sábado, 18 de junio de 2011

Una disculpita



Tal vez volviste a notar la ausencia de entradas en la última semana. La razón fue Oaxaca, un viaje por la mixteca profunda que me hizo comprender un montón de cosas que sabía de oídas, a través de los nebulosos medios o que simplemente no sabía, como la existencia de una etnia en la costa chica oaxaqueña, concretamente en Santa María Zacatepec, al poniente de Putla, llamada Tacuate. Los tacuates, que hablan la lengua tacuate y tiene una filiación claramente ñuu savi (mixteca) “pero no somos mixtecos”. Un pueblo originario sumamente orgulloso que las circunstancias prácticas de sobrevivencia acercan cada vez más a eso que no quieren ser, ñuu savi, pues a pesar de sus esfuerzos por singularizarse los niños terminan por estudiar la enseñanza bilingüe en el idioma mixteco, que cuenta ya con una academia de la lengua, congresos anuales, organización, libros de texto. De forma tal que el tacuate cada vez es más ñuu savi, sus reglas gramaticales se uniforman, se unifican, se convierten en eso.

Nuestra primera misión era el albergue escolar de Fortín Alto de San Miguel Chicahua el martes 14, pero ese día se festejaba un aniversario más de la resistencia de la Sección 22 y no hubo forma. Nos quedamos en la hermosa Oaxaca engentados con sesenta mil maestros que atiborraron el zócalo bajo un sol inclemente. Pensamos en aprovechar el día libre para turistear por los museos, pero oh sorpresa, ese día descansan. Nos tuvimos que conformar con el de Santo Domingo que es el único que trabaja ese día. Muy impresionante todo, desde el edificio, pero lo que más me gustó fueron las urnas funerarias mixtecas, que tienen en respetable número.

Al día siguiente por fin pudimos comenzar a trabajar, pero hubo que hacer algunos ajustes. Llegamos por la “pista” a Nochistlán y luego emprendimos un largo trayecto por terracería. Una sierra de discreta vegetación que siguió la ruta de Unión Buena Vista, Apaola, El Jazmín Morelos, donde paramos a tomar un pulque fresco que insistieron en que tomáramos y cuyo fabricante se negó a recibir pago alguno. De ahí pasamos a Amatlán y por esa vía retornamos a Nochitlán. De ahí a Oaxaca tras diez horas de camino de tierra. Pero eso no era más que el calentamiento.

El 16 salimos muy temprano por la “pista” hacia Nochistlán, pero ahora emprendimos camino hacia la sierra verde y alta de la costa. En Yanhuitlán nos desviamos hacia Tlaxiaco a la altura de Teposcolula, fuimos a Yolomécatl y finalmente Tlaxiaco; de ahí partimos hacia Santiago Yosondúa, nuestro destino de trabajo.

A las tres de la tarde de ese día ya estábamos nuevamente de camino hacia Putla, un trayecto de altura entre enormes precipicios y verdes montañas. “En la zona triqui no tomen fotografías”, nos alertó el chofer. ¿Dónde está la zona triqui?, preguntamos. “Allá arriba”, respondió misterioso. La sombra de San Juan Copala me acompañó la eterna subida de la sierra. En algún momento, a 3,400 metros sobre el nivel del mar (mediciones cortesía del GPS de mi compañero fotógrafo), la niebla se hizo densa como si fuera un gélido baño sauna, y como una metáfora fiel de su apartamiento voluntario, los largos vestidos rojos de las triques comenzaron a aparecer en el camino como fantasmas de un infierno inacabado. Miradas huidizas y gestos agrios en sus bellos rostros, comercios cerrados, caminos encadenados. Laguna Guadalupe, San Isidro del Estado, Llano San Vicente. Estábamos a treinta kilómetros del famoso pueblo de San Juan Copala (mañana te hablaré de él), no había nada qué decir, nadie decía nada. Entre la niebla y los fantasmas, las curvas y el ambiente de la inminente noche, caminamos callados, en cierta forma tristes, como si hablar fuera suficiente para morir linchados.

Bajamos la montaña rusa en una carretera de mediano pelo, con algunos hoyos y derrumbes. En la bajada comenzó a llover. La llegada a Putla no podría haber sido más escabrosa. ¿Esta es la entrada principal? Esta es. No puede ser ¿no existe aquí un ayuntamiento? Pareciera que no. Pedazos de pavimento entre profundos hoyos, una ciudad con complejo de pueblo, sin orden ni arquitectura. Casas y edificios a medio acabar y oscuridad profunda hasta en el centro. “Un hotel”, pedían nuestras espaldas. No hay. Si quieren medio hotel, cuarto hotel. Un hospedaje de menos cuatro estrellas me recordó el hotel Oaxaca de mi pueblo, el más sombrío de los hoteles. Una enorme y amable cucaracha de las que Chava Flores llamba langostinos nos recibió en el cuarto. La invitamos amablemente a patadas a abandonar el cuarto.

Enmedio de la lluvia hablé a la casa para preguntar si todo estaba bien. Todo lo estaba, pero Teresa no creía que hubiera un lugar llamado Putla. Y yo, mojado, sabía que sí lo había, por increíble que pareciera.

Al día siguiente nuestro destino estaba más hacia la costa: Santa María Zacatepec. Bajamos con un sol costeño aderezado de palmeras y mangos. San Marcos Cogulito, Santa Rosa, Llano la Plaza, Mesones y, por fin, Santa María Zacatepec. Buen expediente, en lo laboral todo fue afortunado y emotivo. Sorprendente incluso, ahí estaban los tacuates.

Al mediodía nos regresamos a Oaxaca, llegamos a la diez de la noche, molidos, cargados de orquídeas (esta es otra historia que tengo que contarte), entusiastas por haber terminado. Hoy nos levantamos tarde, como a las nueve, el amable Marco Antonio de trajo a Puebla, yo sintiéndome Cleopatra. ¿Qué importa?, me preocupabas tú, te tuve una semana abandonado. Perdón, pues.






2 comentarios:

  1. buen relato y, ¿me podrias contar màs, sobre el Fortin Alto?

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  2. Y los putlecos que se jactan de ser citadinos y no tienen idea de lo que es una ciudad.

    Todo el recorrido que hiciste es bonito y ciertamente imponente; las grandes montañas y precipicios forman parte de la orografía Oaxaqueña.

    Disfruté mucho de tu relato y aunque no lo crean ¡si existe un lugar llamado Putla!, lo conozco.

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