viernes, 18 de noviembre de 2016

Los años noventa en Puebla

La década de los años noventa es un periodo paradójico con abundantes tristezas y esporádicas glorias. Es la década de Mijail Gorvachev, que anduvo del tingo al tango por el mundo maniobrando una transición que todos de algún modo sospechábamos pero no esperábamos tan pronto. La Unión Soviética se precipitó al vacío y en unos cuantos años la temible y poderosa URSS, que gobernó con mano de hierro el PCUS desde los años 20, quedó exhibida al mundo como un imperio degradado y confuso, con una crisis social y económica espantosa. Gorvachev renuncia como secretario del PCUS en agosto de 1991 y de inmediato toda Europa del Este bulle como un caldero hirviente y explosivo. El más lamentable y largo de los conflictos ocurrió en la antigua Yugoslavia, ya sin Tito, donde viejas rencillas religiosas y nacionalistas desatan una guerra sórdida en Bosnia Herzegovina.

No fue, por desgracia, la única tragedia de esas dimensiones que presenciamos en los años noventa. Otro conflicto ocurrió en Ruanda entre hutus y tutsis con un saldo de un millón de muertos. Los Estados Unidos atacan por primera vez Irak con Tormenta del Desierto y los israelitas hicieron lo propio con el Líbano en un ataque que llamaron Las Uvas de la Ira (¡que los oyera Steinbeck!); en Oriente despierta el gigante dormido, China prosigue con su renovación y por lo pronto se estrena en esta década con cinco ensayos nucleares, seguidos por otros tantos de Paquistán. Las vacas locas son noticia mundial y el sida se posiciona en el mundo y ataca a los países más desprotegidos, como los africanos. Ante tanta calamidad, una buena noticia: el 26 de abril de 1994 las primeras elecciones multirraciales en Sudáfrica ponen fin al apartheid y, un mes después, Nelson Mandela jura como presidente.

A nuestro país no le fue mejor que al mundo en esta década de información global; el Internet se vuelve algo más que una promesa y CNN uniforma las perspectivas pero nos entera a detalle con imágenes múltiples que interpretamos a nuestro real saber y entender; pero la información la recibimos a raudales, el periodismo televisivo desata viejas ataduras del autoritarismo priísta y nos somete a una nueva revelación de nosotros mismos, basta con recordar la imagen del asesinato de Luis Donaldo Colosio que vimos en repetición hipnótica centenares de veces. Guadalajara estalla por el derrame de combustible en las alcantarillas en abril de 1992; el obispo de Guadalajara, Juan Jesús Posadas Ocampo, es ametrallado en el aeropuerto al año siguiente; en marzo del 94 matan a Colosio, en septiembre al dirigente del PRI, José Francisco Ruiz Massieu; todos vimos el video de la matanza de campesinos de Aguas Blancas, Guerrero, en junio del 95, y nos paralizamos con la tragedia de los refugiados chiapanecos en Chenalhó el 22 de diciembre de 1997. Imágenes, todas, del grave deterioro de un sistema que reclamaba renovación.

Se crea en 1990 la Comisión Nacional de Derechos Humanos y ese mismo año el Código federal de instituciones y procedimientos electorales (COFIPE), con innovaciones en materia electoral, que en junio del 96 se reformará para fortalecer aún más el régimen de partidos, pero para entonces ya estábamos embarcados en una terrible crisis económica que marcó los derroteros de la década. En Chiapas unos alzados llamados zapatistas le aguaron la fiesta a Salinas de Gortari en 1994, a unas horas de estrenar el Tratado de Libre Comercio que nos transportaría al primer mundo, para decirle al país que había aún muchas cosas pendientes para cantar victoria, que los pueblos originarios reclamaban su inclusión en el desarrollo de México, en las leyes y en el imaginario colectivo que les ha regateado su existencia durante dos siglos. En 1993 se reforma la constitución para dar cabida a los pueblos indígenas como sujetos con responsabilidad social y legal.

Ernesto Zedillo recibió un gobierno financieramente comprometido. Ocurre el desastre conocido como “el error de diciembre” que nos daría en los siguientes años una de las peores crisis económicas que los adultos de hoy tengamos memoria. El colapso fue doloroso y prolongado, hasta que en junio de 1998 viene la debacle del sistema bancario. El gobierno de Zedillo se ve obligado a impedir el colapso completo de la economía e instituye un rescate bancario llamado Fondo bancario de protección al ahorro, el famoso Fobaproa, a un costo de más de 550 mil millones de pesos.

“Voy a hacer una exclamación propia de mi generación: ¡Dios santo! –recordó Edgar Larriñaga de esa década en su vida-. Yo creo que era una generación perdida. Había un deseo, creo, de ser parte del jet set ¿no? Es una generación que compró la idea del primer mundo, de la Avenida Reforma. México se remitía a la Avenida Reforma de la ciudad de México, de la Casa de Bolsa, de la embajada norteamericana, de los grandes corporativos, como parte de una fantasía. De repente estábamos viviendo en Zurich. Llegó la moda. De alguna manera los 80 fueron una década frívola, pero nos tocó vivirla niños, los noventa sí nos tocó. Quiero comprar estos pantalones porque son los que están en boga. Y el hecho de que Plaza Dorada no fuera ya el centro de reunión, sino más bien el centro de las familias que vivían alrededor. Se abre La Noria, se abre Angelópolis en la idea de los malls estadunidenses. Me parece que somos una generación perdida, que vivió la caída del muro de Berlín sin la conciencia propia de que lo que estaba sucediendo era algo histórico. Una generación sin una bandera de ideal. En los sesentas y setentas e incluso ochentas eras comunista o no, eras socialista o no, había bandos definidos, pero en los noventa te encuentras cientos de tribus urbanas apáticas y desinformadas. Te encuentras con punks, darks, protodarks; en los noventa salió este rollo como del hip hop del norte, los que andaban con paliacates, los eskatos, los cholos y los fresitas ¿no?, eran miles de tribus urbanas que querían ser únicas y especiales, y en esa búsqueda de ser únicas y especiales terminó siendo lo mismo que una marca. Creo que es la generación del marketing, te vendían algo y tú lo comprabas. Si querías ser alternativo entonces escuchabas a Nirvana, porque se había suicidado el vocalista. Yo supongo que no nos poníamos a pensar que en calidad musical Nirvana no era el gran grupo; había otros del grunge más representativos, te quedabas con lo que era más espectacular y no con lo que era más profundo. Por ejemplo, de esta generación en Puebla, yo recuerdo que había un trovador, Fernando Delgadillo, que llegaba a Puebla y tenía llenos espectaculares con ritmos bastante malos, pero al final este icono de pelo largo, andrajoso, subido en un escenario con su guitarra, exponiendo lo que él pensaba, que tenía que ser más bien con los cafés y los hoyos fonkies, terminó siendo el gurú de una generación más bien fresa.  Es una generación enojada y decepcionada, pues fue una década, sobre todo en la segunda mitad, bastante triste y bastante terrible, pues ya no podíamos comprar la música y la moda que nos estaban vendiendo.”

En 1995, según el Conteo de INEGI, el municipio tenía 1 millón 225 mil habitantes. La ciudad de Puebla se caracteriza por su tendencia a la expansión del área urbana y a la suburbanización.  La ciudad se concentra aproximadamente el 35% de la población total del estado, el 60% de la inversión, el 55% de las industrias y el 50% del personal ocupado. Además se concentra el 80% de los servicios educativos y el 90% de los bancarios.  Esta concentración crea problemas como: crecimiento urbano desordenado, altos déficits de vivienda, infraestructura vial inconexa, desajustes en el uso del suelo, actividad industrial dispersa, especulaciones con el  suelo y dificultad para dotar de empleos a la población rural proveniente del interior del Estado.

“En 1991 tuvimos que cambiarnos al sur de la ciudad, a Mayorazgo –me comenta Humberto Baños-. La 11 Sur, a partir de Agua Azul, era entonces una callecita angosta y polvorienta; a los costados, como diez metros de tierra de cada lado, no había banquetas, era una carreterita, llena de camiones y autos. Espantoso. Teníamos unos meses apenas, creo, y empezaron las obras de la 11 Sur, desde el entonces Bulevar Atlixco, hoy Juan Pablo II, hasta el fondo, más allá del periférico. No me acuerdo cuántos meses duró la obra, o años, la cosa es que entrar o salir de Mayorazgo se convirtió en una odisea. Por si fuera poco, la Avenida Nacional, que era una callezota de tierra suelta, polvorienta y triste, también decidieron pavimentarla. Entonces estuvimos meses y meses medio aislados; nuestros amigos no querían visitarnos y a nosotros nos daba flojera salir. Fue un poco difícil, pero valió la pena. Esa obra detonó un crecimiento impresionante del sur de Puebla.”

Algo que advertían los ausentes al regresar es que ya no era la misma Puebla. Habían cambiado los sentidos de las calles y las calles mismas; las discotecas eran ahora antros, el poco campo que había en los alrededores estaba ahora atiborrado de casas, mientras que el centro histórico se veía más bonito y limpio pero había algo artificial en él que incomodaba al hijo pródigo.

“Regresé a Puebla a los 14 años –me cuenta Rayo Loeza-, encontré todo cambiado. Ya no había algodoneros, ya no había globeros con tanta naturalidad. Yo ya era una adolescente prendida, en realidad ya no buscaba globos, pero sí noté su ausencia; ahora los globos eran metálicos. De la ciudad vi que creció demasiado, había colonias nuevas que yo ni conocía. Por ejemplo, toda esta zona de La Noria ya existía. Cuando me fui era como un rancho, estaba todo deshabitado, porque vivíamos ahí en Reforma Agua Azul, que está junto a La Noria; cuando nos fuimos no había nada, era un rancho; en cambio, cuando regresé vi que ya era todo un fraccionamiento, un centro comercial, ya había calles. Entonces, pues sí me sorprendió ver que había crecido la ciudad. Había más gente, más carros, calles donde antes no había. Era todo como campo.”

Gobiernan el estado de Puebla Mariano Piña Olaya, 1987-93; Manuel Bartlett Díaz, 1993-99 y Melquiades Morales Flores, 1999-2005. En la presidencia municipal, figuran como alcaldes Guillermo Pacheco Pulido, 1987-1990; Marco A. Rojas Flores, 1990-1993; Rafael Cañedo Benítez            , 1993-1996; Gabriel Hinojosa Rivero del PAN, 1996-1999 y Mario Marín Torres, 1999-2001.

En 1993 se implementa el Programa de Desarrollo Regional Angelópolis con proyectos urbanos específicos que buscan la consolidación de la zona conurbada de la ciudad de Puebla, imaginando un poderoso polo industrial, comercial, cultural y turístico a través de “zonas industriales, zona habitacional y de servicios Atlixcáyotl/Solidaridad, una zona histórica, cultural, turística y de negocios”.

El Megaproyecto Angelópolis, en términos generales, consistía en la construcción del Periférico Ecológico, la reorganización del transporte colectivo con un sistema de troncales, introducción de agua a la ciudad, saneamiento de los ríos y la presa de Valsequillo y una intervención en el centro histórico. De acuerdo a Juan Francisco Salamanca Montes, el proyecto Angelópolis quedó inconcluso. Sólo se construyó una parte del periférico, una porción del acuaférico, el Centro de Convenciones en el centro histórico y ninguna obra para el saneamiento de las aguas.1

Otro importante plan fue el Proyecto del Paseo de San Francisco: un paseo peatonal a lo largo del río San Francisco, dos hoteles, un centro de convenciones, un centro cultural, un centro comercial y un lago en el extremo opuesto. De acuerdo con sus críticos supuso la destrucción de edificios, una severa modificación en el paisaje urbano; expulsó a 2,959 habitantes (muchos de ellos protegidos durante años por el sistema de renta congelada), y dejó sin empleo a 1,634 trabajadores.2

Al final de la década, el 15 de junio de 1999, a las 3 de la tarde con 42 minutos, se registró un sismo de 6.7 grados en la escala de Richter, considerado uno de los cien peores desastres naturales del siglo. Ciento setenta y cinco edificios de la ciudad de Puebla sufrieron daños de consideración, más de setenta de ellos eran iglesias; murieron once personas y 600 familias quedaron sin hogar.3

Una antigua superstición señalaba el fin del mundo para el último día de diciembre de esta década que clausuraba un siglo y un milenio. Los agoreros del Apocalipsis tuvieron un gran pretexto con aquel terremoto, pero nada ocurrió. Celebramos el final de ese año con fiestas luminosas en todos los rincones del orbe.

Un nuevo milenio empezaba al día siguiente, era como si nosotros hubiéramos alcanzado al destino.


Citas:
1) Salamanca Montes, Juan Francisco Fuente: Puebla: Una ciudad histórica ante un futuro incierto, en: http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-194-42.htm
2) Programa de desarrollo regional Angelópolis, Gobierno del Estado de Puebla, septiembre de 1993, p. 10.
3) La Jornada de Oriente, 19 de junio de 2009   


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