Cuando naciste, hace 43 años, teóricamente yo era el rey de la casa. Por primera vez supe lo que significaba la presión social. Se suponía que yo, a mis nueve años, estaba celoso de tu repentina aparición y era menester cuidar mis pasos porque no se sabía muy bien cuál sería mi reacción. Hicieron bien, porque ya sabes que nunca fui muy equilibrado pero, a decir verdad, yo no tenía ninguna expectativa ni a favor ni en contra de ti; sorpresivamente apareció un bebé que pasaba a formar parte de la numerosa familia de telegrafistas. Ahora éramos cinco. Yo, en efecto, era el pequeño pero también estaba creciendo y a los nueve años ya tenía alguna perspectiva. La aparición de un bebé, por hermano que fuera, en realidad no me afectaba, en la medida en que no estorbaba ni mis juegos ni mis planes. Yo era un niño en la adultez de la niñez, tenía mi vida más o menos armada, dejar de ser el menor no implicaba ninguna verdadera amenaza a mis privilegios e, incluso, incrementaba un poco mi liberta...