Partamos
de que nuestros jóvenes son, en su gran mayoría, pobres, muy pocos tienen
dinero para pagar la cultura privada materializada en los libros, los cafés,
las galerías o los cines. A ellos es a quienes los gobiernos (municipal,
estatal, federal) les debe proporcionar espacios y si es posible recursos a
través de la gratuidad. La tristeza de ver un turismo que solo aprovecha una
parte de su potencial, un centro hermoso y culto con una pobre oferta turística
poco imaginativa que no termina de atreverse a emprender visiones vanguardistas
para detonar un turismo original para la ciudad.
¿Qué quieren los jóvenes? Le pregunté a mi amiga Rocío Coca, treintañera, sentados a la mesa de su cocina, lo reflexionó así:
“De
los lugares a los que de repente está bien darse una vuelta cuando no llevas
lana, te vas a Profética y estás viendo libros un rato, estás como dando la
vuelta ¿no? Ahorita acaban de abrir un café que es tipo café galería y puedes
estar en la galería o puedes estar leyendo o checando cosas, en tu lap o así,
como muy tranquilo, sin que te digan nada, lo que es difícil, porque: lugar al
que entras tienes que consumir.
Expresa mirando al cielo:
“Yo
creo que quisiera un espacio al que puedes entrar haciendo esas cosas,
escuchando música, leyendo, una salita de proyecciones, eso sería muy bueno. El
centro cultural poblano está padrísimo, pero está vacío, no hay nada ahí. Y hay
decenas de edificios increíbles, pero no se les ocurre hacer nada, cuando
podría haber tantas cosas.”
¿Qué queremos ser como futuro? Le pregunto a los especialistas con mi incisivo micrófono. Francisco Vélez Pliego lo interpretó de esta manera:
“¿Cómo imaginamos la economía
los residentes de una ciudad, desarrollando qué tipo de actividades? A cuáles
consideramos prioritarias. En Puebla nos hemos dedicado al comercio, a la
industria, a la educación, a servicios de muy distinta naturaleza; por ejemplo,
fuimos aduana durante el virreinato, controlábamos todo lo que era el beneficio
de la plata a través del azogue, etcétera. Hemos sido una ciudad multifacética
en sus actividades económicas, pero aquí la pregunta es cómo nos vemos en el
futuro, qué aspiramos a realizar como actividades económicas, de producción de
qué; qué clase de manufactura para que la ciudad y la región sean pujantes,
para que efectivamente se inscriba nuestra economía en una dinámica de crecimiento,
de enriquecimiento cultural y material, de producción, de riqueza, a partir de
las habilidades y las competencias de sus ciudadanos. Cómo hacer, a partir de
las visiones que tenemos de lo que es la actividad económica, social y
productiva, para imaginar un mejor destino de la ciudad. Hay respuestas
fáciles: hay que dedicarle todo nuestro esfuerzo al turismo. Pero además de
destino turístico somos muchas otras cosas, somos textiles, somos cuero, somos
educación. ¿Cómo construir una visión colectiva que acepte esa diversidad de lo
que somos?, ¿qué queremos ser como futuro?”
Por su parte, Aurelio Fernández Fuentes,
poblano de cepa, expresó un sentir abundante de grises sobre su ciudad: “Puebla
creció entre 76 y 2005 en razón de 1.2 hectáreas diarias, es decir, tres
zócalos, más de dos estadios Cuauhtémoc, diarios. Encementado. ¿Por qué?, no
solo por la falta de planeación, sino básicamente por la corrupción y por la
relación de las compañías inmobiliarias, que son las grandes devastadoras del
asunto, vinculadas al poder político. Yo veo que esa parte es terrible.
“Por otra parte, lo que veo es una ciudad que
me gusta menos que la ciudad de los 70 y 80, porque es una ciudad dócil,
amenazada, entregada, desanimada, deprimida, triste. Triste, no por el núcleo
donde uno está, yo tengo un núcleo de desarrollo espléndido, pero son núcleos;
triste porque no hay fiesta; veo con mucha tristeza mi universidad con los
estudiantes desinteresados, sometidos, corrompidos, sin ganas de luchar, ni
ellos ni otros, por cosas que en otras condiciones no aceptaríamos de ninguna
manera. Veo que digo cosas, que cuento cosas y no encuentro respuesta más que
de un núcleo muy localizado. La universidad se desvencijó desde los 80, sobre
todo en los 90, era la gran fuerza vital en esta ciudad y en el Estado, su
carácter crítico y opositor, su fuerza alternativa, y eso se acabó, se fue
perdiendo y no hay otras fuerzas. Yo he participado en muchos intentos de
fuerzas civiles y lo que veo es que todos los que anduvieron discutiendo acaban
de candidatos, acaban de funcionarios, acaban de sacarle tajada al asunto,
entonces no hay una fuerza de resistencia en este Estado. Yo creo que nosotros,
mi generación, no creo que lo pueda hacer, puede contribuir, pero no lo puede
hacer; necesitamos una fuerza joven, que se atreva y vea su fuerza ciudadana”.
Y claro –me quedé pensando–: alta cocina, dulces exquisitos, una ciudad vivible todavía; somos los poblanos. Tampoco es un secreto –ni un misterio europeo– (o oaxaqueño), la solución para impulsar el turismo en la ciudad de Puebla, bastaría con hacer un centro histórico caminable, sacar los coches del centro, restringirlos al mínimo y llenar las calles de mesas y de sillas, con el modelo del Barrio del artista, para todo presupuesto, incluidos los gratuitos, para que la gente se siente a disfrutar de nuestro hermoso clima, la ciudad en sí misma y la amabilidad de la gente. El centro histórico está siendo devorado por el tráfico, es urgente pensar en una opción que dé soluciones a los negocios y a los habitantes que cargan y descargan todo el tiempo en sus comercios. Don Juan Manuel Brito, papá de mi amiga Tere, lo resumió así: “Uno quisiera que Puebla ahora, en este milenio, se superara sin deteriorarse, sin perder lo que es”.
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