domingo, 10 de marzo de 2013

Bailar en El Carolino



Podía uno dudar de si realmente Magno bailara. Era un hombre tan serio, seco podría decirse; inexpresivo, en todo caso. Él fue uno de los miles de jóvenes poblanos que bailaron en aquellas décadas felices de los años cincuenta y sesenta. No había internet, menos había Facebook, entonces lo que había eran bailes. No importaba quién fueras, podías ser maestro, ferrocarrilero, empleado de correos o telégrafos. Los viernes salías de tu trabajo y llegabas directamente a la regadera, te bañabas a conciencia y lo que resultaba de aquella faena no era un hombre común y corriente, era un dandie, un figurín impecable que no toleraba ni una arruguita en su elegante traje casimir. Como cometas dejaban un halo detrás suyo de un aroma envolvente y dulzón; el cabello corto de copete generoso con abundante brillantina; mancuernillas doradas en los puños de la camisa que hacían juego con el pisa-corbata en el centro del pecho. Y los zapatos cabalmente negros de brillante charol. No imaginaba a Magno al iniciar este relato pero ahora sí. Lo veo de cuerpo entero, con su piel morena arabesca y las negras ojeras enmarcando sus ojos. Ojalá entonces fuera más expresivo, guapo quizás. A sus setenta y cuatro años ya no le noto nada de eso. Como sea, esto fue lo que me platicó.

“Cuando ya estábamos en edad de ir a bailes y eso, íbamos al Casino, por el Carmen. Y el Pasapoga, que era un bar como para parejas. Iba uno en forma cordial, a tomar algo, estudiantes o personas mayores. También me tocaron los bailes del Carolino.

“Esos bailes los organizaba la Federación de la Juventud Poblana, podían ser de Leyes, podían ser de Medicina, según ganara la federación de una escuela o la otra. Y hacían su negocio los muchachos, porque era un baile de blanco y negro, que era el baile de la federación.

“Los bailes eran para universitarios y todo tipo de gente y usaban los tres patios del Carolino con varias orquestas: Arcaraz, Beltrán Ruiz, Gonzalo Curiel, Pérez Prado, Agustín Lara; venían al menos tres orquestas, una para cada patio del Carolino. El segundo patio ya tenía prados, pero lo adaptaban para que se pudiera bailar.

“Eran bailes populares pero muy elegantes, teníamos que llevar traje negro o smoking. El piso que recuerdo estaba muy bien, se podía bailar bien, o en los pasillos, como son anchos, también bailábamos ahí.

Con los bailes se hacían de recursos para la federación, y una parte iba para la escuela, ya fuera leyes o medicina. Aunque, como siempre, hubo algunos vivales que salieron ricos de ahí.”

Magno murió una semana después, ya hace cuatro años.

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