Alexander von Humboldt Llegó a Puebla un alemán impulsado por la ciencia muy pronto pidió clemencia contraviniendo su afán. Al principio hubo sorpresas la ciudad no estaba mal, admiró su catedral y sus cuantiosas riquezas. Desde Analco al Portalillo, de San Matías a Santiago, mucha gente, un que otro briago y abundante monaguillo. Fue después por la Garita y admiró la Talavera, la forja en la ventanera y la cantera exquisita. Los dulces en El Parián ocuparon su atención: trompaditas de ocasión, condumbios y mazapán. “En locales y en banquetas nunca vi dulces mejores: punche de miel y alfajores, camotes y palanquetas”. Admiró el papel picado y en El Carmen los petates, canastos duros de otate, mármol y ónix bien labrado. Nunca pisó San Antonio pues las doncellas de fama iban contigo a la cama y te exigían matrimonio. En Los Remedios y El Alto la abundancia de manjares le hizo pensar que “estos lares, bien valen un buen asalto”. “Hay chalupas de colores mil buñuelos de ocasión un tentado...