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Los cadavercitos


No es que un asesinato más llame la atención en México; ni dos. Los últimos años hemos sido pródigos en crímenes espantosos, muy violentos, muy aparatosos. Razón de más para llamar la atención de dos apacibles asesinatos en donde los muretitos quedaron dormidos en su cama de hotel. No hubo sangre, sus cabecitas estaban pegadas a sus cuerpecitos y, a pesar de dedicar sus vidas a los golpes y a los costalazos, sus muertes no tuvieran un ápice de violencia, sobrevinieron entre risas, sexo y alcohol. También unas gotitas oftalmológicas que fueron la causa de su deceso. Los hermanos gemelos Alberto y Alejandro Pérez Jiménez tenían 36 años de edad y eran luchadores desde 1992, bajo diversas denominaciones siempre diminutivas, pues además eran enanos. Comenzaron siendo " los Pequeños Diablos, después Voladorcito y Fuercita Guerrera. Al morir eran "La Parkita" y "Espectrito Jr. II”. Su búsqueda en Google arroja 70,300 referencias, pues a diferencia de los 3,848 muertos por violencia en lo que va del año, según las cuentas diarias de El Universal, éstas causaron un estupor generalizado. Eran dos trabajadores del ring, eran dos padres de familia, eran dos enanitos que andaban de putas, no había ninguna razón para que los mataran.

La sorpresa mayor sobrevino con la aprehensión de una de las prostitutas asesinas, “La Tía”, una de las que pusieron las gotas oftalmológicas en sus bebidas con el objeto de dormirlos y robarlos y, evidentemente, se les pasó la mano. La mujer es una señora que bien podría ser la madre e incluso la abuela de los luchadores, con una apariencia tan cascada que deben haber necesitado algo más que gotas para llevarlas a un hotel. Es evidente que los enanitos padecían el Síndrome Camila Parker o que el espectrito se tomaba demasiado en serio su profesión. Lo cierto es que resulta inexplicable cómo puedan dejar a sus esposas en casa y llevar a un hotel a una dama que casi les dobla la edad y es un poco menos fea que la máscara que usan para luchar. No lo sé, quién puede saberlo. Ahora falta que aprehendan a la otra señora, de edad similar, apodada “La Gorda”, que de plano yo ya no quiero ni imaginar.


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