domingo, 8 de marzo de 2009

Vivir


En 1914 inicia una de las guerras más costosas y absurdas. Millones de varones jóvenes y fuertes murieron en los fangosos campos de batalla dejando sin hijos, sin padres y sin compañeros a millones de familias y mujeres. En Occidente, ellas tuvieron que entrar al quite y cubrir sus puestos de trabajo en fábricas, autobuses y servicios públicos en general. La mujer estaba ahora en un papel que antes era privativo de los hombres. No sin paradoja, aquella mujer de la evolución que había sido la dadora de vida, iniciaba, diez mil años después, su participación pública en esta parte del mundo. ¿Qué traían las mujeres en su bagaje genérico que las fortalecía por sobre las nuevas actividades que ahora disputaban a los hombres? Su capacidad de sobrevivencia.

Hoy, que se celebra el Día Internacional de la Mujer, establecido en 1910 para conmemorar un lejano 8 de marzo de 1857 en que fueron masacradas 129 trabajadoras de la confección en la ciudad de Nueva York, sólo por exigir mejores condiciones de trabajo y derecho al voto, las estadísticas muestran resultados ambivalentes en las condiciones de las mujeres en el mundo. Una de cada tres son maltratadas, pero su número en las universidades es superior al de los hombres, etcétera. Los estudios se ocupan de infinitos detalles de las diferencias, pero poco, a mi modo de ver, de esa larga preparación de las mujeres para la sobrevivencia de la humanidad. Y es que, además de ser aún experimentos sanitarios y sparrings de machos inmaduros que descargan su impotencia en su humanidad, las mujeres son, en la mayoría de los casos, las responsables de que el mundo opere, de que funcionen las detalles. De esa humilde experiencia milenaria de limpiar y servir, muchos hombres hemos aprendido de ellas una nueva noción de nuestra propia humanidad, pues se trata de un conocimiento básico para enfrentar un porvenir aciago.

En el siglo XXI, el auto sustento integral será la condición de supervivencia humana. Esta elegante expresión significa, simple y llanamente: "sé capaz de preparar tus alimentos y limpiar tu mierda". Sobrevive. Las mujeres son el género habilitado para enfrentar mejor un incierto futuro, cuando la cultura humana pase a depender de necesidades muy básicas, como comer y sobrevivir a la infección. La mujer, por su papel a lo largo de la Historia, es especialista, experta para la sobrevivencia. Una noción elemental que las mujeres perfeccionaron a lo largo de milenios, que deviene en la experiencia humana de hoy, clave de la supervivencia, que los hombres deberemos de asumir tarde o temprano. Y al tiempo que muchas de ellas se vuelven “señores” de la política y el poder económico, muchos hombres nos volvemos cada día un poco mujeres, nos liberamos de la dependencia, de la inutilidad, pues en el futuro del mundo, tal y como se nos presenta, la única tarea de la humanidad será la de subsistir. Hoy, mi aspiración es parecerme un poco a las mujeres, ser un hombre-mujer.

He aprendido que la vida se reduce a mi respiración, en este momento. Si respiro vivo y si vivo es aquí, en este cuarto. Esto es existir. El pasado fue y el futuro es una promesa ambigua, mi único momento es este, el ahora, donde construimos y deconstruimos, echamos a perder. Aquí –en este hogar- quiero ser libre hoy, como lo son ellas, pues no tengo otra vida que esa de respirar en el interior de esta casa, mi vida. Cargar el fardo y lo que es peor, descargarlo. En esa vida lucho por ser autosuficiente como las mujeres. Un aspecto (demasiado) humano capaz de ofrecerte grandes satisfacciones, calidad de vida, colección de grandes instantes de mis días y de mis noches que cobran a tus fuerzas físicas un pequeño esfuerzo, una breve distracción a tus actividades, que se recompensan con el placer de unas sábanas limpias, un vaso lavado, un excusado confortable, un piso reluciente. Un espacio vital ordenado y simple que otorga calidad a mi vida. Parafraseando a Kant: yo limpio, como sujeto simple, como sujeto idéntico, en cada estado de mi comportamiento. Y en cada acción que realizo por mi familia y por mi mismo, hay una mujer agazapada que me enseña a hacerlo, que me orienta, que me rectifica. Es mi abuela, mi madre, mi hermana, mi cuñada, mi mujer, mis hijas, mis amigas. Tantas mujeres para tan poco hombre.


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