domingo, 25 de noviembre de 2012

No sé si debo decirlo



En el marco de los setenta años del exilio español en México que el periódico El País ha estado recordando en estos días, pongo mi granito de arena con esta historia de una exiliada que terminó en la ciudad de Puebla de aquellos años aciagos, a donde doña Violeta Fernández llegó para quedarse, hasta su muerte hace algunos años. Esta es su historia.

En 1913 estábamos en Cuba, mi madre estaba en Cuba y yo nací ahí. Pero luego, para el año 20 ya estábamos otra vez en España.  Entonces al cabo del tiempo, cuando yo quise hacer el ingreso a la Normal de Maestras, mis padres no me habían registrado. Y doña Leticia, que era la comadrona que había asistido a mi madre, ya se había muerto. Entonces se recurrió a una cosa que luego se hizo mucho en la guerra nuestra, decir que en un juzgado de Barcelona que había sido quemado desapareció  mi acta de nacimiento. Entonces me inscribieron en Barcelona. Entonces aparece que soy nacida en Barcelona.

Mi padre madrileño y mi madre sevillana, pero ya todos los demás, como mi hermano, nacieron ahí. Mis padres ya estaban unidos libremente, en aquella época esto era un progreso tremendo para nuestras ideas ¿no? Mi madre venía embarazada de mi hermano que nació en el año 20 en Barcelona. Yo estuve muy enferma en el barco, se ve que comí cosas y tuve tres infecciones contagiosas y todo eso pasó así. Mi hermano y yo nos quedamos, primero unos días en Barcelona y luego en Madrid. Al cabo del tiempo nos volvimos a Barcelona y ya nos quedamos ahí, hasta la guerra.

La guerra empieza en 1936 y dura hasta el 39. Como todas las guerras civiles… fue tremenda, porque aparte de todo, bueno, somos hermanos todos, pero los españoles parecía que eran más hermanos todavía. Sí, fue muy fea, muy tremenda.

Yo tenía veinticuatro, veinticinco años y participamos todos, nos defendimos los sindicatos. Yo era del sindicato de profesiones liberales donde estábamos maestros, abogados, ingenieros. Allí defendiéndonos como pudiéramos. Mi abuelo y mi hermano, el mayor y el menor de la familia, estaban en el frente, cuando ya se organizó todo, en los primeros días de revuelta en el mero Barcelona, en Cataluña, nosotros quedamos cada quien en los puestos que teníamos y ese fue el momento más álgido, la cosa más terrible ¿no? Tres años interminables.

A mí me nombró el ministerio de Instrucción pública responder por cincuenta niños evacuados para París. Estuve unos ocho meses todavía en España y ya hasta que se prendió la guerra y entraron todos, mi familia, mi compañero, que fue Conserje de Linaje de la Liga de Cataluña. Él vino a morir aquí en el 74, en México.

Mira, coincidió en que yo iba a la delegación general de Francia evacuada, porque el que estaba como director era un plomero, compañero de la FNT, un anarco sindicalista compañero republicano y todo eso y una secretaria de uno que escribía. Entonces a mí el ministerio me mandó directamente, pero entonces Facundo Oca, que era el que dirigía el Comité de Francia Evacuada, dijo: “Que la compañera de Aurelio Fernández vaya a…” Momento, soy Violeta Fernández, no “la compañera de tal…” Yo soy Violeta y vengo con este encargo, pero ahora estoy aquí para participar. “Mira –dice-, el director que tengo ahorita en tal colonia no sirve, estoy muy disgustado con él, ta ta ta…”  y luego me convenció, me dice: “ahora ya es otro el plan…”

Entonces me fui directo a París. Empecé a cuidar a los niños, a vestir a los chicos, eran setenta chicos. Los entregué a la comisión evacuada en París. Yo los entregué y a mí me nombraron a su vez en esta colonia, que estaba en Colombe, a quince kilómetros de París. Y habían chicos grandes, había uno que era hijo de un comunista, pero entonces estaban en el poder los comunistas y por eso todo era un desastre. No se puede decir que eran todos pero… Es porque en España no había comunistas, surgieron así ¿ves? Yo empecé a vestir a los chicos, a cuidar la colonia y estaban todos felices, entonces le pedí al alcalde de Colombe que me permitiera ir a unos cuántos círculos, que los niños asistieran a la escuela para que adquirieran el contacto con los hijos y la educación francesa y que la colonia, pues, fuera su casa ¿no? Que ya las maestras y yo nos encargábamos. A él le pareció bien el plan y lo hizo. Y me concedió varias cosas. Todo eso fue entre una cosa y otra y la casualidad que mi familia, mi madre, mis hermanas, mis cuñadas, mis sobrinos y todo eso, fueron  a parar a una colonia vecina, donde iban a quedar.

En Francia todas las escuelas tienen un mes de vacaciones en  un lugar próximo a donde vivían, y eran en Chateau Ferr cerca de donde estábamos. La casualidad que llegó ahí mi familia. Total que me propuso algo, el alcalde entonces me pidió el favor a mí: “Si usted me organiza la colonia…” él me documentaba a mi familia para que pudieran salir del refugio. Eran unas caballerizas con paja y ahí dormían ellos.  Efectivamente le organizo la colonia y una hermana, que era enfermera y que ya se me murió hace algunos años, y yo, organizamos el refugio ese. Pero a la mera hora no... Sí funcionó, pero yo no lo dejé llegar hasta donde él quería. No sé si debo decirlo o no. Yo con 26, mira, estaba que me comía el mundo, entonces no se hizo lo de los documentos, porque los refugiados españoles no podíamos estar juntos.

Un día me llegó una noticia de que mi compañero estaba detenido y le quitaron toda la documentación oficial y le dejaron el carnet del sindicato nada más. Entonces yo tuve que dejar las cosas e irme detrás de él a organizar todo eso, la venida para México.

Entonces teníamos que ir de Rennes a documentarse a París para que le dieran a mi marido el visado. Debíamos de pasar por Estados Unidos sólo de tránsito, nada más para atravesarlo. Fue conducido por policías, pero dijeron que era para seguridad de nosotros. Ahí lo pasó muy grave también él porque, antes de detenerlo y eso, me dijeron que estaba prohibido hablar con los refugiados españoles, hablar entre ellos. Como entramos en aluvión tantísimos a Francia, Aurelio dijo, “no, me encarcelan, pero yo no le prohíbo la palabra o el saludo a un compatriota, así es que de eso nada.” Y claro, como estuvo así, pues… son muy pesados los franceses para eso. “Le papié, le papié” y todo eso. Y en eso ya nos venimos para acá.

En altamar recibimos un telegrama del abogado que lo había defendido, que decía: “felicidades, se van ustedes a la tierra de la libertad…” todavía me emociono ¿ves?

América, si te digo la verdad, fue una decepción tremenda, porque llegamos a Nueva York y de ahí a Nuevo Laredo. Fue un viaje en el que veníamos como cien familias y nos ponían los negros, que son los que cuidan ahí los vagones, nos armaban la cama y en el día la mesa, que ponían con una cestita de pan. Cuando volvían abrían unos ojos así, porque ya se había acabado el pan, pues algunos venían con hambre. Los que salían del campo de concentración de Francia y todo eso, pues venían con hambre. Todos, sí. Fue una atención y una comodidad muy buena. Luego, una noche los negros cantaron, nosotros cantamos y todos estuvimos contentos. En ese plan llegamos a Nuevo Laredo. Mira, fue un contraste… Llegamos a un hotel espantoso. Todo eso venía pagado por la comisión  que tenía el dinero de la república, y la gente de Vagon Lee, que eran la compañía que nos traería a la ciudad de México, se ve que se enganchó algún dinero en sus manos y nos metió en segunda. Pero no fue nada frente al hotel, lleno de mariposas negras en la pared y mal… ¡Fue un contraste! Y bueno, en la calle montones de fruta. Me acuerdo que le dije. Oye, esto cuánto. Me dice que “un peso”. Eran mangos, me vino lo de Cuba. Porque allá no conocíamos el mango. Vendiendo así por la calle. Al día siguiente en la estación nos dicen: los carros de los refugiados españoles. Yo exclamé: “¿cómo vamos a entrar en carros?”

Cuando nos van metiendo en los vagones de tercera, malísimos, con todos los indios llenos de bultos, pollos, que sé yo, yo me la pasé los tres días llorando. Llorando. Ves que en Europa, las estaciones del ferrocarril, si quieres en la afueritas, pero ves el pueblo. Y aquí no veías nada. Y yo lloraba y lloraba, sorprendida de cómo podía dormir en el suelo, pues todo era de madera dura, sin nada. En tercera, te imaginas, te hablo del año 40, ahora ya estará mejor…

Y aquí llegamos en Mayo del 40, a la estación de Buena Vista del DF, la segunda guerra mundial continuó y eso era un problema. Aurelio intentó tener varios oficios, lo que caía, lo que podía, porque no…  Y a nosotros Lázaro Cárdenas nos revalidó el título. Yo estuve en el Instituto Luis Vives. La hija vivía en la colonia Roma, en Tonalá, vivimos ahí.

Yo busqué un trabajo, me aceptaron como substituta en el Instituto Luis Vives. Entré ahí a substituirlo y me quedé dos años y pico,  hasta venir a Puebla. Por mediación de un amigo a él le salió trabajo aquí en Puebla.

Venir a Puebla surgió porque un amigo del yerno, y nuestro también, le sugirió a mi esposo la gerencia de seguros de Puebla porque había estado un año trabajando en eso. Entonces que lo nombran gerente. Me dijo “siéntate, que me van… que vas a oír el sueldo que me van a dar: tres mil pesos”. Yo ganaba en la escuela cien mensuales, y para poder tener un poco más, tenía manualidades en la tarde., cuatro grupos en la tarde para poder tener 60 pesos más. Como éramos refugiados no había dinero. A veces teníamos que perdonar las quincenas y yo había estado muy mala de las piernas, y yo viendo que tenían que poner una substituta, tal mal que estábamos económicamente, me fui a trabajar en cuanto pude, pero iba coja y todo.
Así que cuando propuso este amigo la idea de venir a Puebla pues se vino. Pero yo todavía me quedé porque el director y los maestros me lo pidieron y me quedé. No teníamos tantos alumnos, pero teníamos que terminar el ciclo. Yo tenía quinto y sexto, teníamos desde el primero. Fíjate que trabajazo y cobrar poco. Y yo con tanto que había pasado y todo, bueno, total que mira. él aceptó, dijo: “sí, yo me voy a Puebla a ver qué pasa con ese sueldo”. Y además reparto de utilidades y eso. Pues nada, aceptó, por eso pudo él venir a Puebla.

Puebla nos causó una impresión estupenda porque este en esa época se puso muy mal el DF, venimos aquí y esto era una tacita de plata, preciosa. Los inditos iban con los calzones esos de manta blancos limpios, todo limpio. Cuando llegó Uruchurtu los jardines tenían flores y las fuentes tenían agua. Renovó el DF, pero el contraste de Puebla nos encantó, todo limpio y bien organizado. No, de Puebla bien. Ese primer choque impresiona mucho, se queda mucho, pero luego, ya te digo, vivimos yo estupendamente, a Aurelio le costó más adaptarse pero llegó un momento que se hizo al gozo. Poco a poco se convencieron de que éramos gente razonable y humana. En la colonia española tenía una prima, casada con Laureano R. Alvarez, uno de los fundadores de la Beneficencia española, y nos invitó. Estaban felices ahí de estar con nosotros, y la primera vez llegamos, pocas veces fueron las que nos invitaron, nos topamos con el retrato de Franco. La segunda vez que fuimos habían quitado el retrato de Franco. La prima, bueno, ella era inteligente. Y él era un majo, una persona muy linda. Yo no sé si quitó el retrato por deferencia, pero tuvo esa delicadeza. Era un buenazo. Y ella con mucho carácter. Luego al poco tiempo murieron los dos, él se sometió a una operación, y como era diabético, murió, y ella estuvo muy mal hasta que yo no sé si tomó alguna barbaridad y también murió.

Cuando llegamos a Puebla en 1942 estábamos contentos. En México estuvimos bien  y contentos de haber llegado, no te fijabas en nada pero, al llegar aquí, tan bonito, tan limpio, tan bien todo, sentimos que la gente era hostil con nosotros. La colonia española cerradísima, franquista cien por cien y nosotros traíamos una aureola sin matices, todos rojos, ahí todos éramos comunistas. Comiéndonos a los curas, las mujeres éramos todas de lo peor, sí, prostitutas, casi… Porque sí, fumábamos y que no sé cuánto. Bueno, un desastre. Y los mexicanos también, muy indiferentes. Gracias al gobierno, gracias a Cárdenas que nos salvó de muchas situaciones. Y todo eso encontramos aquí, la gente muy beata y muy conventual y pasamos unos años muy pesaditos. Tan limpio que era Puebla, mira, limpio, bonito, pero claro, no veías a la gente, eso perduró, esa sensación siempre duró.

Luego ya, te acostumbras y te habitúas y todo. Aurelio tenía más ilusión por volver. Bueno, siempre había la esperanza de que… pues no ves que Franco sufrió muchos atentados, entonces pensábamos eso, que un día se tenía que resolver. Pero ahora, tanto que cacarean con que Estados Unidos contra Cuba, que es una dictadura, no se acordaron entonces de defenderla democracia. Se mantuvo Franco gracias a Estados Unidos, que compró las bases militares en España. Estados Unidos, la religión y la iglesia fueron los que mantuvieron a Franco cuarenta años. Esa dictadura sí la debíamos de mantener, esa dictadura de estos cabrones imbéciles malas sombras, y bueno, ya, pasa el tiempo y pasa.

Yo, será que me adapto mejor, pero me costó mucho mantenerlo a él, hasta pasados unos años que ya vimos que no había nada qué hacer, que nos quedábamos aquí, ya nos fincamos.

En la casa de Puebla iba por el pan, limpiaba y barría todo, porque aquí ya no pude trabajar, más que nada porque no me había acabado de componer bien. Iba al mercado de la Victoria, que estaba estupendo y ahí había de todo, todo lo tenía alrededor. Al otro lado había una iglesia, porque eso no falta aquí, pero bueno, tenía todo alrededor de la casa.

A España sí volví varias veces, pero Aurelio ya no. Cuando se me enfermó, que hicimos un viaje a Europa, nos quedamos en Francia. Fue cuando el problema del 69 que nos tocó París con el líder Convendit, cuando se levantaron en París, nos tocó.

Estuvimos casi diez años en Francia. Hasta que un año vimos cómo se estaba gestando algo. Empezaron a seguirlo, que si era por seguridad de él, que no sé qué y que si no sé cuántos, se me volvió a enfermar. El yerno y la hija vinieron y trajeron a mi biesnieto, “está igual que Tito cuando era chico y ta ta ta ta ta ta”, y como tuvo un problema de próstata, el doctor de París nos dijo “si se van a ustedes a México, porque aquí esto les va a costar…” no estábamos en ninguna institución ni nada, todo eso nos hizo volver.

Nuestro segundo regreso fue mucho mejor. Y el yerno nos dijo: “os venis y si no está bien ni modo, nada más tengo boletos para que vengais. Si quereis regresar no tengo boletos de regreso”.
Pero llegando Aurelio me dijo, mira, vamos a buscar casa y nos quedamos aquí. Y aquí nos quedamos y se me murió en el 74.

Me jalaba mucho Puebla, mis amigas que habíamos tenido, un grupo que duró 43 años, de refugiadas españolas con alguna mexicana, nos estuvimos reuniendo cada miércoles, entonces algunas de ellas habían ido a un sitio y a otro, pero las que quedaban me jalaban mucho, sobre todo mi hermano con  los cinco hijos y cuando enviudé me vine a vivir acá, estuve unos años muy mala en España, volví a venir y al poco tiempo adquirí esta casita, mira, con un seguro, un pagaré que me dejó Aurelio. 

Venirme para acá fue un acierto. Habían unas gallegas, que una de ellas es de las que viven, pero ya muy mal, María y Maruja Alvarez. Joaquina López Malo, esa hace cuatro cinco años que murió, tienen hijos y nietos aquí. Carmela Gómez, Rosario Gómez de Cuervo, de las hermanas Cuervo, otras que se fueron, Angélica que ya se murió. Angelita Nader de Tagle estuvo el en grupo mucho tiempo hasta que se fue a México y ahí murió y… por el nombre, me estoy acordando de todas y el nombre se me escapa. Las estoy viendo y se me va el nombre y el apellido. Bueno Consuelo, una gallega también. Y estuvo con nosotros una María Elena, que fue hija del gobernador y Cupita de Altieri, esposa del doctor Altieri, que murió hace poco el doctor, ella creo que vive, muy mal, pero vive, le he intentado hablar con un número que me dejó y no. Y Mati Durán, que es la otra que está muy mala también. Se le va mucho el oremus. Sí,  ya pierde el oremus esa pobre. Te digo, del grupo grupo quedamos tres... bueno, Cupita, pero Cupita ya se había separado porque se iban a ir no sé a dónde, porque creo que tenían dinero en Estados Unidos y se fue con el doctor. Faltó alguien, seguro, alguna otra de las que se fueron a México. Éramos amigas que jugábamos. También Camelia Hazael que tenían la joyería en el centro, y ahora se la quedaron unas sobrinas. Era un grupo en el que nos juntábamos a hablar de las cosas, un poco de chisme, un poco de tejido porque casi todas tejíamos, recetas de cocina, y alguna vez que propusimos un tema, venían las discusiones y nos peleábamos y todo, pero luego seguíamos todas bien. Solidarias colaboradoras en todo momento, si una estaba mala acudíamos todas, si tenias que mudarte de casa todas ayudábamos. Estuvo muy bonito ese grupo, sí, muy bien, nos unió un poco la añoranza de la tierra que dejas, eso pudo haber influido a esa cosa de sentirte un poco más cerca.

Ahora hace treinta años que estoy aquí. De las amigas ya nomás quedamos tres. Mira, dos que están peor que yo, que digo que soy como una pieza de museo, y yo soy la fuerte. Sí, una pieza prehistórica. Y así hasta la fecha, con los hijos de mis sobrinos, mis sobrinos, que son los que me cuidan y los hijos de ellos, que pasaron a ser nietos. A Juan Aurelio y Nuria son mis nietos y los otros sobrinos igual.

La Patria. Primero la perdimos no por falta de entusiasmo y de lucha, sino por la ayuda de los alemanes y los italianos, porque si no Franco, a pesar de ser el del ejército y todo, no hubiera ganado. Luego para mantenerla tanto tiempo. No era tanto eso de decir fue una derrota fea, sino que luchó con entusiasmo y entereza. Además, aquí luego se reconoció que fue un exilio positivo y eso fue reconocido y yo creo que eso también te da un valor ¿no? Fue un exilio brillante, el colegio Madrid, la Iberoamericana

(detalle)

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