viernes, 19 de febrero de 2021

Melomanía

 


Como nunca en mi larga vida en los últimos años me he vuelto aficionado a la música. Las posibilidades de un melómano hoy te permite disponer prácticamente de cualquier música o género musical que se te ocurra. Gratis. Casi todos los días, después de comer, me siento en mi sillón de la computadora y disfruto de un concierto musical al amparo de Youtube. Sería ridículo decirte qué escucho, innecesario, porque además eres libre de elegir lo qué vas a escuchar los siguientes minutos de tu vida y es tu asunto. Disfruto mucho los conciertos sinfónicos, las orquestas tocando al tenor de sus polifacéticos directores; oigo y veo mucho jazz y he visto casi todos los conciertos importantes de rock, blues y jazz. Y me arriesgo a las propuestas de YouTube y escucho sus sugerencias, esa selección que impone o propone, en donde me he llevado grandes sorpresas positivas. Este día, por ejemplo, descubrí al músico Erroll Garner, un notable pianista apenas acompañado de contrabajo y batería. Si no lo conoces, te va a sorprender como a mí.



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domingo, 7 de febrero de 2021

A diez años de Cien años


Se cumplen diez años de mi libro Cien años de recuerdos poblanos, publicado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en 2011 por la acción de mi querida comadre Flor Coca y presentado el 7 de febrero de ese año en la Librería Profética en el centro de la ciudad, donde me acompañaron Juan Carlos Canales y Aurelio Fernández con generosos discursos y en la primera fila Sergio Mastretta. La mesa estaba servida. Esa tarde habían defenestrado a Carmen Aristegui de su programa de radio por haber preguntado sobre la adicción al alcohol del presidente Calderón. También jugaba la selección mexicana y un falso profeta había pronosticado que no iría nadie a la presentación por el partido de futbol, pero el patio colonial de Profética se llenó y el ambiente fue de lo más agradable. Hasta borrachito teníamos. Como no había maestro de ceremonias, tomé la palabra y presenté a mis destacados amigos y le dimos un buen repaso a la materia de Cien años…

Los 900 ejemplares que me fueron entregados por la universidad tuve el gusto de moverlos personalmente y fueron vendidos tanto en librerías como en tianguis dominicales con tal éxito que para junio ya no me quedaba un solo ejemplar. Gracias por leerlo.

Mi hermano Antonio escribió en su blog El vuelo de la palabra a propósito de la publicación esta crítica que ahora reproduzco:


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“La historia, antaño dedicada a los grandes acontecimientos políticos y militares –así como a sus protagonistas–, y de un tiempo a esta parte, a los predios cultivados por las ciencias sociales, desde la economía hasta las mentalidades, se ocupa poco de los valores y costumbres de la población en general, ese variopinto elenco de mujeres y hombres que consumen productos y servicios, sufren epidemias y enfermedades, escuchan radio y van al cine, bailan, se enamoran, se casan, y notan el paso del tiempo en una miríada de signos visibles en la cotidianidad.

     Es probable, como escribe Polo, que muchos historiadores vean en la historia oral poco más que una herramienta de la historia con hache mayúscula, aunque por otra parte, no abundan los trabajos de historia oral de largo aliento, ni suelen organizarse con imaginación y pertinencia, como sucede con “Cien años de Recuerdos poblanos”.* Polo emplea el método de Luciano de Privitellio, que busca captar el movedizo empalme de las generaciones con el amor y la sexualidad, la pareja y la familia, la tradición y la modernidad, pues entiende que “la clave de la historia oral radica en encontrar sentido no solo a lo que la gente dice, sino también a lo que no dice”.

     La historia oral puede acometerse de distintas maneras. Polo ha escogido el enfoque coral. Si admitimos que las generaciones se integran en arcos temporales de quince años, “Cien años de Recuerdos poblanos” incorpora los testimonios de setenta y dos personas de al menos cinco generaciones; el entrevistado más viejo nació en 1900, y la más joven en 1990.

     Me gusta el término usado por Polo para designar los testimonios congregados: recuerdos–viñeta, aunque dudo que pueda distinguirse realmente entre dos clases de recuerdos: “unos, los infantiles y juveniles, desprovistos de imágenes y de lenguajes elaborados; otros, los recuerdos posteriores a la juventud, ataviados de intereses, palabras, ideologías e imágenes”. Creo que todo recuerdo adulto es producto de una elaboración en la que colmamos con recuerdos ajenos o con ficciones los huecos de la memoria.

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Cien años de Recuerdos poblanos comprende un siglo y toda clase de mudanzas. En ese periodo, Puebla pasa de los 40,000 habitantes al millón y medio, absorbe cinco de los municipios aledaños y llega a cubrir 300 kilómetros cuadrados, la industria textil se transmuta en electrodoméstica y automovilística, los barrios ceden el paso a las colonias, mudan los atuendos, las costumbres, el habla, el teléfono se generaliza… “Cien años de Recuerdos poblanos” me gusta por su apertura a la vida social molecular y por su atención a las palabras en desuso y los giros verbales enjundiosos. Me conmueven especialmente los recuerdos lejanos, donde se conjugan presencias y lenguajes: el tránsito de los festejos del centenario de la Independencia al estallido de la Revolución, el abuelo porfirista que sufrió una bala “pellejera”, las cuitas de los “revolucionados”, como don Luis González y González llamaba a las víctimas de los “pronunciados”, los nombres de las pulquerías: “La sangre manda”, “El pueblo feliz”, “Juega el gallo”, “Voy con fuerza”.

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Cien años de Recuerdos poblanos es un libro necesario e inspirador. Si yo fuera poblano adoptivo, como mi querido hermano, impulsaría, a partir de las múltiples sugerencias de este libro, un museo de historia de la cotidianidad de Puebla en el que se congregarían testimonios grabados, objetos, fotos y videos. Como sea, “Cien años de Recuerdos poblanos” es un libro que nos permite contemplar, oler, saborear y actualizar el pasado; será una fuente indispensable para la historia de Puebla, y tal vez, la semilla de un archivo de la historia oral del estado. Ojalá.”


Hasta aquí Antonio, muchas gracias. Tuve el privilegio de contar con otras críticas de amigos entusiastas, además de mis hermanos Antonio y Jaime, quisiera recordar la extensa pieza de Juan Carlos Canales y otras menos largas de Sergio Mastretta, Mario Villar Borja y Agenor González Valencia; también recordar la amabilidad de José Luis Escalera al facilitarme el uso de Profética para su presentación y de Paula Carrizosa por publicar la noticia en La Jornada de Oriente, así como de mi querido Abraham Paredes que tomó la foto del autor vociferante en medio de su pieza oratoria. Un agradecimiento especial a las decenas de poblanos de nacencia o de querencia que participaron en esta aventura editorial, a Malú, Luz y Teresa que me acompañaron en ella y especialmente a los poblanos y foráneos que leyeron esta aventura singular que es Cien años de recuerdos poblanos, pues es la historia de un siglo de la ciudad de Puebla contada por los propios habitantes.

Si tienes interés en este libro, puedes solicitar gratuitamente tu ejemplar digital en formato de PDF de Cien años de recuerdos poblanos en los comentarios de este blog poniendo tu email a donde lo debo enviar y lo recibirás a vuelta de correo. Gracias por tu interés.


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sábado, 9 de enero de 2021

Los ruidos en la producción

 

Da clic a la imagen y escucha pódcast

OPERADOR:                           

OLAS MARINAS ROMPIENDO EN LA PLAYA. UNOS PELÍCANOS Y OTRAS AVES DEL MAR VUELAN COMPETITIVAS. UNA PAUSA DE SILENCIO CHAPALEANTE, DE TENSIÓN PREMONITORIA; UN LEJANO Y PODEROSO

RUIDO: SON OLAS ROMPIENDO EN UNA PLAYA IMAGINARIA EN MEDIO DEL MAR; UN MAREMOTO SE ACERCA AMENAZANTE; HASTA LLEGAR

A TIERRA ARRASANDO TODO A SU PASO. TREINTA SEGUNDOS ETERNOS DE DESASTRE ACUÁTICO. CORTE. LEJANAS CAMPANAS DE UNA IGLESIA, PÁJAROS TÍMIDOS VOLANDO SOBRE EL MAR; UNOS NIÑOS JUEGAN EN UN PRADO; ES DE MAÑANA EN UN PUEBLO APACIBLE DE LA COSTA.

Los efectos especiales narran de la misma forma que lo hacen las palabras y en alguna medida la música, que es más lírica e interior. La esencia exterior, inhumana de los efectos y los ambientes (un conjunto de efectos), es lo que permite al productor de radio experimentar con un lenguaje alterno que no usa vocablos.  

A través de los ruidos y los efectos especiales es posible narrar historias. Los ruidos no pertenecen solo a la narración, el escucha crea sus propias historias con los ruidos que va escuchando; muchos de mis efectos especiales se mezclan con tus vivencias, tus experiencias y pasiones de tu mundo particular. Efectos como el mar, que tiene miles de referencias en un auditorio radiofónico, cada uno de los escuchas tiene su mar particular y el sonido marino evoca automáticamente ciertos elementos de la memoria, no hay necesidad de pedir permiso a la razón. Nunca pensarás “este es un locutor con un mar grabado de fondo”; no, tú debes pensar: “es una persona en el mar, me habla desde el mar”. 

¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios,

piel de pantera, clámide horadada

por los mil y mil ídolos solares.*

La pregunta es si tengo todas esas necesidades en mis efectos especiales, si están preparados en número y en variedad necesarios. El productor debe saber en dónde tiene esos efectos, en qué archivo en qué carpeta. 

Pódcast para la revista Elementos de la BUAP

Entonces, en el repertorio de un productor de sonido, de pódcast auditivos debe haber, ordenados en carpetas, sonidos fundamentales de ese universo que busca retratar; como el agua, el aire, el fuego; debe tener sonidos humanos, máquinas mecánicas y eléctricas; ruidos específicos como aviones y cohetes; bólidos celestes y toda clase de animales que logre recopilar. Yo llegué a los 56, pero entre ellos también se reproducen, se mezclan y se convierten en otro animal; en otra guerra, en otra industria; en el rugido de un tsunami. Hasta que un día comienzas a trabajar ambientes específicos que serán el modesto aporte de tu producción: Ambientes de pueblos decimonónicos y más antiguos donde no existen coches de motor; carretas, parroquianos y pasos cansinos de las mulas sobre el empedrado colonial de una calle de Puebla en el siglo XVII. Ambiente de un pasillo de una universidad, los jóvenes conversan; ambiente de una cantina tradicional de la ciudad de México, voces roncas, meseros y vasos. Etcétera. El productor debe estar preparado con esas herramientas aun antes de escribir el guion, pues cuando lo escriba, esa preparación se verá reflejada en las cualidades de su narrativa.

 

* de El cementerio marino, Paul Valéry



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lunes, 28 de diciembre de 2020

Armando Manzanero en Puebla

 

Nos despertamos este 28 de diciembre con la noticia de la muerte de Armando Manzanero, que el 7 de diciembre pasado había cumplido 85 años de edad y hace unos días convalecía –consciente, aunque intubado– del COVID; los pronósticos eran alentadores y se anunciaba que en unos días sería despojado de la máquina respiradora; eso último se cumplió. El 15 de julio de 1993 vino a Puebla presentar su espectáculo y tuve la oportunidad de entrevistarlo.

 


Cuando Armando Manzanero llegó al Teatro de
la Ciudad, ubicado en Los Fuertes de la histórica Puebla, aprovechando que lo acompañaba el músico poblano Helio Huesca –que para mi fortuna me reconoció–, lo seguimos teatro adentro con una endeble promesa de hacerle una entrevista. Gritó jocosamente a sus músicos, que ya estaban ensayando. Manzanero subió al escenario y bailó algunos compases. Luego se acercó al piano y Huesca aprovechó para contarme que estaba siendo testigo del estreno de un piano virgen, intocado. “En este momento, por primera vez, se está tocando ese piano –me dijo–, es nuevecito.”  

Manzanero tocó y cantó Cuando estoy contigo acompañado por su orquesta de diez elementos; cantó a continuación El día que me quieras, como un clímax de su largo viaje por Argentina, de donde venía llegando.

Lo acompañaba su esposa, guapa, de mediana edad que no soltó la mano del maestro en todos sus recorridos por el teatro. Pasamos a una oficina y Manzanero accedió a atenderme. “Dígame”, me dijo dispuesto a platicar. Fui presentado como periodista de radio por Helio y Manzanero me tendió la mano.

Me encontré con ese Manzanero de las fotografías, efectivamente pequeño, de semblante soñador y amable como un jarrito yucateco. Un hombre que conocía bien, desde la niñez, al que he visto en innumerables fotografías y películas y televisión. El Armando de todos.

En ese entonces el acceso a la información era otra cosa, no había Internet, se investigaba en revistas y folletos de dudosa calidad.  Solo sabía generalidades de su vida. Decidí enfocar mis preguntas hacia el músico, hacer preguntas musicales. La relación de su música con el bolero mexicano, leit motiv de mi programa Bolerísimo que pasaba de lunes a viernes a las dos de la tarde. Una hora diaria de bolero. Y entre Gonzalo Curiel y Luis Arcaraz siempre cabía un Mía o Salud y Esta tarde vi llover de Armando Manzanero, que cantamos innumerables veces en nuestras tardes de adolescencia, regaderazos y bomberazos en toda clase de reuniones, de kermeses en el salón de actos y la capilla parroquial.  Un Joselito taciturno.

 Esta tarde vi llover

Vi gente correr

Y no estabas tú

Manzanero era un hombre de 1.55 de unos 55 kilos de peso y 68 años de edad que realmente no se le notaban, salvo en unos ojos muy tristes (¿cómo de santo?) circundados por enormes y arrugados párpados. Su rostro sin embargo iba adornado con una media sonrisa que desde el cansancio de tantos viajes hacía todo lo posible por ser cortés.

“Qué tan famoso es”, le pregunté.

Su primera respuesta fue más bien áspera y se defendió con discreta cautela de la posibilidad de ser un verdadero maestro, categoría que por entonces protestaba. Desde 1952 ocupó un lugar en el Primer festival de la canción en Miami; en los 70 fue nominado al Grammy y entre sus intérpretes figuran cantantes de la talla de Frak Sinatra, Tonny Benett. Eydie Gormé, Perry Como, Eugenia León, Luis Miguel y muchos más.

A la pregunta expresa sobre la década de su nacimiento, respondió.

Sí, indudablemente que sí, pero más que la década de mi nacimiento, en realidad, la época que me hubiera tocado vivir sería antes de la Revolución, después de la Revolución. Si hubiera nacido siempre como nací, en Mérida, de todos modos hubiera tenido yo la influencia de mi país…, perdón, de mi tierra. Poco me enteré yo de las canciones revolucionarias, poco me enteré de la canción épica. En realidad cuando yo empiezo a tomar conciencia de la música, conozco la música que hasta la actualidad todavía sigue vigente, en estados tan importantes musicalmente como es Yucatán.

Le pregunto si su música puede ser considerada como bolero.

En realidad yo lo que tengo es una gran influencia de todo ese tipo de música. Lo que sucede es que yo soy una persona que, por el trabajo que tengo, por la forma en como viajo por todo el mundo con  Lucho Gatica, con Luis Demetrio, con Angélica María, pues escucho otro tipo de canción que, sin perder el espíritu romántico, su configuración y su estructura es diferente. Hablamos por ejemplo de Cuando estoy contigo. Cuando estoy contigo viene siendo una canción que, si uno la escucha, pues, incongruentemente, termina con el puente, a lo que todo el mundo llama fade out; o sea, yéndose para afuera. Entonces yo rompo esa estructura de que la canción mía tenga que ser un bolero: ocho de tema, ocho repetición, ocho de puente y ocho de final ¿verdad?, sino que yo me dedico a componer bajo otras formas. Hablemos de No, por ejemplo, que es otra canción que marca una época mía. Y hablemos de Adoro, en donde ya la medida no pertenece al bolero. El bolero está escrito a cuatro cuartos, y Adoro está escrito a doce octavos, entonces yo vengo siendo prácticamente esa persona que evoluciona dentro de la canción romántica, en otras formas.

Sin embargo usted fue alumno de Rafael de Paz, de José Sabre Marroquín; se sabe que tiene influencias de Mario Ruiz Armengol, de Chucho Zarzoza, grandes boleristas todos ellos. Usted ha recibido en dos ocasiones el Premio Agustín Lara ¿por qué se le relaciona insistentemente con el bolero y por qué su música tiene tan buena armonía con el bolero tradicional, al grado de que se pueden oírse juntos en un programa especializado al bolero?

(En aquellos momentos el disco Romances de Luis Miguel era un éxito internacional, ahí se incluían canciones de Manzanero. Pero lo que quería saber es si creía en un renacimiento del bolero, una nueva era bolerística en México.)

Es necesaria, hace falta. Nos hacen falta compositores que compongan sobre ese tema, porque está demostrado que si una canción tiene calidad y tenemos un exponente de una generación como Luis Miguel en este caso, como Manuel Mijares en otro, como Yuri en voz de mujer. ¡Cómo Eugenia León! Pues si tenemos buenas canciones van a tener éxito, definitivamente.

Es decir que seguir cantando a Agustín Lara, a María Grever, a los viejos compositores del bolero resulta un poco anacrónico.

Pues mire, si lo vemos desde un punto de vista de tiempo sí, pero si vemos que en realidad son canciones que parece que se escribieron ayer o mañana, entonces nos damos cuenta que en realidad son canciones que va a ser imposible de poder soltar, debido a que, como le decía yo anteriormente, por su calidad, por su sentido. Vamos a decir… no hablemos tanto de Agustín Lara, pero sí hablemos de Maria Grever, hablemos de Luis Demetrio, hablemos de César Portillo de la Luz. Estos escribieron adelantados, escribieron para un tiempo futuro que es el que realmente estamos viviendo ahora.

Pregunté a continuación sobre las posibilidades jazzísticas en el bolero.

Mire, el problema que tiene el jazz es, a mi manera de pensar, por supuesto, es que tal parece que es una música intelectual. Todo mundo se quiere prender a tocar jazz, porque en el momento que toca algo de jazz se está situando quizá en un plano superior, o más elitista que al que le pertenece.

¿Cuál es su opinión sobre experimentos jazzísticos que entonces Margie Bermejo hace con canciones como Sabor a mí, de Álvaro Carrillo?

El problema de que hay una gama de cantantes que son excelentes, gente que expone este tipo de música, este tipo de canción, incluso se preocupan mucho por no cantar lo que está de moda, lo que se está escuchando, siempre quieren tener su propio repertorio. El único problema que hay es que pertenecen a un núcleo de oyentes, a un núcleo de auditorio que no es el que compra muchos discos, que no es el que abarrota los lugares, y es ahí donde su enseñanza y su exposición no llega a las masas, no llega a donde necesitamos a veces llegar. Eso no quiere decir ni que le reste calidad ni que le reste exposición, sino todo lo contrario. Es gente muy buena. Pero como que, si para nosotros es difícil cantar un bolero, se nos hace dificultoso, aunque caigamos en redundancia, si nos metemos a la materia del jazz, lo hacemos todavía más elitista, más reducido.

Le pregunté su opinión sobre la música de calidad y la popular. Me referí a la música afroantillana que estaba teniendo en Puebla una primera probada en términos de jazz latino. Poncho Sánchez, Tito Puente estaban tocando jazz; el duende puertoyorkino incluso había grabado tres temas de Telonius Monk en su último disco. Paquito de Rivera, Ray Barreto ¡Es avanzar musicalmente aunque no sea popular!, expresé.

Indudablemente que sí. Además, como yo le dije anteriormente, hay gente que no ha tenido la suerte de penetrar, pero cuando hablamos de la gente que usted mencionó, pues indudablemente estamos hablando de palabras mayores, porque son mercados, ora sí que muy internacionales. Y le voy a decir una cosa: jamás nada que se pretenda, ni jamás nada que se experimente puede ser retrógrada, sino todo lo contrario. Indudablemente que es avanzar, y los resultados son muy bonitos en su gran mayoría de veces. 

Tiene tentación de escribir en otros géneros musicales. ¿Que le parecería una salsa manzanera?

Mire, en lo único que no he tenido tentación es en el pasodoble. No es el sentir mío. En los demás sí, porque inclusive yo soy una persona que ha escrito salsa. En mi show tengo dos o tres cosas puestas en Salsa; a la música tropical la amo mucho…

¿Entonces tiene música salsa?

Sí, yo tengo por ejemplo un éxito muy fuerte en todo el Caribe con Johnny Ventura que se llama Imagino; muy fuerte, sí. Bobby Capó también la cantó allá por 1957. Sí, exactamente, exactamente, sí señor.

Algo para el público.

Que les agradezco infinitamente que escuchen música romántica.

Muchas gracias, maestro.

 

Armando Manzanero era muy famoso desde que yo fui niño en los años sesenta, cuando todo lo relacionado al amor era una referencia a sus canciones: si éramos novios, si llovía en la tarde, si aprendíamos algo, si apagábamos la luz.

Este día Manzanero nos deja huérfanos de romanticismo a los 85 años. Salud maestro, que se conserven frescas nuestras emociones y no existan ilusiones que lleguemos a perder. Salud, querido…

sábado, 28 de noviembre de 2020

Producción de pódcast

 


Le platicaba a Emilio Salceda que el día de hoy produje el pódcast número cien de divulgación de las ciencias para la revista Elementos de la BUAP, que también lo felicitaba a él porque revisa todos los guiones y la mitad de las producciones están hechas con su voz; la otra mitad las hizo Citlalli, ambos científicos del Instituto de Fisiología. Esas producciones nos han permitido estrenar semanalmente un pódcast durante los dos años que lleva de vida el renovado sitio de internet de la revista poblana de divulgación de la ciencia Elementos, ciencia y cultura, dirigida por Enrique Soto Eguibar.

Pensando en voz alta, un proyecto de divulgación científica como el nuestro, que ha llegado a su pódcast cien, ha debido pasar por varias etapas evolutivas. Una vez que se cuenta con una cabina de radio, que fue nuestro caso gracias a las gestiones del propio Emilio y al financiamiento del antiguo Conacyt, lo que seguía era un plan intensivo de escritura de guiones para afrontar un problema clave de la comunicación y la divulgación: la coherencia temática, que es consistencia sostenida, no perder el hilo en la segunda sesión, insistir en un modelo creativo que crea un sello y trata de sostenerse en él; el primer reto del lenguaje radiofónico está en el qué decir y en el cómo hacerlo. 


¿Mamá…?

Silencio. Un largo silencio.

Este dramático ejemplo del uso de una sola palabra explica, de manera muy expresiva, la sonoridad de la palabra y el peso del silencio. Es el universo sonoro de nuestras vidas, demarcación en donde el oído debe ubicarse humildemente para experimentar con lo que oye, que es el sonido. Eso es el radio, según yo, la radiodifusión como oficio profesional y como cultura popular. 


Esto que hacemos publicando pódcast en nuestra página de internet ya no “irradia” en un radio de sesenta o cien kilómetros a la redonda, como ocurre con  las estaciones de radiofrecuencias urbanas y rurales; ahora nuestros productos viajan en el versátil lenguaje digital pero se acomodan de la misma forma en tu oído. El efecto es el mismo, llegue como llegue, el mensaje audiofónico cumple su cometido con su misión cultural y tu deleite.

El guion tiene como tarea única resolver la forma de contar algo, el famoso “mensaje” que se estudia en la teoría de la comunicación, que nunca debe ser un pretexto para decir algo, sino una oportunidad de hacerlo.

Con esos primeros cien guiones realizados comprendimos que el primer paso para un proyecto de comunicación auditivo es un guionista. Sin ese impulso, sin esa iniciativa no podría haber proyecto. Por eso con frecuencia son flor de un día o fracasan como proyectos radiofónicos, porque pronto descubren que, más allá de dos o tres programas ingeniosos, no se tiene más cosas que decir. Por fortuna algunos no fracasan, un porcentaje creciente experimenta la cultura del sonido con éxito y esa es la novedad.


Como guionista, el ánimo que me acomete cuando debo pensar en escribir guiones es como si me preparara para hacer todos los buñuelos navideños. Preparar mucha masa con harina, manteca, agua y una pizca de sal. Un conjunto de información que puede estar en un número grande de sitios, bibliotecas, casas y, cuando eres un viejo taimado como yo, en tus propios archivos y libreros. No importa dónde, lo importante es contar con ese acopio de información científica antes de comenzar tu proyecto. Nosotros en Elementos nos propusimos hacer divulgación científica, pódcast de divulgación; y también experiencias sociales y antropológicas de la cultura mexicana, que llamamos estelares, las infaltables cápsulas y –cuando fui consciente de la cantidad de ruidos zoológicos que había reunido– una zona para bebés y niños pequeños sobre las "voces" de los animales. Revisé distintas enciclopedias de la biblioteca del Instituto (en realidad de Enrique Soto) e hice un par de ejemplos piloto para motivar al equipo. Para cuando fue comprada nuestra cabina con financiamiento del Conacyt el plan de guiones iba bastante avanzado. Al menos en la idea de cómo hacerlos y de dónde.

El guion en un proyecto similar al nuestro debe ser escrito imaginando su realización, para producirlo de inmediato; y en número suficiente para poder establecer una rutina de producción al menos una vez a la semana; grabar a los locutores, elegir las músicas, editar; qué sonidos tenemos, qué podemos hacer con ellos; cómo debemos acumularlos, clasificarlos, denominarlos, prepararlos para su producción. ¿Qué es lo que quisiera enfatizar auditiva e informativamente en una serie de programas sobre las ciencias? ¿Cuáles son los ruidos entrañables del mundo, los ruidos de la vida?


Al desaparecido maestro Raúl Dorra,  respecto al sonido, lo ilusionaba mucho imaginar, por ejemplo, el sonido de la circulación de la sangre o de otros órganos del cuerpo humano. Y yo creo que nuestros pódcast buscan esa experiencia auditiva en sus sonidos, hemos experimentado con hipótesis sonoras para partículas atómicas que chocan dentro de un gran colisionador. O, traído a cuento, risillas y suspiros humanos sacados de las propias voces locutoras en sus muchas pautas elocutivas. Uf… Tan útiles en la representación humana.

Quisiéramos compartir esta experiencia con otras universidades, con otros grupos de producción auditiva, especialmente los científicos que tanta falta hacen a nuestro país; urge que la palabra ciencia se comprenda desde muy diversos matices y se repita y se expanda ampliamente en las redes y los versátiles medios de comunicación. Estaremos pendientes.

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martes, 15 de septiembre de 2020

La paradoja del lector

 


Cuando los españoles duermen, desde el pasado, leo las noticias de El País que ellos leerán en la mañana de su siguiente día español. Es un extraño privilegio. Son las siete y media de la tarde de un viernes, allá las 2 y media de la madrugada del sábado. Acaban de cargar el día los editores. Un paradójico privilegio eso de estar leyendo las noticias que ellos leerán dentro de seis o siete horas. ¿O qué es el ahora?

Leer el País es en ese momento es informarse desde el día anterior. Leer la actualidad desde el pasado, una deformación humana, una trampa complaciente, colonialismo intelectual. Como sea, fui la noticia falsa de ese día.


jueves, 6 de agosto de 2020

Mientras transmito

Se dice que cada vez se lee menos, discrepo; lo evidente es que, como nunca, existe la necesidad de leer y escribir para hacer funcionar las redes sociales y el internet. Cada institución, empresa o individuo tarde o temprano se enfrenta a la vital necesidad de expresar sus heterogéneos estados a través de plataformas de telecomunicaciones en donde todavía se necesita un ser humano.

En esta larga cuarentena es la primera vez que soy consciente de que la electricidad ha provocado en mí necesidades de una era de la que no sé ni su nombre, pero es nueva y nos obliga a comunicar, a transmitir, a escribir; decir, ver, escuchar, recortar las palabras y las imágenes, signos, ruidos y música que van formando una especie de huella individual o institucional que convertimos en mutuo entendimiento, lenguaje, hipervínculos, intelecto. No sé siquiera si estoy conforme, si eso me gusta.

La parte física de esta operación, dependiendo de la edad histórica, va desde pesados cables de fierro a la filigrana milimétrica de la fibra óptica, por donde viaja un estímulo eléctrico –la electricidad en sí–, transformada por nuestra civilización en signos que vamos interpretando con naturalidad y algo de socarronería; todo comenzó con una señal de puntos y rayas que un telegrafista transmitía al otro lado de un cable, era necesario otro telegrafista que lo interpretaba con una rústica clave. Transmitían sentados ante sus mesas de trabajo, operando la llave con la mano derecha, raya punto punto raya, raya raya, en realidad idénticos a los modernos internautas sentados con una mano sobre el mouse. En lugar de la clave telegráfica ahora enviamos signos, imágenes y sonidos a través de los mismos impulsos eléctricos que generamos con códigos, números y letras por medio de un teclado.

En estos meses de encierro comprendí que esa multimedia a la que accedo en internet se ha apoderado de casi toda mi atención la mayor parte del día; por primera vez en mi vida he permanecido conectado a la red de una u otra forma; al menos disponible: ora música, ora correo, ora chat, video, documental. Observo que la era digital me interpreta como individuo –me clasifica, me escribe, me desentraña, me expone–, me indica cosas que necesitaba ver o que alguien me hizo creer que me interesaba o veo por obligación profesional.

Así ha estado nuestra pequeña comunidad familiar de cuatro miembros comunicada a través del signo eléctrico, neo-morseano, binario, el bit, la telecomunicación, comunicando palabras, imágenes, grabaciones, videos, emoticones, likes, películas, series y cualquier cosa a la que podemos acceder desde nuestra democrática condición de usuarios del paquete estándar Telmex Infinitum.

Transmitimos también humores, reclamos, estímulos sensoriales, educación, cultura, risas, doble sentido, bromas de toda índole y más emoticones –ahora con la forma de mano, de carita sonriente, de animales, gente, pies; balones, figuritas humanas que corren, se sientan, caminan y asumen posiciones que nos envían mensajes; nos van marcando rutas, caminos que seguimos obedientemente (tal vez los deseamos) y no hace falta recordarlos porque, al poco, Google nos lo recuerda: “a ti te gusta esto”. Es verdad que me gusta, soy consciente de que fui bastante fácil de clasificar; así se me han ido definiendo también una multitud de nuevos gustos, de placeres, ahora que permanezco conectado todo el día esa comunicación resulta ser una parte esencial de mi vida, de mi trabajo, mis relaciones humanas; sin ella transcurrieron dos tercios de mi vida, un pasado para el que debemos remontarnos a una época que ya no existe ni existirá jamás. La de los seres pre-conectados, para bien y para mal.

Durante la cuarentena las habitantes de esta casa, en este sentido, estuvimos pegadas a nuestros aparatos todo el tiempo, cada quien con su respectivo cada cual, respondiendo mensajes, enviando señales, recibiendo correos, platicando por WhatsApp; sin horario específico de trabajo, disponible las 24 horas del día; en poco tiempo nos hemos convertido en humanos eléctricos, en seres enchufados, sin una pila bien cargada no llegamos ni a la esquina. Soy de la generación de los que hicieron un gran esfuerzo y aprendieron a los 45-50 años a moverse en Word –con eso me hubiera confirmado, sinceramente– y ya de ahí fuimos agregando otras aplicaciones a nuestras habilidades, tan útiles y sorprendentes para aquellos que hicimos la licenciatura con fichas bibliográficas de cartulina. Ahora edito sonido en Mixcraft 8 Pro Studio, un programa de edición;  aprendimos. Una vez tuve que escribir cien cápsulas sobre nutrición; conseguir la información me costó días, terminé en una pequeña biblioteca de la colonia Roma. Imagino que hacer esas mismas cápsulas hoy sería pan comido. En los años ochenta éramos tan pobres, tecnológicamente hablando, que escribíamos un borrador interminable, hacíamos copias intercalando hojas de papel cabrón entre el papel bond, escribíamos en ruidosas máquinas de escribir y entregábamos tareas y guiones impecables.

Cada investigación implicaba tiempo, viajes, consultas en periódicos de la hemeroteca nacional sobre noticias de la instalaciones de líneas telegráficas, hacia 1850, cuando llegó la electricidad que entonces producían con dínamos y concentraban en enormes baterías; crearon entonces al tatarabuelo del internet, pero básicamente lo mismo –comunicación eléctrica–, bautizado como telégrafo; una vez trabajé en el archivo histórico de Telégrafos Nacionales en la ciudad de México, iba dos o tres veces a la semana hasta la casona que lo albergaba a tres cuadras del zócalo de Tlalpan; removía cajas humedecidas porque había goteras y sacaba –y secaba– expedientes sobre los detalles de las instalaciones de líneas en todo el país, de México a Toluca, a Querétaro, a Guanajuato; cuánto costaba cada línea, quién era el constructor, cuántos postes había que disponer, cuántos kilómetros de cable, cuántos peones; cuántos muertos de cólera en cuadrillas que se internaban en las selvas de Tabasco para la instalación de postes que soportarían cables para llevar la comunicación eléctrica. Por entonces el conocimiento, el proceso de la investigación, de la disponibilidad de datos trocaba nuestra comprensión y asumía otras vías. Lo cierto es que nuestra cuarentena sería mucho muy diferente sin la existencia de esta telecomunicación –novedad del último tercio de mi vida–, no necesariamente para bien, pero tampoco para mal. Gracias a nuestros chocantes y temperamentales aparatitos las habitantes de esta casa (son mayoría absoluta), hemos podido mantener separados nuestros intereses vitales (vemos películas juntos pero escuchamos diferente música y trabajamos cada quien lo suyo); en ocasiones veo a cuatro mamíferos deambulando todo el día por la casa comunicada; convivimos en paz y así hemos podido seguir con nuestras labores, asistiendo a reuniones virtuales, dando clases; trabajando casi de modo normal, sin horario; conectados con nuestros comensales cibernéticos y sosteniendo prolongadas juntas de trabajo y reuniones sociales a través de Zoom –la novedad– o de otras aplicaciones como hangouts –la postnovedad– que condescienden tales excesos, como el festejo de los setenta de mi hermano en plena cuarentena (CDMX) organizado por su primogénita (Austin) a la que asistimos todos los hermanos (Tlalmanalco, Chihuahua, Puebla) en un alarde de tecnología festiva. Me gustaría que lo hubieran visto mis papás. Solo la música faltó.

En e-consulta leo que del total de jóvenes que tomaron sus cursos en línea, el 13 % lo ha hecho a través de Facebook; el 8 % lo hizo por Drive, repositorios o YouTube; mientras que el 6 % lo hizo por mensajería instantánea; el grueso del total, el 73 %, usó las plataformas Balckboard, Gclassroom, Mteams y Edmodo (28/05/2020). Pues ni modo.

Nuestros hijos y amigos millennials y zetas (las postmilennials, también llamados posmilénicas​ o centúricas,  porque ahí también son mayoría las mujeres); bueno, decía que estos jóvenes de hoy no sospechan que este tema de la electricidad comunicante que hemos añadido a nuestras vidas, esta perenne comunicación multimedia que ahora nos gobierna, comenzó aquí en Puebla hace muchísimos años, concretamente el 20 de mayo de 1854, cuando se transmitió el primer telegrama desde la ciudad de México a la estación de Nopalucan, Puebla; desde ese momento, hasta la actualidad, la comunicación eléctrica nunca ha dejado de evolucionar, ha ido mejorando en cada generación y transmitiendo con un uso más eficiente de la electricidad; por si fuera poco, los mexicanos siempre hemos estado cerca del mitote, que en cuestiones tecnológicas representan los Estados Unidos; cuarenta años después del telégrafo (1853) se logró el habla a través del teléfono (1878), después el cable subacuático (1902), que permitió la comunicación transcontinental Londres-NY; la radiotelegrafía (1914), sin el uso de cables, de Cabo Haro, Sonora a Santa Rosalía, B.C.; se consumó la radiotelefonía (1919) desde un avión hasta una estación de Balbuena; la radiodifusión (1921), con el doctor Gómez en la ciudad de México y el Ing. Constantino de Tárnava en Monterrey, que transmitieron los primeros programas de radio; el teletipo (1930), en pleno Maximato, que arrolló impetuosamente a la clave Morse, tras 82 años de existencia, que ahora resultaba obsoleta; Miguel Alemán, el primer civil en la presidencia de ese siglo, inaugura la televisión (1950) con un informe presidencial; la radiotelefonía (1955), que comunicó a las ambulancias y las patrullas; luego el satélite “Pájaro Madrugador” (1968), que permitió a los ingenieros mexicanos transmitir las Olimpiadas; en los años ochenta dos discretos y utilísimos sistemas denominados télex y fax (1980), muy importantes en la administración de gobiernos y empresas; en los años noventa usamos unos eficientes radios “Nextel” en el equipo de reporteros, hasta llegar al internet (2000) y la transmutación de la telefonía celular a esa pequeña computadora desde la que puedes hacer básicamente lo que te dé la gana. Ir o quedarte, estar y no estar.

La era smart. Nuestro control remoto era como una caja de zapato, con palanquitas; ahora mi control toma decisiones sobre mi futuro inmediato –shhh, descansa en la mesita de la sala–. Leonard Kleinrock, que contribuyó en la creación de la red ARPANET, dice que el internet será tan común como la propia electricidad, que estará en todos lados, en las calles, las paredes, los coches y en las personas. Lo que yo digo es que eso ya ocurrió. Al menos aquí, en mi entorno, en mi ciudad, con mi gente. En You Tube podemos ver las condiciones vergonzosas en las que viven tantos habitantes de nuestro planeta, el vacío humano que ha provocado la prolongada corrupción del sistema capitalista que nos tocó vivir, que ya ha gastado hace tiempo sus reservas racionales y humanistas ilustradas para convertirse en un adefesio asesino e insaciable, que defiende la propiedad sin ningún límite al maltrato y la explotación.

No hay manera de imaginar un mundo feliz, es demasiado larga la cauda de imbecilidad que ahora se demuestra con pesimista evidencia científica. Sabes a qué me refiero, océanos contaminados, ríos y lagunas muertos. Stephen Hawking, por ejemplo, alertaba de que el internet podría terminar en un sometimiento de la especie. ¿No lo ha hecho ya? El propio Kleinrock prevé un peligroso futuro en el que ciudades o regiones enteras podrían quedar sin conexión, “creando un caos indescriptible”.

El artista de medios y curador con intereses en poética digital, sistemas autogenerativos e interactivos,  Simon Biggs, piensa que la evolución del internet podría encaminarnos a la extinción. Y que el mundo estaría mejor si nuestra especie no sobreviviera, como lo hemos podido comprobar en esta cuarentena con la tranquilidad de las ciudades, las calles apacibles, sin tráfico, sin smog, con el retorno de la fauna silvestre. ¡Bueno, hasta el río Atoyac ha tenido días con aguas transparentes! La única verdad de todo esto es prueba de que la naturaleza no nos necesita, por más que nos creamos los irremplazables del planeta. La enseñanza de esta cuarentena fue constatar que la naturaleza se sentiría mejor sin nuestra presencia, que no somos dignos habitantes de este noble entorno que depredamos sin piedad. Todos los seres humanos estamos involucrados. Tenemos la información para entender que cada vez que realizamos ciertas acciones, como consumir agua y tirar la botella –así de simple–, contribuimos a la destrucción del medio ambiente, a la contaminación de los ríos y los océanos; contamos también con la formación educativa para aceptar que no tenemos idea a dónde van a dar las llantas que sustituimos de nuestros vehículos. El plástico duro que sustituye al plástico blando ahora, en la era del ecologismo tupperware.

Como se ha comprobado en esta cuarentena, no se trata de dejar de contaminar, porque tendríamos que estar muertos para eso, sino de contaminar con cierto grado de conciencia; de bajar nuestra huella ecológica, de contribuir al esfuerzo mundial para combatir el calentamiento global que ya no es ningún futuro ni mucho menos. En casa descubrimos que necesitamos pocas cosas para estar bien. Aunque somos conscientes de que lo que tenemos –así sea el modesto Netflix–, es mucho frente a un mundo con tanta necesidad. No necesitas ir muy lejos para comprobarlo.

Mi “activismo” ciudadano deja mucho que desear porque no existe en realidad, pero tal vez así comienza, con una angustia como la que me causa el deterioro del medio ambiente, la contaminación; muchas de nuestras costumbres y otras cosas imprácticas de los gobiernos de las ciudades; por ejemplo, hay mucha basura. A los gobiernos municipales parece no molestarles que existan lugares sucios y abandonados de las ciudades sin que nadie, ni autoridades, ni vecinos, ni ongs resientan que existen esos vergonzosos basureros que forman parte, además, del proceso de calentamiento global. En mis caminatas semanales en las que subo por avenida Nacional hasta la plaza Crystal, hay por lo menos dos basureros banqueteros estables (el puente del río San Francisco un kilómetro antes de unirse al Atoyac, tierra de nadie) y otros tantos espontáneos que aparecen cada semana.

Más penoso pensar en el sistema agrícola y ganadero que hace posible el bestial consumo de carne a escala global; esos sistemas  que producen cantidades bestiales de alimento para alimentar a multitudes surrealistas de ganados vacunos y porcinos que terminamos comiéndonos los carnívoros. Se consumen 75 hamburguesas cada segundo, 15 mil millones al año. De tacos mejor ni hablamos. El panel intergubernamental sobre cambio climático, IPCC, asegura que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 % del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año.

“¡Nos vemos en el bar de las alitas de pollo!” Una orden de alitas estándar de diez piezas equivale a cinco pollos que fueron descuartizados para mi deleite personal. Las alitas de pollo representan un mercado anual de 4,500 millones de dólares a la industria avícola. “¡Otra orden, por favor!” Me incomoda mi participación en el trato cruel y la triste vida de los animales sacrificados; los pobres pollos sin plumas y  miles de adefesios biotecnológicos animales y vegetales para mantener mi dieta colonizada cada día de mi vida, desde que nací hasta que muera. También produzco desechos orgánicos a diario.

Nadie gana mientras el virus errante se difunde por nuestra patria en donde nada es demasiado importante para que lo discutamos con seriedad republicana, pero cualquier chisme puede adquirir una dimensión apocalíptica y desatar pasiones irracionales.

Mi conclusión es sombría, pero gracias por invitarme.

 

 

Este texto lo elaboré para Mundo Nuestro por expresa invitación de Sergio Mastretta a escribir sobre nuestra vida en la cuarentena.

 

 

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