Cuando llegué a la ciudad de México en 1976 la librería Gandhi no sólo existía, era la librería más socorrida por los estudiantes de la UNAM, la que tenía mejor disposición o quizás no, sólo que en mi imberbe (nula, mejor dicho) experiencia librera era sencillamente un pequeño universo de tentaciones y conocimientos. En aquellos tiempos la atendía en alguno de sus turnos un rubio barbón relativamente joven, grueso y de mirada inquisidora que se sabía era el dueño del exitoso negocio: Mauricio Achar, su nombre, a quien ya acompañaba un verdadero batallón de empleados. Su sede en Miguel Ángel de Quevedo, en San Ángel, era referencia obligada para encuentros y desencuentros. Fui testigo, junto a los jóvenes de mi generación, de cómo fue creciendo en servicios y espacio. Pusieron la cafetería en la parte alta, primero muy modesta, pero con los años llegó a tener un foro donde se programaban desde presentaciones de libros hasta incipientes grupitos de rock. Ahí me tocó ver en compañía d...