sábado, 9 de febrero de 2013

La última peste



2ª de 2. El nuevo siglo permite a las autoridades tener acceso a una visión científica  que prometía soluciones mediante la aplicación de normas e infraestructura para los binomios higiene-salud; agua-salud, y un nuevo escenario para la autoridad: vigilancia-salud.

El Ayuntamiento de Puebla establece un Reglamento municipal de comestibles y bebidas, aprobado el 19 de enero de 1910, que sustituía al último del 10 de junio de 1886. La autoridad tenía que cuidar el estado de salubridad en los expendios de productos de la canasta básica que consumía la gente. Hubo que prohibir terminantemente la venta de productos “en descomposición pútrida”, agrios, picados, rancios o si ha sufrido alguna alteración en su olor, sabor o poder nutritivo.

La ciudad consumía en proporciones importantes carne, manteca, leche y sus derivados; harinas, pan, tortillas, café, chocolate, pescado seco, semillas y vegetales. El reglamento prohíbe vender, cambiar o regalar carne de animales enfermos y se exige a los comercios mantener sus instalaciones higiénicas. Dice el artículo 15 del reglamento de comercio de 1910: “Los panaderos y bizcocheros se abstendrán de elaborar las harinas que estén agusanadas, manchadas de negro, violeta o rojo, y las que tengan olor pútrido o de moho, así como mantecas adulteradas y levaduras alteradas”. Las neverías y expendios de refrescos “no podrán usar hielo que no sea transparente”. (9)

Aunque en abril de 1910 se informó que la lepra ya no era una enfermedad endémica en la ciudad de Puebla, se detectaron tres casos en Zambrano, Sapos y Parral, respectivamente, “en las que viven leprosos que transitan por las calles” y solicitaron su aislamiento. En mayo de ese año la comisión de salubridad hizo circular cuatro mil ejemplares de “instrucciones sobre sarampión”, cuya propagación se observaba en “todos los ámbitos de la ciudad”, de acuerdo con don José de la Fuente en sus Efemérides Sanitarias. Se distribuyó entre profesores de escuelas oficiales y particulares para que los hicieran llegar a las familias; también se les dio a las madres que concurrían a las oficinas del Ayuntamiento, a quienes visitaban las cárceles municipales y a todo aquel que lo pidió en el flamante Palacio Municipal, recientemente inaugurado. Se comisionó a un estudiante de medicina para que recorriera y detectara casos de sarampión, para el registro de aquellas casas en donde hallase fallecimientos, así como instruir a las familias “carentes de auxilios médicos” sobre las maneras de atender y cuidar a sus enfermos.

El brote epidémico en El Alto se debió a la tubería de los manantiales donde había un receptáculo que era un “verdadero fango”, obligando a la empresa a entubar el agua de los manantiales de la Cieneguilla, hasta el depósito de arena de donde se reparte a las cañerías de la ciudad. (10) Era inminente que el agua de los manantiales de Cieneguilla y de Rementería se entubara hasta los tanques de los cerros de Guadalupe y Loreto, y para eso había que hacer grandes obras, a un costo de unos cinco millones de pesos, que era un dineral.

Hacia el primer lustro del siglo XX la ciudad era abastecida de agua por La Cieneguilla y La Caja Blanca, además de una cantidad menor proveniente de El Alto y el Barrio de la Luz. La Cieneguilla era la mayor fuente con sus ocho pozos, pues abastecía más de la mitad; luego seguía la Caja Blanca con un poco más del 10%; La Luz con algo así como el 8 % y finalmente El Alto, con apenas un 4 %, más o menos. (11) En total 94.3 litros por segundo, que cada 24 horas significaban poco más de 8 millones de litros de agua para unas 93,521 personas que habitaban las cuatro mil casas registradas de la ciudad. (12)

Con esa fuerte inversión el Ayuntamiento no esperaba menos que “agua pura y abundante subiendo espontáneamente a los pisos más elevados, alejamiento y supresión de todas las causas de insalubridad, que se resumen en inmundicias en estado líquido, sólido y gaseoso; para lo que se necesita un drenaje perfecto, pavimentación impermeable y fácil de limpiar, un buen sistema de regado y barrido, hornos de cremación y estufas de desinfección’’, por lo que aprueba el gasto hasta de cinco millones de pesos para esas mejoras. (13)
Las obras se inician y pronto dan sus primeros frutos: el 28 de noviembre de 1907 se entregan los primeros cinco tramos de drenaje. Los puentes de Ovando, San Roque y Del Toro fueron dotados de atarjeas de 80 centímetros de diámetro. Serían tres años más de hoyos y continuos movimientos de tierra y tubos, pero ¿qué eran tres años frente a los tres siglos que llevábamos inundados en basura, lodo y excrementos?

La promesa coincidía con el festejo del primer centenario de la Independencia de México, en 1910, cuando la ciudad de Puebla por fin contara con hasta cinco fuentes de abastecimiento ordenado e higiénico de agua para consumo doméstico e industrial: se entubarían nueve pozos en la Cieneguilla y los manantiales de La Trinidad, de San Antonio, de Rementería y San Francisco. (14)

“El proceso de urbanización como lo vemos hoy sucede en esta fase. Como ahora, entonces el ayuntamiento no tenía recursos, se endeudó con recursos en donde pudo, pues no había bancos destinados para la obra pública. Los que había eran más para apoyar a la agricultura y otras cosas. Los bancos que apoyan la inversión inmobiliaria tardarían muchos años más. Entonces este fenómeno que relaciona lo social con lo urbanístico es importante, porque hay pensamientos que se ven reflejados en proyectos que benefician a ciudadanos, como las obras del agua y el alcantarillado”. (Carlos Montero Pantoja)

Bibliografía:
9) José M. de la Fuente, Efemérides Sanitarias, Talleres de imprenta y encuadernación de “El escritorio”, calle Zaragoza 8, Puebla, 1910,  p. 160
10) Ibid, p. 168
11) Ibid, p. 157
12) Censos de población y vivienda, INEGI, citados en Puebla, urbanización y políticas urbanas, de Patrice Melé, BUAP, UAM Azcapotzalco, 1994
13) José M. de la Fuente, Efemérides Sanitarias, Talleres de imprenta y encuadernación de “El escritorio”, calle Zaragoza 8, Puebla, 1910. p. 163
14) Ibid, p. 187

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