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El malestar del bienestar


En 2004 me dio varicela. Estaba a punto de cumplir 47 años. El virus inoculó primero a las niñas, y un día antes de viajar a la sierra norte de Puebla, una alta temperatura y un malestar general inundaron cada célula de mi cuerpo. Me inoculó a mí. A la semana mi cuerpo entero ostentaba cientos de granos que no me podía rascar bajo amenaza de quedar como López Dóriga. Estaba profundamente debilitado, lloré con un comercial de un brandy donde el hijo llevaba al padre una botella con motivo de su cumpleaños, o algo así. Lo que sigue es una trascripción de escritos hechos en el rigor de los 39 grados, en medio de la enfermedad, cuyo embate duró más o menos una semana, que fue cuando realicé también esos dibujos.


“Cuando entré por primera vez a un maizal me sorprendió la hostilidad de los surcos. Eran mucho más grandes y lodosos de lo que hubiera imaginado. Esa imagen vuelve una y otra vez, cuando miro la condición de mi cabeza.”


“Al tercer día la cabeza es el tema. Los sudores de la fiebre fluyen por los granos capilares. Era ahí donde crece el maíz, la enfermedad tiene matices místicos. Se me apareció Juan Diego, como dicen.”



“Cosas tan elementales como rascarse la nariz, un ojo, una oreja o simplemente tragar saliva se convierten en toda una maniobra.”


Insistía en una analogía con La Pasión de Cristo de Mel Gibson, estrenada ese año.

“El Cristo de Mel Gibson perfectamente representado por un virus. La espalda y el pecho masacrados, la cara una máscara de granos que no respetan ni los lagrimales, el interior de los párpados, ampliamente la mucosa nasal. Y la nariz, en su exterior, convertida en una tuna espinosa. Sobre la fosa nasal derecha una galaxia granulosa. El masacrado Cristo de Gibson, en toda su crudeza, representado por el cuerpo de un señor que resulta ser yo. Sin menoscabo de su sufrimiento, los latigazos de la varicela no respetaron tampoco el ano, el escroto, las axilas y todas las coyunturas.”


“El jueves era aún un exitoso moribundo, cuando el sufriente cree seriamente en ese trágico destino. El viernes, vigilado por la fría y pragmática ciencia, no soy más que un patético bufón desfigurado.”

“El malestar del bienestar. Luego de cuatro días, cuando el heroico cuerpo ha soportado los principales embates del virus, sobreviene el sueño, por fin, y la fiebre de efectos secundarios, el consentido hijo que todos tenemos en nuestro estuche corporal se cobra, casi hasta el desmayo, la carencia de sueño, de alimento, de estreñimiento, noqueándome las siguientes doce horas.”


“Desde niño no había vivido una fiebre alucinatoria. Mis monstruos actuales son los mismos, esas cosas pegajosas que veía en los calenturones que me dieron a mis ocho, once años. No era algo que entonces pudiera explicar, hoy tampoco puedo hacerlo, son monstruos que no puedo explicar.”


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