Al día siguiente cumpliría doce años de edad, portaba el brazo derecho enyesado y estaba dispuesto hasta a bañarme con tal de tener un cumpleaños feliz. Era la tarde del lunes, la monja Sara nos avisó: ha muerto Adolfo López Mateos –el primer presidente mexicano de mi vida–, recemos un padre nuestro por él. “Pero ahora tenemos a Diezgordas”, me acuerdo que grité. No le debes decir así al presidente, me amonestó la monja, como sea debemos respetarlo, pues es el presidente. El “como sea” de la monja llevaba jiribilla, Diezgordas había masacrado a los estudiantes un año antes en Tlaltelolco. Qué extraño recuerdo, lo mantengo fresco como si lo hubiera grabado en una inexistente grabadora magnetofónica. Por supuesto tenía una vaguísima idea de quién era Adolfo López Mateos. Muchos años después lo fui entendiendo, pero lo primero que supe de él es que era un presidente muy popular y estimado por la gente (menos por los ferrocarrileros, los estudiantes, los maestros, muchos líderes obrer...