lunes, 11 de mayo de 2009

Madrecita, padrecito...


En Metlatónoc, Gro., bajamos una escarpada cañada hasta una casa junto al río, de breve corriente, bajo la techumbre, al fondo, Julia Miranda echa las tortillas junto a su nieta en un enorme comal de un metro de diámetro. Nos saluda muy amable y se sienta en una silla a platicar con nosotros, el traductor y yo también nos sentamos en unas sillas que estaban ahí. Intercambian algunas palabras y Gonzalo Añorbe traduce sin chistar.

Sí usa yerbas para curar.

Dice que ella usa cinco remedios, que son raíces y plantas, pero no se cómo traducir los nombres de esas plantas al español.

Don Julia habla largamente en amuzgo. Gonzalo traduce: “Dice la señora que hay cinco plantas medicinales, que yo en español no lo puedo traducir, como una raíz, un tallo, plantas que hacen una bebida ácida, y utiliza la albahaca, la raíz del limón y lo mezcla, eso se trasforma en medicina que ayuda a curarse de espanto, a curarse de dolor de barriga, dolor de hueso, de calentura, de sudor, cuando te agarra escalofrío, te ayuda, fiebre fuerte, con sudor, cuando no te puedes levantar. Ella dice que puede detectar en ti si tu enfermedad es enviada por Dios o es creada por otra persona o realmente te espantaste por equis causa. Ella, a través del pulso de tu corazón, de tu sangre, puede detectar el nivel de su enfermedad. Ella detecta si a ti te queda uno o dos meses de vida.

Doña Julia vuelve a hablar en amuzgo. Gonzalo traduce.

Ella va a detectar si yo estoy enfermo.

La curadora tomó el brazo de Gonzalo y lo palpó detenidamente, y tras sobarlo, lo sopla, le dice algunos rezos en castellano, donde sobresalen palabras como madrecita, padrecito, luego toma su muñeca y mide su circulación sanguínea. Entonces da su diagnóstico. El ejercicio de curación dura unos tres minutos.

Madrecita, padrecito…



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