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Reyes y príncipes


Cada quien con su realeza. En México, donde está proscrita la nobleza, nos la hemos ingeniado para tener reyes y príncipes en activo, tan ricos y escandalosos como los europeos. Con escasos cuatro años de diferencia, nacen hoy dos príncipes de la canción mexicana en dos géneros distintos pero complementarios, pues entre ambos han diversificado el gusto de aquella juventud de los años setenta que, entre otras cosas, ha envejecido junto a ellos, como frente a un espejo.

El 17 de febrero de 1940 nace en Huentitán El Alto, Jalisco, Vicente Chente Fernández quien, a decir de sus biógrafos, desde los ocho años pulsó la guitarra con destreza. Hoy, anciano y reconocido, es uno de los más connotados intérpretes de la música popular mexicana, un hombre que ha sabido llegar al corazón del pueblo, una estrella, a su manera un ídolo.

El otro es José José, que cumple 67 años el día de hoy y, sin embargo, se mueve, como diría Copérnico. El denominado príncipe de la canción, que nace este día de 1944, es a principios de este milenio una suerte de antihéroe. Ha cantado algunas canciones clásicas de nuestro romanticismo pero ha hecho toda clase de tropelías en su vida privada que el gran público, noble, ha querido olvidar. En cada uno de sus incontables regueros de tepache José José se arrepiente públicamente; promete, como el Toluco López, que se va a reformar, pero a la vuelta de la esquina el desenfreno lo somete nuevamente a sus oscuridades y lo enfrenta de nuevo al calvario público. La lastimosa condición en que termina cada uno de sus rounds con el destino le ha dejado una brizna lastimosa de aquella voz privilegiada que tuvo algún día.

Pero aquí están, aún con nosotros, el malhadado príncipe y el fatigado rey de la canción vernácula que han dado tantos giros en la vida como dos gavilanes que cazan a una esquiva paloma.



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