sábado, 13 de febrero de 2010

Gallitos


Cuando no tienes para unas llantas nuevas, pero es inminente cambiar alguna convertida en jirones, acudes a un mercado sumamente informal e incierto en donde se distribuyen llantas usadas que en el argot se conocen como gallitos. Si el mundo de las llantas nuevas está, digamos, a nivel del suelo, el mundo de los gallitos definitivamente está en el subsuelo. Te enfrentas a un mercado especulativo más movido que Wall Street y el azar es parte fundamental de tus transacciones. El gallito puede ser una llanta inservible, por algo fue desechado por su dueño original, aunque suele ocurrir que tengas suerte y tu gallito tenga una digna y correosa vejes.

Ayer el escenario mañanero era un carro ponchado en alguna calle de la colonia y no es que necesitara una llanta, necesitaba dos, pues la de refacción había sido sustraída de la cajuela afuera de la casa. Fue así como el destino quiso que anduviera yo del tingo al tango cargando llantas inservibles de ida, llantas medio servibles de vuelta, en un itinerario que incluyó largos trayectos cargando una llanta, camiones urbanos, mercados populares (al fondo, ahí las encuentras), y un último viaje cargando ring y llanta a la vez. Divertidísimo, pues.

Pero más allá del esfuerzo físico, que a mis cincuenta y tres merece por lo menos un aplauso, lo interesante fue acercarse a ese submundo de subllantas que te enfrenta a subcomerciantes de subpuestos con el único objetivo de encontrar un buen subprecio. Lo espectacular es la cantidad de clientes que hacíamos fila para mercar una de las llantas usadas. Había camioneros, taxistas y automovilistas. Los precios eran sumamente flexibles y contrastantes, digamos que de 150 pesos a 600 la más cara. Y no creas que nadie te agradece tu compra, más bien, la idea final es de que te están haciendo un favor. Hay que rogarles, pues. ¿Llanta 13? No, joven, está muy escasa. Tal vez tengo alguna (al fondo de una pila de centenares de llantas ¿me la podría enseñar? Por fa…), pero va a tener que esperar un rato. Esperé, qué más.

Salí muy contento con mi llanta lisa. El esfuerzo era lo de menos, lo importante era poder rescatar mi carcacha abandonada en una calle, con el gato puesto, a merced de los confiscadores de lo ajeno, pues ¿quién crees que distribuye “la mercancía” del negocio de las llantas usadas?



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