Me llamó mi hermana de Chihuahua envuelta en un llanto que la hacía ininteligible, algo había pasado, alguien estaba muy grave, pero en los estertores del dolor no se entendía muy bien quién. Yo pensé en Aída –vida mía de mi corazón– que vegetaba solitaria en su alzheimer. Logré entresacar de entre las lágrimas que Alejandro, el menor de los cinco hermanos, padecía leucemia, que estaba muy avanzada e incluso mostraba una cifra desconcertante: en lugar de un conteo normal de 5 mil unidades de glóbulos blancos Ale alcanzaba los 70 mil. ¡En la madre!, pensé yo. Entré en un súbito embudo de existencialismo. Parecía una broma. Alejandro, que estaba tan cachetón y rozagante –lo vi en junio–, ahora aparecía postrado ante la muerte. Entre muchas imágenes que evocaba en mi mente confundida había una escena recurrente, a propósito de una reciente charla sobre trasplante de médula. Yo estaba en una sala de operaciones con una aguja clavada en la espina dorsal, donándole una buena parte ...