viernes, 19 de noviembre de 2010

Te odio Villa


Mi mamá odiaba a Pancho Villa. Decía que había matado a su abuelo Hilario Rocha y que por eso lo odiaba. También porque era un asesino, un forajido, un asaltante, un mujeriego y un chillón. Toda esa carga de sentimientos me hizo percibir a Villa, desde pequeño, como un ser extrañamente asociado a mi vida. Y aún hoy no estoy seguro de entender mis sentimientos hacia él: jefe de la División del Norte y asesino de mi bisabuelo.

En la muerte de Hilario Rocha parece que no existe confusión. Lo mataron en un ataque villista, aunque nunca se pudo comprobar nada, pues su cuerpo no apareció. Nadie vio su cadáver. Sucedió un día del crudo invierno chihuahuense cuando la familia completa de tres miembros viajaría a la capital del Estado para alguna diligencia o de compras o de paseo. Ese día, mi abuelo Leopoldo y sus papás llegaron a la estación de trenes en San Juanito con el propósito de abordar el CH-P que los conduciría a la ciudad de Chihuahua. Pero hubo un imprevisto: habían olvidado la cobija para cubrirse en la larga y fría noche del trayecto. “Corre a la casa y trae la cobija”, le dijo don Hilario al muchacho que entonces andaría en sus diez u once años. Leopoldo corrió a cumplir su cometido e igualmente regresó corriendo a la estación. No debe haber sido una distancia corta, pues cuando regresó encontró a su mamá sola en el andén. El tren había partido. “Nos iremos en el siguiente tren”, le dijo su mamá, mi bisabuela Magdalena. Pero no hubo tren en los siguientes días. Las noticias llegaron temprano en la mañana del siguiente día y no eran nada buenas. Los villistas habían atacado el tren del día anterior en un paraje denominado Malpaso, cercano a la ciudad de Guerrero. Bajaron a más de doscientos pasajeros y no se sabe qué pasó con ellos. “Tal vez regresen por su pie o quizás los mataron a todos”. Nadie regresó. O al menos nadie que tenga alguna importancia en esta historia, pues no hubo noticias claras, no hubo quién contara los sucesos precisos de ese día. Leopoldo estuvo meses esperando todas las tardes el regreso de su padre en las vías del tren. Se le rodaban las lágrimas cuarenta años después al recordarlo. Por supuesto nunca regresó, por eso mi mamá decía que odiaba a Villa por haber hecho sufrir así a su querido padre, que aunque no era hijo biológico de don Hilario lo amaba como si lo fuera, pues en los pocos años que vivió con él había sido muy bueno y muy considerado. Buen esposo y buen padre. Se le rodaban las lágrimas a mi mamá al platicarlo. Una herida profunda, un odio ciego, sin matices ni datos que pudieran aminorarlo.

Muchos años después pude leer todo lo que cayó en mis manos sobre el jefe revolucionario: Fuentes Mares, Krauze, el hallazgo de Friedrich Katz de las memorias de Silvestre Terrazas sobre Francisco Villa, a quien sirvió, y los propios libros del acucioso historiador alemán. Era un asesino, pero dime qué jefe de la Revolución no lo era, cuál de ellos cruzó ese puente de nuestra historia sin mancharse las manos de sangre.

A tantos años de su vida y su muerte no tengo sentimientos claros respecto a Pancho Villa, personaje poliédrico y contradictorio. Lo único que podría reprocharle es haber puesto en riesgo mi propia existencia, pues si Leopoldo hubiera regresado a tiempo para abordar el tren tal vez no existiría, la familia se hubiera truncado en 1912 y no habría nada en el entorno: ni abuelos, ni primos, ni hermanos, ni hijas, ni blog, ni nada. Y tú no estarías leyendo esto. Eso sí no se lo puedo perdonar.

* Fotografía de Magdalena y Leopoldo.



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