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Memoria y alcoholismo

Las pancitas fueron ley para ese fuereño con muy malos hábitos alimenticios. En Cuauhtémoc, como adolescentes candidatos a alcohólicos, preferíamos el caldo de camarón, que se hace con camarón seco y chile de árbol. Definitivamente te levanta al día siguiente de una borrachera. Es un martillazo en el estómago y el golpe químico de una enchilada memorable. Se te incendia la boca y el cerebro se achispa. Es un estimulante para seguir adelante y comerse otro caldo de camarón. Páseme una cervecita, doña Chole. Porque siempre fueron buenas mujeres las que nos servían maternalmente las pancitas. Nos trataban como a sus hijos. Igual en Xochimilco o en el metro Portales, en Tlalpan, en Azcapotzalco, hasta donde acudimos varias veces exclusivamente a atravesarnos una pancita. En una ocasión me desperté a las tres de la tarde de un domingo cualquiera al cabo de una larga juerga. Tenía 25 años, mi propio departamento y un empleo fijo en la burocracia. El viernes a mediodía había ingerido...