martes, 16 de noviembre de 2010

El telegrama Zimmermann


La imprescindible investigación realizada por el historiador alemán recientemente fallecido, Friedrich Katz, sobre el famoso aunque desconocido escándalo llamado el telegrama Zimmermann, aparece en el Tomo II de La Guerra Secreta en México, dedicado a los asuntos internacionales de México durante la Primera Guerra Mundial. Aquí Katz nos permite acercarnos con cierto detalle a este suceso que cambia el rumbo de la estancada guerra europea, pues adelanta la entrada de los Estados Unidos al conflicto.

Un espía británico infiltrado en la Oficina de Telégrafos de la Ciudad de México envía a Londres todos los mensajes cifrados que llegan a México para el embajador alemán. Es uno de los hombres de Blinker.

En Inglaterra, Blinker no existe. Los telegramas cifrados los recibe el encargado del servicio de inteligencia de la Marina Británica, Reginald Hall, quien posee las claves secretas alemanas.

Blinker es Hall; Hall es Blinker. Como en toda historia de espías el jefe no tiene nombre, o tiene diez nombres: Blinker, Hall, Reggie, no importa. Lo que importa es enterarse de los mensajes alemanes a cualquier costo.

Los alemanes utilizan una gran radioemisora para transmitir mensajes a sus representantes en el extranjero. Se encuentra en Nauen. En Estados Unidos, sólo una estación puede recibir mensajes de Alemania: la Sayville, construida por técnicos alemanes, pero que el gobierno norteamericano, en vista de las hostilidades de la primera Guerra Mundial, iniciada en 1914, decidió prohibir su operación un año después.

Alemania encuentra otro medio por donde enviar sus mensajes cifrados a sus representantes: convence al gobierno neutral de Suecia de enviar mensajes alemanes por medio de sus representantes diplomáticos. En el caso de México, corresponde al encargado de asuntos suecos, Folke Cronholm, "muy germanófilico y aliado de Heinrich von Eckardt", embajador alemán frente al gobierno mexicano.

El 7 de enero de 1917 Alemania optó por iniciar una guerra submarina ilimitada que inevitablemente pondría a los Estados Unidos contra ellos. Temible enemigo, reforzaría desproporcionadamente a los aliados en Europa; había, pues, que pensar en una solución, y aparentemente sólo había una sola: que los Estados Unidos estuvieran suficientemente ocupados en América impidiéndoles enviar fuerzas a pelear a Europa.

Se acude a la famosa anécdota de cuando Francisco Villa ataca al poblado de Columbus en marzo de 1916, ¿Porqué no pensar en una cosa así? Poner a México contra los Estados Unidos en una guerra perdida de antemano, pero suficientemente intensa como para entretener a los norteamericanos en América.

La idea fue propuesta por un antiguo encargado de asuntos mexicanos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, von Kemnit, al propio titular del ministerio Alfred von Zimmermann, quien sin titubear empezó a redondearla. En poco tiempo, Zimmerman declaró ante la comisión presupuestal del Reichstag:

"Se ha afirmado muchas veces, y yo no puedo más que suscribirlo, que los mexicanos son soldados extraordinariamente valerosos, y que los norteamericanos no tuvieron ningún éxito cuando penetraron a México y tuvieron que retirarse. (...) El odio de México contra Norteamérica es antiguo y bien fundado. México, por supuesto, carece de armas, en el sentido moderno de la palabra, pero las fuerzas irregulares están suficientemente bien armadas como para poder provocar molestias y desórdenes en los estados norteamericanos fronterizos. Además, estamos en condiciones de suministrar armas y municiones en submarinos, lo cual también debería tomarse en consideración." (1)

Sólo quedaba, pues, convencer a Venustiano Carranza de atacar a los Estados Unidos.

Por si fuera poco, Zimmermann pensó en la posibilidad de que Japón aceptara unirse con México y Alemania en una guerra contra los Estados Unidos. Y deseaba, además, que fuera México quien invitara a los japoneses.

"Según el plan de Kemnits y Zimmermann -cuenta Katz-, Carranza había de atacar a los Estados Unidos con la plena confianza en la propuesta de alianza alemana, y luego Alemania sencillamente lo abandonaría a su suerte, salvo el caso poco probable de que el Japón se uniera a la alianza. En otras palabras: el ofrecimiento de alianza era en realidad una engañosa maniobra en gran escala que debía inducir a Carranza a efectuar un ataque suicida contra los Estados Unidos." (2)

Para el 15 de enero de 1917 la famosa nota Zimmermann estaba en el propio Ministerio de Relaciones Exteriores alemán, lista para ser enviada al presidente mexicano por medio de sus representantes.

El texto final del telegrama decía:


"Tenemos intenciones de comenzar la guerra submarina ilimitada el 1o. de febrero. Con todo, se intentará mantener al margen a los Estados Unidos.

"En caso de que no lo lográramos, proponemos a México una alianza bajo la siguiente base: dirección conjunta de la guerra, tratado de paz en común, abundante apoyo financiero y conformidad de nuestra parte en que México reconquiste sus antiguos territorios de Texas, Nuevo México y Arizona. Dejamos a su Excelencia el arreglo de los detalles.

"Su Excelencia comunicará lo anterior en forma absolutamente secreta al Presidente tan pronto como estalle la guerra contra los Estados Unidos, añadiendo la sugerencia de que invite al Japón a que entre de inmediato en la alianza, y al mismo tiempo sirva de intermediario entre nosotros y el Japón.

"Tenga la bondad de informar al Presidente que el empleo ilimitado de nuestros submarinos ofrece ahora la posibilidad de obligar a Inglaterra a negociar la paz en pocos meses. Acúsese recibo. Zimmermann". (3)


El problema, ahora, consistía en cómo enviar la nota a México. Zimmermann descartó totalmente al representante mexicano en Berlín, pues no confiaba en su traductor... ni en el propio representante. Luego se pensó en el submarino "Deutschland", pero rectificó pronto esta decisión. El submarino necesitaba treinta días para cruzar el Atlántico y no llegaría a México antes del 16 de febrero y el ofrecimiento tenía que estar en México sin falta el 1o.de febrero, día en que debía comenzar la guerra submarina ilimitada.

Por eso Zimmermann decidió, luego de desechar la vía sueca citada al principio, transmitir el despacho por la vía telegráfica.

Como las transmisiones cifradas por medio de la radioemisora de Nauen habían sido suprimidas por Estados Unidos desde 1915, Zimmermann utilizó un conducto que abrió el propio presidente Wilson, quien, "temeroso de que alguno de los bandos enfrentados en Europa se hiciera muy poderoso, (...) pidió a cada uno que "definiera públicamente sus objetivos de guerra". Alemania exigió que se le permitiera comunicarse directamente a sus representantes con el Ministerio de Relaciones Exteriores. Wilson aceptó, y permitió enviar mensajes en clave a través del Departamento de Estado norteamericano y de los representantes diplomáticos norteamericanos." (4) Sólo pidió que los mensajes estuvieran relacionados con sus iniciativas en favor de la paz. Zimmermann, por tanto, escogió este conducto.

El 16 de enero la nota en clave fue entregada a Gerard, el embajador norteamericano en Berlín, diciéndole que el contenido del mensaje llevaba instrucciones para el Conde Bernstorff, representante alemán en Estados Unidos, "relacionadas con los esfuerzos generales en favor de la paz".

Todo estaba fríamente calculado por Alemania, sólo una cosa no: que Inglaterra contaba con sus claves secretas. "El cable telegráfico norteamericano -cuenta Katz-, a través del cual se envió el mensaje a Bernstorff, pasaba por territorio británico, y el servicio secreto de ese país podía, por lo tanto, interceptar estos mensajes." (5)

Los ingleses, pues, interceptaron el mensaje que venía, no en la clave que ellos conocían, la 13040, sino en una variante de ésta denominada 0075.

Los expertos trabajaron en el mensaje y en muy poco tiempo fue descifrado. Sin embargo, habían un problema para la inteligencia inglesa: "no era favorable, una vez descubierto el telegrama, que los alemanes se dieran cuenta que poseían sus claves secretas. Por lo que la divulgación del telegrama debía ser desde Estados Unidos, y no desde Inglaterra." (6) Fue entonces que se utilizó al agente secreto que tenía Hall en la Oficina de telégrafos de México. Fue éste quien proporcionó "oficialmente" el telegrama. Por fortuna para los ingleses, en México Eckardt no tenía aún la clave secreta en que venía el mensaje (0075), por lo que tuvo que enviárselo a Bernstorff a los Estados Unidos para que lo descifraran y se lo volviera a enviar en la clave antigua (13040). Esto no sólo permitió a los ingleses ganar tiempo, sino que con la nueva versión del texto, en la clave antigua, les permitió conocer con exactitud la nueva clave ultrasecreta 0075.

Al final, los ingleses lograron que fuera Estados Unidos el que diera a la luz pública el texto del telegrama. Wilson lo publicó el 1o. de marzo, en medio de un gran escándalo social de los que lo consideraban un simple fraude del presidente norteamericano a fin de pretextar la entrada de Estados Unidos en la guerra.

El principal propagandista alemán en Estados Unidos, George Sylvestre Viereck, lo escribió ese mismo día al magnate del periodismo norteamericano William Randolph Hearts: "La supuesta carta de Alfred Zimmermann publicada hoy es obviamente falsa; es imposible creer que el ministro alemán de Relaciones Exteriores suscribiría tan disparatado documento. La carta es indudablemente una descarada falsificación fabricada por los agente británicos con el objeto de empujarnos a una alianza y que justifica las violaciones de Gran Bretaña a la Doctrina Monroe." Más adelante afirmaba: "El real politiker de la Wilhemstrasse jamás ofrecería una alianza fundamentada en proposiciones tan visibles como la conquista por México del territorio norteamericano." (7)

Hearts creyó este argumento y publicó que el telegrama era un fraude. Varios senadores también manifestaron sus dudas. Fue cuando, sorpresivamente, la polémica sobre la falsedad del telegrama tuvo un fin imprevisto: el 3 de marzo el propio Zimmermann confirmó públicamente haber enviado el telegrama y así, la nota "se convirtió en uno de los más importantes instrumentos propagandísticos en manos de quienes favorecían la intervención de Estados Unidos en la guerra." (8)

Luego de conocerse todo el asunto, el Ministerio de Relaciones japonés calificó dicha proposición como totalmente inaceptable. El representante del ministro, el Barón Shidehara, declaró:

"Nos sentimos muy sorprendidos por la propuesta alemana. No comprendemos cómo Alemania pudo pensar que nosotros nos dejaríamos arrastrar a una guerra contra Estados Unidos por una simple solicitud de México. Así de ridículo es todo esto. No creo necesario afirmar que el Japón permanece fiel a sus aliados." (9)

En México, Zimmermann no pudo escoger peor momento para enviar semejante propuesta al gobierno de Carranza; la expedición punitiva norteamericana empezaba apenas a retirarse y las tensiones de México y su vecino a aliviarse.

Sin embargo, para México cabía la posibilidad de verse invadido por los norteamericanos. Se pensaba que en caso de guerra entre Alemania y Estados Unidos, México sería lanzado contra éstos últimos, puesto que Alemania intentaría destruir los pozos petroleros mexicanos, lo que obligaría a Estados Unidos a invadir el país, cosa que "Carranza no hubiera aceptado ni hubiera podido aceptar", opina Katz. (10) En otras palabras, la posición de México no estaba basada en tales o cuales proposiciones alemanas, que oficialmente no recibió, sino en la eventualidad, "bien real", de ser invadidos por los norteamericanos, desatando una guerra sin cuartel.

Cuando Eckardt ofreció la propuesta al ministro de Relaciones Exteriores mexicano, Higinio Aguilar, vislumbró cierta complacencia y acuerdo en el rostro de éste, "No se mostró renuente", dijo. Informó al Ministerio de Relaciones Exteriores de su país que la actitud de las autoridades mexicanas era "favorable". Se dio cuenta también que el ministro Aguilar había platicado con un miembro de la embajada japonesa por espacio de una hora, aunque ignoraba los propósitos y resultados de dicha reunión. Sin embargo, estaba plenamente convencido de que el representante mexicano habría ofrecido a su colega japonés la esperada propuesta de alianza militar. Nada más lejos de la verdad.

El Ministro Aguilar efectivamente conversó con un funcionario japonés de bajo nivel, Kitai Arai, y no una, sino dos veces. Aguilar sólo le preguntó qué actitud asumiría Japón en caso de guerra entre Alemania y Estados Unidos. Arai le respondió que su país no estaba dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a cambiar de bando. Aguilar dejó pasar, tanto la pregunta como la respuesta, como "un comentario más" en las conversaciones diplomáticas y no volvió a insistir, mucho menos a proponer alianza alguna.

Según Friedrich Katz, "no hay documentación precisa respecto a la reacción del gobierno mexicano a la nota Zimmermann", pero según él, se pueden sacar algunas conclusiones de las fuentes disponibles.

"Poco antes de su muerte, Aguilar dijo a un profesor de la Universidad de Veracruz, Xavier Tavera, que él había acogido bien la propuesta, pero que Carranza se había manifestado en contra. Carranza sin embargo, le había pedido que no comunicara a Eckart ningún definitivo."

Según otro informe, Carranza encargó a un alto oficial, Díaz Babio, que examinara la propuesta, después de lo cual asumió una actitud negativa.

"Díaz Babio consultó con su amigo López Portillo y Weber, y ambos llegaron a la conclusión de que la alianza era irrealizable. Como argumento principal alegaron que Alemania jamás estaría en condiciones de pertrechar suficientemente con armas y municiones al ejército mexicano. (....) López Portillo y Weber señaló que la reanexión de Texas y Arizona crearía una fuente de conflicto permanente con los Estados Unidos y tendría que conducir a una nueva guerra. Además, el poder de los norteamericanos residentes en esos territorios era tan grande que pronto alcanzarían una influencia decisiva en México, "de tal manera que yo no sabría quién se anexaría a quién, nosotros a ellos, o ellos a nosotros." (11)

La actitud de Carranza, en el sentido de no informar a Eckardt de la negativa mexicana, sugiere que quería mantener a Alemania como reserva para un caso dado de invasión o guerra contra Estados Unidos. Por lo demás, el sainete no era otro cosa que meros coqueteos diplomáticos de parte de Aguilar, para conocer reacciones y desempeñar su papel, pues sabía bien que los norteamericanos conocían el telegrama.

Isidro Fabela cuenta una tercera versión: Según él, Aguilar le confió que cuando recibió el ofrecimiento de Zimmermann "había comprendido inmediatamente su carácter pernicioso y ni siquiera se lo había mostrado a Carranza." (12)

Luego de la publicación del telegrama por parte del presidente Wilson en los Estados Unidos, el gobierno mexicano se mantuvo firme en su política de discreción, y tanto los políticos destacados como la prensa publicaron su versión oficial: "México nunca recibió propuestas de alianza por parte de Alemania". Eckardt, en su desconcierto, también lo negó. Aunque estas negativas sucesivas no convencieron del todo a los Estados Unidos. El presidente Wilson puso como nuevo embajador de su país en México a Henry Pather Flercher, y su primera misión en nuestro país consistió en ventilar todo el asunto con el presidente Carranza. Trajo instrucciones de hacerlo, precisamente, a la hora de entregarle sus cartas credenciales.

Cuando unos días más tarde Fletcher se entrevistó con Carranza en Guadalajara, le dijo las exigencias norteamericanas a nuestro país: al parecer, que México debía romper relaciones diplomáticas con Alemania.

Carranza le dijo tranquilamente que no había recibido oferta alguna de los alemanes, y que no había ningún motivo para romper sus relaciones con dicho país. México había declarado reiteradamente su neutralidad y no tenía ninguna razón para modificar su política internacional. Fletcher escuchó pacientemente al Presidente y no tuvo más que reclamar; retiró sus exigencias. En otro momento se entrevistó con el Secretario de Guerra mexicano, general Álvaro Obregón, y volvió a sacar a colación el tema del famoso telegrama. Obregón le dijo que "consideraba absurda una alianza mexicana con Alemania y que creía que tras seis años de guerra civil, el gobierno mexicano debería dedicarse a la pacificación y reorganización del país, y que para México sería muy estúpido comprometerse con una potencia europea que algún día exigiría el pago por los servicios prestados." (13)

Por su parte, Aguilar no respondió la nota, pero la utilizó en una hábil maniobra propagandística en la que afirmaba que el telegrama había sido un invento mexicano para crear presiones a los Estados Unidos. Carranza quiso primero ver todas las reacciones en conjunto, y una vez que estuvo convencido de que el gobierno norteamericano no tenía ninguna intención de invadir nuestro país, se entrevistó con el ministro alemán, en una conversación secreta efectuada el 14 de abril, en donde rechazó la oferta de alianza, aunque dejó entrever que tal rechazo no era definitivo, pues en caso de tener dificultades bélicas con los Estados Unidos, sería un magnifico estímulo el apoyo alemán.

Eckardt telegrafió a Alemania en estos términos:

"El Presidente declaró que de todas maneras tiene intenciones de permanecer neutral. Con todo, en caso de que México se viera arrastrado a una guerra, entonces veríamos. Él dice "que la alianza ha sido echada a perder por su revelación prematura, pero que más tarde sería necesaria." (14)

Fue así como terminó aquella tormentosa ocurrencia del ministro Zimmermann. Los Estados Unidos entraron a la guerra y Alemania tuvo que capitular un año después. Con la firma del Tratado de Versalles, en 1919, Alemania perdió sus colonias, devolvió a Francia los territorios de Alsacia y Lorena y se comprometió a pagar una fuerte suma por concepto de indemnización.

Tanto en aquellos tiempos como en éstos, el telegrama Zimmermann es percibido como una imprudencia del ministerio que nunca debió haberse practicado.

La débil idea que los alemanes tenían de los gobernadores mexicanos los hizo cometer un costoso error. Pero ante todo, cabe hacer una conjetura que a la distancia resulta interesante. ¿Por qué en vez de enviar un telegrama al presidente mexicano, proponiendo una alianza con el único objeto de mantener ocupados a los norteamericanos, no se le envió a un prestigiado guerrillero en plena decadencia como Pancho Villa? La negativa de Carranza es obvia. No podía bajo ningún concepto comprometer a México, envuelto en una guerra intestina de casi una década, en una guerra contra los norteamericanos que se estimaba perdida de antemano. En cambio, Villa, bien armado, hubiera podido crear los problemas suficientes en la frontera mexicana como para que los Estados Unidos se vieran en la necesidad de mantener durante mucho tiempo un ejército regular en precaución de un ataque villista. El gobierno mexicano no hubiera estado oficialmente comprometido y Villa hubiera alcanzado, una vez más, probablemente, la gloria guerrera y política que tanto añoró.

Para reafirmar lo anterior, basta mencionar los treinta y tres ataques villistas contra otros tantos pueblos controlados por los constitucionalistas, sólo durante el año de 1917, al mando, junto a una veintena de sus jefes, de unos cinco mil hombres. (15)

La propuesta es igual de ridícula que la del canciller Zimmermann, pues es impensable que Villa, como el ejército mexicano, tuviera la ocurrencia de atacar al ejército norteamericano en guerra frontal, pero ya metidos en absurdos no se sabe por qué no se les ocurrió, puesto que la idea del telegrama nació justamente con una anécdota villista: el ataque a Columbus y la ineficacia del ejército yanqui, comandado por el prestigiado Pershing, para capturar a Villa.


Citas:

1) Friedrich Katz. La Guerra Secreta en México, Ed. ERA. México, 1982,
Segundo Tomo, p. 37-38
2) Ibid, p. 40
3) Ibid, p. 40-14
4) Ibid, p. 42
5) Ibid, p. 43
6) Ibid, p. 45
7) Ibid, p. 47-48
8) Ibid, p. 49
9) Ibid, p. 49-50
10) Ibid, p. 50
11) Ibid, p. 52
12) Ibid, p. 53
13) Ibid, p. 55
14) Ibid, p. 55
15) Martha Eva Rocha Isla, Las Defensas Sociales de Chihuahua, Anexo 2, p. 134, INAH. Colección Divulgación. México, 1988. Basta mencionar los 33 ataques villistas contra el ejército Constitucionalista en Chihuahua, sólo en el año 1917, junto a
hombres como Juan Mercado, Manuel Medinabeytia, Hilario Rodríguez, Idelfonso Sánchez, Antonio Aranda, Antonio Moreno, Manuel Bustamante, Nicolás Fernández, Gerónimo Padilla, Gorgonio Beltrán, Martín López, Canuto Reyes, Nicolás Fernández Epifanio Holguín, José Inés Salazar, Martín López, Luis Montoya, Julio Acosta, Juan Murga y otros jefes villistas, al mando de por lo menos, según las partes militares de otras tantas poblaciones, cinco mil hombres.

* Texto tomado de mi libro La Raza de la Hebra, historia del telégrafo Morse en México.



2 comentarios:

  1. horacio corona dominguez20 de noviembre de 2010, 19:01

    me gustaria saber quien escribio esta nota pues me contaba mi abuela que se llamaba adela acosta de dominguez que julio acosta llamado el patas de lapiz era su tio o sea fue mi tio abuelo y quisiera saber o que escribieran mas sobre el saludos gracias

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  2. Horacio:

    Gracias por escribir. No entiendo muy bien tu pregunta ¿a qué nota te refieres? El telegrama lo escribieron los alemanes (Zimmerman et al), este reporte lo escribo yo, pero te recomiendo ampliamente la fuente original de todo el chisme que pertenece al historiador Friedrich Katz y que aparece en su libro La Guerra Secreta en México, Editorial Era, 1982, Tomo dos. Tal vez en alguna de las muchas páginas que dedica a este tema se desvelen tus dudas. Saludos y disulpa la tardanza de mi respuesta, pero apenas vi tu comentario.

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