jueves, 27 de abril de 2017

Viaje al sur: Lleulleu


El lago Lleulleu es enorme y tiene la forma de un corredor humano sin cabeza, es decir, un tronco de donde salen dos brazos y dos piernas extendidas, cuyo espejo de agua se explaya por 4,300 hectáreas en las faldas de la cordillera de Nahulebuta. Nuestro campamento queda ubicado en el “hombro” derecho desde donde se nos permite ver un fragmento del “brazo” y la profunda extensión de su “pecho”. Esta forma la vi después en Google Earth, por el momento era imposible percibir nada excepto su grandeza. El Lleulleu se dice que es el poseedor de las aguas más vírgenes de Chile y presumiblemente el lago más limpio de América Latina. Y sí, pudimos constatarlo.

En el camping fuimos recibidos por su joven propietario Felipe Meñaco, hijo del activista mapuche Domingo Meñaco, que estuvo preso en el fragor de alguna de las numerosas luchas que este pueblo ha entablado con toda clase de invasores, desde los españoles del siglo XVI. A la luz y el calor de nuestra fogata Felipe nos platica que el camping es “territorio recuperado” por el pueblo mapuche y que es mantenido por su familia en trabajo Mingako, que es trabajo comunitario; el tequio de ellos. El enorme lago está circundado por caseríos cuyas lucecitas vemos a lo lejos, que a veces llegan a formar incipientes aldeas, la mayoría dedicadas a servicios turísticos.

En la noche tuvimos la primera prueba de la resistencia al frío de parte de nuestros amigos chilenos, pues mientras nosotros tiritábamos abrigados con nuestra chamarritas, ellos andaban con camisetas y shorts. Y algunos de los muchachos descalzos. Estuvimos tres apacibles días con sus noches en el Lleulleu, es difícil describir tanta quietud debajo de un enorme sauce llorón, al borde de un lago apacible que solo en las noches desataba cierta actividad de olas y el ruido de su hipnótico vaivén. Uno de esos días lo aprovechamos para ir a la ciudad de Tirúa a entrevistar, gracias a las gestiones de Cris, a su alcalde mapuche, el primer munícipe indígena de los 15 que hoy tiene la república presidencialista (llamada así porque no existen regiones o estados autónomos, sino que la presidencia designa gobernadores, llamados intendentes, que gobiernan y aplican los recursos de las 15 regiones que componen el país). En el camino tuvimos que pasar por Quidico, una bonita playa atiborrada de paseantes en donde las olas advertían de un mar muy picado, vacío de bañistas que permanecían reunidos en la arena. No sé en realidad si se trataba de arena, vimos la playa de lejos, porque nunca vi arena en mi contacto con el mar del sur chileno. Son playas y lagos de piedras, de piedritas, millones de piezas alisadas por la erosión del viento y el agua por las que en ocasiones es difícil caminar. Y claro, la tentación de recoger piedritas es enorme, de forma tal que caminar sobre ellas es un asunto sumamente dilatado. Cruzamos el puente del río Tirúa para entrar a la ciudad, una municipalidad costera con calles amplias medio vacías en un mediodía de viento frío y sol opaco.

El alcalde Adolfo Millabur Ñancuil, de unos 45 años, nos recibió en su despacho. Me interesaba conocer su versión sobre algunas inquietantes noticias que había leído sobre los pueblos mapuches en el Chile de hoy. En concreto, la aplicación de la ley antiterrorista casi exclusivamente para ellos y la situación de la Machi Francisca Linconao, autoridad mapuche, que fue acusada junto con 10 comuneros mapuche de un ataque incendiario que originó la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay en 2013, y que este año de 2017 se puso en huelga de hambre contra la acusación de terrorismo que a sus 81 años es evidentemente insostenible. El caso de la Machi Linconao volvió a poner en el banquillo a la Ley Antiterrorista creada por Pinochet para encarcelar opositores e inexplicablemente mantenida por la democracia, entre sus efectos perniciosos dobla las penas en casos de incendio, homicidio y secuestro; permite el uso de testigos protegidos y extiende los períodos de prisión preventiva.

La guía espiritual cumplió nueve meses en prisión preventiva en medio de un gran debate nacional, en enero fue trasladada al Hospital Intercultural de Nueva Imperial y entre muchas protestas publicó un video dirigido a la presidenta Bachelet en el que le expresaba estas palabras:

"Le exijo que venga a verme, yo tomé la huelga de hambre, estoy sufriendo y usted entenderá, como mujer y doctora. Usted tiene que apoyar a la mujer, soy inocente del caso Luchsinger-Mackay, injustamente llevo encarcelada nueve meses, usted tiene que hacer algo."

La presión de diversos organismos de derechos humanos y parlamentarios provocó que la Machi dejará atrás los nueve meses de encierro y los 14 días de huelga de hambre para un arresto domiciliario mientras se resuelve el caso.1

El alcalde Millabur, que es un político formado, me respondió con inusitada sinceridad todas mis preguntas. El conflicto mapuche no tiene similitud con el fenómeno étnico de nuestro país, donde los pueblos originarios han sido doblegados en prácticamente todos los casos; allá los mapuche siguen en pie de guerra, no se reconocen como chilenos “más que formalmente” y tienen claro que su lucha es por recuperar lo que alguna vez fue suyo y que les ha sido arrancado por los españoles, chilenos, alemanes, italianos y cuanto extranjero ambicioso ha pisado su territorio. Sobre nuestro campamento, nos platicó:

“Cuando yo era niño pasaron cosas muy terribles, desde que tomaban a la gente, la subían a un helicóptero y los metían en botes en el lago LLeulleu, los amarraban y los metían al lago para que dijeran quiénes eran los que estaban ahí dirigiendo y quiénes estaban contra de gobierno.”

La entrevista se publicará por ahí, seguramente el blog “de antropología mexicana” lo pondrá a tu disposición. De regreso al Lleulleu vimos en la carretera dos mensajes: “Territorio río Mapuche” en una madera y “No a la minera” en la pared exterior de una parada de bus, por cierto ampliamente utilizadas para esos efectos.

A los tres días, adiós Bío Bío, partimos de la Región de La Araucanía para sumergirnos más al sur, con vistas espectaculares como la que se aprecia del mar desde Marihuen. Comenzamos a circular por tramos más o menos largos de terracerías en buen estado, pues ha sido larga la sequía, atravesando hermosos e impresionantes ríos como el Imperial, de al menos 150 metros de ancho; polvosas serranías pobladas de tupidos arbustos y, de pronto, el océano Pacífico, como nos ocurrió antes de llegar a Hueñalihuen. Las paradas de los autobús (“buses”) en la carretera son pequeñas y graciosas cabañas de 4 X 2.5 metros cuadrados.

Nos detuvimos a comer en Carahue, un pueblo grande de viejas casas de madera que mezclan lo mejor de las culturas huilliche, la rama austral del pueblo mapuche, y española, revestidas de tejuela. Una farmacia del Dr. Simi en una céntrica esquina (sin consultorio, por cierto) y una amplia plaza central con un pequeño mercado de puestos de artesanías. Comimos en el “Restaurante Histórico”, así se llama, contra esquina de la plaza, merluza con papas a la francesa y una salsa de chile (aquí “ají”, por favor) muy cocinada y sabrosa.

Al salir de Carahue atravesamos sus barrios de madera. Llama mi atención una pequeña parabólica en una casa marca “Telmex” y una serie de anuncios pulcramente elaborados por alguna autoridad que hacían indicaciones en lenguaje inusual para ese mexicano extraviado: “No virar izquierda” o “Arriendo sitio”. Y en alguna pared, con ignorante autoridad: “No botar vasura”, la primera falta ortográfica de muchas que me habría de encontrar en el trayecto, pues percibí que en este renglón los chilenos no son muy fijados.
Pasamos por la histórica Nueva Imperial, donde se firmó el Pacto de Negrete (Paz de Quilín) en 1641. Y en Temuco, pueblo arbolado, volvimos a tener una muestra de la arquitectura maderosa en agraciadas casas con techos de dos aguas y multifamiliares del mismo material, muy distintos, diversos y bonitos, construidos para seres humanos y no para palomas, como los de acá.

En esta zona de carreteras principales se multiplicaron los viajeros “a dedo”, es decir, mochileros, como también les llaman. En Osorno nos despedimos del territorio mapuche para entrar a una suerte de Sajonia chilena. A esta región llegaron sucesivas migraciones de alemanes desde finales del siglo XIX con infinidad de implicaciones para la flora, la fauna y el paisaje circundante. Hoy es la zona ganadera con los mejores pastos de Chile y rápidamente reconocí el fino ganado “cara blanca” pastando en la llanura, que proporcionan las mejores carnes y los mejores quesos con su leche selecta.

-       Debe haber buena leche aquí –le dije a Frank, que manejaba extasiado.

-       ¿Leche?, aquí está toda la leche de Chile –respondió.

Íbamos veloces, la idea era llegar al lago Rupanco antes de que cayera la noche.


Las fotos, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Cita:

1 El Mostrador, por Catalina Barrios, 7 enero 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Cambio de piel


Esta semana murió en Villahermosa mi querido amigo Agenor González Valencia, poeta tropical y comensal por veinte años de la inamovible mesa semanal de Teorema de la ciudad de Puebla en la que moderaba -a veces inmoderadamente-, el inolvidable José Romualdo Suárez Donoso, Pepe Donoso para sus amigos. Agenor contaba con 84 años de edad, o dos veces 42, de acuerdo con su humor corrosivo y su buen ánimo para contar los días de la semana y esperar el sábado para echarse unos buenos tequilas.

En 2013, con motivo de una entrevista que le hice y que le envié para que autorizara su publicación, me respondió rápidamente con toda la pompa y circunstancia que le caracterizaba. Decía su breve mensaje:

“Mi fraternal amigo: Gracias por todas tus atenciones, claro que me gustaría la publicación de la entrevista. Como nada más te trato como Polo Noyola te pido de favor me envíes tu nombre completo. Pronto publicaré un libro sobre Derecho Notarial. Te saludo con el afecto de siempre y espero pronto estar en Puebla. Afectuosamente. Agenor González Valencia”

Mi respuesta tampoco se hizo esperar, pues me divertía sobremanera el que mi nombre indispusiera a muchos por su sencillez y ligereza aparente. Agarré a Agenor de mi puerquito y le respondí una sardónica carta ensalzando y a la vez burlándome del nombre que alguien me puso desde muy pequeño y que, salvo en los inevitables documentos oficiales de la vida, me ha acompañado todos los días de mi –ya- larga vida. Le respondí:

Querido Agenor: Las gracias son para ti. Mucha gente seria como tú se entristece por la patente vulgaridad de mi nombre, a veces me piden más, me piden algún título, siquiera una licenciatura, un diplomado, algo que acompañe a esa nominación más adecuada a una tienda de deportes o un luchador de máscara estrafalaria o una ferretería. En los países latinos somos muy dados a la grandilocuencia, a rellenar los huecos de nuestra personalidad aunque sea con algodón; despojados de títulos nobiliarios, acudimos a cualquier argucia por destacar que nuestro apellido López es con L de Lope (como de Vega) o acaso es marino (por lo de pez) o producto de una antigua costumbre medieval en donde nuestros antepasados, que eran caballeros y nobles, lograron alguna proeza.
Yo, con todo respeto, les respondo que comprendo su aprehensión, que mi nombre es simple como una pelota pero a la vez complejo como una esfera. Que es un nombre, pues, pero también es un concepto, es una persona, es un proyecto, un sueño, una marca ¿qué es polo?, me pregunté más de una vez desde la escuela primaria. ¿Es poco o es mucho?, ¿es grande o es pequeño? Quizás por eso nunca me tomé demasiado en serio.

Polo es una prenda de vestir parecida a un jersey, con cuello abierto; un partido político en Venezuela, polo democrático, otro en Colombia. Es el centro de atención o de interés o de conflicto o de infección: el polo de desarrollo, polarización social, polo de deflexión; en la electricidad cada uno de los dos extremos del circuito de una pila o de ciertas máquinas eléctricas: polo positivo y polo negativo, nunca mejor dicho. Cualquiera de los dos puntos opuestos de un cuerpo es un polo, en los que se acumula en mayor cantidad la energía de un agente físico; dos regiones geográficas que conocí desde la más tierna edad: el polo norte, el polo sur, con abundantes bromas de mis condiscípulos en la primaria. Polo es un deporte que se practica con dos equipos de cuatro jinetes que, con mazas de astiles largos, lanzan una bola sobre el césped del terreno a siete tiempos; el polonio, el elemento químico de la tabla periódica cuyo símbolo es Po, un raro metaloide altamente radiactivo, para no hablar de Polonia, el país europeo. También el nombre de decenas de tienditas, sobre todo de deportes, pero también misceláneas y tiendas de mascotas Polo. “¡Fui fui... polo, polo!”, también es el nombre de algunos perros. Ahora existe en México un automóvil común y corriente de la Volkswagen llamado Polo, de los llamados compactos. En geometría están las coordenadas polares, punto que se escoge para trazar los radios vectores.

Polo es una modalidad de baile flamenco de ritmo moderado que alguna vez estudié en Coyoacán. Polo es compañía de expresiones como boreal - antártico - aquilón - ártico - austral - estrella - magnético - meridiano - nieve - oso - pez - polista - positivo - septentrión. El ying y el yang.
Polo es el diminutivo de muchos nombres, de Apolonio, Apolinar, Polibio, Leopoldo, Policarpio e Hipólito. En su multitudinaria existencia mi sobrenombre me ofrece el disfraz perfecto pero también la dispersión perfecta. Ser y no ser, sin significante. Por lo demás, mis hermanos y amigos se han encargado de deformarlo hasta la abyección, llamándome en diferentes momentos, motivados por pasajeras pasiones que nunca llegaron a fructificar: Polanski, Póleman, Polank, Polillo, Piolín, Pollito, Pol, Po, Polilla y otras deformaciones impronunciables que han marcado mi vida con la misma imprecisión, pues polo es mucho y es nada.

No, no ha sido sencillo dispersarme polifónicamente en una multitud de objetos y actos que se denominan polo, y transito aún por todos esos límites que imponen al polo una indefinición tan clara, si acaso puede buscarse claror en la multiplicidad. Por lo tanto, querido amigo, sé que apreciarás mi confusión. En Estados Unidos y Europa idolatran a un hombre que catalogan como genio, maestro, creador con un nombre singular: Maderita Pérez (en realidad Woody Allen); nadie repara en lo ridículo de su nombre, prefieren observar su obra destacada. Su nombre no le afecta porque lo respalda una acción, lo cobija una actitud intelectual profunda y consecuente. Espero pues, cuando sea más viejo, tener esas mismas virtudes que reparen las desventajas de mi insensato nombre. Como decía Ibargüengoitia: "Qué caso tiene llamarse Cornelio si el hermanito le llama Conello, y con ello vive y con ello se va a la tumba".

Durante 56 años mi nombre ha sido Polo Noyola, qué le vamos a hacer. La gente seria tiene dos opciones: omitir que lo conoce a uno y borrar toda huella que la relacione con el sujeto, o aceptar que esas pobre letras definen a nuestro pobre amigo y consignarlo como tal, sobreponiéndose a la vergüenza. Te sugiero esto último y te mando otro abrazo.”

Cambio de piel

Hasta ahí la carta. La muerte de Agenor, sin embargo, ha coincidido con el año 60 de mi vida que he venido festejando y disfrutando cada día desde septiembre de diversas maneras, tomando decisiones muy interesantes y cambiando de piel cada vez que es posible. Hace poco dejé de fumar, tras cuarenta y tantos años de chacuaco. Toda una experiencia y, en definitiva, una vida nueva (o renovada). Nuevos sabores, nueva respiración (y sí, nuevos olores). A estas alturas de una vida larga, me comprenderás si es tu caso, cada día nuestro cuerpo grita un nuevo dolor o enfermedad crónica, roncha, bola, quiste, resequedad, calvicie o mero capricho por el gusto de estarse quejando. Hace unos dos años gritó: diabetes. Dejé el azúcar, la harina blanca y, en definitiva, inicié una nueva vida (o renovada) en la que descubrí la fruta y confirmé la seriedad de mi compromiso con los cacahuates y las frutas secas (en realidad cacahuates, el resto de sus homólogas son incomprables). Toda una experiencia. He denominado a estos virajes, a esas metamorfosis, cambios de piel. Hoy, y en honor del gran Agenor, he decidido hacer otra modificación radical. Tras sesenta años de uso (re-uso y abuso), notarán ustedes que dejo atrás mi pequeño nombre de Polo para denominarme en lo sucesivo, y por así convenir a mis intereses y la prosapia de mis canas, Leopoldo, ese largo y pretencioso nombre de origen germánico que por desgracia rememora a muchos sátrapas belgas que tiranizaron a sus pueblos y colonizaron África con fuego y espada, aunque siempre estarán Alas Clarín y Lugones para renovarme la sonrisa. Y mi abuelo Leopoldo, por supuesto.


Dicho lo cual, ahí me ven, aquí me ven y aquí me tienen. Yo sé que esto no tiene la menor importancia para ustedes, que les debe dar lo mismo si me cambio mi nombre a Galeano (o a Marcos, que está de momento vacante), pero quisiera que me comprendan lo mucho que significa para mí, es una nueva identidad, una renovación, un nuevo cambio de piel. 

lunes, 17 de abril de 2017

Viaje al sur: Bío bío


Salimos de Santiago con destino al sur, en donde Chile se incendia para desazón de todos. La mañana sigue siendo gris como en días anteriores, aunque a la distancia se atisba la esquiva cordillera de los Andes. La cordillera nevada en el invierno debe ser majestuosa, pero en verano es solo un muro impresionante de cerros secos y pelones.

Los viñedos Gauciño en el sur de la ciudad capital nos dan una probada de lo que nos espera adelante; ubicuos cartelones de Cervezas Cristal (la Corona chilena) serán también en lo sucesivo una presencia inamovible del paisaje.

Los incendios de bosques en la región de Constitución han sido la noticia, aunque nuestra llegada marca la fecha de su declinación debido a los ingentes esfuerzos del gobierno y las autoridades locales, desde luego los heroicos bomberos, así como arrojos espontáneos de empresas y potentados entre los que se cuenta un avión llamado el “Súpertanque”, traído por una millonaria, que propició innumerables bromas entre los periodistas y la gente; lo cierto es que los incendios declinan y llegan a su fin cuando nosotros iniciamos nuestro viaje al sur.

Un balance del 2 de febrero cuantificó en 547 mil las hectáreas consumidas por el fuego, 3,782 damnificados, 11 fallecidos, 1,047 casas quemadas y 1,108 ciudadanos albergados.1 El desastre desató la emergencia en 72 comunas de las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío, precisamente en nuestro itinerario, lo que no dejaba de ser inquietante. ¿Qué veríamos?, ¿qué oleríamos?  Como sea, nada más lejano de nuestro ánimo que la calamidad o la melancolía.

Nuestro primer tramo contempla el tránsito Angostura-Rancagua hacia la ciudad de Concepción. Rápidamente obtuvimos una primera postal de la cordillera de los Andes nevada y la extrañeza de una infografía carretera diferente a la nuestra: “No botar basura”, pide un anuncio. Primera caseta: 700 pesos chilenos; segunda caseta: 3,600. ¡Ah, jijo! Los chilenos llaman “lucas” a los miles (tres lucas seiscientos), a los millones “palos”. Un dólar: 20 pesos mexicanos, 707 pesos chilenos, centavos más o menos. Ya nos vamos entendiendo, aunque es fácil hacerse bolas.

El primer tramo del camino es acompañado por un hermoso sol, pero no con el prometido calor de un ardiente verano que habíamos previsto. Uvas, frutales, maíz. Cruzamos el puente del primer gran río, el Chachapoal. Seco. Hermosos y frondosos sauces llorones, palmas, perales, álamos. No nos sorprenden ciudades y pueblos llamados San Fernando, Talca, Curicó, Tinguiririca, Chimbarongo, pero Peor es nada y Las siete tazas sí nos dejan pensando.

La famosa Vía 5 atraviesa Chile de norte a sur. Por la región del Maule el paisaje se regodea entre verdes oscuros y claros de los diferentes cultivos de riego perenne. Tierra de abundancia la de aquí. Ahí está Parral, la breve patria de Neruda. Los anuncios espectaculares hablan de Enoturismo (relativo a vinos) y el volcán El Mocho (también llamado Descabezado grande y chico, me dice el informado Frank) y otro monte picudo nos acompañan a lo largo de cientos de kilómetros, entre los que contamos numerosos puestos de “frutillas” recién cosechadas. Parecen fresas: son fresas. Unos zopilotes (llamados jotes) circundan unos restos y, uno de ellos, joven y retador, atraviesa la carretera a baja altura.
Pronto son evidentes las numerosas áreas con monocultivo de eucalipto que se distinguen fácilmente por su segmentación, los árboles separados a una misma y breve distancia uno del otro; los tamaños parejos por tener exactamente la misma edad, distribuidos en bloques rectangulares. Tristemente bonitos, pues son árboles sanos, frondosos y sanos, pero que han sustituido el bosque nativo para llenarle los bolsillos a alguien.¿Creando nuevos bosques? Un despistado podría creer que sí, pero un joven estudiante mochilero que viaja con nosotros de rait me explica que el bosque, que es un ecosistema (un ecosistema está formado por un conjunto de organismos vivos y el medio físico donde ellos se relacionan, una unidad compuesta de organismos interdependientes que comparten el mismo hábitat, aprecio después en Wiki), ahí ha desaparecido. Ya no hay nada sino un monocultivo que en unos años será arrasado por las máquinas para volver a sembrarlo y así, en un ciclo en el que no existen organismos asociados. El eucalipto crece muy alto, regular y derechito, enfatizando su utilidad como madera de uso, con poco follaje y troncos de entre 30 y 50 centímetros de diámetro y entre 20 y 30 metros de altura. Hay campos con diversas edades: recién plantados, de unos años, casi listos y en vías de ser cosechados a los 10 años de edad aproximadamente. El predio cosechado luce como un campo de batalla donde se ha producido una masacre. Un páramo de palos desolado y sombrío. Y, en algunos casos, ya se ha sembrado la siguiente generación.

¿Acaso me bajé a medir el grosor de los troncos? No, no fue necesario. Innumerables camiones “bolilleros” recorren el camino cargados de troncos con el señalamiento de su grosor. Nunca menor a 30 centímetros, muy pocos de 50 y alguno extraordinario mayor a eso.

Antes de llegar a Concepción, por Talcahuano, es posible advertir los primeros signos de los incendios que han convulsionado a los chilenos en este inicio de año. Olor a quemado.


El océano Pacífico aparece de improviso un poco antes de llegar a la histórica ciudad de Concepción, escenario de acontecimientos, terremotos y tsunamis memorables. Un enorme puerto industrial ubicado en la bahía del mismo nombre fundada en el siglo XVI por el mismísimo Pedro de Valdivia. Ahora es una metrópoli de al menos tres ciudades que se extiende hasta la península de Tumbes.

Tras unas diligencias en el centro de Concepción seguimos nuestro viaje al sur y antes de abandonar del todo la ciudad contengo la emoción al contemplar el enorme puente que cruza el histórico y majestuoso río Bío Bío, protagonista principal en la larga lucha de varios siglos entre españoles y mapuches. En la preparación del viaje estuve leyendo muchos materiales sobre Chile, entre ellos el libro fundamental de José Bengoa,2 que narra a detalle los pormenores de esa lucha que dura encarnizada hasta la llamada paz de Quilín en 1646. Por supuesto la lucha sigue hasta el día de hoy, pero aquel tratado sin duda impidió una carnicería mayor de los enconados ejércitos tras un siglo de lucha sin cuartel, que además es un acuerdo inédito entre el reino español y un pueblo originario, en el que los españoles aceptan no encomendar, ni esclavizar y ni siquiera utilizar la mano de obra indígena en sus asentamientos; no recibir tributo alguno de esos pueblos y darles libertad religiosa para creer en lo que deseasen, así como de movimiento entre sus tierras siempre que fuera hecho todo eso al sur del Bío Bío, que marcaba ahora la frontera de Nueva Extremadura, llamada posteriormente Reino de Chile. Su única obligación era ser súbditos del rey español.

El Bío Bío es un gran río que en este punto luce hermoso y de una anchura impresionante. No lo sabíamos, pero la aventura nos habría de llevar, semanas después, a las tierras en donde se origina este enorme caudal, el Alto Bío Bío que en ese momento no tenía manera ni de soñar en conocer.

Pasando por las afueras de la población de Lota fue posible advertir los primeros signos de pobreza chilena (al fin), que había buscado inútilmente desde nuestra salida de Santiago en los pueblos y en las entradas de ciudades, pero que no había podido ver. Como sea, nada comparado a nuestra miseria, aquí se trataba de casitas humildes y un poco destartaladas. Lota también es una exitosa playa llena de paseantes.

Viajamos por la carretera costera hacia Araujo acompañados por el mar. Pequeños lagos habitados de patos rodeados de verdor. Aquí el camino adquiere súbitamente una singular personalidad. Una arquitectura muy definida y de la cual tendré oportunidad de hablar más tarde y los atisbos de una lucha social que no aparece en las páginas de sociales. “No a las cuotas regionales del bacalao”, reza un letrero en una lancha que ahora es escenografía a la vera del camino.


La comuna Los Álamos, a los pies de un gran cerro, es una población de casas bonitas de madera que veremos a lo largo de nuestro recorrido por sur chileno. Por ahora vamos hacia Cañete, en territorio de la Araucanía. Pasamos por Antihuala, el primer poblado netamente mapuche que luce extrañamente vacío a las 7:30 de la tarde (aquí anochece pasadas las nueve), ni un alma en las calles ni frente a sus casas. Huillinco, otro pueblito del camino, nos ofrece de forma más compacta y armónica otra muestra de la arquitectura del sur.

La luz del atardecer ayuda a resaltar los contrastes del verde e incrementa la belleza de estos parajes. Un anuncio carretero nos informa que vamos ahora por la “Ruta originaria”. A las 8 de la noche, con muy buena luz del día todavía, llegamos al pueblo maderero de Cañete, donde advierto una “desarmaduría” (un deshuesadero), pasamos Reputo (no quise investigar sobre su gentilicio), luego Lanalhue, el primer lago de nuestro recorrido y, unos treinta minutos después, Frank anuncia la llegada a nuestro primer destino del viaje al sur: el lago Lleulleu.


Las fotos, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

1 Navarro Brain, Alejandro, Incendios: se agotó el “modelo” forestal neoliberal, El Ciudadano, 2 de febrero de 2017

2 Bengoa, José, Historia de los antiguos mapuches del sur, Catalonia, 2008, un regalo, por supuesto, de Cris.

viernes, 7 de abril de 2017

Viaje al sur


Aterrizamos en Santiago de Chile el 1 de febrero de 2017 en el sopor de un candente verano agudizado por la sequía y una serie de incendios forestales que tienen al país en estado de shock. Cris y Frank nos esperan en la abarrotada sala del aeropuerto y rápidamente nos conducen por las modernas carreteras interiores de la capital hasta el frescor de su domicilio en la comuna de Peñolén, en el suroriente de Santiago. Nuestros anfitriones responden a cada una de nuestras numerosas preguntas porque ese día todo lo queremos ver y también todo nos lo quieren mostrar. Por la tarde subimos al cerro de San Cristóbal, el parque metropolitano y paseo recurrente de la capital con su funicular y teleférico, desde donde no es posible disfrutar del habitual paisaje espectacular pues la ciudad está cubierta con una blanca capa de humo; con todo y eso no deja de ser espectacular esta ciudad que ha crecido exponencialmente en las últimas décadas y a la que, nos dicen, custodia una imponente cordillera de los Andes que por ahora es imposible ver, aunque nos aseguran que está ahí, detrás de todo ese humo. Lo que sí es visible justo desde la moderna cabina del teleférico es Sanatthan, nombre sardónico del barrio que encabeza la desproporcionada Torre de Josh Paulman, construida por el dueño de una cadena de supermercados Jumbo y de la poderosa constructora ISI, que sobresale en proporción de 10 a uno de sus edificios vecinos.

Descendimos del cerro por el barrio Bellavista, una agradable zona de cafés y restaurantes donde una multitud de jóvenes con poca ropa beben cerveza en bares al aire libre ostentando en sus disímbolas extremidades tatuajes de toda índole que es claramente la moda del momento. Bonitas las chilenas.

Nuestros amigos nos han invitado a asistir a una tradicional peregrinación que por generaciones sus familias han realizado en periodos vacacionales. Es al sur del país y toda nuestra información se circunscribe a ello, lo inesperado es darnos cuenta de que ellos también parten de esa previsión, pues no se sabe de bien a bien los sitios específicos que visitaremos, ni los días ni las actividades. De a poco comenzamos a comprender el sentido de aventura que tiene para ellos esta peregrinación tradicional.



Dos días más tarde partimos hacia nuestro ignoto destino, lo que no quiere decir que lo hiciéramos en la inopia, pues tuve tiempo de preparar alguna clase de información sobre este querido, añorado país, que me sirviera de soporte en nuestro “viaje al sur”. La que más me llamó la atención fue la relativa al asunto de los bosques. En julio de 2015 la presidenta Bachelet prorroga por tres años Decreto Ley (DL) 701 de 1974, dictado ese año por Augusto Pinochet con el argumento de que impulsaría la industria forestal con el subsidio de un monocultivo forestal.

A precios irrisoriamente bajos, la dictadura vendió a grupos económicos grandes extensiones de tierras, algunas de ellas arrebatadas a comunidades mapuche, así como viveros y plantas industriales. El subsidio para las plantaciones era de casi el 100% con la eliminación de impuestos de los terrenos y de la producción forestal; créditos estatales en extraordinarias condiciones, excusión del pago de aranceles de exportación. A la fecha se han plantado casi 3 millones de hectáreas de pino radiata y eucaliptus, la mayor parte sobre milenarios bosques nativos, pues estas variedades crecen a edad comercial en una década, lo que representa un jugoso negocio. Cuánto –me preguntaba yo-, como para que la nueva democracia de izquierda hubiera dado su brazo a torcer al no revertir la dañina ley forestal. Bueno, si hablamos de que el sector forestal en 1980 representaba exportaciones por 254 mil dólares, en el 2014 la madera chilena representó 6 mil 904 millones de dólares, la segunda entrada de divisas chilena tras la minería. Claro, en 1974 se hablaba de 300 mil hectáreas de pino maderable y ahora hablamos de 3 millones de hectáreas ganadas al bosque nativo.1

Ya que iba a andar por ahí, me interesaba hasta qué punto era visible la producción del monocultivo maderable en el sur chileno que siempre imaginé boscoso. Las sorpresas iban a ser muchas y, en ocasiones, devastadoras.



1 Fuentes: Víctor Toledo Llancaqueo, historiador mapuche, “El enclave forestal chileno en territorio mapuche” (artículo)/proceso.com.mx/ Ministerio de Planificación en su Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) de 2009/ Estudio de la Corporación Nacional Forestal (Conaf), Gonzalo Durán de la Fundación Sol/ http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/12/26/joven-mapuche-baleado-simbolo-de-la-represion-del-estado/