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La cacería


La noche de hoy del año 1997 los cazadores de imágenes, mejor conocidos como paparazzi, tuvieron buena cacería. Las víctimas salieron de un famoso restaurante en exclusiva zona de París, capital de Francia, abordaron su vehículo y ya sólo fue cuestión de tiempo, de persecución, de acoso. Los trofeos quedaron a merced de sus cazadores y sus no menos insaciables lectores del mundo entero. Podemos escuchar los intercambios macabros de esa noche, en los más diversos idiomas: ¿tienes a la princesa atrapada? ¿tienes una imagen de la princesa pidiendo ayuda? ¿llorando? ¿suplicando? ¿agonizando? “Eso no se puede publicar”.

La noche de este día en un túnel de la mítica ciudad de París se coronó el éxito a las ansias por penetrar las vidas ajenas; de escudriñarlas, desmenuzarlas, registrando el más mínimo gesto de los famosos como un saber obligado, como una necesidad de morbo informativo. Mas no era todo, seguía lo mejor. Millones de flores vendidas, millones de televidentes comprados, millones de dólares invertidos en la fastuosa ceremonia de duelo, con corceles, carrozas, entrevistas y comerciales. El guión exigió el llanto de la reina, del príncipe, de los principitos; lloraron millones de personas que, manipuladas por la televisión, por los periódicos, por Elthon John, la malvada Camila, los caballos de polo, la bulimia, los guardaespaldas, el castillo de Windsor y las once mil vírgenes reunidas, a sabiendas que Diana no regresará. Elthon John cantó ese día: “Adiós, rosa de Inglaterra, que siempre crezcas en nuestros corazones.”


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