viernes, 23 de enero de 2009

Brillantina pasional

En octubre de 2008 yo y cien mil personas en el mundo participamos en un concurso de Google para elegir cinco ideas brillantes cuyo único objetivo era beneficiar a la mayor cantidad de gente. Los ganadores tendrán el gusto de que su idea sea llevada a la práctica, únicamente, pues, se aclaró, ellos no ganarán nada más. Ni hablar de los 20 mil dólares destinados a llevar a cabo la susodicha idea. Bueno.

Las condiciones pedían número específico de palabras y caracteres para llenar el cuestionario. ¿Con qué frase describirías tu idea? (150 caracteres máx.) Yo puse:
“Poner barro a la disposición de los niños mexicanos y provocar una discusión nacional sobre el pasado prehispánico, tan asociado a él”. Entrábamos en materia.

Describe tu idea al detalle (300 palabras máx.), pedía el cuestionario a continuación. Yo escribí: El barro es inaccesible a la mayoría de los mexicanos. Excepto quienes nacen y crecen en torno a la alfarería mexicana, que es amplia y rica, el resto de los mexicanos está impedido de utilizar barro porque, sencillamente, no existe en el mercado infantil. Se trataría de crear, a través de la promoción de Google, una empresa que se encargue de llevar el barro a las manos de los niños mexicanos, para que sea considerado en su formación escolar. Esto daría a nuestros niños la oportunidad de vivir la experiencia del barro, que de acuerdo a esta idea es una liga con el pasado, una experiencia de vida, de historia mexicana y de herencia.
El enorme acervo del Museo Nacional de Antropología e Historia es de barro y todas las colecciones de arte prehispánico mexicano diseminadas en el mundo están sustentadas en el barro. En el barro se basa nuestra mejor apreciación del México antiguo, gracias a él comprendemos la grandeza de aquel pueblo que alcanzó un arte refinado, el principal de nuestra historia. Considerar la creación de una distribuidora popular que haga del barro un producto accesible, como lo es la plastilina, que sea expendido en las papelerías y los niños puedan usarlo como material didáctico y lúdico, a la vez que se reflexiona inevitablemente sobre el pasado, nuestra mejor referencia. En algún momento de la historia se quitó el barro de nuestras manos, esta idea consiste en devolvérnoslo. Darnos esa oportunidad, la necesitamos.

Luego preguntaba: ¿Sobre qué problemas o temas trata tu idea? (150 palabras máx.) Yo respondí: Hay una mitad mexicana que negamos, la indígena, se demuestra en la ignorancia fatal de los mexicanos hacia los antiguos y actuales pueblos originarios, de quienes no sabemos ni sus nombres. El barro en las manos de nuestros niños desataría una masiva observación de esa raíz negada, nuestra parte indígena indefectiblemente ligada a nuestra naturaleza artística. El barro soporta el mejor vestigio cultural de nuestros antepasados: el del Museo Tamayo en Oaxaca, el de Antropología de Jalapa; el barro de los museos regionales, el conjunto de iconos que nos manifiestan y nos describen, mejor que los historiadores, la visión de las culturas prehispánicas de México. Sembrar un fruto del que no puedan salir más que construcciones humanas, imágenes petrificadas de nosotros mismos, con un impacto inmediato. En un solo ciclo escolar se notaría su presencia.

Enseguida Google preguntaba: Si tu idea se hiciese realidad, ¿quién se beneficiaría más y cómo? (150 palabras máx.) Yo respondí: Con la debida promoción derivada de obtener un reconocimiento de esta dimensión, todos los niños y con ellos los adultos de México, el país entero podría entrar en una revisión sobre sí mismo, otra dimensión a la discusión sobre lo que somos. Los mexicanos no sólo somos corrupción o violencia o emigración, veríamos que los mexicanos somos, en primer lugar, descendientes de aquellos que crearon expresiones artísticas que nos enorgullecen, que es el arte prehispánico, descubriendo que muchos de nuestros hijos poseen ese don, que en realidad es una herencia. Veríamos esa otra mitad que nos obstinamos en esconder, en negar, en ignorar. La presencia de decenas de etnias o pueblos originarios, tanto en la historia como en la actualidad, nos permitirían reflexionar sobre nosotros mismos, a través del barro.

Había dos preguntas más, los primeros pasos para realizarla y la forma de medir su impacto. Las respuestas eran más o menos repetitivas: comprar bancos de barro, crear una empresa y hacerle una promoción nacional. Y en ningún momento ponerlo en manos de ningún gobierno, pues ya sabemos cómo se las gastan aquí. La idea quedó inscrita y el 27 de enero de abre la votación mundial para que sean seleccionadas, creo que cien. De ahí “los especialistas” de Google elegirán cinco.

Con el paso de las semanas mi optimismo por salir entre las cien fue decayendo. A donde volteas en este país –y en el mundo- miles de necesidades ingentes saltan por doquier, necesidades más perentorias obligan a atender situaciones de hambre y de escasez mucho más urgentes que el arte. Sin embargo, gracias a Google pude definir una serie de conceptos que me permitirán abrir, en unas semanas por venir, una empresita que lleve barro a las manos de los niños -no mexicanos ni mucho menos, sino- de la colonia que circunda nuestra casa, en donde, simbólica pero comercialmente, comenzará a operar un horno de cerámica que cocerá lo que resulte de nuestras ventas de barro.
Sin embargo, si te ha gustado mi idea brillante, aún puedes inscribirte como elector de las ideas brillantes del mundo, cuya votación inicia la próxima semana. La página para inscribirse es: http://www.project10tothe100.com/intl/ES/index.html
Suerte, pues.


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