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Ángel en el camino

 


Este ángel está listo para volar. Quiere vivir en algún edificio del centro de la ciudad de Puebla, en algún nicho de alguna pared del siglo XVIII o XVIII que abundan en la arquitectura novohispana de esta ciudad antigua y arcaica, como la imagen misma del personaje alado. Irá volando ahí y se sentará a contemplar el paso del tiempo en esa cómoda posición que adquirió de origen.

Sus lentes oscuros lo caracterizan como un turista, como lo que es, el ángel turista que ha viajado desde el país de los dramitas como todos los ángeles que viajan en el tiempo para comunicar mensajes simples pero determinantes: “parirás a Dios”; Gabriel aparecerá como ejecutor del genocidio de Gomorra; Zoroastro, el primero en hablar con los ángeles, a quienes encontró comprensibles; la visita a María en Nazareth; el mensaje críptico ofrecido a Confucio en la India y la larga conversación que tuvo un ángel con Mahoma en la Meca; así como los tres ángeles que se presentaron ante Abraham y comieron con él en su tienda de Mambré; los poderosos ángeles judíos del libro de los Salmos, Pixiu, el león alado de los chinos o Quetzalcóatl de los mexicanos.

Han estado aquí y allá. En la Edad Media el filósofo escocés John Duns Scotus entendió que los ángeles eran individuos racionales, hechos de una materia más fina que los seres humanos; los ángeles imaginarios de Tomás de Aquino, los ángeles que soplaron al oído a Swedenborg o enseñaron la lengua angélica a John Dee, astrólogo de la reina Isabel I; hasta los ángeles que explicaron a fray Julián Garcés la manera en que se debía construir la ciudad de Puebla, pues se sabe que hasta soñó a los ángeles “echando cordeles”. Y, aunque ya era una región con ángeles náhoas, totonacas, ñahñu, a partir de entonces verdaderas colonias de ángeles invadieron los sagrados templos, los conventos y las capillas; tan solo en la catedral pude observar una decena de enjambres angélicos  apoderados de balcones y cornisas, confesionarios, columnas, bóvedas de los heterogéneos espacios religiosos y civiles de Puebla que hay aquí, ángeles que los distinguen entre sí por su forma, si tienen cuerpo, si tienen tronos, cetros, espadas, escudos, alas oceladas. Han viajado todo el tiempo y han venido a vivir aquí, en las creencias religiosas de la gente, no importa qué religión.

Como este ángel turista, que ahora busca un sitio para vivir, que sea fresco, seco y pacífico para poder preservar su frágil naturaleza de papel, pues como bien decía John Duns Scotus: “están hechos de una materia más fina que los seres humanos”. 

Camino a san Juan Tzicatlacoyan 

... encontré un ángel en el camino. Era un turista. Un ángel turista. Viajaba en el tiempo. Lo llevé a Tzicatlacoyan y lo puse en la cafetería que estaban organizando mis jóvenes alumnas en el kiosco de la plaza central, frente al templo, a una hora de camino al sur de la ciudad de Puebla, pasando la presa Manuel Ávila Camacho del enorme lago de Valsequillo, que acoge en su sinuosa costa una decena de pueblos antiguos y propiedades lacustres. El ángel es parte de una breve colección de objetos artísticos inacabados que les mostré a las jóvenes aprendices de acuerdo con la idea de Angie para enseñar a los pobladores, artesanas incluidas, pero sobre todo las hijas de ellas, porque no hubo ningún barón. Nos regresábamos volando a Puebla.

Ilustraciones del autor

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