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Nocaut efectivo



Al día siguiente cumpliría doce años de edad, portaba el brazo derecho enyesado y estaba dispuesto hasta a bañarme con tal de tener un cumpleaños feliz. Era la tarde del lunes, la monja Sara nos avisó: ha muerto Adolfo López Mateos –el primer presidente mexicano de mi vida–, recemos un padre nuestro por él. “Pero ahora tenemos a Diezgordas”, me acuerdo que grité. No le debes decir así al presidente, me amonestó la monja, como sea debemos respetarlo, pues es el presidente. El “como sea” de la monja llevaba jiribilla, Diezgordas había masacrado a los estudiantes un año antes en Tlaltelolco.

Qué extraño recuerdo, lo mantengo fresco como si lo hubiera grabado en una inexistente grabadora magnetofónica. Por supuesto tenía una vaguísima idea de quién era Adolfo López Mateos. Muchos años después lo fui entendiendo, pero lo primero que supe de él es que era un presidente muy popular y estimado por la gente (menos por los ferrocarrileros, los estudiantes, los maestros, muchos líderes obreros y numerosas familias como la Jaramillo, supe después), presunción que se esgrimía debido a la afición del presidente por asistir a las funciones de box en la arena Coliseo. “Nos acompaña, respetable público…” (me enteré posteriormente que el público de la arena tampoco era tan respetable), sin que lo agredieran ni le echaran miados desde la gayola; también que le encantaba manejar autos deportivos y que fue el primer mexicano que viajó a toda velocidad por la autopista México-Puebla y de regreso ¡sin pagar peaje! –después me enteré que los políticos nunca pagan nada, pero igual–.

El 26 de mayo de 1910 nace en Atizapan, Edomex, Adolfo López Mateos, que fue abogado, profesor y director de la escuela secundaria en la que estudió él mismo. A sus veinte años impresionó a José Vasconcelos cuando, en su campaña por la presidencia, el joven Adolfo se echó tremendos discursos revelándose como un astuto y convincente orador que de mucho le iba a servir en su carrera política, en la que ascendió escalones en el mejor estilo del oficio: senador, secretario de trabajo de Ruiz Cortines y presidente de México entre 1958 y 1964, cuando ganó las elecciones contra un popular panista chihuahuense, Luis H. Álvarez.

La presidencia de López Mateos estuvo marcada por sus viajes y la creación de
importantes instituciones que todavía hoy son símbolos de nuestro sistema político y cultural, como el Issste, el Museo de Antropología, el de Arte Moderno y el Hospital 20 de Noviembre, por mencionar cuatro importantes. Crea el sistema de libros de texto y hace dos unidades habitaciones imaginadas para seres humanos y no para gallinas, como las de hoy: Tlaltelolco y la Unidad Independencia; nacionaliza el sistema eléctrico que estaba en manos de empresas extranjeras y rompe relaciones diplomáticas con Guatemala.

Tiempos de autoritarismo a ultranza, la represión social también fue uno de los signos de su gobierno. Un dudó, como no lo hicieron ninguno de los presidentes de la época, en reprimir con extrema violencia las legítimas peticiones de los gremios, que habían crecido y se habían desarrollado y ya no cabían en la cuna revolucionaria confeccionada para ellos. Sacó a la policía y se dio gusto toleteando a los ferrocarrileros, a los maestros y a los estudiantes, a los que descabezó y encerró en la cárcel de Lecumberri con el garlito de la “disolución social” que usan los tiranos. El más lamentable de los crímenes de su gobierno fue el asesinato de toda una familia, la de Rubén Jaramillo, que no respetó edades ni sexos y se los echó a todos, dejando helada a la nación. “Yo no fui, fue Teté”, se usaba entonces como respuesta a cualquier solicitud de investigación y se cerraba el expediente.

López Mateos fue el presidente más enfermizo de cuantos hemos tenido en México. Sus dolores de cabeza fueron un quebradero de cabeza no sólo para él, sino para todo el país. Aparentes migrañas que lo dejaban fuera de combate en un cuarto especial junto a su despacho. No eran migrañas, se supo después, el presidente sufrió siete aneurismas que en 1967 le quitaron el habla y, un poco después, el cerebro todo, viviendo los dos años restantes en estado vegetativo, hasta el lunes 22 de septiembre de 1969, un día antes de mi cumpleaños número 12, cuando por fin murió.

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