Desde muy niño pensé en lo maravilloso que era el invento de los focos, entonces no tenía ni idea de cómo, cuándo ni quién había fabricado tan prodigiosa herramienta de luminosidad, cómo le había hecho para meterle los alamabritos al fino recipiente de vidrio y qué era precisamente lo que se encendía. Recuerdo un día que pensaba eso frente a la lámpara del buró de mis papás, prendiendo y apagando el prodigio, deslumbrándome y encegueciéndome, una y otra vez hasta que el foco se fundió y yo puse pies en polvorosa. No tenía idea cuánto costaba, no podía poner un precio a mi delito. Por fortuna, ya desde entonces eran muy baratos. Hay una historia sobre focos que me contó el ingeniero Tomás Guzmán Cantú en las oficinas de investigación histórica de la Dirección de Telecomunicaciones, era un verdadero especialista en la historia de la tecnología y no tengo ninguna base para dudar de la veracidad de esta anécdota jocosa que tiene que ver con los cubanos y la revolución. Al triunfo de la...