viernes, 13 de marzo de 2009

Fe de a ratos


El 8 de enero escribí una entrega con el nombre de “No sé que es la fe” en la que ilustraba mis tribulaciones en este tópico demasiado humano de las creencias. Al final, no sin dramatismo, expresaba mi convicción sobre la ciencia: “La ciencia nos dará libertad. ¿Y no es lo más grande a que puede uno aspirar? Yo creo en eso. Pero ¿… es mi fe?”

En el último número de Letras Libres, dedicado a este tema, Fernando Savater llega en mi auxilio con un esclarecedor ensayo titulado ¿Es tolerable la tolerancia religiosa?, en el que me ilumina sobre la improcedencia de hacer de la ciencia un artículo de fe, a diferencia de considerarla como uno de esperanza, de creencia material, diametralmente separada de la fe.

Para empezar, Savater distingue dos atributos humanos en el simple hecho de vivir: la función biológica y la experiencia simbólica. La primera “exige un conocimiento razonado y verificable”, mientras que la segunda “necesita disponibilidad y apertura de la imaginación creadora”. De ahí la necesidad urgente de la tolerancia, pues la una se requiere para mejorar nuestras vidas tristemente humanas, mientras que la otra es necesaria para el libre juego de la feliz imaginación.
“El problema auténtico empieza cuando la ciencia y la poesía tratan de sustituirse mutuamente, suprimiendo a su contraria”, me dice Savater casi de manera personal, pues en aquella pregunta del 8 de enero era precisamente el error en que yo incurría.

Luego el maestro español se interna en una claridosa discusión sobre la tolerancia, que es mejor que leas por ti mismo ( http://www.letraslibres.com/index.php?art=13633 ), pero en una de sus partes define a la religión como “la poesía que se toma científicamente en serio a sí misma y pretende tener una explicación del cosmos mejor que la ofrecida por el método científico”, reflexión que a mi me parece no sólo lúcida, sino sumamente esclarecedora.

No resolví mi problema sobre descubrir cuál es mi fe, pero la reflexión de Savater me ha permitido, por lo menos, separar las partes de mi propia constitución humana en dos: ese ser esperanzado en que la ciencia será el vehículo de mejoramiento humano, y que la fe, alguna posible fe emanada de mi imaginación, es la parte poética que la naturaleza tuvo a bien dotarme para soñar mejor.

El día de hoy, el diario El País notifica el éxito en el uso de células madre en una clínica de Sevilla que salvó la vida de un niño de siete años, al serle transferidas células del cordón umbilical de su hermanito recién nacido. ¿Cómo no tener esperanzas con noticias como ésta? Ayer veía en el noticiario que el obispo de Guadalajara, Jalisco, desalojó a toda una escuela reclamando la propiedad del inmueble que ocupaba, y ahora los niños estudian en la calle ¿Cómo no perder la fe en los llamados hombre de fe?

Por lo menos ahora puedo distinguir entre esperanza y fe.

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