jueves, 22 de enero de 2009

Arte, no cultura popular


La insistencia de seguir denominando algo como Cultura Popular ha desviado la atención –e incluso impedido- que se reconozca al arte popular ahí donde se encuentra. Aunque se supone que el arte popular es cultura popular, el breve cambio nominativo mantiene en la ambigüedad las acciones reales de los gobiernos en torno a la famosa cultura popular. Propongo humildemente que se le llame arte popular, y el presupuesto que ahora destinan a “culturas populares” sea enfocado más directamente al arte popular –que es muy localizable-. Al entregar a los funcionarios de cultura mexicanos recursos para algo tan ambiguo como cultura popular, se desvía la atención de sus principales atributos (las artes), encontrando una mejor definición en las políticas del gobiernos en torno a la llevada y traída cultura popular, que en realidad no define nada, por lo que se gasta el dinero en encuentros de migrantes que deberían ser atendidos por otra dependencia, como la social o la del trabajo, no la de culturas populares, que debería pensar en estrategias dirigidas directamente al arte popular.

Institucionalmente debe ser llamado arte popular, identificando mejor los sectores en donde los gobiernos pueden contribuir al desarrollo de la cultura popular, que por otro lado se mueve por sí sola. Al impulsar un organismo social que defina y decida en torno a un horizonte tan amplio, como cultura popular, se pierden los contornos y se confunden los objetivos en torno a la cultura popular. Por lo tanto, un gobierno encauzado a la cultura popular debería, en realidad, hablar del arte popular, lo que permitiría definir una serie de sectores funcionales, definiendo también sus estrategias.

Las artes populares son la música folclórica, la plástica popular, el juguete, los dulces, la comida tradicional. Se halla en oficios como la carpintería, la herrería, la orfebrería y la cerámica. Los gobiernos podrían pensar en ellos y definir estrategias que impulsen el cultivo de esas artes populares, provocando además la creación de talleres, tanto en términos educativos, como en los oficiales y comerciales. Ayudar a los artesanos a desarrollar empresas que tengan el apoyo de la Secretaría de Educación Pública en la aportación didáctica, en lo musical, lo plástico, lo lúdico, lo teatral, lo placentero. El arte popular. La creación popular.

Lo primero que me preguntaría es por qué convertir a la migración en un fenómeno de cultura popular, cuando es un tema de política económica. Por qué no pensar en un programa que diga: “Como tú no migras, ten los elementos culturales como los de una ciudad estadunidense. Ten talleres municipales de arte. Ten asesoría gratuita sobre las artes sociales. Aquí están los colores, niños, artistas. Aquí hay un horno para tus piezas. Aquí hay barro”. En México los adultos desconocen la arcilla, tan importante en su cultura. No existe barro en el mercado popular. No se conoce en importantes proporciones de ciudadanos. Los niños mexicanos no conocen el barro. ¿No sería de suyo un avance importante si hubiera barro en las papelerías de México?, que el gobierno impulsara fábricas del abundante barro que existe en nuestro suelo y pusiera en manos de los mexicanos una bola de barro al menos una vez en su vida. Ese sólo hecho cambiaría la historia del arte popular mexicano, porque el mexicano se entiende con este elemento, buena parte de su pasado está sostenido en barro.
Si hubiera barro en nuestras manos, si fuera una iniciativa de dimensiones nacionales, los niños conocerían el barro y harían con ellas piezas insospechadas –por su enorme volumen-. Cientos de miles y millones de piezas secándose en los portales de las casas mexicanas. Y una enorme necesidad de hornos para su cocción.

Así lo expresé en el concurso e Google llamado Una idea brillante, que no va a ganar ni mucho menos: pongamos barro en las manos de los mexicanos, no sólo crecería el arte en sí, crecería también la confianza que hemos estado buscando durante décadas y que hemos advertido con significativas metáforas como laberintos, jaulas de melancolía, soledades y complejos. El barro desataría esa mitad de nuestra cultura tantas veces negada, alejada y escondida, la mitad incómoda de nuestro ser que es capaz de fluir de nuestras manos para hacer otra representación de la realidad. Un reencuentro con la magia ancestral que, si acaso no está ahí, podemos inventar. Pero ese será tema para otra entrega.

1 comentario:

  1. Fuera de mis clases de artes plásticas, que por ser clases me ponían nerviosa, tú has sido la única persona que ha puesto barro en mis manos. Debo decir que lo que salió en esas ocasiones, son casi los únicos frutos de mi creación plástica con los que he estado satisfecha (uno es un vampiro que todavía tienen mis papás por ahi). Me parece excelente tu idea.

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