viernes, 19 de junio de 2009

Teoría del voto


Desde luego, llamarle teoría a esta especulación no es sino un primer rasgo de desconfianza disfrazada de ironía, pero no se me ocurrió una mejor manera de definir un fenómeno que tiene 20 años manifestándose en la sociedad mexicana. La teoría consiste en creer que el voto, que en la elección de 2009 se ha llamado “blanco”, ha estado presente en las últimas grandes votaciones en donde ha sido robado o ha estado muy peleado el resultado. Más allá de la promoción del voto blanco, quienes votaremos así somos los mismos que en su momento votamos por Cuauhtémoc Cárdenas en el 88, por Vicente Fox en el 99 y por López Obrador en el 2006. Las encuestas señalan cómo el grueso de esos votantes no estaríamos dispuestos a volver a votar por ninguno de ellos, pues somos una masa amorfa y voluble que evidentemente carece de una afiliación ideológica y, por supuesto, partidaria. Simplemente hemos buscado, a través del voto, un cambio a las condiciones prevalecientes en cada uno de los momentos mencionados.

Hay algo muy interesante en el fenómeno del voto blanco que nos ocupa ahora y es la reacción apanicada y desmesurada de los partidos políticos y los gobernantes, con el coro inamovible de sus corifeos de los medios de comunicación, que en los últimos días han aumentado el tono de su preocupación, dedicándonos toda clase de adjetivos e insultos, desde malditos ciegos, estúpidos, inocentes, cándidos y pretenciosos de una superioridad moral de la que, evidentemente, carecemos. Los gobernadores, los presidentes municipales y, por supuesto, los candidatos han entrado al quite para condenar la opción del voto blanco bajo el único argumento de que “no vale” en la contabilidad, lo que no es exacto, pues claro que vale, de acuerdo al artículo 279 del Cofipe, donde se precisa que el voto nulo deberá ser contabilizado y consignado en el acta de votación. Lo que no hace el voto nulo es llevar a alguien a la legislatura, deduciéndose que le da exactamente lo mismo que llegue un panista, un priísta o un perredista pues, en última instancia, vienen a ser los mismos inútiles que sólo ven por sus intereses partidarios y obedecen únicamente los dictados de sus jefes. Ese ataque de pánico me tiene francamente divertido pues, en corto, en las entrevistas que ofrecen sus detractores en los medios, inevitablemente reconocen que las opciones que tienen los votantes son sumamente pobres, en muchos casos inexistentes pero, que aún así, hay que votar por alguno de ellos.

El voto blanco del 2009, que antes fue voto cardenista, foxista y lopezobradorista, es una nueva oportunidad para que se manifieste a escala nacional la inconformidad que los mexicanos hemos venido acumulando en las últimas décadas, y que no tenemos otra forma de manifestarla. Es un grito sin muchas pretensiones –pues efectivamente no cuentan, matemáticamente hablando-, que nuevamente “alertará” a los pequeños grupos que detentan el poder sobre la poderosa fuerza que su ineficacia política ha ayudado a formar en cada pueblo y ciudad de México; una fuerza, aún ciega, que por primera vez despreciará la oferta política para apoyar masivamente una abstracción muy representativa del hartazgo social. Un voto blanco que se parece al vacío de nuestras expectativas; un voto vacío como nuestras esperanzas, desnudo como nuestro futuro, desprovisto de todo. Entre más escucho la nueva moda de pederastia electoral que empezó el PRD, pero que ahora ya utilizan todos, poniendo niños que no votan a manera de chantaje moral en sus publicidades, más se consolida mi intención blanca y muda por el voto en blanco. Lo único que pediré es la aprobación del plebiscito como medida concluyente y definitoria de nuestros innumerables problemas. Plebiscito nacional, estatal y municipal para los problemas nacionales, estatales y municipales que tanto nos aquejan, asuntos pendientes y francamente atorados como Pemex, la reelección de alcaldes y diputados, el seguro social, los impuestos que casi nadie paga. Plebiscitos que produzcan compromisos sociales, que nos involucren y nos comprometan como habitantes de un país, un estado o un municipio. ¿Dónde está mi superioridad moral? Lo único que pido son cuentas claras. Pero si me preguntan ¿dónde está la inmoralidad de los políticos y de la política?, tengo tantas respuestas que no sé por cuáles empezar.


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