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La tía Meche


Amanecimos este día con la noticia de la muerte de Mercedes Sosa, una huella importante para los mayores de nuestro continente, compañía ineludible en las fiestas jamaiqueras de los años setenta y ochenta, símbolo de lucha contra las dictaduras, voz arquetípica de la llamada música de protesta.

A pesar del apellido y de mis rasgos marcadamente araucanos, yo no era familiar de Mercedes Sosa. Esto me lo he estado repitiendo desde anteayer que supe que Mercedes Sosa estaba agonizando. Pero en estos tres días la traje pegada en la cabeza como si se tratara de una familiar, cantando sus tonadas, recordando fragmentos de mi vida en los que sus canciones eran motivo de risas o de tristezas; nostalgias muy antiguas de un jovencito que la conoció de sopetón, más allá de las músicas, en medio de las noticias trágicas y lejanas de los horrores de las dictaduras.

Gracias a la vida que nos dio a Mercedes, que impidió que la vida de los sufridos argentinos, chilenos, brasileños, uruguayos, paraguayos y más nos fuera indiferente. Cuando calla el cantor calla la vida, pero ahora que ha callado la cantora calla una parte importante de nuestra memoria, se cierra un capítulo heroico de luchas y de esperanzas cándidas de unidad y solidaridad. Es en verdad la última unicornia azul que ayer se nos perdió. Nunca más Alfonsina con aquella tristeza con la que Mercedes la evocaba. Ahora es ella misma la sexta sinerenita que llevará la poesía hasta el fondo marino. Una voz antigua de viento y de sal, que requiebra el alma y está llamado más allá de ese sueño, dormida Mercedes, vestida de mar…

Duerme, duerme, Negrita.


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