sábado, 11 de junio de 2011

El Duque



Quizás en algún momento de mi vida creí que John Wayne era uno de mis tíos que vivían en los Estados Unidos. Eran gringos, por supuesto, porque se habían casado hacía muchísimo tiempo con las hermanas de mi abuelita. Mi tío Jim, mi tío George ¿mi tío John?, probablemente. Al menos lo conocía más que a mis tíos verdaderos. Lo veíamos cada fin de semana en las matinés del cine Plaza que pasaban sólo películas estadounidenses. El otro cine, el Variedades, tenía su matinée el sábado, y eran las películas mexicanas de Capulina y Santo el enmascarado de plata.

En algún momento me di cuenta que no era mi tío, que era un actor un tanto inexpresivo conocido popularmente como El Duque. Había iniciado su carrera de actor 37 años antes de mi nacimiento y era lógico que en los años sesenta estuviera algo envejecido. Era el Sylvester Stallone de la época y, a mi modo de ver, de calidades histriónicas similares. Caminaba como el Charrito Pemex y con el tiempo me di cuenta que pertenecía al ala política más conservadora de los actores holliwoodenses. No tenía nada que ver con mis tíos, que eran obreros bien pensados del área de San Francisco.

Wayne fue jugador de futbol americano y gracias a ello pudo ingresar a la universidad, pero una lesión lo dejó fuera del equipo (y también de la universidad), fue cuando se acercó al cine como extra. En 1930 hace su primer estelar en La gran jornada, y de ahí pa´l real. De las setenta y un películas en las que interviene, en cincuenta y siete fue actor protagónico, lo que le valió un premio Oscar en 1969 (por Temple de Acero) y dos Globos de Oro.

En su último filme, que también fue un homenaje, llamado El último pistolero (The Shootist), aquejado por un cáncer que le coqueteaba desde los años sesenta, lo que vemos es un anciano relajado, taciturno y resignado a su suerte, cargando a todos lados una cojín dona para poder sentarse, con el caballo estacionado afuera de la cantina del pueblo-set que tantas veces habitó.

El 11 de junio de 1979 el cáncer de pulmón lo sorprende en el pueblo de Victoria, en Durango, México. A pesar de que parecía tener noventa años, Wayne contaba sólo con setenta y dos años recién cumplidos. Una vida agitada, llena de emociones y placeres. Podían decir lo que quisieran de él, pero lo bailado nadie podría quitárselo jamás.






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