miércoles, 6 de octubre de 2010

Detalles


El primer magnicidio que pude ver en televisión fue el de Anuar Sadat, que muere asesinado por sus solados el 6 de octubre de 1981. Festejaba el ataque egipcio a Israel de ocho años antes. Una tropa de ocho o diez personas se baja de jeeppes y tras cortar cartuchos rafaguean sus ametralladoras contra el podio presidencial atiborrado de altas personalidades. Las balas iban dirigidas a Sadat, así que cayó redondo, las balas circundantes mataron a unas personas y volaron los brazos y los copetes a otras. Eran escenas dantescas para televidentes acostumbrados a la censura de casi cualquier imagen perturbadora, sexual o sangrienta.

Después vino el asesinato de Colosio, el atentado a Reagan que nos chutamos hasta el hartazgo en las repeticiones de televisión. La mano sale y dispara. La mano sale y dispara. O Reagan subiendo a su automóvil, su gesto de dolor. ¿Cuánta sangre hemos visto correr desde entonces? En 11 9 fue transmitido como reality show, donde los televidentes fuimos a la vez espectadores y reporteros. Algo parecido a lo que ocurrió en días pasados con el secuestro y rescate del presidente de Ecuador. Pudimos presenciar en vivo y en directo cómo fue agredido por los policías y encerrado durante horas en un hospital; en la noche, el espectacular rescate con las carcajadas de las ametralladoras de fondo, policías abatidos frente a nuestros ojos, tropa agazapada, vehículo en vertiginosa huída; más tarde, como si estuviera planeado en un guión, el happy end del discurso encendido de Correa que narró con pelos y señales cada minuto de su cautiverio. Tantos detalles.



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