lunes, 14 de febrero de 2011

Los telegrafistas


Hoy es el día de los telegrafistas mexicanos, ahora casi extintos. Pero es el día de sus familias, de sus recuerdos y de la importancia que tuvo para México este sistema de telecomunicación cuyos principios seguimos utilizando hoy en día con el internet, el mismo estímulo eléctrico enviado al transmisor, la transmisión de datos, incluso los internautas del mundo conservamos la misma posición del telegrafista del pasado, sentado frente a su mesa, con la mano ocupada en la llave y el sonador, ahora Mouse. Una historia de 83 años y un largo periodo de decadencia, hasta que fue oficialmente clausurado en 1992, en postrero homenaje más bien fúnebre.

Los telegrafistas mexicanos son parte de una historia que inicia a mediados del siglo XIX, cuando se logró una ansiada comunicación eléctrica esperada desde que Volta había inventado la pila a principios de ese siglo; el telégrafo fue el cumplimiento de una promesa de la ciencia y las artes humanas. Y llegó para quedarse, para mutar, para evolucionar a formas inimaginables de comunicación. "Punto-Raya-Punto" dejó de expresar en 1933, según las necesidades del nuevo siglo, el mensaje deseado. Ahora era preciso manifestar en palabras propias nuestra situación, primero geográfica, luego emocional. El teléfono tomó la batuta de la comunicación humana, terminando la Era gloriosa de la telegrafía, de los telegrafistas y la virtual extinción de esos seres tan estrafalarios.

La historia comienza cuando don Juan de la Granja trajo a México los porimeros aparatos telegráficos que llegaron a modificar muchas de las costumbres mexicanas a mediados del siglo XIX. La comunicación que ofrecía el sistema de correos-diligencias, por moderna que fuera, resultó súbitamente anacrónica; sus noticias, cuando llegaban, tenían semanas de retraso. El instrumento de comunicación se introdujo rápidamente en los hábitos ciudadanos y hubo un momento del Porfiriato en que fue indispensable; por su intermedio se enviaban desde felicitaciones onomásticas hasta órdenes de fusilamientos, dinero o noticias periodísticas. Fue así como, hacia 1890, llegó a operar las veinticuatro horas del día en las principales ciudades del territorio nacional.

El periodismo porfiriano de este largo periodo de la historia independiente de México no es explicable sin el uso diario del telégrafo: tampoco el sistema meteorológico que permitió un significativo avance portuario, para no hablar de las relaciones familiares y comerciales que pudieron fincarse en el aviso rápido, oportuno, urgente. “Murió tu tío Pancho”.

El periodo revolucionario vino a ser la sumidad del telégrafo Morse en la historia. Grandes victorias obtenidas a través de sus líneas, pero también pugnas determinantes como el rompimiento de Villa y Carranza el 13 de Junio de 1914. Fernando Benítez llama al telégrafo en "El Rey Viejo" los oídos del tren militar; en realidad llegó a ser, entre 1850 y 1930, los oídos y el habla de toda una nación, tan necesitada de notoriedad en el ámbito internacional. Su uso, tan común, que se instalaron buzones en las esquinas donde se podían depositar los telegramas sin necesidad de acudir a la agencia.

Escenas revolucionarias de los altos mandos decidiendo el curso de la lucha no son imaginables sin la presencia de un telegrafista al lado de cada general. La gran hecatombe que significa toda guerra, puso a las instalaciones telegráficas a punto de desaparecer. En amplias zonas del país su infraestructura fue arrasada completamente. Zona estratégicas, como La Laguna y el Bajío fueron ejemplo de grave destrucción, obligando a la reinstalación de nuevo equipamiento, ahora de teleimpresores, una vez alcanzada la paz.

La sustitución del telégrafo por el teléfono y la teleimpresora después de la lucha armada fue suficientemente grande como para asestar un golpe de muerte al
Telégrafo Morse. La introducción de teletipos en el Distrito Federal y las principales capitales de los estados pusieron al telegrafista Morse de espaldas contra la pared. Se iniciaba también el predominio de la ingeniería profesional por sobre los conocimientos empíricos, tan socorridos durante le siglo XIX, desplazándoles aún más.

Arranca una larga decadencia que principia en drama. Cuando el 14 de febrero de 1933, un Estado constituido en la reciente Revolución corta de tajo, con innecesaria violencia, lo que pudo haber sido una mejor transición del signo al habla, del telégrafo Morse al teléfono, al teletipo, la radiodifusión, la televisión, el télex, fax, Internet.

Lo que ocurre con el telégrafo después de aquel movimiento de febrero de 1933 durante el Maximato del expresidente Elías Calles, se mezcla con otras historias. Lo indubitable fue la extinción laboral de ese peculiar gremio de profesionales que eran los telegrafistas Morse, que hablaban en un lenguaje inextricable: "Punto raya, raya punto. Punto raya, punto, raya raya", que expresan los mensajes del mundo a través de un sonido corto y uno largo; largo largo, corto largo. Y el día del telegrafista un buen pretexto para arrimarnos a esos seres incomprendidos que resultaron ser los telegrafistas, pues de personajes importantes en los pueblos, en la lucha revolucionaria, cayeron en el más grande olvido.

En la huelga del 14 de febrero de 1933, oprimidos y humillados, encadenaron sus fuerzas en un compacto gremio que apeló, incluso con la huelga nacional, una mala medida administrativa; enfrentaron con audacia la arbitraria decisión (de la ciencia) aplicada por la Secretaría de Comunicaciones, con represión militar y ceses masivos, desapareciendo dignamente.

Fue en esta efímera lucha que se autonombraron "La Raza de la Hebra", significativo nombre que habla del entusiasmo, la energía casi biológica con que se enfrentaron a su inevitable transformación. Hoy nos quedan sus recuerdos y nuestro gusto filial por homenajearlos.

Foto: mis padres telegrafistas festejando



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