domingo, 3 de febrero de 2013

La última peste



1ª de 2 partes. En 1910 Puebla se debatía entre una marcada desigualdad social y un deterioro físico-ambiental que era combatido denodadamente por juntas de caridad y los incipientes mecanismos de los gobiernos de la ciudad, que luchaban sin demasiado éxito contra las epidemias más variadas. La clase dominante, como siempre, mejor dotada para recibir el embate de las pestes, se quejaba de la inmundicia de los menesterosos, generalmente culpables de los brotes debido a la insalubridad de sus personas y sus viviendas, condición que finalmente cambiarían –con súbita violencia- las estrictas medidas sanitarias tomadas en el cabildo a partir de estas fechas. Concretamente, la implantación de un sistema de agua potable y alcantarillado que fue terminado, justamente, para las fiestas del primer Centenario de la Independencia.

A la distancia de cien años se percibe cierta desesperanza social de aquellos poblanos que carecían casi de todo. Sufriendo embates sucesivos de pestes que azotaron durante siglos la ciudad, a veces con trágica gravedad, en ocasiones suaves, pasajeras, pero siempre presentes, como presente estaba la terrible desigualdad social que condenaba a las familias pobres a la más indescriptible inmundicia. El olor era algo distintivo en algunos sitios de aquella ciudad, pero a principios del siglo XX –aunque nuestros ancestros no lo sabían-, la batalla contra la insalubridad se apuntaría sus primeras pequeñas victorias.

De acuerdo con los datos que nos legó don José de la Fuente en sus Efemérides sanitarias de la ciudad de Puebla, en 1837 se registra la última gran peste sobre la ciudad con centenares de muertos y una duración de trece años. Ante la ausencia de instrumentos político administrativos, eran Juntas de Caridad las encargadas de enfrentar prácticamente inermes el perenne brote de epidemias. Se constreñían a acopiar el mayor número de frazadas, petates gordos y demás objetos necesarios para atender a los infectados, que eran instalados en lazaretos improvisados en los cuarteles alejados del centro; para las defunciones se habilitaban morgues en algunas iglesias, como la de San Xavier, donde se hacía la recepción y disposición de los cadáveres. Un estado de emergencia latente, que disparaba esos efímeros procedimientos en cuanto aparecían más de tres enfermos de sarampión, tuberculosis pulmonar e intestinal, tifo, viruela, erisipela, disentería, difteria, escarlatina y cólera, que eran los azotes más frecuentes en nuestro entorno, ya entrado el siglo XX.

Los pobres murieron en racimos, familias enteras eran fulminadas por el tifo que desfondaba sus desnutridas humanidades. Pero en ocasiones, como aquella de 1837, la peste agarró parejo entre la población. Vecinos conocidos, como la familia del licenciado Pablo Sierra, en la calle de Mesones, a quien el tifo le arrebató a su señora esposa y a su niño pequeño, lo infectó a él mismo, a su hija y a una pobre familiar que llegó para ayudarlos en su convalecencia. “Y como es muy posible que el contagio se extienda a los demás habitantes de la ciudad, sería conveniente adaptar precauciones para evitar su propagación”, alertaban al Ayuntamiento. (1) 

Se hizo imperativo que la policía vigilara la limpieza de las vecindades para evitar mayor propagación, pero las enfermedades no menguaban. La Junta de Caridad observa que en el cuartel Tercero se encuentran “64 enfermos de viruelas y 29 de fiebres”, la mitad están fuera de peligro, pero los graves “se encuentran diseminados por todo el cuartel”. (2) 

En aquella última gran peste que se abatió sobre la ciudad de Puebla de 1837 a 1850, el gobierno del estado dispuso que “la tercera parte de la contribución civil”, se destinaría a los gastos de asistencia a los pobres “que fueron atacados de la epidemia del cólera morbo en los pueblos del departamento” (3)  

Desde 1850 no volvieron a reportarse cantidades masivas de muertos por epidemias, aunque nunca dejaron de morirse a causa de alguna de ellas, que permanecían latentes en la población, aparecían por los calores del verano, afloraban con los fríos del invierno y todos sabían que estaban ahí. En la inmundicia de vecindades con centenares de familias hacinadas sin ninguna clase de servicios, con los niños desnudos jugando en el inmundo lodo de aquellas calles señaladas por inconfundibles arroyitos de mierda humana y de los caballos que circulaban diariamente por la ciudad.

El siglo XX comienza con una buena disposición de las autoridades locales para arreglar algunos detalles de la salud. Las vacunas fueron aplicadas masivamente desde 1897 y se esperaban grandes resultados, pero con reservas, pues apenas un año antes había aflorado un “número alarmante” de infectados de tifo con decenas de víctimas. Sin embargo, una ola modernizadora despuntaba con el nuevo siglo en las principales ciudades de la República, que recibieron antes o después la influencia reformadora de la Ciudad de México. Puebla fue una de las primeras. Reglamentos y prohibiciones son dispuestos por el Ayuntamiento para paliar las epidemias. Era urgente modificar ciertas costumbres sociales y comerciales arraigadas desde los primeros años de la colonia entre los habitantes de la ciudad, aquellos cercanos ancestros que atendían puestos de mole de panza o barbacoa; panaderos, carniceros, artesanos de la madera, el vidrio o el metal, que frecuentemente obviaban las más elementales medidas contra la contaminación del agua, del aire, del ruido. Hubo que prohibir las carnicerías en las plazas públicas, obligar a la desinfección de instrumentos de médicos dentistas, la construcción de atarjeas; hubo que crear nuevos reglamentos de fondas y figones, de exigir mingitorios en los mercados, ordenar costumbres para los sepulcros, todo lo que las autoridades tuvieran que hacer para evitar las constantes epidemias que azotaron a la ciudad desde el siglo XVI, con periodicidad alarmante: “Se prohíbe cargar muertos en la espalda”, llegó a asentarse entre las disposiciones.
El 11 de enero de 1905 son analizadas muestras de agua de la caja repartidora, denominada Caja Blanca, en la que fueron encontrados Bacillus Celli típico, y muy virulento, que la hacían de muy mala calidad, pues contenían 32,375 bacterias por centímetro cúbico. (4) Y este fue el avance científico más importante para las autoridades del Ayuntamiento, el tener la certeza de que era el agua el vehículo natural de las enfermedades. Por esta razón, desde 1905 se buscó solucionar de una vez y para siempre el grave problema de la contaminación de las fuentes acuíferas, para las que se lanzaron sendas convocatorias que remediaran esa grave carencia de infraestructura de la capital estatal. El 20 de diciembre de 1904 se había concluido que todas las muestras de agua examinadas resultaron impropias para la alimentación, distinguiéndose como la más mala la número 3, procedente de un caño de mampostería que tenía una solución de continuidad descubierta y que pasaba cerca de algunas cloacas. (5)

Y no podía ser de otra manera, si en abril de 1905 se informa que en las calles del Marqués hay como cien accesorias que carecen de agua y de excusados, y como consecuencia natural de tal falta, las familias que las ocupan han convertido las calles, boca-calles anexas y orilla de la plazuela de San José en inmundos excusados. (6) 

Para el mes de octubre se expide una iniciativa para la lucha contra la tuberculosis “tan diseminada en la ciudad”, ya que los tuberculosos que con frecuencia cambian de domicilio infectan todas las casas que ocupan, “lo que hace que el mal cunda de una manera rápida y segura, a semejanza de un incendio”. (7) Se hace obligatorio a los médicos las denuncias de casas con enfermos peligrosos, para que sean puestos bajo vigilancia de la autoridad política. El 20 de noviembre de 1907 se desarrolla una epidemia de viruelas en las Fábricas del Mayorazgo, Amatlán y otras del rumbo. La autoridad exige evitar que por ningún motivo los enfermos penetren a la ciudad. Obliga a los propietarios a construir un lazareto en cada fábrica para la atención de los infectados y el compromiso de atender de principio a fin a sus obreros. 

Al año siguiente se determina un plan irrestricto de vacunación permanente con una Oficina Municipal de Vacunas, se elabora una ley sobre vacunación obligatoria y se manda imprimir su contenido para que fuera colocado en el Registro Civil, el Arzobispado, farmacias, escuelas, templos, mercados, fábricas, talleres y en los domicilios de los inspectores de cada sección municipal, obligando a los inspectores a llevar un registro con los datos básicos de los vacunados, de los enfermos y de los muertos. 

El inspector debía investigar, detectar y denunciar las casas en donde se hallara algún enfermo de tifoidea o cólera, y a través de Salubridad proceder al aislamiento y desinfección de sus viviendas, que en ocasiones pagaban, no sin protestas, los dueños de las vecindades. Por unos siete meses se decreta la desinfección gratuita de viviendas, pero en octubre de 1910 se suspende esa gratuidad, pues no se obtuvo un “resultado benéfico”, ya que muchos propietarios querían el beneficio y no eran gente “notoriamente pobre”. (8) 


Bibliografía:
1) José M. de la Fuente, Efemérides Sanitarias, Talleres de imprenta y encuadernación de “El escritorio”, calle Zaragoza 8, Puebla, 1910,  p. 87 
2) Ibid. p. 90
3) Ibid. p. 106
4) Ibid, p. 160
5) Ibid, p. 156
6) Ibid, p. 164
7) Ibid, p. 179
8) Ibid, p. 177

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