viernes, 21 de octubre de 2016

Puebla en los años setenta


Los años setenta es la década de los golpes de estado; América del Sur se debatía cotidianamente con las armas de los militares, que asumían el poder como una infección mundial, golpes en Bolivia cada tercer día, en Nicaragua Somoza endurece la represión, golpes en el Ecuador, Chile, Perú, Argentina, Uruguay, que se añaden a los que ya existían: Paraguay, Haití, etc.; matanzas en Sudáfrica, en México, en El Salvador y Nicaragua.

El mundo se convulsionaba, pues el poder militar no era privativo de América; España cerraba el capítulo de su larga noche con la muerte del dictador, pero los golpes de Estado estallaron con su olor a pólvora en Grecia, Bangladesh, Paquistán, Afganistán, Irak, Uganda, provocando célebres muertes para los destinos nacionales, como la de Allende en Chile y Alí Butho en Paquistán. Caen, sin embargo, dos longevas dictaduras, la revolución islámica triunfa en Irán y los sandinistas derrocan a Somoza. Todas esas cosas se discutían en el lugar bohemio por excelencia de la ciudad de Puebla recién inaugurado por un exiliado chileno que huía con su familia del dictador Pinochet.

“Yo casi por lo regular he trabajado lo que es el centro de la ciudad, a los trece, catorce años empecé a venir al centro solo, a trabajar. Así terminé en la librería y cafetería Teorema, con don Pepe Donoso. Desde esa esquina de Reforma y 7 Norte he visto muchas cosas, manifestaciones, que en aquel entonces eran famosas porque se agarraban a golpes, aventaban gas lacrimógeno y uno tenía que correr a cerrar las puertas. Cuando el famoso Simitrio. Así estaban las cosas. También vi la renovación del edificio de enfrente, cómo fue transformándose en un hotel. Cuando llegué aquí era un edificio vacío, de azulejo de cuadritos. Todo eso fue tirado y se convirtió en el Hotel Aristos”, recordó don José Pascuala Márquez.


 Es la década de la gran derrota en Vietnam en 1973 y, un año después, la dimisión de Richard Nixon por fisgonear en el edificio Watergate; una década de violencia habitual, como lo fueron todas, pero con cierta sofisticación tecnológica; el ERI hace notar su presencia cada tercer día con bombas que masacran civiles; los judíos apalean a los palestinos que encuentran ruin venganza en el asesinato de deportistas, y hasta lo más sublime es mancillado cuando un demente ataca a martillazos La Piedad de Miguel Ángel en el Vaticano, donde a final de la década asumía el trono vaticano Karol Woytila, que visitó México como primer destino pastoral.

En nuestro país es una década de contrastes, los setenta representan al Mundial de Futbol pero también a la matanza de estudiantes en el Jueves de Corpus; los setenta nos recuerdan la reforma a la ley electoral, la aplicación de políticas restrictivas del FMI, los yacimientos petrolíferos de Pemex, tan esperanzadores, y la primera devaluación en mucho tiempo cuando Luis Echeverría lleva el dólar a 26 pesos en 1976 y de ahí pasamos al siempre jamás.

Los años setenta fueron en muchos sentidos contrastantes, una década de tránsito entre la sorprendente pero ahora anticuada modernidad de los años cincuenta y sesenta, con la filosa agresividad de los ochenta. En esta década se desata una pluralidad de formas y estilos.

El feminismo irrumpe en la fisonomía de las muchachas que ahora lucen exactamente como les da la gana lucir. Los trajes y vestidos que se encargaban de hacerlas femeninas a la vieja usanza son colgados en el clóset para ventilar ajustados pantalones de mezclilla descoloridos y maltratados; digamos que el hippismo dejó una huella que en los setenta definió sus mejores atributos, recuperó la limpieza y el cuidado de los cuerpos. Bueno, es un decir. Porque es la década en la que comenzaron a circular por la ciudad muchachas extremadamente delgadas, sin pechos ni caderas, como herencia dejada por el culto a una belleza anoréxica que en México representaban actrices como Helena Rojo y Ofelia Medina, mientras que a escala internacional su principal exponente era la modelo inglesa Twiggy. Las mujeres también atentaron contra sus cejas, las desaparecieron para dejar tan solo una línea simbólica a la Gordolfo Gelatino. El algodón es desplazado por la lycra y las botas de cuero dieron paso a tremendos zapatones de tacón sueco con alturas extremas. La sencillez del maquillaje y el pelo lacio y suelto se transformó en una participación multicolor y estrafalaria de estilos desconcertantes.

Hacia finales de los setenta el asunto de las modas estaba trastocado por la onda surgida de Fiebre de sábado en la noche, que modificó ciertas músicas y buscó rescatar del álbum de los recuerdos la fisonomía de los cincuenta. No lo logra del todo, pero irrumpe en las  costumbres juveniles la sana tradición de vivir la oscuridad de los fines de semana, divertirse en discotecas con iluminación hiperkinética que la convirtieron en la década del reventón, sana y en paz. La música "disco" que prevaleció fue la de aquella película, interpretada por Bee Ges, a la que muy pronto se sumaron otros ritmos clonados con grupos como "ABBA", "K.C and The Sunshine Band" y Gloria Gaynor; el universo entero en la melena de Donna Summer y la irrupción de un ídolo “de color” en la frescura de los Jackson Five y su contraparte habitual, rebosante en fresés, con Los Carpenter y los hermanos Osmond. Todas estas combinaciones se fusionan a finales de la década en un movimiento marginal que tuvo poca presencia mediática, pero inició otra era que marcaría los años ochenta y noventa: el “punk” se comenzó a sentir en los barrios de Londres, Inglaterra.


Acá, los jóvenes de la ciudad ya iban a Cholula a divertirse, el Tifanis estaba exactamente enfrente de la entrada de la UDLA; o en San Pedro, donde estaban The Chat, el Polos,  el Tío Wilo y de ahí terminaban en la fuente.

En Puebla persiste la inestabilidad política del gobierno estatal. En 1972 gobierna Mario Mellado García, pero es sustituido ese mismo año por Gonzalo Bautista O'Farrill, que dimite apenas un año después para que el doctor Alfredo Toxqui viniera a poner orden el resto de la década. En la ciudad presiden el Ayuntamiento Carlos J. Arruti (1969-1972); el propio Gonzalo Bautista O’farrill (hasta 1972); Luis Vázquez Lapuente (1972-1975); Eduardo Cué Merlo (1975-1978) y Miguel Quirós Pérez (1978-1981)

En 1971 se termina el entubamiento de Río San Francisco y se abre la flamante avenida Héroes 5 de Mayo. En esta década se hace especial esfuerzo en reforzar leyes que serán fundamentales en el ascenso a un régimen democrático, como el que aún buscamos. Surge un instrumento legal para su preservación con la Ley de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos en 1972. También la aparición de los planes nacionales, estatales y municipales sustentados en la Ley de Asentamientos Humanos de 1976, en tanto que Puebla obtiene los títulos de Zona de Monumentos Históricos en 1977, dando una cobertura jurídica a su Centro Histórico, a raíz de la declaratoria de Zona de Monumentos de donde recibe la denominación oficial.

En términos del crecimiento físico destaca el surgimiento de diversas colonias en la periferia inmediata a la ciudad de Puebla: al norte, las colonias Malinche, Naciones Unidas y Tepeyac; al sur, San Baltazar, Bugambilias, Fraccionamiento Mayorazgo, Leobardo Coca, Patrimonio y Castillotla.

Se afianza en este periodo la conurbación con Cholula y la integración a la dinámica urbana de la ciudad de Puebla de los municipios de Cuautlancingo y Amozoc.

Un papel de primera importancia fue desarrollado por las vías de comunicación y el transporte interurbano. Se estima que el área urbanizada de la ciudad de Puebla y de los municipios conurbados está inscrita en un radio de 17 kilómetros a la redonda, tomando como punto de referencia el zócalo de la ciudad.

Al final de la década nacieron, en su lado sur, la primera plaza comercial de la ciudad, la Plaza Dorada, que se empezó a construir en 1979, junto a una zona de vivienda residencial, la Zona Dorada, y algunos equipamientos como la Procuraduría de Justicia, el Colegio Pereyra y el parque Benito Juárez, detonando un potencial comercial de grandes dimensiones. También sobresalieron los gremios.  Las unidades habitacionales construidas por el Infonavit de 1973 a 1979 fueron: Cerro de Amalucan, Héroes de Puebla, Movimiento Obrero, La Rosa; Obreros Independientes; Loma Bella, La Margarita, en el rancho La Calera; Fidel Velásquez; la 12 de Mayo de 1918 y Manuel Rivera Anaya.

El gusanito intelectual estaba sembrado. Una generación de estudiantes uaperos había dado el paso definitivo hacia su independencia cultural, sin posibilidades de retorno a los atavismos del pasado. Alejandro Rivera lo recuerda así: “En 71 las cosas empiezan a cambiar, de ser esa una ciudad cerrada, de ´cristianismo sí-comunismo no´, súbitamente ve surgir un conflicto terrible en la Universidad Autónoma de Puebla. Imagínate, se enseñaba heráldica en la universidad. Era una universidad confesional donde iban los hijos de las buenas familias poblanas, era su universidad. Les quitan ese elemento. Julio Glockner empieza con la reforma universitaria. Fue un periodo muy difícil hasta prácticamente los noventa. Había por lo menos tres o cuatro cineclubes de gran calidad. Con debate y todo aquello. En esas épocas los estudiantes todos leían a García Márquez o a alguno de los autores de esa época, como Althusser, Martha Harnecker, Borges y una bola de cuates. Si tú no eras buen estudiante no eras digno de participar en los comités de lucha. Entonces imagínate cómo impactaba en las familias poblanas acostumbradas a la misa del domingo y a una ciudad pacífica, con fuertes nexos familiares.”


En la flamante Universidad de las Américas de los años setenta se aceptaban estudiantes “becados” por el gobierno de los Estados Unidos para que se “orearan” en nuestro país, pues no eran estudiantes corrientes. Así recuerda Enrique Gali a sus condiscípulos de aquella época: “Estábamos rodeados de una bola de locos, excombatientes de Vietnam. Hay un problema muy interesante: no conocí a ninguno que estuviera de acuerdo con su guerra. Ni uno de los que fueron compañeros míos estaba de acuerdo con su guerra. La mayoría eran marihuanos, en aquel entonces, muy pocos le pegaban a otras drogas. Pero duro, a tal grado, que había uno al que le decíamos Johnny, que si pasaba un avión se tiraba al suelo o golpeaba a quien estuviera junto a él. Eran mucho mayores que nosotros.”

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