domingo, 21 de diciembre de 2014

La modernidá


Soñaba que un chino enorme golpeaba rítmicamente una gran lámina a dos tiempos: pac pac;  pasaban unos segundos y otras vez: pac pac. Dos impactos seguidos, metálicos, sonoros y secos: Pac Pac. Me despertó el realismo del sonido, su inconfundible efecto de fierro real, de acero reforzado chocando contra acero: pac pac.


Es de madrugada y el ruido proviene de los últimos arreglos a la avenida 11 sur, a unos sesenta metros de distancia. El origen del pac pac es una coladera nueva que no calza correctamente en su base y cada vez que pasa un vehículo arroja su doble lamento al mundo en decibeles de consideración.

Hace dos meses llegaron las obras a nuestra colonia que levantaron el pavimento de la importante avenida de la 11 sur y vertieron medio metro de concreto reforzado lo suficientemente ancho como para sepultar cualquier atisbo de civilización anterior. Se dice que durará veinte años.

Los arreglos, sin embargo, dejaron mucho que desear, como puede apreciarse. El nivel de la calle aumentó decenas de centímetros, por lo que hubo necesidad de hacer “bajadas” que conduzcan al verdadero nivel de nuestras vidas. Las empresas contratadas para tales obras pecan de especialización y destruyen cosas que luego no vuelven a construir, o lo hacen mal, muy mal, tan mal que pareciera broma o desquite o venganza o no sé qué. 

Este “escalera” a media cuadra, por llamarle de algún modo, es el ingreso de la flamante nueva calle a la antigua banqueta. El “escalón” superior es demasiado alto, el segundo “escalón” es de apenas siete centímetros de ancho, el tercero es el mejor y más normal de los “escalones”, el cuarto es un homenaje a Mazacote, un gobernante local, y finalmente el último escalón, de un metro de anchura, que da a la banqueta original. Los acabados son “art de ca”.

Otro ingreso de la calle a la antigua banqueta ya no tiene escalera, echaron un poco de escombro y cal para distinguirla de la jardinera que existía antes de las obras, en acabados de “art de cu rru cu cú”. El primer escalón sigue siendo muy alto y dos metros después “quedó” un pequeño poste de acero que podría dejar sin aire a un despistado nocturno, o eunuco, dependiendo de su estatura.

La parte mejor terminada de la cuadra es la antigua parada de transporte que está casi en la esquina. Ahí hay banqueta de adoquín hexagonal, más o menos regular. En la orilla, sin embargo, antes de bajar el nivel a la banqueta antigua, “quedó” una interesante escultura espontánea que parece haber sido la base de un antiguo basurero y ahora es parte del acervo cultural de nuestra histórica colonia. Preventivamente lo he denominado “Homenaje a los voladores de Papantla”, porque su forma me recordó esa antigua tradición tutunakú de la sierra norte de Puebla y el Totonacapan veracruzano. “Art tu tu”

En la esquina quedó este registro algo descuidado, el concreto alcanzó para ese par de pendientes texturizadas en confluencia. Es un claro ejemplo de nuestra circunstancia nacional: lo moderno y lo antiguo, el adorno y la necesidad. La basura es de los vecinos. No pertenece a ninguna corriente del arte.

En la esquina de enfrente el acabado es bizantino como una discusión en la cámara de diputados que habla de obrar a favor de la patria: unos van por arriba, otro van por abajo, el problema está en el centro,  que nadie toca. La empresa constructora afortunadamente pensó en los caminantes y dejó un fragmento plano del antiguo pavimento para que el peatón no se contramate en el primer paso, sino en el segundo. No puede decir que no se le dio una oportunidad. “Puedesmat art”

En el levantamiento de las fotografías sorprendí al cura de la iglesia bendiciendo un vehículo nada nuevo ante la atenta y esperanzada mirada de sus dueños, toda una familia que ruega por que el coche no termine estampado en alguna de las posadas de este mes. Me pareció una buena metáfora de la esperanza que, a pesar de todo, tenemos los mexicanos de que algo cambie positivamente en este país.

Y las obras también metaforizan nuestra situación nacional. Hemos convertido a México en el país de lo mal hecho, lo inacabado, lo pendiente. Las empresas que dejaron nuestra calle en esas condiciones tal vez esperan que llegue otro y lo termine, que ellos ya cumplieron suficientemente con levantar la calle y poner una nueva carpeta de concreto reforzado ¿qué importa la gente que vive ahí?, aquí nadie se queja, nadie dice nada, nos alzamos de hombros y ahora no dormimos con el chaca chaca metálico que alguien, algún día, arreglará; mientras buscaremos acostumbrarnos.

Así termina este año que podríamos mandar directamente al olvido si no tuviera tantas cosas que debemos recordar y tener presente en el futuro. Es el año en que la crisis mexicana termina con nombre y apellido. Podemos dejar de invocar crisis por partidocracias, corrupción, inequidad y falta de educación, la crisis este año nos deja la enseñanza de llamarse IMPUNIDAD y apellidarse IMPUNIDAD, y es esa señora impunidad la causante de todas nuestras desgracias. La impunidad deriva naturalmente en el país del no pasa nada, nadie hará nada, la ley ampara al poderoso, la ley dice que no es culpable, papelito habla, nadie lo podré tocar.

En 2014 la impunidad ha tocado nuestras puertas y nosotros la hemos reconocido, no es nueva, es una antigua prestación política de los priístas que rápidamente asumieron los panistas y los perredistas; los verdes y los petos son hijos ilegítimos de la impunidad. A ella la cuidan celosamente los jueces de la suprema corte, que tienen el poder judicial de su parte para hacerla operante, expedita, impune.

Nada ocurrirá en este país  mientras la impunidad sea la marca registrada de los gobernantes y los poderosos; ni habrá paz, ni habrá progreso, ni habrá justicia ni nada mientras la impunidad sea la única premisa en la que se mueve el poder político y económico.


Por eso el 2015 deberá ser el año de la transparencia, esa otra señora que los priístas acaban de bloquear en el congreso y que ayer Manlio Fabio dijo que se “aprobará” en febrero. Debemos cuidar ese dicho y la redacción en que termine la susodicha ley, porque la transparencia es la causa que debe unir a los mexicanos en el corto plazo. Una ley de transparencia que no deje posibilidad de dudas, no del cristal borroso del que están hechas las actuales leyes de transparencia, sino de roca transparente, dura y fría. Pragmática, justa, equitativa. Entonces los mexicanos pasaremos la página para imaginar cosas mejores. Ya veremos, dijo Ray Charles.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Calaveras 14


EL FESTÍN SEXENAL

En México hay un rumor
De que ha perdido lo suyo
Lo que antes causaba orgullo
Ahora le produce horror

País de grandes contrastes
De heroísmos rico y vasto
Hoy no nos damos abasto
De contar tantos desastres

De nuestro histórico huerto
Es muy difícil ver frutos
Pues sobresalen los brutos
Que han causado tantos muertos

Un verdadero festín
Espantos a manos llenas
Donde el horror y las penas      
parecen no tener fin.

En medio del frenesí
Nadie comprende este infierno
donde el crimen y el gobierno
se confunden entre sí.

No hay semana en que no cobre
Su cuota de muerte y sangre
Ni que aparezca algún fiambre
Que había salido de pobre.

Lucen con pueril tristeza
los colgados en los puentes
y como papas calientes
ruedan sin fin las cabezas.

Santa Muerte te imploramos
Poner  fin  a este suplicio
La muerte se ha vuelto un vicio
De dolores inhumanos.



PEÑA NIETO

Un diablillo pizpireto
Con pinta de mozalbete
Retocándose el copete
Se acercó hasta Peña Nieto

Ocupado el presidente
No pudo darle atención
Presidía senda sesión
De una reforma pendiente

“Busquemos de todas formas
Que a pesar de tanta prisa
Ni  a Telmex ni a Televisa
Les afecten las reformas”

Fue entonces -como se dice-
Que la gota colmó el vaso
La muerte de un solo trazo
Toma a Enrique y lo maldice

“Se debe ser ignorante
-Dijo la muerte furiosa-
Que ante tanta mala cosa
Todavía cuides el guante”

“Expuestas así las cosas
Terminemos el sainete
Desde hoy tú y tu gabinete
Cavarán sus propias fosas”

Y tomándolo a la mala
Profirió fatales frases
“Peña Nieto y sus secuaces

Tendrán su tumba en Iguala”.

martes, 28 de octubre de 2014

Aquel 28 de octubre


A principios del  2014 la UPVA “28 de Octubre” de la ciudad de Puebla hizo un esfuerzo particular por recuperar y preservar un fragmento representativo de su presencia en el movimiento social urbano de la capital del estado, ayudada por un servidor, de lo que resultó un libro testimonial que esperamos que algún día vea la luz y se incorpore formalmente al acervo memorioso de los poblanos. Por ahora quisiera compartir un fragmento relativo a la noche del 28 de octubre de 1973 cuando el presidente municipal Luis Vázquez Lapuente (1972-1975) extendió su orden criminal de “limpiar” unas calles del centro de la ciudad, con un saldo indeterminado de víctimas.
A principios de los años 70 encontramos a la actividad ambulante convenientemente asentada en el centro de la ciudad, alrededor de La Victoria y en la 11 sur, entre la 12 y la 18 poniente, controlada por centrales priístas, líderes freelance y hasta por el Partido Comunista, cuando el activismo social partía sin ninguna ambigüedad de las preparatorias y algunas facultades de la Universidad Autónoma de Puebla. Una ciudad que cumplía una década cruzada por marchas estudiantiles que enfrentaban el autoritarismo disfrazado de religiosidad y de falsa moral; de un Primero de Mayo de 1973 signado por la violencia, el incendio y la muerte del dirigente Alfonso Calderón y otros jóvenes que se encontraban en el edificio Carolino y sus alrededores; un 28 de octubre donde, como veremos en los testimonios de doña Martha, doña Irma y don Rubén, no se midió la fuerza, el aparato represor cruzó las calles del centro destruyendo todo a su paso, triturando, incendiando, desapareciendo.



La noche del 28 de octubre de 1973
“Era un día de fiesta, se presentaba un día de Todos Santos y salíamos a vender, a trabajar allí en las calles, nos acomodaban como podían de a pedacitos de lugares, de un metro, de dos metros, a trabajar ahí; la gente humilde, la gente pobre, la gente necesitada. Entonces nos teníamos que quedar a cuidar nuestros pedacitos de lugares para ganar un sustento y llevarlo a la casa, pero ¿qué se suscita?, que en la noche nos mandan a los granaderos a golpearnos. Metieron maquinaria pesada, había muchos puestecitos, no había muebles ni cosas de valor, lo único de valor que había éramos los vendedores que estábamos ahí durmiendo. Yo estaba en la 3 norte, entre 14 y 3 norte, en ese momento nos tocaba dar un rondín para estar viendo qué pasaba, entonces llegaron con la maquinaria pesada y ahí, sobre el trozo de la 10 poniente, sobre la 3 norte y la 8 poniente, llegaron y aplastaron todo sin ver que ahí había quien estaba durmiendo; aplastaron todos los puestos, después rociaron gasolina y le dieron fuego a todo, le prendieron fuego. Debajo de estos puestos había niños y personas inocentes que fueron aplastados, atropellados y quemados ahí. Yo digo ¿por qué nos trata así el gobierno?, somos gente de trabajo, no somos gente mala, como siempre se nos ha  achacado, somos vendedores que trabajamos para comer, para llevar un sostén a la casa. Eso pasó ese día. Era yo una niña de trece años. Si uno está ahí, uno lo vivió, uno lo pasó ahí. Lo que tú vives se te queda en la mente, o sea, no es tan fácil borrar lo que te pasa. Pero yo sí me acuerdo de la masacre que hubo ahí en la 8 poniente y la 3 norte, pues yo siento que estoy consciente de lo que estoy diciendo.” (Mercado Zaragoza)
No salí hasta que terminó
“Esa noche yo estaba a un ladito, porque vendía casi en la esquina de la 14 y me arrinconaba en un puesto que vendía periódicos. Cuando oímos el griterío y todo eso porque ya venían encima de toda la gente. Serían como la una o dos de la mañana. Yo estaba acompañada de tres de mis niños, de los diez que tuve, ya tenía tres niños; fue horrible, había de todo. Nos trataron no como seres humanos, como si fuéramos animales, así fuimos tratados. Yo corrí para la esquina contraria, donde había un zaguancito, que hasta la fecha está la casa, y ahí nos metimos. Ya no salí hasta que terminó. Duró horas. Como a las 4 de la mañana terminó, porque echaron lumbre, echaron gasolina y prendían. Mis hijos lloraban, oíamos gritos, vidrios quebrados. Le damos gracias a Dios que no perdimos a ningún familiar, pero vimos todo. Nos espantaban las lumbres que se veían. A la mañana siguiente era un desastre, dejaron el tiradero, no les importó, dejaron el tiradero, los difuntos estaban en la 8 poniente. Mucha gente que estaba dormida y que no sintió la llegada. Yo me imagino que unos quince muertos, por lo menos.” (Mercado Zaragoza)



Se llevaban a sus muertos

“Una represión brutal, se van sobre los puestos, sobre los vendedores, en camionetas bastante grandes de los inspectores y la policía, que en esa época les llamaban “las julias”; atrás de ellas vienen los granaderos golpeando a los vendedores con palos y demás; atrás de ellos o a los lados los policías judiciales y de los servicios especiales, que era una corporación ilegal, deteniendo a los que no lograban escapar, y golpeándolos; atrás de estos venía el Departamento de Limpia recogiendo escombros, barriendo. Y hasta atrás los bomberos barriendo con agua a fuerte presión, de manera tal que quedó totalmente limpio. Hubo ahí varios compañeros muertos, no se supo de la cantidad, nos llegaron el día después de ese 28 versiones de que había gente que agarraba a sus hijos  muertos y se los llevaban; otros que llegaban a tener una camionera o un coche, ahí se llevaban a sus muertos, en la idea de huir de la represión, porque la memoria histórica en Puebla, en ese aspecto, era en términos de que desaparecía el muerto y a veces la familia también ¿no? Tiene que ver un poco con los antecedentes de Maximino Ávila Camacho. Eso fue lo que ocurrió.” (Mercado Hidalgo)

viernes, 17 de octubre de 2014

Germán


Sin pretender convertir este blog en una página de obituarios, no puedo dejar pasar la sorpresiva muerte de Germán Trujillo Mendoza, quien cumpliría 57 años en estos días, el 23 de octubre, pues era treinta días menor que yo. De niños fuimos amigos y compartí con él y su hermano Mundo muchos momentos de mi niñez y más de mi temprana juventud, mi adolescencia, cuando fuimos parte del cuarteto que formamos él, sus primos Lencho y Jaime y yo.  Poco antes de cumplir dieciocho años salí del pueblo y nunca volvía  ver a Germán, excepto en esa ocasión en que se tomó esa fotografía de los cuatro, a principios de los años ochenta, en medio de la plaza cuauhtemense completamente nevada. Fueron unos minutos de saludos cordiales y buenos deseos. No tuve tiempo de saber que se había convertido en un contador público de empresas en Querétaro, que había tenido –o iba a tener- dos hijos con su adorada novia de la preparatoria, Tere, ni que iba a morir tanto tiempo después solo en una casa de Saltillo tras haberse separado de su pareja de media vida.

A nuestros doce años de edad murió su padre, don Edmundo Trujillo, propietario de la antigua estación de radio local y hombre culto como buen periodista que era del único diario del pueblo, también de su propiedad, La Voz de Cuauhtémoc.  Fue una muerte cercana y sensible para mí, pues los Trujillo eran mis amigos, Mundo, Germán, Vicky, compañeros de escuela y muchas aventuras callejeras con Luis Ochoa, Chuca Marín y Jorge Ordoñez. Don Edmundo tendría la edad que ahora tenía Germán, tal vez un poco menos. Era un hombre alto y flaco, con una mirada penetrante y una voz de tenor templada y temible. “Acaso no entienden el español”, nos dijo un día que penetramos en un terreno que tenía por el templo y que nosotros invadimos con Germán y Mundo para tallar unas lajas de cantera que sustrajimos de la construcción de la iglesia. No que fuera un robo, había cientos de pequeñas lajas inservibles de cantera diseminadas en todo el área donde los artesanos esculpían enormes bloques de cantera con cincel. No había tampoco ninguna restricción en recogerlas, como sí la había de subirse a las torres que conducían al campanario, que visitamos tantas veces también, cada que vimos una oportunidad.

Esos cuatro compinches despertamos juntos a una pubertad prometedora de placeres mundanos y sexo imaginario: la adolescencia pueblerina que no tenía obstáculos ni se llenaba fácilmente con goces sucedáneos. Con ellos tomé mis primeros tragos de aquellos brandis horrorosos de siete pesos el cuartito. Y los segundos y terceros. Yo supuse que de no haber salido del pueblo me hubiera convertido en el alcohólico que entonces prometía ser, pero es un cálculo tal vez equivocado -o exagerado, en todo caso-, pues ninguno de ellos lo fue. Pero en aquellas noches cuauhtemenses de duro cierzo invernal aquel adolescente que era yo de apenas un metro treinta centímetros de altura falté por primera vez a mi casa al quedarme en el cuarto de Germán y Mundo a dormir porque la guitarra y las copas y Atahualpa Yupanky, y otros amigos mayorcitos, compañeros de Mundo, Jorge Mario, Fermín, Félix, habían terminado por aceptar que aquellos niños que mañana serían jovencitos podían ser asistentes de sus reuniones juveniles siempre que no hablaran demasiado, cantaran despacito y no vomitaran las colchas de las camas para no contravenir a su mamá, doña Chelo, viuda ella de don Edmundo y mujer inteligente y sensata que prefería tener a sus hijos en casa que echando la copa en cualquier otro lugar de aquel pueblo que poco antes había perdido su tranquilidad, pues el Décimo Regimiento de Caballería del Ejército Mexicano había llegado a establecerse para siempre jamás. O sea que todos, el pueblo mismo, había perdido su candor y su simplicidad.

La muerte de don Edmundo me marcó de otra manera menos lamentable y más cultural. Ese día su estación de radio, que transmitía música popular, éxitos de los años sesenta como el cantante Polo o Leo Dan, Angélica María, Enrique Guzmán o cumbias de Virginia López como La pollera colorá o La cosecha de mujeres (“nunca se acaba”), por la razón del duelo de su propietario decidió transmitir todo el día sus viejos discos de música clásica que dormían el sueño de los justos en unos anaqueles bajo llave. Fue la sorpresa de mi vida. No calculaba que en el mundo hubiera algo tan hermoso como lo que estaba escuchando mientras mis papás acudían al funeral de don Edmundo, música mágica que parecía salir directamente del cielo para enmarcar la indubitable muerte del padre de mis amigos. Había visto Fantasía de Walt Disney en el cine Plaza unos años antes, pero por alguna razón no había registrado la existencia de un tal Strauss y Bach, Beethoven, Mozart, Liszt, Chopin y tantos más que tampoco identifiqué ese día porque no tenía el mínimo marco cultural para interpretar nada que no fuera Chayito Valdés o Leo Dan; o Agustín Lara, las hermanas Águila, Carmela y Rafael, Armando Manzanero, Emilio Tuero, Avelina Landín, Fernando Fernández, Toña La Negra, Pedro Vargas y tantos más cantantes de bolero que la afición de mi papá me había transmitido al punto de la especialidad, porque tampoco era un niño pueblerino vacío, pues esos niños no existen salvo en el prejuicio de algunos habitantes de la ciudad. Hasta se podría decir que era un niño informado, asistíamos al cine tres o cuatro veces por semana, leíamos Selecciones y Vanidades, pero esa música nunca había estado en mis expectativas, ni en mis sueños, ni aún en mis más acaloradas fantasías. Era sublime, era hermosa, era humana, demasiado humana. Gracias, don Edmundo, su muerte trajo a mi vida un don que aprecio entre los más grandes dones que acaso he recibido.

Un día Germán nos convocó para mostrarnos una novedad. Su primo de la ciudad de México había llegado con un disco de Jesucristo Superestrella y era urgente escucharlo con la debida ceremonia. Recuerdo nuestras caras de asombro sentados en las camas mientras Judas se debatía (¿y es negro?) en su culpabilidad. Hasta el propio Capi, que era el perro de los Trujillo, parecía contagiado de solemnidad.

En la foto, Germán y yo, preparatorianos, recitamos un poema en el Gimnasio  Municipal.

Germán era joven atractivo de huesos pronunciados y enormes cejas sobre unos ojos parecidos a los de su papá, oscuros y profundos; en la preparatoria causaba admiración su negra cabellera quebrada y brillante. ¿Qué te echas, hijo?, le preguntaban las maestras, a lo que Germán, que vivía rodeado de hermanas y por lo tanto sabía de cuidados de belleza y aliños, respondía sin malicia: mayonesa en las noches, tomate alguna vez al mes y me lavo con jabón detergente. No era broma, se tomaba en serio la salud de su cabello. Por lo demás, su semblante enjuto no llegaba a parecer enfermizo, aunque sí algo famélico; nunca fue bueno en los deportes, sus rodillas chocaban como cabras enloquecidas o tal cosa parece en el recuerdo; era algo zambo, de huesos titubeantes, brazos nerviosos con manos largas y esqueléticas.

Germán fue el primero de los cuatro en trabajar de manera, digamos, formal –pues Lencho siempre fue mecánico automotriz, Jaime cobrador de la oficina de don Fidencio y yo esporádico repartidor de telegramas. Y aun nos invitó algún día a ayudarlo en su negocio de tapizado de paredes. Algo cambió con la llegada de ese dinero a nuestras vidas. Teníamos 17 años y éramos, sin lamentaciones, pobres sin exagerar. Es una edad en donde la pobreza es cómoda porque el 99 por ciento de tus conocidos goza de la misma peculiaridad. Bueno, pues Germán entró a ocupar ese uno por ciento solitario que, de la noche a la mañana, trajo dinero en los bolsillos; se compró algunas camisas y algunos pantalones de moda, le cambió el semblante y nuestras reuniones vespertinas, cuando tenía tiempo de acudir, ya no fueron las mismas. Germán tenía dinero y podía incluso comprarnos chocolates americanos que vendían en la Dulcería Coahuila, pero algo se había desequilibrado entre nosotros.


Como sea, tal vez ocurra siempre en todas las vidas, la amistosa complicidad de descubrir el mundo en la primera adolescencia es algo que te marca para toda la vida. No hubo año en que no haya recordado a Germán, como recuerdo a Jaime y a mis otros amigos. No me explico y tampoco me atrevo a especular cuáles eran los temas del mundo que nos entretenían tardes enteras (y los meses y los años) en alguna esquina de nuestro pueblo que de pronto fue ciudad. Cuando nos despedíamos, ya retirados los unos de los otros, seguíamos hablando de algún detalle que se nos había pasado comentar. “Nos vemos mañana”, decíamos innecesariamente, porque en aquel Cuauhtémoc, con apenas libros y muy poco hábito de frecuentarlos; sin diarios, ni revistas y con una pésima señal de televisión, el día siguiente estaba destinado a la conversación; a hablar y hablar y hablar...

Cuando un amigo muere necesariamente muere algo de uno mismo, aunque sea una porción de la memoria; en cierta forma es nuestra muerte también. Unas semanas después de la muerte de Germán murió Guga, amiga juvenil de mi esposa Malú y cómplices mutuas de la adolescencia, junto con Claudia Vidal. Sin perder el buen ánimo por la vida, pero inevitablemente viéndonos en esos espejos tan cercanos, solo acatamos a expresar teatralmente mientras nos abrazábamos: “Primera llamada, primera…”




miércoles, 25 de junio de 2014

Don Delfino Flores Melga (1924-2014)

¿A mí me has visto algún día fumar?, ¿algún día de pedo? Nunca. Bueno, porque yo no tengo vicios. Pero estoy enfermo de chisme. Eso me gusta, me gusta, es mi vida. Es mi alimento, es de lo que vivo. La política es lo mío. Es mi substancia y a eso me he dedicado.

La noticia es la muerte de don Delfino Flores Melga, líder social que fundó una decena de colonias para los sin-techo poblanos, muerto en la prisión de San Miguel el martes 24 de junio sin haber podido gozar las garantías de ley que ordenan que un anciano de 90 años pase su proceso en arresto domiciliario. Estaba acusado de despojo por haber apoyado a unas decenas de familias que invadieron un terreno en el cerro de Xilotzoni de la junta auxiliar de San Jerónimo Caleras. Y ahí murió, pobre y humilde como siempre fue, pues nunca se benefició de sus triunfos. Hace tiempo le hice esta entrevista sobre su sorprendente vida, era capaz de recitar la Constitución Mexicana, artículo por artículo, pero no de escribir su nombre, pues nunca aprendió a hacerlo. “Háblame de tú”, insistía. Pues que en paz descanses, pequeño gran hombre.

Voy a platicarte cómo empecé yo ¿verdad? Yo nací en la Hacienda la Noria ¿sabes dónde está? Bueno, ahí tú sabes que, como toda persona que nace en una hacienda lleva una vida de trabajador, de clásico trabajador. Entonces, a los seis años nosotros empezamos a trabajar en lugar de ir a la escuela.

Nací el 24 de diciembre de 1924. Imagínense que en esa época no había  las facilidades de hoy, aunque hoy se ha deformado por los malos líderes que hay. Pero en esa época, uno nacía, se criaba ahí, servía ahí, y hacia algo no sólo para el patrón, pues acuérdate que en esa época el patrón no tenía todo para él, sino que a los trabajadores también les daba algunas facilidades. Por ejemplo ¿qué daban en una hacienda? En una hacienda te daban frijol, te daban maíz, te daban casi todo para comer y eso es lo que tenías para vestirte, para hacer esas cosas. Estoy hablando de una Puebla de hace más de sesenta años. En esa época nosotros nos dedicábamos a lo que teníamos que hacer. Muy poquito de la vida de la ciudad; nos olvidábamos. Por ejemplo, yo a la edad de seis años ya era un “apoyador”. ¿Qué es eso? Es un hombre que toma al becerrito de un “estand” y lo pone junto a su nana para que el ordeñador pueda ordeñar y no tenga problemas con la vaca, con la leche que así va a dar siempre. A los nueve años era yo el ayudante del que cuidaba las cémilas. Vaya, en esa época nosotros no teníamos tiempo de  prepararnos, de aprender algo para podernos desenvolver. No, nosotros en el rancho lo que aprendíamos era lo que en el rancho se hacía, nada más.

Mi papá se llamaba Tomás Flores Luna. Era campesino de hacienda. Mi mamá se llamaba Margarita Melga Salamanca, y como en esa época la mujer se dedicaba a los hijos y al hombre, al patrón no le servía. Para el patrón el que servía era el hombre. La mujer para cuidar a los hijos y atender su casa, porque aunque vivías en un rancho, no vivías amontonado. ¡Ah, no! En ese rancho te daban toda la facilidad. Te daban tu casa, tu cocina. Era un cuarto con una cocina, pero a fin de cuentas te daban dónde vivir. No estaban así nomás a la deriva. De alguna manera tenías una serie de facilidades que te daban una mejor vida que la que ahora tenemos. ¿Por qué esto se empezó a deformar? Lo que hemos comentado siempre, porque los líderes se han encargado de deformar todo esto.

Hacia 1920 Puebla era una de las ciudades más importantes del país en actividad textil. La Constancia Mexicana fue la primera fábrica en todo Latinoamérica. Todo, no en México, no en Cuba, en todo Latinoamérica, la Constancia Mexicana fue una de las primeras fábricas que existieron para beneficio de todos. Entonces esas cosas jugaban su función. En la industria textil el trabajador también vivía mejor. Recuerdo que había un hombre que llevaba en un palo un chorro de comida para los trabajadores de Mayorazgo, a una fábrica que se llamaba La Teja, donde está ahora el Balneario Agua Azul. El tlacoalero, así le decían, el tlacoalero, el que llevaba la comida a esas partes. Tú le encargabas lo necesario para la fábrica, entonces él lo llevaba a la fábrica, el tlacoalero ¿quién le pagaba a ese hombre....? La misma fábrica.

Pero vino la organización, cuando se empiezan a organizar. Entonces viene la cédula cuarta, infonavit, seguro social, el sindicato y muchas cosas más que ni el trabajador ni el mismo patrón aguantan. Entonces las fábricas empiezan a tronar. ¿Cuál fue la primera que tronó? San Juan de Amandi.

Como en la hacienda también. ¿Por qué en esa época no  sufríamos tanto de comer? Teníamos todo, te daban una fracción de terreno en la que tenías la oportunidad de sembrar. ¿Para qué? Para que tú no te distrajeras y en lugar de meterte en la cantina tenías que ir alrededor de tu milpa, tenías que ir a cuidar la milpa para poder levantar una cosecha. Eso hacías. Se siente que en aquella época no había tiempo perdido, se aprovechaba todo.

Entonces vemos clarito que esas épocas se fueron. Se extrañan, no por la abundancia que tenías, no, sino por la forma de vida que llevabas en esos lugares. En lugar de ser una persona negativa, a la mejor producías y eso era algo que favorecía a toda la nación. Hambre hambre, en esa época, no había. En 1935, 40 no había hambre. Tú encontrabas todo donde quiera. Todo tenías en tu casa, tortillas, tenías todo ... es más, al hombre que trabajaba en el establo, le daban dos o tres litros de leche. Imagínate, nosotros acostumbrábamos a hacer atole de maza con esa leche. ¿Te imaginas? ¿Había hambre? No había hambre. Afuera de la hacienda sí había hambre.

Las colonias de Defino

Lo más viejo que tenemos en Puebla es esta colonia que no tiene escrituras. Debajo de la 5 de Mayo: Xonaca. ¿Cuál era la otra? El barrio de Santiago. Estoy hablando de cómo se fue formando Puebla. Tú sabes que se formó hace muchos años y no puedo recordarlo. Yo de lo que estoy hablando es de lo que vi. Esta colonia es una de las primeras colonias que tuvo Puebla. Entonces esta colonia se asentó en un rancho que se llamaba Reventerías. Se asentaron sin ningún costo, pues como estaban en terrenos ejidales, se asentaron ahí, pero hasta ahora la colonia no tiene escrituras.

Nosotros, después de la siembra donde vivíamos, nos fuimos a vivir en 1938 a la colonia Belisario Domínguez, donde tampoco tuvo un costo la tierra. Se pusieron de acuerdo el presidente municipal y el comisariado ejidal, y como era tan retirado el pueblo de La Libertad, esos terrenos para ellos no redituaban ganancia. “¿Qué hacemos con los terrenos?”, dijeron. Nos empezaron a invitar y nosotros fuimos unos de los primeros que llegaron a esa colonia que el comisariado y el presidente nos dieron como en adjudicación.  Aunque no era facultad de ellos, pues recordemos que el (Artículo) 27 dice muy clarito: “el único que tiene facultades para eso es el presidente de la República”. Pero aquí ellos eran la autoridad... El artículo 29 también habla de eso, de que la autonomía popular decide cómo se hará la voluntad del pueblo. Y ¿quién representaba al pueblo en ese momento?: el comisariado ejidal y el presidente municipal. Total que se ponen de acuerdo y esos terrenos nos los dan. Pero en 1943 dan escrituras. Es una de las primeras colonias de toda Puebla que se organiza para lograr escrituras. Todos nosotros que llegamos a Belisario Domínguez estuvimos de acuerdo, y gestionaron. Se iban para México y gestionaron hasta que consiguieron las escrituras. Entonces aquí estamos viendo que realmente la ley no está olvidada. No, la ley lleva un proceso. Pero son muy pocas las personas que se  ajustan a ella. Ah, no. Todos piensan en lo que van a "sacar", pero la Belisario Domínguez tiene una historia en Puebla porque se creó de esa manera.

Cómo es posible que la Belisario Domínguez, que se funda en 1938, le den sus escrituras en 1943 ¿cómo es posible? Es que se sigue el mecanismo que debe llevar y se ajustan al marco constitucional. Estos señores empiezan a hacer la gestión y en 1943 nos dan nuestras escrituras. ¿Por qué? Porque aquí quien nos las da es una persona que tiene facultades para hacerlo. ¿Quién es? Es el presidente municipal, junto al comisariado ejidal, porque es el acuerdo que toman con toda la comunidad de La Libertad. Veamos cómo desde esa época, hasta hoy, la ley no ha cambiado. Porque algunas cosas que cambian en el hombre en la ley es la misma. Sigue normatizando esta sociedad la misma ley que hizo don Benito Juárez.

En la Belisario Domínguez no encontrabas más que el panteón de La Piedad. No estaba nada ni nadie. Por eso fue que en esos terrenos ya no se podía sembrar, porque si sembraban, estaba tan lejos de La Libertad, que la cosecha era para los que vivíamos cerca. ¿Quiénes eran? Los del barrio de Santiago, San Matías, La Noria. Eso era lo que existía. Vivían ahí porque, por ejemplo, había unos que trabajaban en la fábrica Santiago de Hilados y Tejidos. Llegó la gente que trabajaba en la hacienda de La Noria, los que trabajaban en los ranchitos que ya empezaban a poblarse y llegamos porque de alguna manera el dueño de la tierra vendía. Se empezaron a formar esos ranchos y la gente que fue a vivir ahí era la que vivía en esos lugares de los alrededores.

Cuando llegamos a la colonia tenía yo 14 años. Se llegaba por la carretera a Atlixco, la Federal. Lo único que vi fue el panteón de la Piedad y un terreno inmenso. Bordos de tierra que se hacían por la misma naturaleza. Muchas partes sembraban milpa de temporal, nomás lo que se produce en el campo. Por allá estaba un rancho que se llamaba San Juan. Estaba una como rotonda y del otro lado, más o menos por donde está una fábrica de aceite, empezaba la colonia.

¡Bajaaan!

No había nada. Lo único que encontrabas era tierra desde que te bajabas tú de los “camiones azules”, que fueron los primeros, los Central San Matías. De ida te dejaban hasta por la Reforma. De ahí tenías que ir andando a pie hasta donde ahora vivo. Después vinieron “los cafés”, que iban  de  Analco a La Piedad. Esos camiones ya te dejaban exactamente donde está ahora el Jardín de los Ángeles. Y ya de ahí, unas cinco calles y ya no era tan difícil como cuando empezamos, nomás con los Rápidos de Puebla, que eran los mentados azules. En esa época también viajabas en los famosos tranvías. Te bajabas donde te tenías que bajar y tenías que caminar. No había la facilidad que ahora hay. En esas cosas parece que hemos progresado, pero en lo demás...

Ahora estamos ubicados en el centro de Puebla, del otro lado del río Atoyac está San José. Está el Hospital del Niño Poblano, está Auchán y esos centros comerciales. Ya está poblado. La Belisario Domínguez quedó en el centro.

Nosotros los pobres...

Las expropiaciones que hicieron en Angelópolis no creas que la van a disfrutar las gentes como nosotros. Antes el rico, aunque te fregaba, te daba de comer, te cuidaba para que le sirvieras. Desde muy pequeños tomábamos la decisión. A los 12 años. “¿Que no quieres ir a la escuela, cabrón?, pues ora, ponte a trabajar". Pero te daba de comer. Aunque no tenías escuela tenías todo. Entonces a través de esto fuiste aprendiendo cómo te tenías que desenvolver en esta vida.

En esa época todavía no pensaba yo en nada. Porque yo empecé a pensar en todo esto a la edad de 15 años, cuando llegamos ahí y vimos una extensión enorme. “¿De quién es?” Que es de fulano y de zutano. Pero jamás había yo pensado, porque tú sabes que no fui a la escuela, entonces cuando llego ahí me empieza a llamar la atención leer. Pero ¿qué voy a leer? En esa época en que uno vivía en un rancho ¿qué encontrabas? A mi papá le gustaba mucho el Selecciones. Mi papá sí leía. Empecé a ver el Selecciones. ¡Ah, qué importancia tiene esto! Empecé a leer ya después, y si aquí estamos hablando de verdad, vamos a hablar de la verdad: yo aprendí a leer cuando tuve mi primera novia, que estaba en la secundaria. Y ella empieza a hablar de sus tareas, de esto y del otro, y empieza a ver los libros, el contenido de los libros, lo que representaban para uno los libros, para cultivarse y me empezó a gustar. Así aprendí a leer. No me decía nada. Yo por curiosidad de ver cómo estaba haciendo sus tareas y de dónde se basaba para hacer sus tarea, empecé a leer... pero no aprendí a escribir. Eso fue lo malo. (je je) Sabía leer pero no aprendí a escribir.

Y ahí fue donde empecé a ver la necesidad que teníamos todos, ese joven, que ya no era un niño, empezó a ver las necesidades que tenía su pueblo. Cuando empiezo a leer Selecciones me da por leer la primera Constitución, entonces eran unos librotes enormes. Entonces empiezo a leer todo y a ver la manera de poder ayudar a los míos. Cuando empiezo con esa lucha social veo cómo la Belisario Domínguez llega a estar en buenas condiciones, pero sigo leyendo y veo que con eso no era suficiente, porque hay un complemento de la Constitución, que es el código civil de Puebla. Empiezo a leer también el Código Civil. Y cuando me empiezo a meter en esas broncas de la organización, es porque ya llevo todo. Todo metido acá. A los 18 años, con tres de aprendizaje, ya soy delegado al H. Consejo de los albañiles. Cuando Lázaro Cárdenas era presidente de la República yo soy  delegado al H. Consejo. Entonces empecé a ver la necesidad que había de cultivarse, pero no en el campo, aparte de eso, ahora tienes que leer algo que te enseñe qué es lo que vas a ser después. No leer algo para distraerte, no, que te enseñe qué es lo que vas a ser después. Por eso empiezo a leer la Constitución y el Código Civil, me empiezo a dar cuenta y empiezo a entrar a esta lucha de interés social. Esto nos lleva hasta lo que soy ahora. Yo desde entonces he dedicado algo de Marx, algo de Lenin, algo de todo eso, porque lo oigo, pero a mí me ha interesado lo mío. Que es mío. Mi país ¿quién lo normatiza? Pues sus leyes, y ¿qué son sus leyes? La Constitución y los códigos, entonces yo me he dedicado a eso, a lo mío. Por eso es que ahora tengo broncas tan fuertes. Me mete Toxqui al bote, me mete Jiménez Morales al bote, me mete Piña Olaya al bote, siendo gobernadores. Me mete al bote Bartlett siendo gobernador. Ahora éste, Melquiades Morales, me dictó orden de aprehensión, pero no la ejecutó. ¿Por qué? Pues porque yo he aprendido. Y si a mi me dicen: “aquí estás cometiendo este error”. Bueno, señor, el error que estoy cometiendo no es mío porque nunca he sido legislador para tener la facultad de modificar las leyes. Esto lo defiendo porque la ley me aconseja que lo haga y, si está mal, pues reclámenle a quienes están en el poder. ¿Quiénes son? Los senadores y los diputados, el Congreso de la Unión, ellos son los responsables. Si no hay reformas, es porque ellos no las han hecho. Y si esta ley normatiza esto, bueno pues perdóneme, vaya a reclamarle a ellos porque a mi no me puede reclamar nada. Por eso ves cada bronca que hago, me pongo en el zócalo dos o tres meses, pongo una exposición, si hay errores que me los digan, pero como no me encuentran errores pues yo me voy, me voy con lo mío y llego hasta donde quiero. La principal ganancia de esta lucha es la satisfacción de que yo no tengo ni un centavo, vaya, no soy rico, pero que las personas que se acercaron a mí han logrado ya algunos beneficios. Esa es mi gran satisfacción.

Huertos familiares

Así hemos logrado varias colonias. Vamos a hablar de Artículo Primero, vamos a hablar de la Concepción Guadalupe, vamos a hablar de Plan de Ayala, vamos a hablar de Belisario Domínguez, La Reforma, Granjas Atoyac; vamos a hablar de Loma Bonita, la que hoy estamos en proceso de lograr. En cada una, me he concretado a hacer las gestiones adecuadas para llegar a donde yo quiero. Por ejemplo, este es el último papel de muchos. Primero hacemos un estudio. ¿Hay zonas de altos riegos? Ah, bueno, pues tratemos de aprovecharlas, pero tampoco estar expuestos a los riegos que representan esos lugares. Por ejemplo en Loma Bonita tengo un proyecto ahora donde las torrecillas de alta tensión tienen 25 metros a cada lado, por cincuenta que marca la ley. Sabemos que abajo eso afecta la mentalidad de los nuevos seres, por lo que no se puede vivir ahí, pero no puede afectar la producción de hortalizas: lechuga, col, rábano, cebolla y esas cosas. Pero ¿cuál es el propósito de llegar hasta ahí? Bueno, no sólo debes darles dónde vivir, también puedes enseñarles cómo buscar para comer. Nosotros tenemos un proyecto donde una de esas colonias tiene con qué irse para arriba, como lo hacían en los ranchos, con huertos familiares, para que tú, si no tienes chamba, tengas qué comer. Cuando estábamos en Plan de Ayala no teníamos qué comer. ¿Qué comemos? Pues corten nopales, corten rabanitos, corten cilantro, cómprese unos dos pesos de chilitos ¡y mira! nuestra mentada salsa mexicana. Y una comida ¿con cuánto lo haces? Nomás con el tiempo que pierdes de ir a cortar las cosas. Por eso nuestro interés de que las colonias deben tener sus huertos familiares, porque las casas no pueden ser mayores de setenta metros cuadrados. Nosotros, en lugar de bardas, en lugar de meter tabique, metemos nopales. Eso te sirve para que nadie se pase de este lado, imagínate para que se pase un perro, no se pasa. Pero tú puedes también cortar nopales y comer nopales. Tú tienes todo.

En épocas como éstas, no puedes andar a la una de la tarde con tanta tranquilidad como antes, por los calores tan enormes que se sienten. Eso qué representa para ti: protección a la ecología ¿no? Llega el aire, se nutre de lo verde que hay ahí en el huerto familiar, y a ti te llega fresco. No te llega tan pesado como se siente en todas partes. Si tu ves por qué en Puebla antes no se sentía tan fuerte el calor, es porque en toda la Malinche teníamos árboles. Hasta acá cerca, por la Joaquín Colombres, había las mentadas ocoteras. Muchísimo ocote que topaba con el aire, recogía todo eso y te llegaba el aire un poco fresco. ¿Y ahora cómo te llega el aire a mediodía? De peso, te llega pero de manera tremenda. Entonces lo que estamos viendo es que lo perdido no se ha perdido por descuido, se ha perdido por el egoísmo de todos nosotros. En mi colonia Plan de Ayala no desperdiciamos nada. Nada. Si siembras árboles frutales: manzana, durazno, eso se lo agarran, se lo llevan y olvídate. Sin embargo, tienes nopal, agarras de este lado, agarras del otro, y nunca se te acaba.

A la mejor lo que ahora falta es esa mentalidad. Como antes los rancheros, yo lo que recuerdo es que no había hambres, a nosotros no nos faltaba nada, mi papá salía a ordeñar, ya llegaba con la leche; ponía mi mamá en el metate a moler el maíz y hacía nuestro atole. ¡No mano, cuál hambre! No había hambre. Y ahora tú vives con toda libertad, pero sales a la calle y andas viendo cómo le haces para comer. Allá mismo en tu casa, tienes que cortar cilantro, rabanito, todo para comer, porque lo tenemos. Y los que no tienen qué hacen. Va a tener que robar. Antes no había tantos ladrones porque no tenían hambre, tenían qué comer, tenían la manera de cómo vivir y vivían bien. Y ahora, está este país... y el mundo... muy mal.

México para mi es todo. Es todo porque es mi patria, es mi casa, es mi familia, es todo. Yo no necesito pedirle a nadie nada, porque ten en cuenta que en México tuvimos un Benito Juárez, que de niño, cuando perdía una oveja, no llegaba a su casa. Dos tres días para encontrarla, y llegaba ya, “vengo con todo mi ganado”. Ese hombre no pensó nada, sabía todo porque lo vivió. Y sabía cómo vivía el mexicano. Claro, no puedo yo estar comparándome con un Benito Juárez, no, pero pienso que él fue uno de los mejores hombres por eso. Porque su vida fue el pueblo. Aquí nació, aquí creció y aquí aprendió. Y cuando sirvió, con la experiencia que él tenía desde su nacimiento, así se fue. Entonces nosotros que nacemos en el rancho, que nos criamos con la gente humilde y que hacemos esto...

¿A mi me has visto algún día fumar?, ¿algún día de pedo? Nunca. Bueno, porque yo no tengo vicios. Pero estoy enfermo de chisme. Eso me gusta, me gusta, es mi vida. Es mi alimento, es de lo que vivo. La política es lo mío. Es mi substancia y a eso me he dedicado. Y ahí está el resultado: siete colonias que están totalmente escrituradas.

Eso demuestra que, efectivamente, nosotros tenemos en nuestro país algo que nos normatiza y que es muy valiosísimo, pero no lo queremos aprovechar: la Constitución. “No, me da flojera, no tiene muñequitos”. La Constitución no la leen ni los abogados, ni ellos mismos los cabrones. Tú hablas de esto y de lo otro y vas a ver cómo quedan fuera. Lo veo en México con los diputados, que abogados y la fregada. A mi de plano a lo que vienes. Y lo vemos clarito.


Yo soy mucho, muy pobre de dinero. Porque para mí la riqueza más grande es cuando el hombre está cultivado. No cuando nace en una cuna de plata con pañales de seda. No, tengo un hijo abogado, tengo un hijo doctor; vaya, mi familia no está jodida. Una casita en la que todos mis hijos viven, pero el mínimo tiene dos recámaras, tres recámaras, cocina, baño, comedor. Tienen todo. Sus departamentitos muy funcionales. Entonces para mi qué es más importante: ¿darles dónde vivir, enseñarles cómo se tienen que desenvolver o ponerles dinero para que se pierdan? No, mano, porque la vida no es así.

viernes, 9 de mayo de 2014

No somos ángeles

El sábado 15 de febrero una llamada telefónica marcó el rumbo de nuestro estado de ánimo e incrementó la penosa zozobra en la que vivimos en este desventurado país. Un  dizque zeta me llamó por mi nombre, confirmó mi dirección y durante cuarenta minutos me estuvo dorando la píldora con una bien armada historia de una vecina mía que me quería perjudicar por envidias, pero que una minuciosa investigación de parte de don Z había confirmado que era yo un buen hombre de familia que no merecía ser perjudicado, etc.  La investigación le había costado unos 240 mil pesos que de alguna forma tenía que recuperar, etc.

Para no hacer el cuento largo, una vez aclarado que era un malandrín que solo quería sacarme dinero, cosa que ocurrió como a los veinte minutos, el intercambio de información transitó por caminos poco afortunados; las malas noticias de mi maltrecha economía fueron bajando de categoría la conversación y de aquella alegre cantidad mencionada estuvimos a punto de cerrar nuestro “trato” en cinco mil pesos, para lo que yo solicité tres meses para acumularlos. Por poco le da un infarto. Finalmente cerramos nuestra negociación en mil pesos que debía yo abonar a uno de los siete teléfonos que me hizo apuntar, siempre y cuando fuera en los siguientes treinta minutos. Nos despedimos amablemente, pues resulté el cliente más razonable y comprensivo. Al colgar desconecté la línea telefónica e hice una junta urgente en el consejo familiar para decidir las medidas a tomar. No pagaríamos y buscaríamos cambiar el número de nuestro teléfono al día siguiente, plan que refrendé en el momento en que comprobé mis generales en el directorio telefónico vigente. Mal y de malas.

Al día siguiente, con pasmosa facilidad, una amable señorita de Telmex me hizo el favor de darme un nuevo número telefónico que resultó más agradable que al anterior, pues el nuevo número es más equilibrado,  alegre, polifónico y encima carece de prejuiciada cifra 41 que ostentaba el anterior. Quedamos muy satisfechos… hasta que comenzaron a llamar los centroamericanos. Pero no vayas a creer que Maras o miembros de la 18 o la 28, para nada, nuestros nuevos amigos son empleados centroamericanos de Banamex, o más bien, de una firma relacionada a deudas de Banamex que se encarga de llamar a cientos de miles de deudores que han dejado alguna clase de cuenta colgada en ese banco. Luego de dos semanas sabemos que son cinco turnos los que laboran en ese desagradable empleo, que consiste en torturar gente telefónicamente en llamadas de tipo: Pague. No tengo. Tiene que pagar. Ya lo sé. ¿Cuándo paga? No sé. ¿Puede pagar hoy? No. ¿Cuándo paga? No sé. Tiene que pagar. Ya lo sé. Esa muy circular. Me recuerda a aquellos torturadores de las dictaduras argentinas que una vez vi en una película: llegaban a su trabajo, checaban su tarjeta de entrada e iniciaban su turno de torturas de acuerdo con una lista detallada: al señor González corte de uñas; a la señorita Gómez, pocito, etc. Así estos empleados también reciben  una lista de nombres con sus respectivos teléfonos y la orden de llamarlos al menos dos veces por turno. Nuestros nuevos amigos son un grupo muy variado de personas de ambos géneros, cuya principal coincidencia es el inocultable acento centroamericano y caribeño. Una amable señorita hace unos días me confió que llamaba desde San José Costa Rica; les envié saludos a los ticos desde Puebla. Sin excepción todos buscan a Ángeles Contreras M.

Llaman muy temprano, a media mañana, a medio día, a media tarde, en la tarde y hasta en la noche. He hablado largo y tendido con algunos de ellos y a todos los hemos convencido de que no somos nada de Ángeles Contreras, de que no la conocemos, de que se trata de un número reciclado, etc. Cuando llegó el primer recibo telefónico con el nuevo número fui a Banamex, mire, yo no soy Ángeles Contreras, pero nada podía hacerse, tendrá que venir Ángeles Contreras para hacer cualquier cambio en sus números personales, me dijo una señorita amable pero tajante. Comprendí que tenía razón. Un amable puertorriqueño me dio una salida ingeniosa: vaya a Telmex y pida que le bloqueen seis meses el 01 800. Imposible, me respondió el funcionario de la telefónica, nos multarían. Seguimos respondiendo a las llamadas la única respuesta posible: no somos ángeles, no lo somos, no la conocemos. A veces colgamos. Todos estamos convencidos de que no lo somos, incluidos nuestros amigos centroamericanos y del Caribe. El mes de mayo, por ejemplo, llaman pero ya no dicen nada, pues reconocen nuestra voz y saber perfectamente que no somos Ángeles Contreras.


En el documento Análisis de la extorsión en México 1997-2013, que publicó hace poco el Observatorio Nacional Ciudadano (ONC), se dice que en 2012 el INEGI contabilizó 130 mil 781 denuncias de las 5 millones 994 mil 34 extorsiones a particulares que se cometieron ese año. Y que desde la puesta en marcha de su número telefónico en diciembre de 2007, el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública y Procuración de Justicia del Distrito Federal recibió 764 mil 458 llamadas. Supongo que son cifras colosales que nos hablan del tamaño del problema, pues si todos esos usuarios vamos a cambiar nuestro número telefónico el asunto es grave. Lo cierto es que en épocas de pérdida de intimidad galopante como las que vivimos, cuando es posible saber tanto de gente que nos importa poco en las redes sociales, los simplones datos del directorio telefónico se han volteado contra los ciudadanos. No somos ángeles, pero ¿quién lo es?