viernes, 10 de diciembre de 2010

Ideas para quién



En mi vida adulta he tenido un par de ideas sociales raras, heterodoxas. Con los años he tenido tiempo de cultivarlas, de pulirlas, de esperanzarme o de reírme de ellas. Algunos son proyectos, otros son sueños, imaginerías pensadas para un país negado a verse a sí mismo, pero también fragmentado por intereses particulares de sus instituciones y sus gobiernos. Los ciudadanos de a pie, desempleados irredentos, deambulamos con nuestras hojitas curriculares ante la indiferencia patológica de los funcionarios atentos sólo al escalafón, al empujón de las indignidades que les permitirá ser diputados o regidores, aunque sea de la oposición. Todos los funcionarios que han recibido mis propuestas -los he elegido, por supuesto- , son gente inteligente y aparentemente bien intencionada. La reacción de los funcionarios frente a cualquier propuesta es alzar las cejas y mirar hacia el techo, luego te expresan la imposibilidad de realizar ninguna de ellas por razones de presupuesto y frecuentemente relacionadas al humor de sus jefes, los aires políticos o a la depredación presupuestal de sus dependencias e institutos que en ciertos casos carecen de casi de todo. La dirección de culturas populares del Estado -por poner un ejemplo- cuando fui vocal ciudadano, tenía un presupuesto de veinte mil pesos para todo un año, carecía de un sitio apropiado para sus oficinas, andaba itinerante, no tenía vehículo, viáticos, hojas, grapas. ¿Tiene sentido pensar en una dependencia estatal de cultura popular con esas carencias? Cuando propuse, en mi calidad de vocal ciudadano, discutir las bases de la cultura popular, analizar las tendencias y a los principales autores que la han cultivado, fui recompensado con una rotunda indiferencia. No leyeron la decena de hojas que explicaban mi modesta pero ilustrativa propuesta. ¿Serían capaces estos “órganos de decisión” de pensar en soluciones heterodoxas que saquen de su marasmo la llamada cultura popular? Por supuesto que no.

Yo discutía, por ejemplo –discutía conmigo mismo, en realidad-, la pertinencia de llamar cultura popular a un organismo que en realidad debería enfocarse al arte popular, pues el término cultura lo dispersa en sus fines (el más importante evento foxista de cultura popular fue un encuentro de migrantes). Creo que al menos discutirlo sería una ganancia, pero ¿con quién discutirlo? Visité al secretario de cultura del estado con un urgente proyecto de artesanos y su respuesta fue ridículamente política. No fui a hablar de los problemas mediáticos del gobernador, sino de cultura popular. El director de cultura municipal “no pudo” recibirme para hablar de un proyecto de memoria oral durante los siete meses que lo solicité. Se hizo tan familiar mi presencia que la subdirectora, sin respuesta qué darme, me ofreció amablemente empleo de maestro de guionismo y literatura en la Sogem local, cosa que acepté. Me parece que esos funcionarios confunden responsabilidad con lealtad, pues es la lealtad y no el ejercicio de gobierno la que los mantiene en el puesto. No les interesan ninguna clase de ideas que no tengan que ver con los intereses de sus jefes.

Tal vez yo sea una persona de ideas sociales, como muchas otras, pero en este país las ideas estorban la buena marcha de la política. Pareciera que un funcionario con ideas tiene los días contados. Más bien, sus funciones consisten en que no haga olas, que no haga ruido más allá de su aplauso para el supremo gobernador, o legislador, o presidente municipal, no se diga al soberano Señor Don Presidente Constitucional, etcétera, etcétera. Tus ideas sociales mételas a un cajón, haz una fogata con ellas, úsalas en el sanitario o publícalas en tu blog.

Me he propuesto hacer esto último, no en el plan del lamento proletario que busca congraciarse, aunque sea, con individuos de su misma condición, sino con el objeto de ventilar ideas que efectivamente nos ayuden a ser mejores, a pensar temerariamente nuestra condición de ciudadanos, a meditar algún día el sentido de nuestro voto, cuando los partidos no sean esas cuevas de Alí Babá y los cuarenta plurinominales, cuando la sensatez prive en la elección de funcionarios, cuando las ideas vuelvan a interesar a la política, es decir, cuando la política sea un asunto de ciudadanos con ideas, con ganas de mejorar las cosas en las ciudades, en el campo, en el medio ambiente, en la educación, en la cultura.

Mañana publico detalles de algunos proyectos.






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