcionalmente se trata de muy poca gente, de muy pocos beneficiarios. No, las drogas no son sostén económico del mundo, pero sí un gran negocio, por eso la conveniencia de mantenerlas prohibidas. Un sostén económico mundial es el petróleo, es la producción de trigo, la industria pesquera.

5.- ¿Crees que el gobierno y sus instancias invierten suficientes esfuerzos en recuperar esa parte enferma de la sociedad?

No creo que ningún gobierno sea ajeno al tráfico de drogas ilegales, me refiero al sector duro de la gobernación, ahí donde se toman las iniciativas de gobierno. Creo que los “esfuerzos” estatales para combatir el uso de drogas son retóricos, con frecuencia demagógicos, aunque puedan existir de esfuerzos bien intencionados, preocupaciones reales de ciertos sectores del poder ajenos a su tráfico, como el de salud o educación.  Y las guardias ciudadanas me parecen una opción creativa para enfrentar la delincuencia organizada ahí donde el Estado no puede o no quiere enfrentarla, como ocurrió en Michoacán.

6.- En qué nivel debe estar una persona para que se considere drogadicta?

Cuando una persona depende de la droga para hacer su papel social esa persona es una adicta. Cuando no puedes realizar algún tipo de actividad, la que sea, sin meterte un cigarro, un trago, un toque o un pericazo, eres un adicto. Es muy fácil ser adicto, todos lo hemos sido en alguna instancia, lo somos. Por otra parte, también con facilidad se convierte en una etiqueta, en un prejuicio social.

7.- Que los jóvenes se droguen ¿de qué es síntoma?

Es un síntoma de juventud, de experiencia y experimentación. El problema no es que se droguen, sino que lo hagan sin ninguna clase de instrucción para drogarse. Nuestra amiguita J. nos contaba cómo en el “antro” su amigo llegaba y depositaba una pastilla en la boca de cada miembro de la mesa, sin siquiera decirles qué les estaba metiendo en la boca. Y las seis u ocho personas ahí sentadas se tragaban aquello. Las malas experiencias de las drogas, como los embarazos y las enfermedades venéreas, son producto de la incomunicación, de la total ausencia de educación familiar y escolar sobre esos temas. Por otra parte, la inmoralidad de los traficantes de drogas, la falta de atención de los Estados que hacen como que “no ven” a los traficantes, la total ausencia de regulaciones y control de las sustancias que circulan en nuestras ciudades propician que los jóvenes consuman veneno adulterado con quién sabe cuánta porquería –llegan a usar hasta raticida para ”cortar” algunas drogas- que causan un gran daño a sus jóvenes consumidores. ¿Por qué no ocurre con drogas legales como el alcohol? (u ocurre en una incidencia insignificante), porque ahí el Estado regula que lo que consumes no tenga etanol, que sea un alcohol bebible, que tenga su listoncito en la tapa de impuestos pagados. Porque ahí hay control, mientras que en las drogas ilegales hay descontrol. Eso es muy perjudicial.

8.- ¿Por qué el drogadicto se vuelve un enfermo ante la sociedad, si el que decidió hacerse daño fue él mismo?

El drogadicto clínico al que te refieres en esta pregunta es un enfermo que en efecto paga las consecuencias de su abuso. La psicosis derivada de un exceso de droga causa trastornos psicológicos y físicos a quien la padece, pero también enfermedades sociales y psicológicas a sus familias y su entorno. No es un juego y las consecuencias no son baladíes, enfrentas un proceso de enfermedad grave, sufrido, riesgoso y costoso, y una sociedad no podría funcionar si estuviera compuesta por estos enfermos. Son una minoría, habitualmente los vemos en las calles deambulando con la mirada perdida o platicando con seres imaginarios.  Estos enfermos por la droga no son ni más ni menos dramáticos que los famosos borrachitos entregados al vicio que terminan tirados en cualquier banqueta, ante la indiferencia social, entregados a sus delirium tremens. Con todo, no creo que él haya decidido hacerse daño a sí mismo, sino que la ignorancia lo condujo a ello, la falta de preparación, de educación, de cultura sobre el consumo de drogas.

9.- Si la droga es una base económica mundial y el drogadicto es quien hace que el dinero circule en este tráfico… ¿Qué postura tienes ante los drogadictos? ¿Marginados o elementos necesarios de la sociedad?

Ya dije mi postura sobre que la droga no es ninguna base económica más que de los delincuentes que la trafican, y que los drogadictos, en esencia, somos todos. Es muy importante clasificar a los llamados drogadictos entre los clínicos, que son enfermos psiquiátricos o adictos compulsivos, que a la mejor se curan con más amor y menos risperidona, y el resto de los seres humanos, que siendo drogadictos no son considerados como tales y hacen una vida normal. Somos nosotros mismos, nuestra tía, que para dormir se toma un coctel que debe transportarla a un planeta muy feliz.

11.-Espacio Libre para reflexiones

Creo que faltó una pregunta sobre la legalización de las drogas que, en esencia, según mi criterio, es el punto de partida que explica las terribles consecuencias que hemos vivido en la última década los mexicanos con un enorme costo de vidas. La paradoja es que la prohibición del alcohol en los Estados Unidos de los años veinte produjo una violencia similar, con los mismos costos de zozobra y padecimiento social. Creo que las drogas deberían legalizarse, todas, y aquellos que temen que la gente comenzaría a morir de sobredosis que abran sus periódicos y lean que la gente que iba a morir de sobredosis está muriendo de sobredosis, como ocurre en los Estados Unidos, pues la prohibición de las drogas no inhibe ni su consumo ni su disponibilidad. Es decir, las drogas están ahí, a la venta. Su prohibición lo único que produce son especulación y mafias (contrabando, sobornos, corrupción), además de drogas de muy mala calidad porque nadie las controla, ni regula, ni selecciona. El mundo contemporáneo de la oferta y la demanda no se merece un producto tan insolvente como ese.

Nota
1 De Llano, Pablo, El País, 11 de agosto de 2017: Trump declara “emergencia nacional” la epidemia de heroína.