jueves, 17 de septiembre de 2009

El aprendiz


Tienes ante tí a un ser que nunca ha estado plenamente emancipado. Tal vez por eso carezca del don de mando y de actitudes voluntariosas de los que gritan llenos de carácter el tamaño de su poder. He sido un hombre subordinado, siempre he tenido jefes. Sé obedecer y puedo cumplir el rol de alfil en diversas empresas humanas. Y aunque tengo recuerdos amargos como subordinado, no ha sido la amargura la que ha prevalecido en mi papel de peón, sino, consecuentemente con la respuesta de un subordinado, el entusiasmo por aprender de mis jefes y mis ocasionales subordinados, para lo que he construido el carácter de un aprendiz.

Siempre he acudido a la gente para que me enseñe, me he puesto en sus manos y pienso seguir haciéndolo. Diariamente aprendo cosas útiles e inútiles, que me enseñan a vivir mejor. Y mis maestros no tienen edad, igual son niños que ancianos. Una conciencia muy plena sobre mis limitaciones. La carencia de saber, de la que habla Ciorán en Contra la historia, “desde el momento en que sabemos, ya no nos proveemos de nada más. Mientras permanecemos en la ignorancia, las apariencias prosperan y conservan una sospecha de inviolabilidad que nos permite amarlas y detestarlas, estar en lucha con ellas.”
Cada quien sus motivaciones, en lugar de llamarle ignorancia, le llamo necesidad de aprender, y seguro que soy menos melancólico que el sabio rumano.


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